Blog del escritor René de la Barra Saralegui Narrador, ensayista y poeta Fotografo aficionado
miércoles, 30 de julio de 2014
martes, 15 de julio de 2014
"A SUS PLANTAS RENDIDO UN LEÓN": RESEÑA
Bongwutsi, un país africano, que no aparece en los mapas, y a
pesar de ello, es regido, no por un rey ni por un príncipe, sino por un
emperador, que cuenta con embajadas de las principales potencias y cuyo clima es
tropical, con lluvias torrenciales y una canícula perpetua, en donde jamás
corre el viento, de modo que elevar un barrilete en sus cielos resulta
imposible, es el escenario que nos propone Osvaldo Soriano para su novela,
"A sus plantas rendido un león". Un despliegue de fantasía y humor,
una suerte de ucronía disparatada, que, a pesar de ello, devela el alma del
argentino sencillo, amante del terruño y de buen corazón, siempre a la caza de
una oportunidad que le permita ir tirando, es decir, vivir el día, y se puede, si
la suerte no se empeña en despeñarlo, ganarle la mano a la vida; una especie de
pícaro querible y medio loco, encarnado en la novela por el cónsul Bertoldi, a
quien a menudo se lo trata con el rango de embajador, pero que en realidad es
tan solo un funcionario allegado al consulado, quien se hizo del cargo luego de
que el verdadero cónsul abandonara Botwundi, por motivos que no quedan claros,
pero que parecen tener relación el golpe militar en la Argentina de los 70.
El cónsul Bertoldi, a la sazón viudo, es el amante de la
mujer del embajador inglés. Un buen día, recibe un mensaje oficial en que se le
informa que se ha establecido una zona de exclusión en torno a la embajada británica,
zona a la cual, en lo sucesivo, no podrá entrar ningún ciudadano argentino;
como no hay otro compatriota en más de cinco mil kilómetros a la redonda, el cónsul
Bertoldi llega a la conclusión de que el embajador inglés ha descubierto los
amores clandestinos de su mujer y ha tomado dichas medidas en consecuencia. El
cónsul, aunque lo lamenta y se duele por su amante, más lamenta el hecho de que
ya no podrá cobrar su sueldo, ya que era el embajador británico quién
autorizaba el pago del cheque, que aún llegaba a nombre del antiguo cónsul.
Demás está decir que Bertoldi vive casi en la miseria.
Ignora el cónsul que la Argentina ha invadido las Malvinas y
que el embajador nada sabe de sus deliquios amorosos.
Al mismo tiempo, en Europa, Lauri, un exiliado argentino, a
quien ningún gobierno quiere dar asilo, se encuentra con Quomo, un admirador de
Lenin, quien encabezó una revolución comunista en Bongwutsi, derrocó al emperador
y organizó una peculiar república socialista, de carácter asambleísta, que los
rusos combatieron por infantilismo revolucionario. Como corolario, Quomo fue
condenado a ser fusilado en la selva, pero su oratoria incansable y el
romanticismo del oficial que comandaba al pelotón de fusilamiento, lo salvaron
de las balas; el oficial lo dejó abandonado a su suerte, para no tener que
matarlo, asumiendo que de todos modos no sobreviviría. Quomo, sin embargo,
luego de diversas aventuras y desventuras, termina como exiliado en Europa,
esperando el momento de su regreso triunfante a Bongwutsi, nuevamente bajo el
protectorado inglés. Y la oportunidad se presenta en el momento en que los
británicos ven distraída su atención hacia las Malvinas. Quomo necesita a Lauri
para lograr sus propósitos y se las arregla para que éste lo ayude.
Entretanto, una
avanzada de la revolución, un irlandés, fanático, romántico y algo infantil,
aparece en la sala del consulado argentino en Bongwutsi, solicitando asilo.
A partir de ese momento, la trama está armada: sólo resta
leer.
domingo, 13 de julio de 2014
SE ACABÓ
Bueno, ya se acabó el mundial, ahora que nos relajamos, que todos, o casi todos, nos desentendimos de todo, o de casi todo, antes de volver al mundo real, me atrevo a dejarles un regalo, para leer, reír y - sobre todo - reflexionar:
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lunes, 7 de julio de 2014
lunes, 19 de mayo de 2014
ENTREVISTA AL ESCRITOR RENÉ DE LA BARRA SARALEGUI
Amigos, les dejo el enlace de una entrevista que se me hizo en marzo, pero de cuya publicación solo tuve noticias hoy:
Entrevista-al-escritor-rene-de-la-barra-saralegui/
Entrevista-al-escritor-rene-de-la-barra-saralegui/
jueves, 24 de abril de 2014
UNA BUENA NOTICIA
Hoy supe que mi poema Lejanías resultó
finalista en el I Concurso de Poesía Roberto Juarroz, organizado por
Ediones Bruma, de Argentina.
