sábado, 8 de abril de 2017

EL CIEGO DE CHESTERTON (CONSIDERACIONES ACERCA DE LA BELLEZA)


La obra de Thomas De Quincey «El asesinato considerado como una de las bellas artes», resulta particularmente revelador a la hora de hablar de la belleza. A menudo tendemos a creer que la ética deviene por los mismos derroteros que la estética, pero en los márgenes (y no siempre en los márgenes), o si se quiere en lo sutil (y a menudo también en lo sustancial), pareciera que lo bueno y lo bello no siempre transitan por el mismo camino. Lo bueno puede ser soso, incluso cursi, y lo malo, fascinante.
La obra de De Quincey, compuesta por dos conferencias, de tono humorístico, y un post-scriptum, en que se narran asesinatos, no se encuentra entre mis favoritas, pero resulta llamativo que la exposición de ideas, referidas en un tono zumbón, me resultara pálida en comparación con los relatos que cierran el libro. A pesar de ello, no me resisto a citar una de ellas: «la composición de un buen asesinato exige algo más que un par de idiotas que matan o mueren, un cuchillo, una bolsa y un callejón oscuro. El diseño, señores, la disposición del grupo, la luz y la sombra, la poesía, el sentimiento se consideran hoy indispensables en intentos de esta naturaleza».  
En estas líneas, De Quincey desliza elementos importantes a la hora de realizar una aproximación a la idea de belleza: disposición (que puede ser espacial, temporal, relacional, etc.), la luz y la sombra (no solo en términos visuales, pictóricos o fotográficos, sino también la luz y la sombra que muestra, sugiere, vela o devela, resalta o atenúa la palabra), la poesía (otro problema espinoso), el sentimiento (no necesariamente benévolo: el horror, la ira, la pasión, el dolor, el desprecio, forman parte del amplio espectro de los sentimientos humanos), y el diseño, que he dejado para el final, toda vez que resulta, no solo en este caso –el asesinato– sino también en las letras y creo que también en las demás artes, el compendio más o menos anticipado de los otros conceptos.
La forma pareciera ser entonces consustancial a la belleza. Por lo mismo, no bastará, en literatura, expresar las bondades de un alma angélica, las cuitas del amante, ni los buenos deseos y esperanzas de la buena gente; menos aún la defensa de una causa, por justa y ética que esta sea. Espíritus atormentados, con franca inclinación a la locura o al menos hacia lo patológico, como Sábato y Dostoievski, nos han legado obras maestras como «El túnel» y «Crimen y castigo», novelas cuyo tema central es el asesinato; «El extranjero», de Camus, pareciera completar una trilogía de esta lista de crímenes insensatos, que sin embargo alcanzan la categoría de lo sublime. La nómina de autores que logran transformar en belleza lo abyecto, lo sucio o lo macabro, podría resultar tediosa amén de innecesaria; cedo a la tentación, empero, de nombrar a Poe, a Quiroga y, sobre todo, a Bukowski. En poesía, qué decir del Autorretrato de Nicanor Parra o del sufrimiento convertido en belleza, que recorre los versos de «Alturas de Machu-Pichu». Antonin Artaud, no siendo de mis autores favoritos, merece también una cita.
La belleza pareciera, por lo mismo, reinar entre las formas. Qué aspectos de estas resultan bellos para el humano, no es algo que se pueda asir fácilmente: la simetría, la proporción, la textura, el color, la luminosidad, la sombra, la composición, parecen ser elementos constitutivos de la belleza, y sin embargo, se nos escapan otros, a la vez que se nos aparecen aquí y allá las excepciones.
El criterio del placer que proporcionan al ser humano las cosas bellas, podría ser la base para construir una noción de lo bello; sin embargo, no todo lo placentero adquiere una categoría estética. Pareciera ser una condición necesaria, pero en ningún caso suficiente.
El punto de vista de la subjetividad, es decir, la posibilidad de que sea el sujeto quién determine de acuerdo a sus propios cánones, no puede ser desechado sin un análisis, aunque sea somero. Un ciego puede ser pintoresco, nos advertía Chesterton, pero hay que tener un buen par de ojos para solazarse con el espectáculo. Desde un punto de vista subjetivo, pero ingenuo, podría uno conformarse con la crítica ínsita en la afirmación: crítica moral, que, ya lo hemos discutido antes, no basta para restarle méritos estéticos. Un punto de vista diferente, pero también ingenuo, argüirá que Chesterton puede considerar sin duda un espectáculo deplorable la miseria humana, pero que tal vez, incluso por los mismos motivos, un pintor hará el retrato a lápiz del ciego de Chesterton, y tal vez un poeta le dedique unos versos. Habrá, sin duda, quienes prefieran los sonetos de amor. En gustos no hay nada escrito, se dirá desde el subjetivismo más ingenuo. Pero, sin duda, el par de ojos resulta imprescindible a la hora de contemplar el retrato o de leer los versos. Es desde este punto del cual puede arrancar un subjetivismo que no resulte ingenuo: es el ser humano en donde radica la belleza, en la medida en que la ausencia del observador deja impávido al universo. Para el cosmos no hay belleza ni fealdad, maldad ni virtud, escepticismo o fe. La belleza, entonces, no reside en el objeto sino en cómo ese objeto es investido de atributos por la percepción de los sentidos, por los procesos que en el cerebro motivan, por las asociaciones que despiertan, por el goce que motivan, del mismo modo que una llave abre una cerradura. La vibración del alma humana frente al cosmos, cosmos de la que no es sino una parte, es la morada de lo bello. Pero como esta disposición a embelesarse frente al mundo es propia de la naturaleza humana, el subjetivismo ingenuo se ve obligado a retroceder, en la medida que el funcionamiento del cerebro humano constituye una herencia común, y por lo mismo, puede hablarse de una mayor o menor capacidad para el hecho estético, del mismo modo en que se puede decir que una u otra persona discurren con mayor o menor sabiduría, sin que se pretenda que cada quién defina la inteligencia a su regalada gana. Puede, por lo tanto, hablarse de buen gusto, sentido estético, feísmo y grosería, como de una facultad –o una falencia– del espíritu humano. Pero no puede negarse la facultad en sí. Pueden aceptarse matices, preferencias, diferentes sensibilidades históricas o culturales, incluso modas (con sumo cuidado, como se camina en medio de un bosque en una noche de niebla), pero no se puede creer seriamente en estatutos privados de lo bello, en una suerte de anarquía sensorial en la que cada quien puede arrogarse para sí la capacidad para determinar qué es lo bello, e imponerlo a los demás o al menos servirle de guarida. El goce frente a la belleza es siempre compartido; lo que hizo vibrar a los cultos helenos, es también materia de goce para el hombre de hoy en día. Pocos se quedaran fríos frente a la belleza de las catedrales de la Europa medieval, aun cuando no compartan la fe de los maestros constructores que consagraron su vida a erigirlas. No es necesario comprender el tallado de la piedra, leer los planos o calcular la altura de las ábsides, para sentir que su belleza roza con sus inefables dedos la carnadura del alma. De igual manera, un cuento Cortázar, una acuarela de Constable, una escultura, aún abstracta, no requiere explicación alguna, no precisa de un manual de instrucciones o de una didáctica previa; el goce estético es inmediato, o no lo es. En una segunda mirada podemos, y es lícito hacerlo, preguntarnos por qué y de qué modo. Es posible entonces que una nueva experiencia estética aparezca ante nosotros, en la medida en que la arquitectura de la belleza, los hilos que la mantienen viva, el modo en que se nos aparece, su nervadura, la forma en que fluye la sangre que le da vida, es también, o puede ser, una manifestación de ella misma. 
