miércoles, 28 de diciembre de 2016

FURIOSA

Estaba furiosa, pero no lograba recordar qué me había puesto así. Una tarde en la parcela de mi hermano para olvidar los líos de faldas de mi exmarido, no podía ponerme de ese modo. Todos estuvieron alegres y se cuidaron de no mencionar a Enrique, de modo que nada malograra mi visita. Sin embargo, desperté de la siesta con un humor insoportable; pedí que llamaran un taxi, y a pesar de sus protestas, volví a Santiago. Era domingo, por lo que no esperaba que el tránsito se hiciera tan lento; a la altura de Eleodoro Yáñez, apenas se podía avanzar. El taxista tocó la bocina con un entusiasmo frenético, golpeando el claxon con violencia; me pareció que se tomaba el taco como una ofensa personal. Yo me limité a mirar el taxímetro, más por costumbre que por precaución; disponía de dinero suficiente y no tenía prisa por llegar a ningún sitio. Mi malhumor venía de otra parte.
Al llegar a José Miguel Claro ya no pudimos avanzar. Una multitud repletaba la vereda sur de Nueva Providencia, y las miradas trepaban a los pisos más altos de una torre de la vereda norte, como si una estrella del pop se hubiera asomado a la ventana. Dos carros de Bomberos extendían sus escalas telescópicas hacia el cielo, de modo que nadie en su sano juicio podría pensar que se trataba de eso. Pero las miradas de la gente mostraban la misma avidez. Carabineros había cerrado la calle, interponiendo tres patrullas con sus balizas encendidas; algunos oficiales en motocicleta maniobraban por los alrededores, sin que quedara muy claro qué hacían. Otros dos habían bajado de sus motos y gesticulaban, haciendo sonar sus pitos, para desviar el tránsito por Providencia; seguramente habían cerrado la calle hacia el oriente, de modo de desocupar un par de pistas; pero, a pesar de sus esfuerzos, el tráfico era un caos y se oían bocinazos de impaciencia. Un par de ambulancias hacían sonar sus sirenas en las calles cercanas, intentando abrirse paso.
La suicida estaba en uno de los pisos más altos; se sostenía a duras penas de una saliente, que ni siquiera era una cornisa, sino apenas el empotrado del vidrio. Me pareció un espectáculo maravilloso y sentí que la admiraba. Pocos tienen el valor de asomarse a una ventana de un piso quince o dieciséis, pasar una pierna por encima y aferrándose con la punta de las uñas al marco de la ventana, afirmar el pie en un espacio tan exiguo, y luego pasar la otra pierna, hasta quedar pegada al cristal como una mosca en la pared. Esperé con ansia que saltara. Mi malhumor parecía haber desaparecido; me sentía regocijada pensando que aquella mujer, en lo alto de la torre, iba a cobrarle tributo a una cáfila de parientes insensibles y al esposo medio idiota que le había destrozado la vida y luego de una discusión, encogiéndose se hombros, se había marchado a comprar cigarrillos y quizá ni siquiera se imaginaba que la muchedumbre que había frente al edificio en que vivía estaba mirando la última escena que le iba a hacer su mujer.
Me solacé pensando en los sentimientos de culpa, psiquiatra e insomnio que lo esperaban. Me imaginé el velorio, la misa fúnebre, el odioso sermón del cura, que no podría evitar el tono condenatorio, a pesar de su expresión de contrita. Pensé en la madre, una madre incompetente, que no se iba a explicar nunca por qué su hija la había desgraciado así. Una bofetada que no dejaría otra mejilla que sus piadosos deudos pudieran ofrecer.
Pero la mujer no saltaba. La gente enfocaba las cámaras de sus teléfonos, para subir las imágenes a internet; minutos más tarde, había periodistas entrevistando a los curiosos y varias cámaras de televisión. Nos movimos unos diez centímetros, con una lentitud que parecía exasperar a los carabineros; hacían sonar sus silbatos con furia y miraban hacia los autos como si quisieran matar a alguien; daba la impresión de que los conductores habían decidido permanecer en su sitio para no perderse el salto, y que los carabineros se habían dado cuenta. Las ambulancias seguían aullando a la distancia. Los bomberos trepaban por las escalas telescópicas, todavía demasiado lejos como para hacer algo.
