viernes, 5 de mayo de 2017

TIPOS DE NARRADOR

En las siguientes líneas, me propongo mostrar diversos tipos de narrador, sin pretender agotarlos. No se trata de un estudio riguroso, sino de una breve aproximación, una suerte de boceto, con ejemplos que permitan una mejor compresión. Cualquier esquematización será, ¿cómo no?, una pobre aproximación a la narrativa que palpita en cada una de las líneas de un buen libro.
Como concepto general, se entenderá el narrador como la voz que nos cuenta la historia que leemos. No es el autor sino una de las herramientas, quizá la principal, de las que se vale para narrar una historia. No es el personaje, aunque puede aparentar ser la voz de uno de ellos. Para algunos autores, el narrador es el primer personaje que crea el escritor, ya que a menudo tiene una visión de mundo que le es propia, que no tiene por qué coincidir con la del autor ni con la de los personajes, a los que podría incluso criticar.
Según su compromiso con lo narrado, puede ser un narrador más o menos distante o más o menos cercano, por lo que su óptica puede variar desde la indiferencia más absoluta hasta la empatía por algún personaje o por la historia. La cercanía puede ser emocional, o puede ser un mero artefacto de la óptica que utiliza (punto de vista).
El narrador puede permanecer invisible, sin inmiscuirse, permitiendo que la narración se desarrolle por sí sola, o hacerse visible, mostrarse, ya sea como un comentarista o con cualquier otro tipo de intervención que lo haga presente ante el lector, a veces sutilmente, y otras, como si fuera un aparte en la historia. Es lo que se conoce como narrador intruso.
Es común en la narrativa contemporánea el uso de más de un narrador, para poder cambiar el punto de vista, la cercanía afectiva, la información que se entrega, cuándo se entrega, cómo se entrega, etc. Las mudas de narrador pueden estar claramente delimitadas, y cada uno narrar un capítulo, o partes de un capítulo, o darse incluso en un mismo párrafo o en una misma línea. De ello resultará la mayor o menor eficacia de la narración.  


PRIMERA PERSONA SINGULAR:


Narra desde el yo. Es un narrador cercano a lo que cuenta, a menudo muy cercano, casi como la piel del personaje. Puede saber todo o casi todo lo que cuenta:

El lunes tuve diarrea. Detesto los baños de la oficina, huelen a desinfectante, siempre parece que los acabaran de asear, y sin embargo, si uno se fija bien, en el piso hay pelos, y en los sanitarios rara vez falta un vello ensortijado. Pero no podía volver a mi departamento cada vez que me sentía impelido a pujar. Y en el wáter, no podía dejar de darle vueltas al tema. Estaba pálido. Varias veces me sentí desvanecer.
El gerente no me llamó; quien me habló fue el contador; pero lejos de comunicarme que estaba despedido, preguntó cómo me sentía. Le dije que bien, pero me di cuenta de que no me creyó. Diez minutos después, su secretaria me dijo que fuera al médico, que el contador se ocuparía de informarle al gerente lo que me había ocurrido. Fui terminante: jamás me retiro antes de la hora.

(«La regularidad de las cosas»)

Puede tener vacilaciones, dudas, ignorar ciertos aspectos y mezquinar otros:

Debí dormirme temprano y tal vez soñé. Un golpeteo inapelable en la puerta me despertó. La madera era maciza, por lo que supuse que quien llamaba lo hacía con los nudillos doloridos. Esta observación me libró de cualquier fantasía libidinosa: una mujer no se estropearía los dedos golpeando con tal determinación. Abrí recelando. Un árabe de mirada torva me dijo que me traía noticias de cierto sultán cuyo nombre prefiero no revelar. Le pedí que me esperara en la recepción para poder vestirme en forma apropiada.

(«El limón de Marrakech»)


PRIMERA PERSONA DEL PLURAL:

Narra desde el nosotros: no es tan íntimo como el narrador en primera persona singular, pero aporta cierta ambigüedad –¿quiénes son quienes narran?– y a la vez la sensación de una verdad compartida; se usa poco y generalmente muda a un narrador en primera persona singular:

Durante el invierno, los ríos se salían de sus cauces, llevándose los puentes, y los caminos se llenaban de lodo y se tornaban intransitables, de modo que antes de que empezara la temporada de lluvias, nuestros padres nos enviaban a la casa de la abuela, en el pueblo. El viaje lo hacíamos en una berlina desvencijada, tirada por dos lustrosos caballos azabaches. Un cochero de librea, cuya tela luctuosa y desgastada se deshilachaba en las mangas, dormitaba sobre el pescante, y cada tanto, se espantaba las moscas del sombrero y hacía restallar el látigo en el aire, para que no se pensara que el coche se gobernaba solo y que él viajaba de balde. Tras nosotros, iba una procesión de carretas, que a cada vuelta de rueda, rechinaban como quejándose.