No afirmo que la sensibilidad estética no pueda ser educada; el niño aprende aritmética, geometría y lógica, pero las aprende solo en la medida en que como miembro de la especie tiene la capacidad lógica, puede comprender las formas, los espacios y las medidas, y puede, a partir de sus diez dedos y millones de neuronas, aprender a contar. Ello permite que su sensibilidad musical transite desde las canciones infantiles a las sinfonías; pero desde un principio estaba capacitado para distinguir la música del ruido. No recurriré al absurdo angélico de pensar que todo el conocimiento humano, todas sus creaciones y goces, estaban inscritos en su alma con anterioridad a su tránsito terreno. Lo estaban sus capacidades.  
Pero aun asumiendo esta postura, debo confesar que cualquier definición de la belleza me parece apenas un boceto, y la palabra inefable, como una mariposa nocturna, revolotea, molesta, en mi mente. 
No puedo, por lo tanto, sino rendirme a la belleza, cortejarla, alguna vez rozarla con mis dedos, sin llegar a comprenderla.

lunes, 6 de febrero de 2017

EL LIMÓN DE MARRAKECH



Elías Canetti cuenta que en la judería de Marrakech vio a un hombre enfermizo acurrucado en el suelo que ofrecía a la venta un único y reseco limón. Omite decir que quien compró aquel limón fui yo. Ignoro los motivos que lo llevaron a ignorarme; quiero creer que la presencia de otro extranjero en aquel lugar le resultaba intolerable, no tanto por el natural celo de un explorador que se encuentra con un colega en tierras ignotas, sino porque mi presencia en aquel lugar profanaba una visión sagrada. Quiero pensar también que fue mi presencia quien lo privó del privilegio de comprar aquel limón.
No padezco de una naturaleza avasalladora, por lo que me mantuve a prudente distancia mientras él acariciaba una moneda en su bolsillo. Mi presencia, sin embargo, le resultaba ineludible. No es posible ignorar un guijarro que cae en un estanque; su mínima caída perturba el sueño de las aguas. El beneficio de una displicencia apócrifa le permitió alejarse sin escándalo.
Yo, en cambio, permanecí en aquel sitio el tiempo suficiente como para comprender que aquel limón era insondable para los mortales, y que sólo su posesión me permitiría develar el misterio. La moneda, empero, se resistía entre un manojo de llaves. Finalmente la tuve en mi mano y, sin que yo dijera una palabra, pasó a la mano sarmentosa del viejo judío. Elías Canetti había desaparecido entre la multitud.
De vuelta en el hotel, me entretuve mirando el limón, con la mezquina satisfacción de haberle arrebatado un tesoro a un hombre superior.
Debí dormirme temprano y tal vez soñé. Un golpeteo inapelable en la puerta me despertó. La madera era maciza, por lo que supuse que quien llamaba lo hacía con los nudillos doloridos. Esta observación me libró de cualquier fantasía libidinosa: una mujer no se estropearía los dedos golpeando con tal determinación. Abrí recelando. Un árabe de mirada torva me dijo que me traía noticias de cierto sultán cuyo nombre prefiero no revelar. Le pedí que me esperara en la recepción para poder vestirme en forma apropiada.
No me sorprendió encontrármelo junto a la puerta de mi habitación cuando me asomé vistiendo un traje elegante pero no fastuoso. Tampoco me llamó la atención que nadie me hubiera anunciado su visita mediante el teléfono, mudo en la mesita de luz. Lo seguí escaleras abajo, un poco molesto, pero sin que me importunara el peso del temor.
No había nadie en recepción, de modo que nuestra salida fue anónima.
Un coche de brillos inusuales nos esperaba. Era un Mercedes-Benz del treinta y tantos, que supuse herencia de un jerarca nazi, sin otro motivo que mi propensión a los misterios y las conspiraciones. Un chofer silente me condujo a una residencia fastuosa que no dudaría en catalogar de palacio. Un lacayo, vestido a la usanza de los beréberes, abrió la puerta del coche y se mantuvo con la cabeza gacha sin dirigirme la palabra. Comprendí que debía entrar en el palacio. El emisario que me había despertado en el hotel había desaparecido. La madrugada se insinuaba como una línea pálida en el horizonte. Supuse un desierto calcinante e interminables caravanas de camellos bajo esa línea.
Penetré en las estancias del palacio guiado apenas por el murmullo de unas voces en una de las habitaciones. La puerta estaba abierta y frente a una mesa que les servía de escritorio, un hombre obeso, vestido a la usanza occidental, y dos amanuenses marroquíes, discutían inclinados sobre un pergamino. Me saludaron con un movimiento de cabeza y me invitaron a que me sentara, cosa que hice en la única silla que había de mi lado.
–Permítame que me presente, mi señor –dijo el hombre de aspecto europeo– Mi nombre es Smith, Dalton Smith, y represento a la firma Cornelius & Cooper, de Londres. Estos son mis secretarios.
Los beréberes no se dieron por aludidos.
Luego me explicó que su señor había desaparecido hacía ya más de cincuenta años, en circunstancias del todo inexplicables. La policía había llevado a cabo una cuidadosa investigación, que no excluyó la tortura y el soborno. Una agencia de Londres, contratada por Cornelius & Cooper, se encargó de investigar a la policía. La firma fue dispendiosa y circularon rumores de recompensas. La delación sirvió para ajustar algunas cuentas, pero aparte de felonías sin importancia, el método no pudo ser justificado en ningún balance, y al cabo de diez años las recompensas dejaron de ser pagadas. La oportunidad de deshacerse de un socio molesto o de saldar pleitos añejos, fue acicate suficiente para que la práctica no fuera abandonada, y luego de varios lustros aún sigue ocasionando malestar en los directores. La firma de buen grado las desecharía, pero existe el albur de que entre el perjurio y la malicia se esconda algún indicio que permita encontrar al amo. Nada hay que Cornelius & Cooper no haya investigado y descartado por completo, y por lo mismo, ninguna posibilidad deja de ser cierta. Eminentes cabalistas, videntes y taumaturgos han sido convocados en el más riguroso de los secretos, pero sus predicciones han resultado tan vagas que lo mismo pudieron ser ciertas que una pérdida de tiempo. Nadie puede afirmar que sus afirmaciones fueran inverosímiles, pero resultaron, en todo caso, impracticables.