El poema lo escribí a los 17 años, y aún hoy me gusta
Para todos los que quieran leerlo:
El poema lo escribí a los 17 años, y aún hoy me gusta
Para todos los que quieran leerlo:
LEJANÍAS
Tu cuerpo de líneas azules
Es como un universo cotidiano
De vitrinas y luces y lluvia
Y maniquíes que extienden su tristeza
A la tristeza de las calles húmedas
En las que te pierdes como un viajero de otros
mundos
Mujer, ¿qué de tanto vagar los infinitos
Te ha hecho tan lejana?
Y sin embargo, oigo tu voz, veo tus formas, palpo tus
silencios...
Eres un universo cotidiano
De esos universos con letreros luminosos,
Olores, ruidos de bocinas, silencios, tiempos definidos
Y aun así te miro desde lejos
Como si tu mundo estuviera sumergido en otro tiempo
y en otras distancias
Y fueras una ilusión extraña y azul.
Mujer, ¿qué de tanto vagar los infinitos
Me ha hecho tan lejano?
Y sin embargo oigo tu voz, veo tus formas
Palpo tus silencios de universo cotidiano
Y veo cómo te fundes a la anatomía de las calles,
Y entonces pienso que quizá yo soy el extranjero,
Alguien que cayó en un mundo extraño,
Alguien que te busca sin saber por qué...
Mujer ¿qué de tanto vagar los infinitos
Nos ha hecho tan lejanos?
jueves, 9 de enero de 2014
Monsieur Pain
Monsieur Pain, una "novelita"
que me recomendaron que no leyera, con la cual Roberto Bolaño ganó un concurso
literario en España, habiendo previamente resultado finalista en otro, gracias
a la martingala de cambiarle el nombre y nada más, fue una de mis últimas
lecturas de 2012. No puedo decir que me arrepienta de haberla leído, y creo que
se la ha valorado en forma insuficiente. No ofrece, es verdad, grandes innovaciones
literarias; en líneas generales, el trato del tiempo es lineal (no exento de alguna
sucinta vuelta al pasado, cada vez que la historia lo amerita), no existe una
polifonía de voces ni se observan contrapuntos entre diferentes narradores y,
en consecuencia, el punto de vista es unívoco. Sin duda, Los detectives salvajes ofrece un mucho mayor despliegue técnico.
Sin embargo, Monsieur Pain no puede ser
subestimada, en la medida en que aborda una veta diferente, que recuerda, en
buena parte El Castillo de Kafka, y
en ciertos pasajes, El Proceso.
Monsieur
Pain, cultor del Mesmerismo o magnetismo animal, recibe el encargo, de parte de
madame Reynaud (de quien resulta estar, inconfesadamente, enamorado), de salvarle
la vida a Monsieur Vallejo, quien se encuentra enfermo, internado en una
clínica parisina, sin que los médicos que lo atienden puedan dar con el origen
de su mal. Monsieur Vallejo resulta ser César Vallejo, detalle menor, toda vez
que la historia se desenvuelve por sí misma, y hubiese podido escribirse, sin ningún
tipo de mermas, aun si el paciente no hubiese sido el poeta; ni siquiera era
necesario que el paciente fuera extranjero. Es, a mi modo de ver, una
reminiscencia de ese Bolaño que a veces nos asfixia con literatura acerca de
literatos (peor aún, de literatura sobre literatura, ya que otros autores, como
Carlos Fuentes, en Gringo Viejo, son
capaces de encantar al lector con una historia como la muerte de Ambrose Bierce,
en la medida en que esta se desarrolla en el ámbito de la ficción y no de la erudición,
o como Raymod Carver, en Tres rosas
Amarillas, cuyo argumento gira en torno a la muerte de Anton Chejov). Sin
embargo, en el prólogo de la novela que comento, Roberto Bolaño deja ver que la
muerte de Vallejo y la deficiente atención que recibiera durante su enfermedad,
fue uno de los motivos, si se quiere inspiradores, que tuvo al momento de
escribir la historia. De algún modo, a quienes amamos literatura, la alusión al
poeta nos lleva a acercarnos más a la historia; pero toda expectación que pudiera
haber en ese sentido, no pasará de eso: expectación.