De pronto el espectáculo me pareció repugnante. ¿Por qué aquella mujer no se lanzaba de una buena vez? ¿Qué pretendía? ¿Esperar que los bomberos se acercaran lo suficiente como para que pudieran hablarle y le rogaran que lo pensara mejor? ¿Quería que la bajaran en brazos como si fuera una heroína, una princesa de cuento? ¿Qué iba decirle a la TV?  ¿Que un nigromante la había embrujado, que había sido víctima de un hechizo? ¿O que no sabía lo que hacía? ¿O solo se trataba de ventilar sus problemas ante toda la ciudad? ¡Qué estupidez! Sea cual fuera la razón, me parecía de mal gusto. Mi mal humor había vuelto. Si hubiera podido disponer de un megáfono, no habría dudado en insultarla.
Un helicóptero comenzó a volar en círculos sobre la torre. Pensé que si era un equipo de rescate, el marido iba a tener que pagar el costo. Sonreí; el asunto aún tenía algo de maléfico, aún podía valer la pena. Una vez que los bomberos la rescataran, después de unos días de hospital y terapia, iba a tener a su mujercita de vuelta en casa, mimosa y manipuladora, y después de una semana, ya repuesto del susto, le parecería insoportable. Una vez más su insoportable mujercita, solo que esta vez con una deuda de varios millones y las habladurías de los vecinos y las preguntas incómodas en el trabajo. Si el tipo tenía algo de sensato, si alcanzaba a darse cuenta de que era su mujercita la causa del espectáculo, debería tomar un taxi, pedirle al chofer que lo llevara al aeropuerto y abordar el primer avión que saliera a cualquier parte. 
Pero a quién se le iba a ocurrir enviar un helicóptero en un caso como este; bastaría con que los tipos de la ambulancia se decidieran a caminar; de cualquier modo llegarían antes que si se quedaban esperando que los carabineros les abrieran camino en medio del taco. No necesitaban llevar nada; bastaba con un sedante. Después de todo, si la mujer se decidía a saltar, su presencia sería algo irrelevante.
Volví a mirar el taxímetro: no recuerdo cuánto marcaba y tampoco importaba demasiado. Creo que lo hice para mostrarme fastidiada, para que el taxista no me hablara; detesto hablar de lo obvio y ya me había dado cuenta de que aquel hombre había buscado mi mirada en el retrovisor. No me gusta repetir lo que dicen todos; si pudiera ser sincera, creo que le habría dicho al taxista cuánto odiaba a esa mujer. Me parecía un ser pusilánime que a último momento había sentido miedo o se había arrepentido o, peor aún, que lo único que quería era que la rescataran. Como si a alguien le importara su vida, como si todo ese gentío esperara otra cosa que verla saltar. Para qué engañarse: si la mujer se dejaba rescatar por los bomberos, los curiosos iban a volver a casa frustrados; no se lo iban a decir a nadie, pero esa era la verdad. Hay cosas que uno no se confiesa ni a sí mismo. No era igual grabar un rescate que un buen salto, subirlo a Internet y esperar los comentarios de los amigos, los que no han tenido la suerte de estar en la vereda, en la primera fila, para ver el espectáculo. Basta con evitar el mal gusto de grabar el cuerpo destrozado; una cuestión de estética, supongo, cosa en la que no todos están de acuerdo. Yo, por mi parte, no veo qué pueda tener de interesante un amasijo sanguinolento. Me resultaría insoportable que el chofer detuviera el coche y se bajara a ver.
Pero la mujer no se despegaba del cristal de la ventana. Probablemente era la del departamento vecino, porque la ventana abierta estaba a su derecha. ¿Cómo habría conseguido llegar hasta allá? La maniobra había requerido dar un paso hacia el costado, unos cincuenta centímetros, sorteando el vacío. No recordaba haberla visto dar ese paso, me parecía que siempre había estado pegada a esa ventana, pero era obvio que no había salido por ella; no me parecía lógico que después de salir se hubiera tomado la molestia de cerrarla. Pero tampoco era lógico que cambiara de sitio antes de saltar. Nadie se pone a hacer equilibrismo quince pisos sobre la acera, cuando lo que pretende es arrojarse limpiamente, sin que parezca que perdió pie en forma impensada. Su acto perdería sentido.
Llegar a esa conclusión terminó por enfurecerme. La mujer que había admirado hacía solo unos minutos, ahora me parecía deplorable. La escena, patética. El resultado, fuera cual fuera, una torpeza.