Por mandato de la firma, transcurridos ya cincuenta años sin tener noticias del paradero del amo, se expidió en Londres un acta de defunción, que firmaron de buena gana dos forenses calificados. Uno de ellos era de El Cairo, el otro de Marrakech. Ninguno de ellos se movió de su casa. Se supo entonces que el ilustre desaparecido había caído a un pozo. Esta circunstancia permitió a los albaceas abrir el testamento.
–Su última voluntad consta en este pergamino –sentenció Dalton Smith.
El heredero sería el dueño de aquel limón, cuidadosamente descrito, que había llegado a mis manos.
El pago por los servicios que me había prestado la agencia dilapidó la mitad del legado, que aun así siguió siendo considerable. Sobornar a las autoridades, en cambio, resultó una bicoca. Fue la misma firma quien intercedió ante ellos para establecer un lejano parentesco con mi benefactor y otorgarme la merced de la ciudadanía. Saldar algunas deudas, que antes de mi viaje me complicaban la vida, resultó menos dispendioso que la primera de las fiestas que brindé.
El cultivo de limones recobró parte de mi hacienda.
Un día, un camión entró a los huertos, y su conductor, un árabe obeso, de extraños ojos verdes, se entretuvo explorando los limoneros. Me recomendó que los cuidara del piojo blanco y de los pulgones, y acto seguido, arrojó un limón postrero sobre la carga. Creí reconocer aquel limón, pero el hombre me arrancó de mis cavilaciones insistiendo en pagarme el cargamento personalmente; no confiaba en mis recaudadores. Recibí sus billetes y sentí que me quemaban en la mano. Por la noche soñé con él.
El despertar fue pesado y el café me supo insulso. Mis empleados me ofrecieron té de menta, pero yo no quería extenuar mi estómago con tizanas, de modo que me conformé con un zumo de naranjas. No recordaba si había soñado con el hombre que me compró los limones o si había soñado que un hombre me compró los limones. Fue vano examinar los libros, pues nadie se había preocupado de asentar la transacción y sólo yo había tenido a la vista el dinero. Escudriñé mis faltriqueras y no me sorprendió encontrarlas vacías.
Pasé la mañana en la biblioteca; desempolvé tratados de álgebra, catálogos de numismática y una cartografía de los cielos de un hombre santo, que vivió en Persia unos cincuenta años antes de la hégira. Ninguno cautivó mi interés más de un par de horas.
Decidí no almorzar. Dediqué la tarde a un mapa de las constelaciones, historias de navegantes y manuales de horticultura. El azar quiso que tropezara con un estudio medieval acerca del cultivo de los limones en tierras moras, la influencia de las fases de la luna y perniciosa acción de los pulgones y el piojo blanco. El autor: un antepasado de mi benefactor. Su retrato era el de un árabe obeso de intensos ojos verdes. Decidí buscarlo.
Al día siguiente me encaminé a Marrakech.
El camión se encontraba a unos metros del mercado. Supuse que el puesto que buscaba era el más cercano. Reconocí el aroma de los limones, pero no pude discernir si eran los míos: el mercado estaba compuesto de cientos de comercios iguales; enormes pilas de limones, una al lado de la otra. La calle entera era una redundancia aromática y amarilla. En cada puesto un árabe silente, el mismo árabe repetido una eternidad de veces, sentado inmóvil entre la mercancía. Ninguno de ellos era el que buscaba. Pero había un puesto vacío.  
La espera se prolongó durante horas. La tarde coloreaba con tonos dorados los muros de ladrillo. Mis piernas se doblaban.
A nadie le extrañó que buscara refugio entre los limones y me sentara en el suelo. El caos del Zoco permitió la permutación, que en un primer momento pasó inadvertida incluso para mí. Sólo al caer la noche comprendí que mi lugar estaba entre los mercaderes, los encantadores de serpientes y los artesanos. Un trozo de cordero asado y estofado de garbanzos me ganaron para la noche. Dormí en el camión y tuve un sueño. En el sueño era un señor, amigo de los ingleses, que no despreciaba el comercio con los españoles; los franceses lo respetaban y lo servía la policía. Vivía en un palacio cercano a Marrakech, dedicado al ocio de los libros y al cultivo de los limoneros.
Al día siguiente, bebí un té de menta y me interrogué en vano acerca del sueño. No había en él ningún enigma; pero nada me era propio. Pensé en contárselo a mi mujer. Es sabido que la opinión de las mujeres no importa, pero se trataba de un asunto irrelevante; nadie podría ver en ese sueño un augurio. Mi mujer no vivía en Marrakech, de modo que mi confidencia debería esperar a mi regreso.
En mi memoria apareció una casa sin ventanas, con terraza y un patio de mosaicos sucios y gastados. Supe que había tenido dos esposas y que a ninguna amé. Supe que la primera murió de unas fiebres que casi despoblaron la aldea en que vivíamos, y que después viví en Fez. Supe que en esa ciudad codicié el amor una mujer noble y que ella me despreció. Supe que trabé amistad con impuros, que me enrolé como mercenario y que una bala que no me estaba destinada se me alojó en el hombro; el príncipe a quien salvé la vida se libró de mí con una recompensa generosa. Dilapidé el dinero en empresas desquiciadas, peregriné a La Meca y una vez saldada mis cuentas con la fe, me entregué a una vida disoluta. No fui un buen musulmán, de modo que cuando la pobreza llamó a mi puerta, la acepté con resignación. Esa sucesión de ayunos y de noches en vela por culpa de las pulgas, no me era desconocida, de modo que terminé por sentirme conforme. Alá se portaba piadoso conmigo.
Viajé a Marrakech y serví a los europeos que por aquel entonces gobernaban el país; mi comercio en varias lenguas era apreciado tanto por el servil como por el traidor. Una rebelión inesperada me llevó a las mazmorras de un cuartel. La voluntad de Alá me impidió morir; el desprecio de los hombres me enseñó el camino de la rectificación.
Trabajé en la judería como asistente en un comercio de granos; mi tarea consistía en pesar y llevar la cuenta de las transacciones. Mi salario era mezquino, pero mis necesidades eran pocas, de modo que logré comprar un par de acémilas, y con ellas, me dediqué a comprar especias en los pueblos, que luego revendía en la judería. Era bien mirado por todos, y aunque no fue aprobado, mi matrimonio con una de las hijas de mis antiguos patrones fue bien tolerado. La familia, empero, prefirió enviarnos a vivir lejos de Marrakech. Tuvimos una casa, un huerto, hijos, perros y un camión. Me dediqué al comercio de cítricos, engordé y envejecí.