(«El último juego de invierno»)






SEGUNDA PERSONA:

Narra desde el tú. No es de fácil manejo y no se usa mucho, pero no constituye una rareza; podría ser omnisciente, o ser solo observador. Su límite está en la forma en que apela al lector, ya que se limita a narrar lo que le debió sucederle a ese tú; si excede este límite, puede mudar hacia un narrador en tercera persona. Aporta una fuerza narrativa mayor, involucrando al lector casi como si se narrara acerca de él.
Diciembre es agitado, intenso, sin siquiera un respiro para almorzar. Pasa el lunes y el martes y el miércoles. No sabes bien qué día es. Ni qué hora. Lo mismo pueden ser las tres de la tarde o las cinco de la madrugada. El trabajo es arduo y te duele la cabeza. Pareces un zombi respondiendo los llamados telefónicos y los pedidos urgentes desde Ja­pón. Sabes que el embarque no va a estar listo a tiempo, pero de todos modos respondes que sí. Te pesan los pies. Fumas otro cigarrillo para sentirte mejor. ¿Cuántos ya? ¿Veinte, cuarenta? Tres noches sin dormir. Te cuesta de­cir una palabra, como si la lengua te pesara, y tu voz es una retahíla incomprensible incluso para ti. Tu secretaria nota que estás pálido, te preguntas si estás enfermo y te ofrece ―¡Dios mío, otra vez!― una taza de café.

(«Barrio bullicioso»)



TERCERA PERSONA:

El narrador toma distancia respecto de lo que narra. Se sitúa afuera. Puede saberlo todo como si fuera un dios (narrador omnisciente), o haber tenido noticias del hecho y no conocer todos los aspectos de lo que ocurrió (narrador testigo, que puede ser testigo de testigos), o solo tener acceso a lo que ve y limitarse a narrar aquello, sin conjeturar los que no sabe (narrador observador); en caso de hacerlo, se trataría de un narrador intruso, que desliza hipótesis u opiniones, o se ríe o conduele del personaje. Onetti denostaba a sus personajes, opinaba mal de ellos, los maltrataba (Vargas Llosa habla de un estilo crapuloso).


Narrador omnisciente:

Robles era un policía viejo, mañoso, acostumbrado a arrancar confesiones sin dejar marcas visibles. Era un hombre alto, de piel aceituna, rostro abotagado, bigotes espesos y ojos de buey manso; usaba un abrigo largo y negro, que no abotonaba nunca, ni siquiera cuando llovía. Compraba la talla más grande, pero como su barriga era enorme, jamás lograba abrocharlo. Solía decir, entre risas, que así era cómo usaban el abrigo los comisarios del antiguo oeste, que de ese modo podían desenfundar la pistola más rápido.
Caminaba dando pasos enérgicos, como para dar a entender que aún era capaz de correr tras un sospechoso; pero todas las mañanas, sus subordinados, lo veían subir jadeando las escaleras del cuartel. Me pilló la hora, Ramírez –le decía a su ayudante, para justificarse–; me tuve que venir corriendo.  

(«El oficio de la fuga»)

Owen estaba orgulloso de estirpe, a pesar de las circunstancias que rodearon su origen. El gringo violó a su madre una sola vez, en un establo, en medio de mugidos y olor a mierda, una mañana helada, después de la ordeña. La joven se dio cuenta de su estado al cabo de un mes, y aunque buscó a una comadrona que la hiciera abortar, los bebedizos que le dio y los tallos que le metió entre las piernas, no lograron su objetivo. Tampoco la paliza que le dio su padre.
Owen fue tardo para nacer. Llegó casi al décimo mes. Cuando la partera lo tuvo entre las manos, arrugado, feo y lacio, pensó que el niño había nacido muerto, por lo que lo dejó en una palangana que se solía usar para hacer mantequilla, y que a pesar de haber sido enjuagada con agua hervida, aún olía a leche agria. Luego la comadrona se desentendió de él y se dedicó a restañar la hemorragia que brotaba de las entrañas de la madre. Sus esfuerzos, al igual que unos meses antes, no dieron resultados. La joven falleció exangüe.

(«La traición del sargento Owen»)


Narrador testigo:

El partido empezó con cinco minutos de retraso. Des­de el principio se notó la diferencia; los capitalinos, más cancheros, tocando a ras de piso, cuidando el balón. Los nuestros, nerviosos; se les notaba la impericia, sobre todo en los primeros minutos. Pero de los quince pa delante, estuvieron, lo que se dice, paraditos. A fin de cuentas, mu­cha pelota en el medio campo y los primeros cuarenta y cinco terminaron con el marcador en blanco. Hasta ahí no era mal negocio.
Pero Briones estaba mudo, el pobre bufaba en lugar de respirar...
Por Diosito que no nos dimos cuenta. Todos pensa­mos que después habría tiempo pa explicarle, lápiz en mano y sacando cuentas en una servilleta, que bastaba con un empate para que el equipo subiera a primera división...
Pero a los diez minutos del segundo tiempo vino el tiro libre... Un faul tonto, don René, usted no lo va creer. Un central que estaba adelantado, Zambrano, me parece, se vino por la punta derecha, casi sin peligro... Pero Or­tiz, de puro nervioso, le metió leña; una patada cla­rita a dos metros del árbitro. Por suerte no le mostraron tarjeta, puro palabreo no más.
Vino el pitazo y Jaime Baeza ―que no es el camión Baeza, porque ese es estoper y juega en Iberia―, le dio con borde externo, pie derecho, fuerte y combado, justo por encima de la barrera... Un tiro al ángulo, como puesto con la mano. Dejó parado a nuestro arquero; nada que decir, precioso gol.
A todos se nos vino la noche encima. Pero para Briones fue peor. Se dejó caer en el asiento, agarrán­dose el pecho con las manos. Nosotros nos miramos preocupados. Alguien sacó una botella de pisco, que había metido de contrabando, y se la dio. Parece que le hizo bien, porque se abrochó el abrigo para capear el frío y al poco rato estaba avivando al equipo.
La pena no duró ni diez minutos, porque vino el gol de Casas, que también fue bonito, porque la agarró en el aire y le salió una emboquillada perfecta, que pilló mal parado al meta Cortés.
Briones bailó de gusto y compró sándwiches para to­dos. La botella de pisco ya se había acabado, pero uno de los muchachos convidó una de tinto, que pasó de boca en boca.