Monsieur
Pain es un personaje, para nosotros, extraño, un hombre que vive de una pensión
otorgada por el estado, cultor del mesmerismo, mediante el cual intentó, infructuosamente,
salvar la vida al esposo de madame Reynaud. A despecho de este antecedente, la
propia madame Reynaud, le pide salvar a César Vallejo, lo que de algún modo equivale
a una segunda oportunidad, una chance para salvaguardar el prestigio de su
oficio. Hasta este punto, la postura del lector podría encontrar en Monsieur
Pain un héroe romántico. Nada más lejos, sin embargo, del rumbo que tomará la
historia.
Y
no sólo en este punto la novela es engañosa. El trasunto ideológico podrían
llevarlo a uno a suponer un relato propio de la modernidad, contracultural, si
se quiere, aunque sólo una mirada retrospectiva pueda dictar esta opinión. No
hay, sin embargo, una voz que valide las creencias del personaje principal, no
existe una apologética, ni siquiera subterránea, ni tampoco, una diatriba ni
una crítica, ni siquiera un dejo de sorna en el narrador. En este sentido, el
narrador es de una neutralidad sorprendente, a pesar de relatar la historia en
primera persona. La voz del autor no se entromete, el narrador, a su vez, se
limita a lo narrado, y es en este sentido que se puede inscribir esta novela en
el ámbito de la post modernidad; nada, o casi nada, sabemos de Monsieur Pain –
exceptuado lo estrictamente necesario como para que la historia funcione. Nada o
casi nada sabemos de los demás personajes, no sólo de aquellos nimbados de
misterio, como los dos españoles que siguen a Monsieur Pain; Vallejo, por
ejemplo, podría haberse llamado "el
enfermo" y nada habría cambiado. Un mundo de desconocidos, si se quiere.
De algún modo, también, un mundo como el nuestro, a despecho de las costumbres
y el calendario. Aún no se ha instalado, empero, el mundo de la imagen y la
imaginería, y quizá esto salve a Monsieur Pain de ser una alegoría de la post
modernidad. Sin embargo, la novela está atravesada por fuerzas misteriosas, o
al menos desconocidas por los personajes, por el narrador y, consecuentemente,
por el lector. Fuerzas que se interponen en el cumplimiento, por parte de Monsieur
Pain, de la tarea encomendada por madame Reynaud, y que recuerdan los vanos
esfuerzos de K por acceder al castillo, en la novela de Kafka. En un tono menor,
por cierto; bastante menor. Monsieur Pain no persevera, incluso acepta un
soborno. ¿De parte de quién? Pues de los misteriosos españoles, que por algún
motivo, que permanece en la penumbra, no desean que Pain trate a Vallejo,
aunque decir "no desean" quizá sea excesivo: los españoles ni siquiera
se muestran "deseosos"; al principio de la historia actúan de un modo
que hace suponer que son agentes de la ley, espías o, en el mejor de los casos,
policías, y que existe una suerte de conspiración en torno a Vallejo; sin
embargo, hay un momento en que se deja entrever que todo pudiera tratarse de
una broma, situación tan inexplicable como cualquier otra, en especial si se
considera que Monsieur Pain no es víctima de ningún tipo de represalia a pesar
de no haber cumplido la palabra empeñada cuando recibió el soborno.
La
pareja de españoles que lo sobornan, recuerda, a fin de cuentas, a aquellos dos
bizarros personajes que notifican a K del proceso en su contra, y a los ayudantes
que se le imponen a K, en El Castillo.
Los avatares de Pain en la clínica en la cual se encuentra internado Vallejo,
con sus corredores que se curvan y se tornan por momentos interminables, recuerdan
un pasaje de El proceso: la
comparecencia de K frente a los funcionarios de la ley en aquel conventillo de
aires surrealistas, de arquitectura laberíntica y proporciones que no se
ajustan a ninguna lógica. También recuerdan los esfuerzos de K –el otro K, el
de El Castillo– por acceder a Klam,
en la posada, y en último término, a la administración.
K
no consigue su propósito –ninguno de los K lo hace– ; pero su lucha es épica. Monsieur Pain, en cambio, vuelve a la mediocridad,
sin que, en definitiva, resulte transformado o siquiera profundamente tocado
por la experiencia. Una ética sin duda, post moderna.
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