El sol ya estaba alto. La pila de limones había ido reduciéndose con las horas; en mi bolsa, las monedas parecían bubas y amenazaban con romperla. Pensé que podría emprender el regreso al abrigo de la noche. Los últimos limones los compró un hombre delgado, de barbas largas y cenicientas, y una kipá en la mollera.
Aquel hombre durmió mal aquella noche. Soñó con una plaga de cochinillas. Pero yo aún no me reconocía en él.
Recién me supe quién era por la mañana. La obligación de ganarme el pan pospuso toda sorpresa. Bebí té de menta y comí un bollo de hojaldre. Después me presenté en la casa de un judío rico, a quien se le había muerto la madre. Deshice el atado en el que había guardado mis ungüentos y afeites, y procedí a maquillar a la difunta. Cerca del mediodía me despedí del hombre, quien regateó mis honorarios y resultó un avaro. Como era un hombre viejo, sonreí pensando que un día no muy lejano me tocaría maquillarlo. Visité tres casas más ese día. Casas de pobres, a los que cobré lo justo.
Conocí tiempos mejores. Trabajé con europeos, dignatarios que a veces tenían el atrevimiento de morir en estas tierras. Les aligeraba el viaje a la gloria, y sólo una vez fui sorprendido. Un reloj de bolsillo fue mi condena. El hijo del difunto, un muchacho alto, colorín y pecoso, lo recordó de pronto y lo buscó entre sus ropas. La viuda reclamó el anillo de compromiso y como no lo encontró, ordenó que me registraran. Un diente de oro dio por finalizado el inventario. Fui arrojado a la calle por un par de gañanes.
Me puse de pie, adolorido, y sacudí el polvo de mi chilaba. Un amanuense se me acercó con un sobre sellado: la familia había considerado impropio no recompensar mi trabajo. La policía me alivió de ese peso.
Al cabo de una semana, un funcionario me reconoció en las mazmorras. Era un burócrata oscuro que abrigaba viejos rencores contra el difunto. Aplazamientos en su carrera, destinaciones inhóspitas y hasta deudas de juego se contaban entre los agravios. No es improbable que aquello importara menos que algún desprecio.
Debí dar gracias a Alá dos veces seguidas. La primera, porque se me prendiera y se incoara un proceso en mi contra, invocando la ley francesa, lo que me permitió salvar mis manos; la segunda, por los buenos oficios de aquel funcionario que extravió mi expediente.
Residí en Ceuta, entre musulmanes, pero no desprecié el favor de los españoles. La pericia de mis manos me valió clientes fieles y algunos elogios. Fue en esa ciudad donde aprendí, de un viejo judío, la propiedad que Adonaí otorgó al zumo de limón de aclarar las pieles. Con el viejo aprendí también las costumbres de los judíos ortodoxos. No hubo quién reclamara sus bienes el día de su muerte. No lo espulgué minuciosamente por respeto a quien había sido mi amigo, pero lo aligeré de todo aquello que ya no iba a precisar. Nadie en la judería me vio huir aquella noche, pero doy fe de que el cadáver estaba reluciente.
Ya hacía un mes que vivía entre judíos. La maledicencia de unos moros quiso que me malquistara con un comerciante de camellos. Me habló de ciertos hurtos ocurridos en su casa, de los que yo no podía saber nada. Esa tarde estuve ocupado con los restos de su padre, quien había sido emboscado por ladrones, maniatado, degollado y luego abandonado en el desierto. La tarea fue ardua, pero luego de unas horas el cadáver estuvo presentable. No tuve tiempo para registrarlo. Pero fui culpado por la pérdida de un anillo y una daga con adornos de plata.
Decidí viajar a Marrakech convertido en judío. Con los años, me he convencido de que lo soy. Concurro a la sinagoga, leo la Torá, y un día que no quisiera recordar, me adentré en el desierto con un cuchillo en la mano. Los montes Atlas fueron los únicos testigos de mi espanto. Volví a mi casa circuncidado.
He sido un buen judío desde entonces. Practico mi arte con piedad y aunque no soy un hombre desprendido, no desprecio la limosna. La visión de un hombre viejo y enfermizo que extiende la mano hacia mí, me resulta intolerable. Suelo llevar unas monedas en mi bolsillo para aquellos casos. La molesta circunstancia de que me encontrara ese día con más necesitados que lo habitual, me llevó a no disponer de otra cosa que dar que un limón reseco, incapaz de ofrecer el zumo necesario para mi oficio. Esa sola circunstancia me hizo dormir inquieto.
El sol me despertó temprano. Ya había perdido la costumbre de desayunar, por lo que apenas sentí hambre. Un escozor en mi axila me permitió atrapar un piojo. Entre mis ropas, encontré también un limón reseco, y pensé que si podía venderlo, quizá podría comprar un bollo dulce. Luego supe que mientras pudiera ofrecer el limón a la venta, no sería un mendigo. La circunstancia de que aquel limón no fuera sino un fruto reseco, me permitiría mantener por largo tiempo la ilusión. Yo, que había vivido en un palacio, rodeado de huertos y olorosos limoneros; yo, que desafié las arenas del Sahara estableciendo nuevas rutas comerciales; yo, que traté con infieles sellando acuerdos ventajosos para todos, fui asaltado por piratas del desierto, que degollaron a mis hombres, se apoderaron de mis camellos y me arrojaron en un pozo. Fui rescatado por beduinos quienes me abandonaron en el primer pueblo que encontraron, luego de que un médico me examinara y, tras oír mi historia, decidiera que estaba loco. Con el tiempo supe que el diagnóstico había sido certero. Oré a Dios, a cualquiera de los dioses que impetran el cielo, que me libraran de aquellas imágenes venturosas y me permitieran vivir como el más humilde de sus siervos, pero no como un pordiosero.
Supe que mis plegarias no fueron desoídas cuando un judío me prodigó un limón que no podía ser vendido. En un principio pensé en lograr una transacción afortunada, apelando a la tenacidad y acaso también a la compasión. Pero luego me di cuenta que, además de mis huesos, era lo único que poseía. Maldije a quien me ofreciera por él una moneda. Maldije cada una de las manos que tocaron aquel limón y las que lo tocarían. Pedí a Dios que si alguien lo compraba se llevara también mi memoria; que cargara con todas las vidas que lo trajeron hasta mí, y me dejara a mí aliviado.