Ya ni siquiera esperaba que se arrojara. ¿Para qué? Aquello no era más que sensiblería grotesca. El desenlace era una cuestión de azar: si la mosca conseguía seguir pegada a la pared, si no trastabillaba, la escena se resolvería en lágrimas, abrazos y unos días en el hospital, todos dando gracias a Dios, como si valiera la pena vivir de la lástima, tratando de olvidar el miserable espectáculo que dio, jurando que nunca más, escuchando: «Todos te queremos, no tenías por qué hacerlo», como si en verdad hubiera hecho algo, como si no hubiese sido un simulacro, una farsa, una nota en falsete, una disonancia, y luego meses de pastillas y terapia: hablar, hablar, hablar, bajo la mirada compasiva de un tipo de barba, que al final lo único que busca es que le paguen, porque a fin de cuentas lo que la gente le interesa es ganarse la vida y no cargar el fardo de la culpa de los demás. 
Los pitazos de los carabineros, el ulular de las ambulancias, un horizonte de bocinas lejanas, el calor, comenzaban a exasperarme. Aun el infortunio se mostraba esquivo; la mujer estaba paralizada; era como si el tiempo se hubiera detenido quince pisos sobre pavimento, impidiéndole incluso el paso en falso. ¿Por qué no se arroja de una buena vez? Casi media hora de vacilación habían transformado todo aquello en un espectáculo patético, horrible a fin de cuentas, sin importar el final. ¿A quién le interesa recordar un amasijo sanguinolento, una masa deforme con los huesos rotos y los sesos salpicados en el pavimento? En tal caso, el horror reemplazaría a la culpa. Su madre, tendría pesadillas, pero no culpa. Su marido se vería obligado a dar explicaciones. Sus amigas hablarían en sordina. Pero nadie reconocería que todo estuvo mal. Que siempre todo está mal. Para el marido, sería la última canallada de su mujer; para las amigas, su último disparate, y para la madre, su último berrinche. Me repugna la autocompasión, y era lo único que iba resultar de todo aquello.
¡Cómo odiaba a esa mujer! ¡Cómo la despreciaba!
Deseaba intensamente que se arrojara… o que resbalara, me daba lo mismo. Quería que todo se acabara de una buena vez, y largarme.
No lograba entender cómo pude admirarla. En ese momento me parecía una tonta, incapaz de comprender que su acto ya no podía tener importancia, que no significaba nada. En su lugar, cualquiera podría resbalar; había que ser afortunado para resistir tanto tiempo con los pies apoyados en un espacio tan diminuto y tan alto; el milagro era que no hubiese caído antes. Los curiosos podían estar seguros de que se había arrepentido, y si caía, dirían que no había podido sostenerse.
Ni siquiera iba a ser una muerte hermosa, como la de Cleopatra. Había preferido un rostro desfigurado, un amasijo sanguinolento, aplastado contra la acera, que alguien se preocuparía de cubrir de inmediato. Nadie quiere recordar algo así.
El velorio sería expeditivo, a cajón cerrado, para aislar por siempre el horror, para olvidar el llanterío histérico de la madre en la morgue.
Todo aquello me parecía una estridencia insoportable ¡Cómo odiaba a esa mujer!

El pitazo de un carabinero me sacó de mis cavilaciones. El policía le hizo un gesto perentorio al taxista, que se vio obligado a avanzar. Por el espejo retrovisor pude ver una ambulancia que se acercaba con sus balizas encendidas, y un movimiento inquieto de la multitud.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

EL ÚLTIMO JUEGO DE INVIERNO


Durante el invierno, los ríos se salían de sus cauces, llevándose los puentes, y los caminos se llenaban de lodo y se tornaban intransitables, de modo que antes de que empezara la temporada de lluvias, nuestros padres nos enviaban a la casa de la abuela, en el pueblo. El viaje lo hacíamos en una berlina desvencijada, tirada por dos lustrosos caballos azabaches. Un cochero de librea, cuya tela luctuosa y desgastada se deshilachaba en las mangas, dormitaba sobre el pescante, y cada tanto, se espantaba las moscas del sombrero y hacía restallar el látigo en el aire, para que no se pensara que el coche se gobernaba solo y que él viajaba de balde. Tras nosotros, iba una procesión de carretas, que a cada vuelta de rueda, rechinaban como quejándose. Lentos bueyes overos, guiados por indios taciturnos, las iban tirando lento, muy lento. Las carretas rengueaban, crujiendo, fatigadas por el peso de los sacos de papas (arpillera terrosa) y de harina (arpillera blanca). Completaban la carga toneles de manteca, jamón serrano en sal, carne seca, fiambres y enormes canastos de fruta: cerezas rojas y negras, manzanas verdes, amarillas y rojas, ciruelas negras y verdes, membrillos verdes y amarillos, peras amarillas y verdes; cestas de ají cacho de cabra, pimientos rojos y verdes, huevos multicolores, habas, arvejas y porotos de diversos tamaños y tonalidades. 