(«La final»)


Narrador observador (cámara cinematográfica):

Una vela ilumina los rostros de ambos hombres, que beben, mientras la cera se derrite y cae, como un espeso llanto, abrazando el gollete de la botella polvorienta que le sirve de candelabro.
El más joven tiene los ojos claros y un bigote afilado, que mientras habla, le imprime a su rostro una inequívoca expresión de zorro. El mayor tiene el gesto triste y bebe en silencio.

(«El peso de los días»)


Narrador intruso:


Este narrador no se limita a la tercera persona. No es raro que aparezca también en la primera persona, como suele darse en Borges. En autores como Kundera la intrusión se verifica como discurso filosófico. El siguiente ejemplo está en primera persona:

Siempre he sido un tipo fiel, y cuando me entró la comezón, cuando me puse a pensar en un par de piernas depiladas, lencería, medias caladas, zapatos de tacón, de inmediato se lo dije a mi señora. Ríase si quiere, pero así no más fue; yo no me soy de esos mojigatos que le da un piquito desabrido a su esposa y le dice que todo va de maravillas, cuando ya hace tiempo que se aburre cuando hace el amor. Y, peor que eso, que sabe que también ella se aburre y, con todo derecho, ya se ha puesto a pensar quizá qué cosas. Y si no las piensa, las sueña; los sueños no mienten; pero no voy a aburrirlo con filosofías, solo me gustaría que pensara cuándo fue la última vez su mujer le contó un sueño, y no me refiero a pavadas, como que soñó que volvía a los tiempos del colegio… ojo que entonces usted no era parte de su vida, usted, para ella, no existía; después de todo el sueño no es una pavada, pero supongamos que lo fuera, o que le dijera que soñó con ruiseñores o con arcoíris, lo que a usted se le ocurra, una cursilería, puede que eso sí le cuente, o alguna pesadilla, eso las mujeres lo cuentan, siempre lo cuentan, pero dígame ¿cuándo fue la última vez que ella le dijo que soñó con usted, que tuvo un sueño erótico con usted? Vaya, veo que se ha puesto serio; no se preocupe, no estoy diciendo que de ahí pasen a los hechos, no su señora, por supuesto, a quien respeto y tengo en alta estima, no señor, y no quisiera que usted creyera que yo pienso mal, pero ya ve, así es como se producen los malos entendidos, y después uno va de boca en boca, como me ocurre a mí.
Sin duda usted estará de acuerdo conmigo en que es más fácil ser la amante de un tipo como yo, que la abnegada esposa, obligada a mantener la casa como Dios manda, después de ocho horas de oficina y dos en ómnibus. Sin pensar en los niños, ¿eh? Sin pensar en los niños. Por eso es que nadie se imagina a su madre en el papel de amante; no me vengan con monsergas de psicoanalista, eso no tiene nada que ver, ni con catecismos ni con respetar padre y madre; sencillamente no se puede, no le quedaba tiempo a la vieja, y si uno no ha visto un paramecio no se lo imagina, por más que se lo expliquen; no es que no existan, no es que no haya madres que se las ingenien para ser la amante de alguien, nada de eso, pero resulta difícil imaginar cómo lo hacen. Usted podría retrucar que conoce a esta madre y a aquella madrecita que no se hacen mayores problemas, le plantan cuernos al marido mientras éste mira la TV; pero ya le dije, yo no niego que existan, no estoy hablando de un convento, y aunque lo estuviera, porque en todas partes se cuecen habas, más fácil en un convento, donde aparte de rezar no hay mucho que hacer…Bueno, bueno, no me mire así, no quise ofender, quién iba a pensar que usted era creyente, un día de estos voy a ver flotar las piedras… No se enfade, le juro que me sorprende; si quiere me retracto, no es necesario que me hable de caridad y abnegación; mi argumento iba por otro lado, solo trataba de explicar por qué uno no es capaz de imaginar a su madre en esas correrías; derecho puede que le asista, eso no se sabe, uno no se entera de lo que pasa en la alcoba de los viejos, al menos así debiera ser, pero uno nunca puede dar una opinión definitiva, de modo que prefiero no irme por las ramas, dejar establecido hay que estar bien loco para pensar en hacer el amor después de pasar la tarde lidiando con dos escolares y un bebé. ¿Se imagina usted a esa mujer pintándose los labios de rojo carmesí? ¿Se la imagina limándose las uñas, enroscando sus pestañas, haciendo maravillas con un delineador? ¿Se la imagina poniéndose unas braguitas diminutas, de un color coqueto, digamos, rojo, para que combine con el lápiz labial? ¿Y qué me dice de las ligas y las medias caladas? Una madre no es amante, no porque no quiera, sino porque no puede o se ha olvidado de querer.