La tarde transcurrió sin que nadie me mirara. Las pilas olorosas de limones, un puesto junto al otro, un judío en cada puesto, el mismo puesto y el mismo judío repetido hasta el infinito, mantuvieron las miradas alejadas del limón reseco que yo ofrecía. Solo los ojos de un occidental se detuvieron en mis pobres huesos acurrucados en el suelo y en el inverosímil comercio que me ocupaba. Vi, con temor, que buscaba en sus bolsillos una moneda. Alivió mi alma verlo reflexionar, y cuando me miró nuevamente, supe que había comprendido. Se alejó caminando ensimismado. Lo seguí con la mirada hasta que se perdió entre la gente que colmaba la judería. No alcancé a darme cuenta de que otro occidental se había acercado. Cuando volví los ojos hacia él, vi que me ofrecía una moneda. Le entregué el limón sin decirle una palabra. Que Dios se apiade de nosotros dos.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

FURIOSA

Estaba furiosa, pero no lograba recordar qué me había puesto así. Una tarde en la parcela de mi hermano para olvidar los líos de faldas de mi exmarido, no podía ponerme de ese modo. Todos estuvieron alegres y se cuidaron de no mencionar a Enrique, de modo que nada malograra mi visita. Sin embargo, desperté de la siesta con un humor insoportable; pedí que llamaran un taxi, y a pesar de sus protestas, volví a Santiago. Era domingo, por lo que no esperaba que el tránsito se hiciera tan lento; a la altura de Eleodoro Yáñez, apenas se podía avanzar. El taxista tocó la bocina con un entusiasmo frenético, golpeando el claxon con violencia; me pareció que se tomaba el taco como una ofensa personal. Yo me limité a mirar el taxímetro, más por costumbre que por precaución; disponía de dinero suficiente y no tenía prisa por llegar a ningún sitio. Mi malhumor venía de otra parte.
Al llegar a José Miguel Claro ya no pudimos avanzar. Una multitud repletaba la vereda sur de Nueva Providencia, y las miradas trepaban a los pisos más altos de una torre de la vereda norte, como si una estrella del pop se hubiera asomado a la ventana. Dos carros de Bomberos extendían sus escalas telescópicas hacia el cielo, de modo que nadie en su sano juicio podría pensar que se trataba de eso. Pero las miradas de la gente mostraban la misma avidez. Carabineros había cerrado la calle, interponiendo tres patrullas con sus balizas encendidas; algunos oficiales en motocicleta maniobraban por los alrededores, sin que quedara muy claro qué hacían. Otros dos habían bajado de sus motos y gesticulaban, haciendo sonar sus pitos, para desviar el tránsito por Providencia; seguramente habían cerrado la calle hacia el oriente, de modo de desocupar un par de pistas; pero, a pesar de sus esfuerzos, el tráfico era un caos y se oían bocinazos de impaciencia. Un par de ambulancias hacían sonar sus sirenas en las calles cercanas, intentando abrirse paso.
La suicida estaba en uno de los pisos más altos; se sostenía a duras penas de una saliente, que ni siquiera era una cornisa, sino apenas el empotrado del vidrio. Me pareció un espectáculo maravilloso y sentí que la admiraba. Pocos tienen el valor de asomarse a una ventana de un piso quince o dieciséis, pasar una pierna por encima y aferrándose con la punta de las uñas al marco de la ventana, afirmar el pie en un espacio tan exiguo, y luego pasar la otra pierna, hasta quedar pegada al cristal como una mosca en la pared. Esperé con ansia que saltara. Mi malhumor parecía haber desaparecido; me sentía regocijada pensando que aquella mujer, en lo alto de la torre, iba a cobrarle tributo a una cáfila de parientes insensibles y al esposo medio idiota que le había destrozado la vida y luego de una discusión, encogiéndose se hombros, se había marchado a comprar cigarrillos y quizá ni siquiera se imaginaba que la muchedumbre que había frente al edificio en que vivía estaba mirando la última escena que le iba a hacer su mujer.
Me solacé pensando en los sentimientos de culpa, psiquiatra e insomnio que lo esperaban. Me imaginé el velorio, la misa fúnebre, el odioso sermón del cura, que no podría evitar el tono condenatorio, a pesar de su expresión de contrita. Pensé en la madre, una madre incompetente, que no se iba a explicar nunca por qué su hija la había desgraciado así. Una bofetada que no dejaría otra mejilla que sus piadosos deudos pudieran ofrecer.
Pero la mujer no saltaba. La gente enfocaba las cámaras de sus teléfonos, para subir las imágenes a internet; minutos más tarde, había periodistas entrevistando a los curiosos y varias cámaras de televisión. Nos movimos unos diez centímetros, con una lentitud que parecía exasperar a los carabineros; hacían sonar sus silbatos con furia y miraban hacia los autos como si quisieran matar a alguien; daba la impresión de que los conductores habían decidido permanecer en su sitio para no perderse el salto, y que los carabineros se habían dado cuenta. Las ambulancias seguían aullando a la distancia. Los bomberos trepaban por las escalas telescópicas, todavía demasiado lejos como para hacer algo.
De pronto el espectáculo me pareció repugnante. ¿Por qué aquella mujer no se lanzaba de una buena vez? ¿Qué pretendía? ¿Esperar que los bomberos se acercaran lo suficiente como para que pudieran hablarle y le rogaran que lo pensara mejor? ¿Quería que la bajaran en brazos como si fuera una heroína, una princesa de cuento? ¿Qué iba decirle a la TV?  ¿Que un nigromante la había embrujado, que había sido víctima de un hechizo? ¿O que no sabía lo que hacía? ¿O solo se trataba de ventilar sus problemas ante toda la ciudad? ¡Qué estupidez! Sea cual fuera la razón, me parecía de mal gusto. Mi mal humor había vuelto. Si hubiera podido disponer de un megáfono, no habría dudado en insultarla.
Un helicóptero comenzó a volar en círculos sobre la torre. Pensé que si era un equipo de rescate, el marido iba a tener que pagar el costo. Sonreí; el asunto aún tenía algo de maléfico, aún podía valer la pena. Una vez que los bomberos la rescataran, después de unos días de hospital y terapia, iba a tener a su mujercita de vuelta en casa, mimosa y manipuladora, y después de una semana, ya repuesto del susto, le parecería insoportable. Una vez más su insoportable mujercita, solo que esta vez con una deuda de varios millones y las habladurías de los vecinos y las preguntas incómodas en el trabajo. Si el tipo tenía algo de sensato, si alcanzaba a darse cuenta de que era su mujercita la causa del espectáculo, debería tomar un taxi, pedirle al chofer que lo llevara al aeropuerto y abordar el primer avión que saliera a cualquier parte. 
Pero a quién se le iba a ocurrir enviar un helicóptero en un caso como este; bastaría con que los tipos de la ambulancia se decidieran a caminar; de cualquier modo llegarían antes que si se quedaban esperando que los carabineros les abrieran camino en medio del taco. No necesitaban llevar nada; bastaba con un sedante. Después de todo, si la mujer se decidía a saltar, su presencia sería algo irrelevante.
