martes, 15 de julio de 2014

"A SUS PLANTAS RENDIDO UN LEÓN": RESEÑA



Bongwutsi, un país africano, que no aparece en los mapas, y a pesar de ello, es regido, no por un rey ni por un príncipe, sino por un emperador, que cuenta con embajadas de las principales potencias y cuyo clima es tropical, con lluvias torrenciales y una canícula perpetua, en donde jamás corre el viento, de modo que elevar un barrilete en sus cielos resulta imposible, es el escenario que nos propone Osvaldo Soriano para su novela, "A sus plantas rendido un león". Un despliegue de fantasía y humor, una suerte de ucronía disparatada, que, a pesar de ello, devela el alma del argentino sencillo, amante del terruño y de buen corazón, siempre a la caza de una oportunidad que le permita ir tirando, es decir, vivir el día, y se puede, si la suerte no se empeña en despeñarlo, ganarle la mano a la vida; una especie de pícaro querible y medio loco, encarnado en la novela por el cónsul Bertoldi, a quien a menudo se lo trata con el rango de embajador, pero que en realidad es tan solo un funcionario allegado al consulado, quien se hizo del cargo luego de que el verdadero cónsul abandonara Botwundi, por motivos que no quedan claros, pero que parecen tener relación el golpe militar en la Argentina de los 70.
El cónsul Bertoldi, a la sazón viudo, es el amante de la mujer del embajador inglés. Un buen día, recibe un mensaje oficial en que se le informa que se ha establecido una zona de exclusión en torno a la embajada británica, zona a la cual, en lo sucesivo, no podrá entrar ningún ciudadano argentino; como no hay otro compatriota en más de cinco mil kilómetros a la redonda, el cónsul Bertoldi llega a la conclusión de que el embajador inglés ha descubierto los amores clandestinos de su mujer y ha tomado dichas medidas en consecuencia. El cónsul, aunque lo lamenta y se duele por su amante, más lamenta el hecho de que ya no podrá cobrar su sueldo, ya que era el embajador británico quién autorizaba el pago del cheque, que aún llegaba a nombre del antiguo cónsul. Demás está decir que Bertoldi vive casi en la miseria.
Ignora el cónsul que la Argentina ha invadido las Malvinas y que el embajador nada sabe de sus deliquios amorosos.
Al mismo tiempo, en Europa, Lauri, un exiliado argentino, a quien ningún gobierno quiere dar asilo, se encuentra con Quomo, un admirador de Lenin, quien encabezó una revolución comunista en Bongwutsi, derrocó al emperador y organizó una peculiar república socialista, de carácter asambleísta, que los rusos combatieron por infantilismo revolucionario. Como corolario, Quomo fue condenado a ser fusilado en la selva, pero su oratoria incansable y el romanticismo del oficial que comandaba al pelotón de fusilamiento, lo salvaron de las balas; el oficial lo dejó abandonado a su suerte, para no tener que matarlo, asumiendo que de todos modos no sobreviviría. Quomo, sin embargo, luego de diversas aventuras y desventuras, termina como exiliado en Europa, esperando el momento de su regreso triunfante a Bongwutsi, nuevamente bajo el protectorado inglés. Y la oportunidad se presenta en el momento en que los británicos ven distraída su atención hacia las Malvinas. Quomo necesita a Lauri para lograr sus propósitos y se las arregla para que éste lo ayude.
 Entretanto, una avanzada de la revolución, un irlandés, fanático, romántico y algo infantil, aparece en la sala del consulado argentino en Bongwutsi, solicitando asilo.
A partir de ese momento, la trama está armada: sólo resta leer.

domingo, 13 de julio de 2014

SE ACABÓ

Bueno, ya se acabó el mundial, ahora que nos relajamos, que todos, o casi todos, nos desentendimos de todo, o de casi todo, antes de volver al mundo real, me atrevo a dejarles un regalo, para leer, reír y - sobre todo - reflexionar:


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jueves, 24 de abril de 2014

UNA BUENA NOTICIA

Hoy supe que mi poema Lejanías resultó finalista en el I Concurso de Poesía Roberto Juarroz, organizado por Ediones Bruma, de Argentina. 
El poema lo escribí a los 17 años, y aún hoy me gusta
Para todos los que quieran leerlo:



LEJANÍAS                                               
                                                    

Tu cuerpo de líneas azules
Es como un universo cotidiano
De vitrinas y luces y lluvia
Y maniquíes que extienden su tristeza
A la tristeza de las calles húmedas
En las que te pierdes como un viajero de otros mundos        
Mujer, ¿qué de tanto vagar los infinitos
Te ha hecho tan lejana?
Y sin embargo, oigo tu voz, veo tus formas, palpo tus silencios...
Eres un universo cotidiano
De esos universos con letreros luminosos,
Olores, ruidos de bocinas, silencios, tiempos definidos
Y aun así te miro desde lejos
Como si tu mundo estuviera sumergido en otro tiempo y  en otras distancias
Y fueras una ilusión extraña y azul.
Mujer, ¿qué de tanto vagar los infinitos
Me ha hecho tan lejano?
Y sin embargo oigo tu voz, veo tus formas
Palpo tus silencios de universo cotidiano
Y veo cómo te fundes a la anatomía de las calles,
Y entonces pienso que quizá yo soy el extranjero,
Alguien que cayó en un mundo extraño,
Alguien que te busca sin saber por qué...
Mujer ¿qué de tanto vagar los infinitos
Nos ha hecho tan lejanos?

jueves, 9 de enero de 2014

Monsieur Pain




 Monsieur Pain, una "novelita" que me recomendaron que no leyera, con la cual Roberto Bolaño ganó un concurso literario en España, habiendo previamente resultado finalista en otro, gracias a la martingala de cambiarle el nombre y nada más, fue una de mis últimas lecturas de 2012. No puedo decir que me arrepienta de haberla leído, y creo que se la ha valorado en forma insuficiente. No ofrece, es verdad, grandes innovaciones literarias; en líneas generales, el trato del tiempo es lineal (no exento de alguna sucinta vuelta al pasado, cada vez que la historia lo amerita), no existe una polifonía de voces ni se observan contrapuntos entre diferentes narradores y, en consecuencia, el punto de vista es unívoco. Sin duda, Los detectives salvajes ofrece un mucho mayor despliegue técnico. Sin embargo, Monsieur Pain  no puede ser subestimada, en la medida en que aborda una veta diferente, que recuerda, en buena parte El Castillo de Kafka, y en ciertos pasajes, El Proceso.
Monsieur Pain, cultor del Mesmerismo o magnetismo animal, recibe el encargo, de parte de madame Reynaud (de quien resulta estar, inconfesadamente, enamorado), de salvarle la vida a Monsieur Vallejo, quien se encuentra enfermo, internado en una clínica parisina, sin que los médicos que lo atienden puedan dar con el origen de su mal. Monsieur Vallejo resulta ser César Vallejo, detalle menor, toda vez que la historia se desenvuelve por sí misma, y hubiese podido escribirse, sin ningún tipo de mermas, aun si el paciente no hubiese sido el poeta; ni siquiera era necesario que el paciente fuera extranjero. Es, a mi modo de ver, una reminiscencia de ese Bolaño que a veces nos asfixia con literatura acerca de literatos (peor aún, de literatura sobre literatura, ya que otros autores, como Carlos Fuentes, en Gringo Viejo, son capaces de encantar al lector con una historia como la muerte de Ambrose Bierce, en la medida en que esta se desarrolla en el ámbito de la ficción y no de la erudición, o como Raymod Carver, en Tres rosas Amarillas, cuyo argumento gira en torno a la muerte de Anton Chejov). Sin embargo, en el prólogo de la novela que comento, Roberto Bolaño deja ver que la muerte de Vallejo y la deficiente atención que recibiera durante su enfermedad, fue uno de los motivos, si se quiere inspiradores, que tuvo al momento de escribir la historia. De algún modo, a quienes amamos literatura, la alusión al poeta nos lleva a acercarnos más a la historia; pero toda expectación que pudiera haber en ese sentido, no pasará de eso: expectación.