(«La aventura perfecta») 

sábado, 8 de abril de 2017

EL CIEGO DE CHESTERTON (CONSIDERACIONES ACERCA DE LA BELLEZA)


La obra de Thomas De Quincey «El asesinato considerado como una de las bellas artes», resulta particularmente revelador a la hora de hablar de la belleza. A menudo tendemos a creer que la ética deviene por los mismos derroteros que la estética, pero en los márgenes (y no siempre en los márgenes), o si se quiere en lo sutil (y a menudo también en lo sustancial), pareciera que lo bueno y lo bello no siempre transitan por el mismo camino. Lo bueno puede ser soso, incluso cursi, y lo malo, fascinante.
La obra de De Quincey, compuesta por dos conferencias, de tono humorístico, y un post-scriptum, en que se narran asesinatos, no se encuentra entre mis favoritas, pero resulta llamativo que la exposición de ideas, referidas en un tono zumbón, me resultara pálida en comparación con los relatos que cierran el libro. A pesar de ello, no me resisto a citar una de ellas: «la composición de un buen asesinato exige algo más que un par de idiotas que matan o mueren, un cuchillo, una bolsa y un callejón oscuro. El diseño, señores, la disposición del grupo, la luz y la sombra, la poesía, el sentimiento se consideran hoy indispensables en intentos de esta naturaleza».  
En estas líneas, De Quincey desliza elementos importantes a la hora de realizar una aproximación a la idea de belleza: disposición (que puede ser espacial, temporal, relacional, etc.), la luz y la sombra (no solo en términos visuales, pictóricos o fotográficos, sino también la luz y la sombra que muestra, sugiere, vela o devela, resalta o atenúa la palabra), la poesía (otro problema espinoso), el sentimiento (no necesariamente benévolo: el horror, la ira, la pasión, el dolor, el desprecio, forman parte del amplio espectro de los sentimientos humanos), y el diseño, que he dejado para el final, toda vez que resulta, no solo en este caso –el asesinato– sino también en las letras y creo que también en las demás artes, el compendio más o menos anticipado de los otros conceptos.
La forma pareciera ser entonces consustancial a la belleza. Por lo mismo, no bastará, en literatura, expresar las bondades de un alma angélica, las cuitas del amante, ni los buenos deseos y esperanzas de la buena gente; menos aún la defensa de una causa, por justa y ética que esta sea. Espíritus atormentados, con franca inclinación a la locura o al menos hacia lo patológico, como Sábato y Dostoievski, nos han legado obras maestras como «El túnel» y «Crimen y castigo», novelas cuyo tema central es el asesinato; «El extranjero», de Camus, pareciera completar una trilogía de esta lista de crímenes insensatos, que sin embargo alcanzan la categoría de lo sublime. La nómina de autores que logran transformar en belleza lo abyecto, lo sucio o lo macabro, podría resultar tediosa amén de innecesaria; cedo a la tentación, empero, de nombrar a Poe, a Quiroga y, sobre todo, a Bukowski. En poesía, qué decir del Autorretrato de Nicanor Parra o del sufrimiento convertido en belleza, que recorre los versos de «Alturas de Machu-Pichu». Antonin Artaud, no siendo de mis autores favoritos, merece también una cita.
La belleza pareciera, por lo mismo, reinar entre las formas. Qué aspectos de estas resultan bellos para el humano, no es algo que se pueda asir fácilmente: la simetría, la proporción, la textura, el color, la luminosidad, la sombra, la composición, parecen ser elementos constitutivos de la belleza, y sin embargo, se nos escapan otros, a la vez que se nos aparecen aquí y allá las excepciones.
El criterio del placer que proporcionan al ser humano las cosas bellas, podría ser la base para construir una noción de lo bello; sin embargo, no todo lo placentero adquiere una categoría estética. Pareciera ser una condición necesaria, pero en ningún caso suficiente.