Volví a mirar el taxímetro: no recuerdo cuánto marcaba y tampoco importaba demasiado. Creo que lo hice para mostrarme fastidiada, para que el taxista no me hablara; detesto hablar de lo obvio y ya me había dado cuenta de que aquel hombre había buscado mi mirada en el retrovisor. No me gusta repetir lo que dicen todos; si pudiera ser sincera, creo que le habría dicho al taxista cuánto odiaba a esa mujer. Me parecía un ser pusilánime que a último momento había sentido miedo o se había arrepentido o, peor aún, que lo único que quería era que la rescataran. Como si a alguien le importara su vida, como si todo ese gentío esperara otra cosa que verla saltar. Para qué engañarse: si la mujer se dejaba rescatar por los bomberos, los curiosos iban a volver a casa frustrados; no se lo iban a decir a nadie, pero esa era la verdad. Hay cosas que uno no se confiesa ni a sí mismo. No era igual grabar un rescate que un buen salto, subirlo a Internet y esperar los comentarios de los amigos, los que no han tenido la suerte de estar en la vereda, en la primera fila, para ver el espectáculo. Basta con evitar el mal gusto de grabar el cuerpo destrozado; una cuestión de estética, supongo, cosa en la que no todos están de acuerdo. Yo, por mi parte, no veo qué pueda tener de interesante un amasijo sanguinolento. Me resultaría insoportable que el chofer detuviera el coche y se bajara a ver.
Pero la mujer no se despegaba del cristal de la ventana. Probablemente era la del departamento vecino, porque la ventana abierta estaba a su derecha. ¿Cómo habría conseguido llegar hasta allá? La maniobra había requerido dar un paso hacia el costado, unos cincuenta centímetros, sorteando el vacío. No recordaba haberla visto dar ese paso, me parecía que siempre había estado pegada a esa ventana, pero era obvio que no había salido por ella; no me parecía lógico que después de salir se hubiera tomado la molestia de cerrarla. Pero tampoco era lógico que cambiara de sitio antes de saltar. Nadie se pone a hacer equilibrismo quince pisos sobre la acera, cuando lo que pretende es arrojarse limpiamente, sin que parezca que perdió pie en forma impensada. Su acto perdería sentido.
Llegar a esa conclusión terminó por enfurecerme. La mujer que había admirado hacía solo unos minutos, ahora me parecía deplorable. La escena, patética. El resultado, fuera cual fuera, una torpeza.
Ya ni siquiera esperaba que se arrojara. ¿Para qué? Aquello no era más que sensiblería grotesca. El desenlace era una cuestión de azar: si la mosca conseguía seguir pegada a la pared, si no trastabillaba, la escena se resolvería en lágrimas, abrazos y unos días en el hospital, todos dando gracias a Dios, como si valiera la pena vivir de la lástima, tratando de olvidar el miserable espectáculo que dio, jurando que nunca más, escuchando: «Todos te queremos, no tenías por qué hacerlo», como si en verdad hubiera hecho algo, como si no hubiese sido un simulacro, una farsa, una nota en falsete, una disonancia, y luego meses de pastillas y terapia: hablar, hablar, hablar, bajo la mirada compasiva de un tipo de barba, que al final lo único que busca es que le paguen, porque a fin de cuentas lo que la gente le interesa es ganarse la vida y no cargar el fardo de la culpa de los demás. 
Los pitazos de los carabineros, el ulular de las ambulancias, un horizonte de bocinas lejanas, el calor, comenzaban a exasperarme. Aun el infortunio se mostraba esquivo; la mujer estaba paralizada; era como si el tiempo se hubiera detenido quince pisos sobre pavimento, impidiéndole incluso el paso en falso. ¿Por qué no se arroja de una buena vez? Casi media hora de vacilación habían transformado todo aquello en un espectáculo patético, horrible a fin de cuentas, sin importar el final. ¿A quién le interesa recordar un amasijo sanguinolento, una masa deforme con los huesos rotos y los sesos salpicados en el pavimento? En tal caso, el horror reemplazaría a la culpa. Su madre, tendría pesadillas, pero no culpa. Su marido se vería obligado a dar explicaciones. Sus amigas hablarían en sordina. Pero nadie reconocería que todo estuvo mal. Que siempre todo está mal. Para el marido, sería la última canallada de su mujer; para las amigas, su último disparate, y para la madre, su último berrinche. Me repugna la autocompasión, y era lo único que iba resultar de todo aquello.
¡Cómo odiaba a esa mujer! ¡Cómo la despreciaba!
Deseaba intensamente que se arrojara… o que resbalara, me daba lo mismo. Quería que todo se acabara de una buena vez, y largarme.
No lograba entender cómo pude admirarla. En ese momento me parecía una tonta, incapaz de comprender que su acto ya no podía tener importancia, que no significaba nada. En su lugar, cualquiera podría resbalar; había que ser afortunado para resistir tanto tiempo con los pies apoyados en un espacio tan diminuto y tan alto; el milagro era que no hubiese caído antes. Los curiosos podían estar seguros de que se había arrepentido, y si caía, dirían que no había podido sostenerse.
Ni siquiera iba a ser una muerte hermosa, como la de Cleopatra. Había preferido un rostro desfigurado, un amasijo sanguinolento, aplastado contra la acera, que alguien se preocuparía de cubrir de inmediato. Nadie quiere recordar algo así.
El velorio sería expeditivo, a cajón cerrado, para aislar por siempre el horror, para olvidar el llanterío histérico de la madre en la morgue.
Todo aquello me parecía una estridencia insoportable ¡Cómo odiaba a esa mujer!

El pitazo de un carabinero me sacó de mis cavilaciones. El policía le hizo un gesto perentorio al taxista, que se vio obligado a avanzar. Por el espejo retrovisor pude ver una ambulancia que se acercaba con sus balizas encendidas, y un movimiento inquieto de la multitud.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

EL ÚLTIMO JUEGO DE INVIERNO


Durante el invierno, los ríos se salían de sus cauces, llevándose los puentes, y los caminos se llenaban de lodo y se tornaban intransitables, de modo que antes de que empezara la temporada de lluvias, nuestros padres nos enviaban a la casa de la abuela, en el pueblo. El viaje lo hacíamos en una berlina desvencijada, tirada por dos lustrosos caballos azabaches. Un cochero de librea, cuya tela luctuosa y desgastada se deshilachaba en las mangas, dormitaba sobre el pescante, y cada tanto, se espantaba las moscas del sombrero y hacía restallar el látigo en el aire, para que no se pensara que el coche se gobernaba solo y que él viajaba de balde. Tras nosotros, iba una procesión de carretas, que a cada vuelta de rueda, rechinaban como quejándose. Lentos bueyes overos, guiados por indios taciturnos, las iban tirando lento, muy lento. Las carretas rengueaban, crujiendo, fatigadas por el peso de los sacos de papas (arpillera terrosa) y de harina (arpillera blanca). Completaban la carga toneles de manteca, jamón serrano en sal, carne seca, fiambres y enormes canastos de fruta: cerezas rojas y negras, manzanas verdes, amarillas y rojas, ciruelas negras y verdes, membrillos verdes y amarillos, peras amarillas y verdes; cestas de ají cacho de cabra, pimientos rojos y verdes, huevos multicolores, habas, arvejas y porotos de diversos tamaños y tonalidades. 