Monsieur Pain es un personaje, para nosotros, extraño, un hombre que vive de una pensión otorgada por el estado, cultor del mesmerismo, mediante el cual intentó, infructuosamente, salvar la vida al esposo de madame Reynaud. A despecho de este antecedente, la propia madame Reynaud, le pide salvar a César Vallejo, lo que de algún modo equivale a una segunda oportunidad, una chance para salvaguardar el prestigio de su oficio. Hasta este punto, la postura del lector podría encontrar en Monsieur Pain un héroe romántico. Nada más lejos, sin embargo, del rumbo que tomará la historia.
Y no sólo en este punto la novela es engañosa. El trasunto ideológico podrían llevarlo a uno a suponer un relato propio de la modernidad, contracultural, si se quiere, aunque sólo una mirada retrospectiva pueda dictar esta opinión. No hay, sin embargo, una voz que valide las creencias del personaje principal, no existe una apologética, ni siquiera subterránea, ni tampoco, una diatriba ni una crítica, ni siquiera un dejo de sorna en el narrador. En este sentido, el narrador es de una neutralidad sorprendente, a pesar de relatar la historia en primera persona. La voz del autor no se entromete, el narrador, a su vez, se limita a lo narrado, y es en este sentido que se puede inscribir esta novela en el ámbito de la post modernidad; nada, o casi nada, sabemos de Monsieur Pain – exceptuado lo estrictamente necesario como para que la historia funcione. Nada o casi nada sabemos de los demás personajes, no sólo de aquellos nimbados de misterio, como los dos españoles que siguen a Monsieur Pain; Vallejo, por ejemplo, podría  haberse llamado "el enfermo" y nada habría cambiado. Un mundo de desconocidos, si se quiere. De algún modo, también, un mundo como el nuestro, a despecho de las costumbres y el calendario. Aún no se ha instalado, empero, el mundo de la imagen y la imaginería, y quizá esto salve a Monsieur Pain de ser una alegoría de la post modernidad. Sin embargo, la novela está atravesada por fuerzas misteriosas, o al menos desconocidas por los personajes, por el narrador y, consecuentemente, por el lector. Fuerzas que se interponen en el cumplimiento, por parte de Monsieur Pain, de la tarea encomendada por madame Reynaud, y que recuerdan los vanos esfuerzos de K por acceder al castillo, en la novela de Kafka. En un tono menor, por cierto; bastante menor. Monsieur Pain no persevera, incluso acepta un soborno. ¿De parte de quién? Pues de los misteriosos españoles, que por algún motivo, que permanece en la penumbra, no desean que Pain trate a Vallejo, aunque decir "no desean" quizá sea excesivo: los españoles ni siquiera se muestran "deseosos"; al principio de la historia actúan de un modo que hace suponer que son agentes de la ley, espías o, en el mejor de los casos, policías, y que existe una suerte de conspiración en torno a Vallejo; sin embargo, hay un momento en que se deja entrever que todo pudiera tratarse de una broma, situación tan inexplicable como cualquier otra, en especial si se considera que Monsieur Pain no es víctima de ningún tipo de represalia a pesar de no haber cumplido la palabra empeñada cuando recibió el soborno.
La pareja de españoles que lo sobornan, recuerda, a fin de cuentas, a aquellos dos bizarros personajes que notifican a K del proceso en su contra, y a los ayudantes que se le imponen a K, en El Castillo. Los avatares de Pain en la clínica en la cual se encuentra internado Vallejo, con sus corredores que se curvan y se tornan por momentos interminables, recuerdan un pasaje de El proceso: la comparecencia de K frente a los funcionarios de la ley en aquel conventillo de aires surrealistas, de arquitectura laberíntica y proporciones que no se ajustan a ninguna lógica. También recuerdan los esfuerzos de K –el otro K, el de El Castillo– por acceder a Klam, en la posada, y en último término, a la administración.
K no consigue su propósito  –ninguno de los K lo hace– ; pero su lucha es épica. Monsieur Pain, en cambio, vuelve a la mediocridad, sin que, en definitiva, resulte transformado o siquiera profundamente tocado por la experiencia. Una ética sin duda, post moderna.