El punto de vista de la subjetividad, es decir, la posibilidad de que sea el sujeto quién determine de acuerdo a sus propios cánones, no puede ser desechado sin un análisis, aunque sea somero. Un ciego puede ser pintoresco, nos advertía Chesterton, pero hay que tener un buen par de ojos para solazarse con el espectáculo. Desde un punto de vista subjetivo, pero ingenuo, podría uno conformarse con la crítica ínsita en la afirmación: crítica moral, que, ya lo hemos discutido antes, no basta para restarle méritos estéticos. Un punto de vista diferente, pero también ingenuo, argüirá que Chesterton puede considerar sin duda un espectáculo deplorable la miseria humana, pero que tal vez, incluso por los mismos motivos, un pintor hará el retrato a lápiz del ciego de Chesterton, y tal vez un poeta le dedique unos versos. Habrá, sin duda, quienes prefieran los sonetos de amor. En gustos no hay nada escrito, se dirá desde el subjetivismo más ingenuo. Pero, sin duda, el par de ojos resulta imprescindible a la hora de contemplar el retrato o de leer los versos. Es desde este punto del cual puede arrancar un subjetivismo que no resulte ingenuo: es el ser humano en donde radica la belleza, en la medida en que la ausencia del observador deja impávido al universo. Para el cosmos no hay belleza ni fealdad, maldad ni virtud, escepticismo o fe. La belleza, entonces, no reside en el objeto sino en cómo ese objeto es investido de atributos por la percepción de los sentidos, por los procesos que en el cerebro motivan, por las asociaciones que despiertan, por el goce que motivan, del mismo modo que una llave abre una cerradura. La vibración del alma humana frente al cosmos, cosmos de la que no es sino una parte, es la morada de lo bello. Pero como esta disposición a embelesarse frente al mundo es propia de la naturaleza humana, el subjetivismo ingenuo se ve obligado a retroceder, en la medida que el funcionamiento del cerebro humano constituye una herencia común, y por lo mismo, puede hablarse de una mayor o menor capacidad para el hecho estético, del mismo modo en que se puede decir que una u otra persona discurren con mayor o menor sabiduría, sin que se pretenda que cada quién defina la inteligencia a su regalada gana. Puede, por lo tanto, hablarse de buen gusto, sentido estético, feísmo y grosería, como de una facultad –o una falencia– del espíritu humano. Pero no puede negarse la facultad en sí. Pueden aceptarse matices, preferencias, diferentes sensibilidades históricas o culturales, incluso modas (con sumo cuidado, como se camina en medio de un bosque en una noche de niebla), pero no se puede creer seriamente en estatutos privados de lo bello, en una suerte de anarquía sensorial en la que cada quien puede arrogarse para sí la capacidad para determinar qué es lo bello, e imponerlo a los demás o al menos servirle de guarida. El goce frente a la belleza es siempre compartido; lo que hizo vibrar a los cultos helenos, es también materia de goce para el hombre de hoy en día. Pocos se quedaran fríos frente a la belleza de las catedrales de la Europa medieval, aun cuando no compartan la fe de los maestros constructores que consagraron su vida a erigirlas. No es necesario comprender el tallado de la piedra, leer los planos o calcular la altura de las ábsides, para sentir que su belleza roza con sus inefables dedos la carnadura del alma. De igual manera, un cuento Cortázar, una acuarela de Constable, una escultura, aún abstracta, no requiere explicación alguna, no precisa de un manual de instrucciones o de una didáctica previa; el goce estético es inmediato, o no lo es. En una segunda mirada podemos, y es lícito hacerlo, preguntarnos por qué y de qué modo. Es posible entonces que una nueva experiencia estética aparezca ante nosotros, en la medida en que la arquitectura de la belleza, los hilos que la mantienen viva, el modo en que se nos aparece, su nervadura, la forma en que fluye la sangre que le da vida, es también, o puede ser, una manifestación de ella misma. 
No afirmo que la sensibilidad estética no pueda ser educada; el niño aprende aritmética, geometría y lógica, pero las aprende solo en la medida en que como miembro de la especie tiene la capacidad lógica, puede comprender las formas, los espacios y las medidas, y puede, a partir de sus diez dedos y millones de neuronas, aprender a contar. Ello permite que su sensibilidad musical transite desde las canciones infantiles a las sinfonías; pero desde un principio estaba capacitado para distinguir la música del ruido. No recurriré al absurdo angélico de pensar que todo el conocimiento humano, todas sus creaciones y goces, estaban inscritos en su alma con anterioridad a su tránsito terreno. Lo estaban sus capacidades.  
Pero aun asumiendo esta postura, debo confesar que cualquier definición de la belleza me parece apenas un boceto, y la palabra inefable, como una mariposa nocturna, revolotea, molesta, en mi mente. 
No puedo, por lo tanto, sino rendirme a la belleza, cortejarla, alguna vez rozarla con mis dedos, sin llegar a comprenderla.