Ocurrió durante el último viaje. Las carretas rengueaban, crujiendo, las ruedas inclinadas, como si fueran las piernas de un hombre, que se separan y arquean para soportar el peso. La carga trepaba, en equilibrio precario, por encima de los barandales. Al promediar la tarde, una de las primeras carretas de la caravana perdió una rueda: se oyó crujir el eje de madera, que se astilló y rompió en uno de sus extremos; la rueda se tambaleó como si estuviera ebria y la carreta se escoró, lenta, pero inexorablemente. Su carga, veinte sacos de harina, se deslizó hacia un costado y fue cayendo poco a poco al camino, dejando tras de sí un reguero blanco. El indio que la guiaba, detuvo a los bueyes con hábiles movimientos de pértiga, y apenas vio la carga desparramada, agachó la cabeza y escupió, blasfemando en voz baja; luego desenganchó la carreta, y guiando la yunta, emprendió, resignado, el regreso a la hacienda. La caravana siguió su camino hacia el pueblo, sin que nadie dijera nada.
Mi padre hizo azotar al yuntero por haber sobrecargado la carreta, y al otro día, al comprobar que habían quedado varios sacos intactos abandonados en el camino, lo hizo azotar una vez más, porque se había humedecido la harina y tres o cuatro quintales desparecieron en manos de ladrones. «Debió dejar los sacos a cubierto», le dijo a mi madre, durante la cena, y ella asintió en silencio. «Te aseguro que la harina la robaron sus parientes», sentencio después, «debieron estar de acuerdo; los indios son taimados y no les importan unos cuantos azotes». Mi madre detuvo la cucharilla en el aire, como si fuera a decir algo; luego sonrió y le preguntó si se iba servir más postre. Mi padre pareció no oír: «debería hacer revisar sus ranchas», rezongó; «pero tendría que acompañar al capataz. Si no voy yo, son capaces de decir que no encontraron nada». Mi madre entonces frunció la nariz, «te vas a llenar de pulgas», le dijo, «¿cómo te vas a meter en esas casuchas?» Mi padre respondió que no le importaban tanto los sacos de harina, que en realidad lo que lo molestaba era que pretendieran haberlo burlado, que ya verían quién manda.
Todo eso me lo contó Rocío, y a ella alguien debió contárselo, pero no me dijo quién. Rocío era la sirvienta de mi abuela y vivía con ella en el pueblo, en una casona enorme y descuidada, a pocas cuadras de la iglesia. Quien pasara por la vereda podría pensar que la casona estaba deshabitada, pues de las pocas habitaciones que ocupaba la abuela, sólo el comedor daba a la calle y su ventana era la única que el viandante podría ver iluminada; las demás estaban clausuradas por gruesas chapas de madera. La biblioteca, un salón enorme, y los cuatro dormitorios que se usaban en invierno, cuando nosotros, mi hermano y yo, nos veíamos obligados a vivir con la abuela, daban a un patio enorme que se continuaba con los cerros. El resto de la casa eran puertas condenadas, telarañas, corredores polvorientos y habitaciones repletas de muebles cubiertos con sábanas, en donde de seguro pernoctaban fantasmas.
El desayuno se servía a puntual a las ocho de la mañana; había que presentarse aseada, perfectamente vestida y bien peinada; para eso, en cada habitación, sobre un pequeño lavabo con cubierta de mármol, había una palangana con agua, jabón de olor, un trapo de aseo, una esponja, una piedra pómez, un peine, un cepillo dental, dentífrico y colonia inglesa, y colgada a un lado del espejo, empotrado en la pared, sobre el lavabo, una toalla áspera y desflecada. El agua fría en las manos era como una puñalada; había que enjabonarse y pasarse la esponja, aunque escarchara; la cara bien limpia, la frente despejada, olorosa a colonia. Mi hermano, en cambio, se presentaba a la mesa con legañas en los ojos y el cabello desgreñado. La abuela montaba en cólera y Rocío lo tomaba del brazo y lo llevaba a su habitación, simulando que lo reprendía, y lo esperaba junto a la puerta, poniendo oído, para escuchar el chapoteo de sus manos en el agua. Luego de unos minutos, volvía a la mesa, mirando a la abuela con miedo, y la abuela, haciendo como que no se percataba. La abuela era ciega, pero no necesitaba ver para adivinar cada gesto, cada descuido, cada falta, cada acto impensado.
El desayuno era frugal: una taza de leche tibia y un trozo de pan, con miel o mermelada.
La mañana la pasábamos en la biblioteca. Una maestra, vieja y enteca, de rostro pálido y de gesto funerario, se empecinaba en llenarnos la cabeza de efemérides inútiles y beaterías. Su única cogitación era el infierno y su pedagogía el miedo. Uno podía condenarse por robar un pan o por haberlo soñado.
Durante el almuerzo, nos sentábamos a una mesa larga, de caoba, junto a unas ventanas enormes, que intentaban convertir en claridad la penumbra del invierno; la abuela a la cabeza, mi hermano a su diestra y yo a la izquierda. El resto de los puestos quedaba vacío: diez sillas silentes, sin contar la otra cabecera. La maestra comía en la cocina, sola; Rocío comía más tarde, cuando el resto hacía la siesta, y ya había lavado los cubiertos y los platos.
Había que sentarse con la espalda recta, en un extremo de la silla, utilizar los cubiertos con sabiduría, no hablar con la boca llena, y no decir una palabra si la abuela no nos hablaba primero.
La casa era un laberinto de corredores y de cuartos: habitaciones desiertas, muebles cubiertos por sábanas, olor a humedad y encierro, las ventanas pobladas de lágrimas. Era nuestro mundo. El resto era una calle de adoquines y una iglesia de madera, frente a los tilos de la plaza, a la que íbamos a oír misa todos los domingos, primeros viernes y fiestas de guardar.
A mi abuela le gustaba que, en esas ocasiones, me pusiera un vestido rosa o uno blanco. Muy temprano por la mañana, Rocío sacaba el vestido del armario, lo deshumedecía junto al fogón y me lo llevaba a la cama… Pero bastaba un pequeño berrinche para que terminara yendo a buscar el vestido que yo quería, y con la misma paciencia con que se había esmerado con el rosa, lo deshumedecía y lo planchaba, esta vez a toda prisa, para que mi abuela no se fuera a enterar. A pesar de su ceguera, la abuela percibía cada cambio en las rutinas y el inexorable palpitar del reloj: parecía llevar la cuenta de cada tic-tac, del balanceo del péndulo, de cada salto del minutero, de cada crujir del piso y de cada gota de lluvia que se estrellaba en la ventana. Nos acostumbramos a caminar en puntillas, a cuchichear con las puertas cerradas y hasta a respirar con cuidado, para que ella no se enterara. Pero, de algún modo, ella siempre sabía lo que ocurría; era como si adivinara nuestros pensamientos incluso antes de haberlos barruntado, como si tuviera oídos en todas partes y su ceguera no fuera sino una estratagema, una farsa.