lunes, 6 de febrero de 2017

EL LIMÓN DE MARRAKECH



Elías Canetti cuenta que en la judería de Marrakech vio a un hombre enfermizo acurrucado en el suelo que ofrecía a la venta un único y reseco limón. Omite decir que quien compró aquel limón fui yo. Ignoro los motivos que lo llevaron a ignorarme; quiero creer que la presencia de otro extranjero en aquel lugar le resultaba intolerable, no tanto por el natural celo de un explorador que se encuentra con un colega en tierras ignotas, sino porque mi presencia en aquel lugar profanaba una visión sagrada. Quiero pensar también que fue mi presencia quien lo privó del privilegio de comprar aquel limón.
No padezco de una naturaleza avasalladora, por lo que me mantuve a prudente distancia mientras él acariciaba una moneda en su bolsillo. Mi presencia, sin embargo, le resultaba ineludible. No es posible ignorar un guijarro que cae en un estanque; su mínima caída perturba el sueño de las aguas. El beneficio de una displicencia apócrifa le permitió alejarse sin escándalo.
Yo, en cambio, permanecí en aquel sitio el tiempo suficiente como para comprender que aquel limón era insondable para los mortales, y que sólo su posesión me permitiría develar el misterio. La moneda, empero, se resistía entre un manojo de llaves. Finalmente la tuve en mi mano y, sin que yo dijera una palabra, pasó a la mano sarmentosa del viejo judío. Elías Canetti había desaparecido entre la multitud.
De vuelta en el hotel, me entretuve mirando el limón, con la mezquina satisfacción de haberle arrebatado un tesoro a un hombre superior.
Debí dormirme temprano y tal vez soñé. Un golpeteo inapelable en la puerta me despertó. La madera era maciza, por lo que supuse que quien llamaba lo hacía con los nudillos doloridos. Esta observación me libró de cualquier fantasía libidinosa: una mujer no se estropearía los dedos golpeando con tal determinación. Abrí recelando. Un árabe de mirada torva me dijo que me traía noticias de cierto sultán cuyo nombre prefiero no revelar. Le pedí que me esperara en la recepción para poder vestirme en forma apropiada.
No me sorprendió encontrármelo junto a la puerta de mi habitación cuando me asomé vistiendo un traje elegante pero no fastuoso. Tampoco me llamó la atención que nadie me hubiera anunciado su visita mediante el teléfono, mudo en la mesita de luz. Lo seguí escaleras abajo, un poco molesto, pero sin que me importunara el peso del temor.
No había nadie en recepción, de modo que nuestra salida fue anónima.
Un coche de brillos inusuales nos esperaba. Era un Mercedes-Benz del treinta y tantos, que supuse herencia de un jerarca nazi, sin otro motivo que mi propensión a los misterios y las conspiraciones. Un chofer silente me condujo a una residencia fastuosa que no dudaría en catalogar de palacio. Un lacayo, vestido a la usanza de los beréberes, abrió la puerta del coche y se mantuvo con la cabeza gacha sin dirigirme la palabra. Comprendí que debía entrar en el palacio. El emisario que me había despertado en el hotel había desaparecido. La madrugada se insinuaba como una línea pálida en el horizonte. Supuse un desierto calcinante e interminables caravanas de camellos bajo esa línea.
Penetré en las estancias del palacio guiado apenas por el murmullo de unas voces en una de las habitaciones. La puerta estaba abierta y frente a una mesa que les servía de escritorio, un hombre obeso, vestido a la usanza occidental, y dos amanuenses marroquíes, discutían inclinados sobre un pergamino. Me saludaron con un movimiento de cabeza y me invitaron a que me sentara, cosa que hice en la única silla que había de mi lado.
–Permítame que me presente, mi señor –dijo el hombre de aspecto europeo– Mi nombre es Smith, Dalton Smith, y represento a la firma Cornelius & Cooper, de Londres. Estos son mis secretarios.
Los beréberes no se dieron por aludidos.
Luego me explicó que su señor había desaparecido hacía ya más de cincuenta años, en circunstancias del todo inexplicables. La policía había llevado a cabo una cuidadosa investigación, que no excluyó la tortura y el soborno. Una agencia de Londres, contratada por Cornelius & Cooper, se encargó de investigar a la policía. La firma fue dispendiosa y circularon rumores de recompensas. La delación sirvió para ajustar algunas cuentas, pero aparte de felonías sin importancia, el método no pudo ser justificado en ningún balance, y al cabo de diez años las recompensas dejaron de ser pagadas. La oportunidad de deshacerse de un socio molesto o de saldar pleitos añejos, fue acicate suficiente para que la práctica no fuera abandonada, y luego de varios lustros aún sigue ocasionando malestar en los directores. La firma de buen grado las desecharía, pero existe el albur de que entre el perjurio y la malicia se esconda algún indicio que permita encontrar al amo. Nada hay que Cornelius & Cooper no haya investigado y descartado por completo, y por lo mismo, ninguna posibilidad deja de ser cierta. Eminentes cabalistas, videntes y taumaturgos han sido convocados en el más riguroso de los secretos, pero sus predicciones han resultado tan vagas que lo mismo pudieron ser ciertas que una pérdida de tiempo. Nadie puede afirmar que sus afirmaciones fueran inverosímiles, pero resultaron, en todo caso, impracticables.
Por mandato de la firma, transcurridos ya cincuenta años sin tener noticias del paradero del amo, se expidió en Londres un acta de defunción, que firmaron de buena gana dos forenses calificados. Uno de ellos era de El Cairo, el otro de Marrakech. Ninguno de ellos se movió de su casa. Se supo entonces que el ilustre desaparecido había caído a un pozo. Esta circunstancia permitió a los albaceas abrir el testamento.
–Su última voluntad consta en este pergamino –sentenció Dalton Smith.
El heredero sería el dueño de aquel limón, cuidadosamente descrito, que había llegado a mis manos.
El pago por los servicios que me había prestado la agencia dilapidó la mitad del legado, que aun así siguió siendo considerable. Sobornar a las autoridades, en cambio, resultó una bicoca. Fue la misma firma quien intercedió ante ellos para establecer un lejano parentesco con mi benefactor y otorgarme la merced de la ciudadanía. Saldar algunas deudas, que antes de mi viaje me complicaban la vida, resultó menos dispendioso que la primera de las fiestas que brindé.
El cultivo de limones recobró parte de mi hacienda.
Un día, un camión entró a los huertos, y su conductor, un árabe obeso, de extraños ojos verdes, se entretuvo explorando los limoneros. Me recomendó que los cuidara del piojo blanco y de los pulgones, y acto seguido, arrojó un limón postrero sobre la carga. Creí reconocer aquel limón, pero el hombre me arrancó de mis cavilaciones insistiendo en pagarme el cargamento personalmente; no confiaba en mis recaudadores. Recibí sus billetes y sentí que me quemaban en la mano. Por la noche soñé con él.
El despertar fue pesado y el café me supo insulso. Mis empleados me ofrecieron té de menta, pero yo no quería extenuar mi estómago con tizanas, de modo que me conformé con un zumo de naranjas. No recordaba si había soñado con el hombre que me compró los limones o si había soñado que un hombre me compró los limones. Fue vano examinar los libros, pues nadie se había preocupado de asentar la transacción y sólo yo había tenido a la vista el dinero. Escudriñé mis faltriqueras y no me sorprendió encontrarlas vacías.
Pasé la mañana en la biblioteca; desempolvé tratados de álgebra, catálogos de numismática y una cartografía de los cielos de un hombre santo, que vivió en Persia unos cincuenta años antes de la hégira. Ninguno cautivó mi interés más de un par de horas.
Decidí no almorzar. Dediqué la tarde a un mapa de las constelaciones, historias de navegantes y manuales de horticultura. El azar quiso que tropezara con un estudio medieval acerca del cultivo de los limones en tierras moras, la influencia de las fases de la luna y perniciosa acción de los pulgones y el piojo blanco. El autor: un antepasado de mi benefactor. Su retrato era el de un árabe obeso de intensos ojos verdes. Decidí buscarlo.
Al día siguiente me encaminé a Marrakech.
El camión se encontraba a unos metros del mercado. Supuse que el puesto que buscaba era el más cercano. Reconocí el aroma de los limones, pero no pude discernir si eran los míos: el mercado estaba compuesto de cientos de comercios iguales; enormes pilas de limones, una al lado de la otra. La calle entera era una redundancia aromática y amarilla. En cada puesto un árabe silente, el mismo árabe repetido una eternidad de veces, sentado inmóvil entre la mercancía. Ninguno de ellos era el que buscaba. Pero había un puesto vacío.  
La espera se prolongó durante horas. La tarde coloreaba con tonos dorados los muros de ladrillo. Mis piernas se doblaban.
A nadie le extrañó que buscara refugio entre los limones y me sentara en el suelo. El caos del Zoco permitió la permutación, que en un primer momento pasó inadvertida incluso para mí. Sólo al caer la noche comprendí que mi lugar estaba entre los mercaderes, los encantadores de serpientes y los artesanos. Un trozo de cordero asado y estofado de garbanzos me ganaron para la noche. Dormí en el camión y tuve un sueño. En el sueño era un señor, amigo de los ingleses, que no despreciaba el comercio con los españoles; los franceses lo respetaban y lo servía la policía. Vivía en un palacio cercano a Marrakech, dedicado al ocio de los libros y al cultivo de los limoneros.
Al día siguiente, bebí un té de menta y me interrogué en vano acerca del sueño. No había en él ningún enigma; pero nada me era propio. Pensé en contárselo a mi mujer. Es sabido que la opinión de las mujeres no importa, pero se trataba de un asunto irrelevante; nadie podría ver en ese sueño un augurio. Mi mujer no vivía en Marrakech, de modo que mi confidencia debería esperar a mi regreso.
En mi memoria apareció una casa sin ventanas, con terraza y un patio de mosaicos sucios y gastados. Supe que había tenido dos esposas y que a ninguna amé. Supe que la primera murió de unas fiebres que casi despoblaron la aldea en que vivíamos, y que después viví en Fez. Supe que en esa ciudad codicié el amor una mujer noble y que ella me despreció. Supe que trabé amistad con impuros, que me enrolé como mercenario y que una bala que no me estaba destinada se me alojó en el hombro; el príncipe a quien salvé la vida se libró de mí con una recompensa generosa. Dilapidé el dinero en empresas desquiciadas, peregriné a La Meca y una vez saldada mis cuentas con la fe, me entregué a una vida disoluta. No fui un buen musulmán, de modo que cuando la pobreza llamó a mi puerta, la acepté con resignación. Esa sucesión de ayunos y de noches en vela por culpa de las pulgas, no me era desconocida, de modo que terminé por sentirme conforme. Alá se portaba piadoso conmigo.
Viajé a Marrakech y serví a los europeos que por aquel entonces gobernaban el país; mi comercio en varias lenguas era apreciado tanto por el servil como por el traidor. Una rebelión inesperada me llevó a las mazmorras de un cuartel. La voluntad de Alá me impidió morir; el desprecio de los hombres me enseñó el camino de la rectificación.
Trabajé en la judería como asistente en un comercio de granos; mi tarea consistía en pesar y llevar la cuenta de las transacciones. Mi salario era mezquino, pero mis necesidades eran pocas, de modo que logré comprar un par de acémilas, y con ellas, me dediqué a comprar especias en los pueblos, que luego revendía en la judería. Era bien mirado por todos, y aunque no fue aprobado, mi matrimonio con una de las hijas de mis antiguos patrones fue bien tolerado. La familia, empero, prefirió enviarnos a vivir lejos de Marrakech. Tuvimos una casa, un huerto, hijos, perros y un camión. Me dediqué al comercio de cítricos, engordé y envejecí.
El sol ya estaba alto. La pila de limones había ido reduciéndose con las horas; en mi bolsa, las monedas parecían bubas y amenazaban con romperla. Pensé que podría emprender el regreso al abrigo de la noche. Los últimos limones los compró un hombre delgado, de barbas largas y cenicientas, y una kipá en la mollera.
Aquel hombre durmió mal aquella noche. Soñó con una plaga de cochinillas. Pero yo aún no me reconocía en él.
Recién me supe quién era por la mañana. La obligación de ganarme el pan pospuso toda sorpresa. Bebí té de menta y comí un bollo de hojaldre. Después me presenté en la casa de un judío rico, a quien se le había muerto la madre. Deshice el atado en el que había guardado mis ungüentos y afeites, y procedí a maquillar a la difunta. Cerca del mediodía me despedí del hombre, quien regateó mis honorarios y resultó un avaro. Como era un hombre viejo, sonreí pensando que un día no muy lejano me tocaría maquillarlo. Visité tres casas más ese día. Casas de pobres, a los que cobré lo justo.