Un día en que corríamos por un pasillo del ala más alejada de la casa, mi hermano tropezó con una lámpara de pedestal, finísima, que terminó destrozada en el piso. Rocío recogió los restos lo más rápido que pudo, los puso en una bolsa y se deshizo de ellos, arrojándolo a la letrina que había en el patio. Luego, aprovechando que la abuela dormía la siesta, se puso un abrigo viejo y un pañuelo sobre la cabeza, y se aventuró bajo la lluvia; recuerdo que el viento humillaba la melena de los árboles, los despeinaba, los sacudía y los hacía inclinarse, como si quisiera ponerlos de rodillas. Temí por Rocío, y luego, al darme cuenta que tardaba, también temí por mí: ¿qué le diría a la abuela si despertaba de pronto y preguntaba por ella?
Apenas escuché que Rocío entraba por la puerta de la cocina, eché a correr y fui a abrazarla, sin pensar que la abuela podía estar oyendo. Ella me rechazó con ambas manos: no quería que me mojara con sus ropas húmedas. El solo imaginar que uno de nosotros, mi hermano o yo, nos enfermáramos, tenía en ella un efecto devastador: si estornudábamos, aunque fuera una vez, se esmeraba en tizanas de hiervas, limonada y miel, y nos sometía una vigilancia tan estricta y concienzuda, que finalmente era ella quien enfermaba: la fulminaba una jaqueca tan intensa, que la obligaba a encerrarse a oscuras en su habitación, aunque antes pasaba por la cocina y rebanaba papas crudas que se ponía sobre la frente. Mi abuela jamás le habría perdonado que, por un descuido suyo, tuviese que gastar en remedios y en los honorarios de un médico, en quienes, por cierto, desconfiaba.
Una vez que Rocío se encerró en su habitación, para cambiarse de ropa, nos percatamos de que había un paquete alargado junto a la puerta; estaba envuelto en arpillera y amarrado con cáñamo. Nos abalanzamos sobre los nudos, intentado desatarlos, pero Rocío estuvo de vuelta en la cocina antes que lográramos aflojarlos; con un gesto, nos pidió que nos calláramos. Fue ella quien desenvolvió la lámpara, que si bien no era idéntica a la que se había roto, se le parecía bastante, y era improbable que una ciega, en el caso aún más improbable de que se aventurara en un ala tan distante de la casa, pudiera notar la diferencia. La había comprado con sus ahorros, la pobre.
Pero la abuela lo supo, y el castigo fue el peor que recuerdo: el doble de chicotazos, el doble de gritos y chillidos, el doble de rosarios de rodillas, el doble de labores y el doble de cenas sin postre. Al día siguiente, nuestra maestra, ya enterada del suceso, nos increpó severamente, y sin subir la voz, pero abriendo los ojos desmesuradamente, nos enumeró las penas que nos esperaban en el infierno.
El domingo, la abuela le ordenó a Rocío despertarnos más temprano que de costumbre. Llegamos a la iglesia antes que amaneciera: apenas dos o tres beatas, de rodillas, cabizbajas y mustias, musitaban sus plegarias con un rumor como de moscas. Los cirios, sobre el altar, permanecían dormidos y tan solo la luz mortecina de las velas a los pies de la Virgen, y algunos velones en la nave central, le hurtaban espacio a las tinieblas; en la penumbra, el confesionario, parecía una especie de catafalco. La abuela nos condujo hacia él, apoyando sus manos sarmentosas sobre nuestros hombros, de modo que nos empujaba con firmeza, pero discretamente.
Cuando mi hermano salió del confesionario, venía llorando. El silencio era frío y tenía algo de horrible; solo el bisbiseo de las beatas, demasiado lejano para oírlo, podía profanarlo. Quizá por eso mi hermano lloraba sin aspavientos.
Mientras me confesaba, no solté una sola lágrima; pero en cambio no escatimé palabra: sabía que el cura estaba informado de lo ocurrido y que la abuela se enteraría si alguno de nosotros intentaba engañarlo.
De rodillas, frente al altar, recitamos padres nuestros y avemarías, una y otra vez, hasta que la pálida luz del amanecer se coló por los vitrales y la feligresía comenzó a llenar el templo; supe entonces que la mayor penitencia no había sido la interminable e insensata repetición de plegarias, ni el dolor en las rodillas, ni los calambres en las piernas; la mayor penitencia fue la mirada de los campesinos y los talabarteros, de los funcionarios, de las señoras y de los pillastres que acudían a misa, más interesados en correr por los pasillos, despertando la ira de sus madres, que en orar a Dios. La verdadera penitencia había sido humillarnos: era imposible no ver dos niños rezando de rodillas tan cerca del altar y no suponer que habían hecho algo horrendo.
Por la tarde, aún nos dolían las rodillas y tratábamos de olvidar la vergüenza jugando sobre la alfombra, mientras la abuela se mecía en su mecedora y Rocío, en la cocina, amasaba el pan para la merienda. La abuela dormitaba, el tejido sobre su regazo, indiferente a la furia de la lluvia que se estrellaba contra la ventana y al viento iracundo que con sus embestidas hacía estremecerse la casa. Sobre la chimenea, estaban las armas de caza del abuelo, muerto hacía tiempo, y la cabeza de un jabalí que había cazado en la cordillera y hecho embalsamar para presumir ante sus amigos, pero que ahora no era más que un ruinoso reino de polillas. En la vitrina de un mueble de maderas nobles, había una colección de muñecas de porcelana. Tras la mecedora (la abuela comenzaba a roncar), una estantería de caoba labrada, soportaba el peso de varios jarrones chinos de gran tamaño.
Una ráfaga de viento remeció la casa e hizo crujir las gruesas pilastras de las paredes. La abuela despertó, me miró unos momentos, y como si hiciera un comentario banal, me informó:
–Ayer hablé con el obispo. Se mostró encantado de quieras ingresar al convento de las Clarisas.
No sé si fue la sorpresa o la ira, la que me hizo retroceder hasta la ventana.
El viento bramó y la casa se sacudió nuevamente.

Sin pensarlo, retiré el cerrojo y la ventana se abrió de golpe: las muñecas de porcelana se destrozaron en la vitrina, la cabeza de jabalí rodó sobre la alfombra y los jarrones se tambalearon un momento, antes de caer sobre la abuela. Rocío entró a toda prisa, cerró la ventana y se arrodilló sobre ella, intentando despertarla, mientras la sangre, que salía de su cabeza, iba formando un charco sobre la alfombra.