Conocí tiempos mejores. Trabajé con europeos, dignatarios que a veces tenían el atrevimiento de morir en estas tierras. Les aligeraba el viaje a la gloria, y sólo una vez fui sorprendido. Un reloj de bolsillo fue mi condena. El hijo del difunto, un muchacho alto, colorín y pecoso, lo recordó de pronto y lo buscó entre sus ropas. La viuda reclamó el anillo de compromiso y como no lo encontró, ordenó que me registraran. Un diente de oro dio por finalizado el inventario. Fui arrojado a la calle por un par de gañanes.
Me puse de pie, adolorido, y sacudí el polvo de mi chilaba. Un amanuense se me acercó con un sobre sellado: la familia había considerado impropio no recompensar mi trabajo. La policía me alivió de ese peso.
Al cabo de una semana, un funcionario me reconoció en las mazmorras. Era un burócrata oscuro que abrigaba viejos rencores contra el difunto. Aplazamientos en su carrera, destinaciones inhóspitas y hasta deudas de juego se contaban entre los agravios. No es improbable que aquello importara menos que algún desprecio.
Debí dar gracias a Alá dos veces seguidas. La primera, porque se me prendiera y se incoara un proceso en mi contra, invocando la ley francesa, lo que me permitió salvar mis manos; la segunda, por los buenos oficios de aquel funcionario que extravió mi expediente.
Residí en Ceuta, entre musulmanes, pero no desprecié el favor de los españoles. La pericia de mis manos me valió clientes fieles y algunos elogios. Fue en esa ciudad donde aprendí, de un viejo judío, la propiedad que Adonaí otorgó al zumo de limón de aclarar las pieles. Con el viejo aprendí también las costumbres de los judíos ortodoxos. No hubo quién reclamara sus bienes el día de su muerte. No lo espulgué minuciosamente por respeto a quien había sido mi amigo, pero lo aligeré de todo aquello que ya no iba a precisar. Nadie en la judería me vio huir aquella noche, pero doy fe de que el cadáver estaba reluciente.
Ya hacía un mes que vivía entre judíos. La maledicencia de unos moros quiso que me malquistara con un comerciante de camellos. Me habló de ciertos hurtos ocurridos en su casa, de los que yo no podía saber nada. Esa tarde estuve ocupado con los restos de su padre, quien había sido emboscado por ladrones, maniatado, degollado y luego abandonado en el desierto. La tarea fue ardua, pero luego de unas horas el cadáver estuvo presentable. No tuve tiempo para registrarlo. Pero fui culpado por la pérdida de un anillo y una daga con adornos de plata.
Decidí viajar a Marrakech convertido en judío. Con los años, me he convencido de que lo soy. Concurro a la sinagoga, leo la Torá, y un día que no quisiera recordar, me adentré en el desierto con un cuchillo en la mano. Los montes Atlas fueron los únicos testigos de mi espanto. Volví a mi casa circuncidado.
He sido un buen judío desde entonces. Practico mi arte con piedad y aunque no soy un hombre desprendido, no desprecio la limosna. La visión de un hombre viejo y enfermizo que extiende la mano hacia mí, me resulta intolerable. Suelo llevar unas monedas en mi bolsillo para aquellos casos. La molesta circunstancia de que me encontrara ese día con más necesitados que lo habitual, me llevó a no disponer de otra cosa que dar que un limón reseco, incapaz de ofrecer el zumo necesario para mi oficio. Esa sola circunstancia me hizo dormir inquieto.
El sol me despertó temprano. Ya había perdido la costumbre de desayunar, por lo que apenas sentí hambre. Un escozor en mi axila me permitió atrapar un piojo. Entre mis ropas, encontré también un limón reseco, y pensé que si podía venderlo, quizá podría comprar un bollo dulce. Luego supe que mientras pudiera ofrecer el limón a la venta, no sería un mendigo. La circunstancia de que aquel limón no fuera sino un fruto reseco, me permitiría mantener por largo tiempo la ilusión. Yo, que había vivido en un palacio, rodeado de huertos y olorosos limoneros; yo, que desafié las arenas del Sahara estableciendo nuevas rutas comerciales; yo, que traté con infieles sellando acuerdos ventajosos para todos, fui asaltado por piratas del desierto, que degollaron a mis hombres, se apoderaron de mis camellos y me arrojaron en un pozo. Fui rescatado por beduinos quienes me abandonaron en el primer pueblo que encontraron, luego de que un médico me examinara y, tras oír mi historia, decidiera que estaba loco. Con el tiempo supe que el diagnóstico había sido certero. Oré a Dios, a cualquiera de los dioses que impetran el cielo, que me libraran de aquellas imágenes venturosas y me permitieran vivir como el más humilde de sus siervos, pero no como un pordiosero.
Supe que mis plegarias no fueron desoídas cuando un judío me prodigó un limón que no podía ser vendido. En un principio pensé en lograr una transacción afortunada, apelando a la tenacidad y acaso también a la compasión. Pero luego me di cuenta que, además de mis huesos, era lo único que poseía. Maldije a quien me ofreciera por él una moneda. Maldije cada una de las manos que tocaron aquel limón y las que lo tocarían. Pedí a Dios que si alguien lo compraba se llevara también mi memoria; que cargara con todas las vidas que lo trajeron hasta mí, y me dejara a mí aliviado.
La tarde transcurrió sin que nadie me mirara. Las pilas olorosas de limones, un puesto junto al otro, un judío en cada puesto, el mismo puesto y el mismo judío repetido hasta el infinito, mantuvieron las miradas alejadas del limón reseco que yo ofrecía. Solo los ojos de un occidental se detuvieron en mis pobres huesos acurrucados en el suelo y en el inverosímil comercio que me ocupaba. Vi, con temor, que buscaba en sus bolsillos una moneda. Alivió mi alma verlo reflexionar, y cuando me miró nuevamente, supe que había comprendido. Se alejó caminando ensimismado. Lo seguí con la mirada hasta que se perdió entre la gente que colmaba la judería. No alcancé a darme cuenta de que otro occidental se había acercado. Cuando volví los ojos hacia él, vi que me ofrecía una moneda. Le entregué el limón sin decirle una palabra. Que Dios se apiade de nosotros dos.