Ocurrió durante el último viaje. Las carretas rengueaban, crujiendo, las ruedas inclinadas, como si fueran las piernas de un hombre, que se separan y arquean para soportar el peso. La carga trepaba, en equilibrio precario, por encima de los barandales. Al promediar la tarde, una de las primeras carretas de la caravana perdió una rueda: se oyó crujir el eje de madera, que se astilló y rompió en uno de sus extremos; la rueda se tambaleó como si estuviera ebria y la carreta se escoró, lenta, pero inexorablemente. Su carga, veinte sacos de harina, se deslizó hacia un costado y fue cayendo poco a poco al camino, dejando tras de sí un reguero blanco. El indio que la guiaba, detuvo a los bueyes con hábiles movimientos de pértiga, y apenas vio la carga desparramada, agachó la cabeza y escupió, blasfemando en voz baja; luego desenganchó la carreta, y guiando la yunta, emprendió, resignado, el regreso a la hacienda. La caravana siguió su camino hacia el pueblo, sin que nadie dijera nada.
Mi padre hizo azotar al yuntero por haber sobrecargado la carreta, y al otro día, al comprobar que habían quedado varios sacos intactos abandonados en el camino, lo hizo azotar una vez más, porque se había humedecido la harina y tres o cuatro quintales desparecieron en manos de ladrones. «Debió dejar los sacos a cubierto», le dijo a mi madre, durante la cena, y que ella asintió en silencio. «Te aseguro que la harina la robaron sus parientes», sentencio después, «debieron estar de acuerdo; los indios son taimados y no les importan unos cuantos azotes». Mi madre detuvo la cucharilla en el aire, como si fuera a decir algo; luego sonrió y le preguntó si se iba servir más postre. Mi padre pareció no oír: «debería hacer revisar sus ranchas», rezongó; «pero tendría que acompañar al capataz. Si no voy yo, son capaces de decir que no encontraron nada». Mi madre entonces frunció la nariz, «te vas a llenar de pulgas», le dijo, «¿cómo te vas a meter en esas casuchas?» Mi padre respondió que no le importaban tanto los sacos de harina, que en realidad lo que lo molestaba era que pretendieran haberlo burlado, que ya verían quién manda.
Todo eso me lo contó Rocío, y a ella alguien debió contárselo, pero no me dijo quién. Rocío era la sirvienta de mi abuela y vivía con ella en el pueblo, en una casona enorme y descuidada, a pocas cuadras de la iglesia. Quien pasara por la vereda podría pensar que la casona estaba deshabitada, pues de las pocas habitaciones que ocupaba la abuela, sólo el comedor daba a la calle y su ventana era la única que el viandante podría ver iluminada; las demás estaban clausuradas por gruesas chapas de madera. La biblioteca, un salón enorme, y los cuatro dormitorios que se usaban en invierno, cuando nosotros, mi hermano y yo, nos veíamos obligados a vivir con la abuela, daban a un patio enorme que se continuaba con los cerros. El resto de la casa eran puertas condenadas, telarañas, corredores polvorientos y habitaciones repletas de muebles cubiertos con sábanas, en donde de seguro pernoctaban fantasmas.
El desayuno se servía a puntual a las ocho de la mañana; había que presentarse aseada, perfectamente vestida y bien peinada; para eso, en cada habitación, sobre un pequeño lavabo con cubierta de mármol, había una palangana con agua, jabón de olor, un trapo de aseo, una esponja, una piedra pómez, un peine, un cepillo dental, dentífrico y colonia inglesa, y colgada a un lado del espejo, empotrado en la pared, sobre el lavabo, una toalla áspera y desflecada. El agua fría en las manos era como una puñalada; había que enjabonarse y pasarse la esponja, aunque escarchara; la cara bien limpia, la frente despejada, olorosa a colonia. Mi hermano, en cambio, se presentaba a la mesa con legañas en los ojos y el cabello desgreñado. La abuela montaba en cólera y Rocío lo tomaba del brazo y lo llevaba a su habitación, simulando que lo reprendía, y lo esperaba junto a la puerta, poniendo oído, para escuchar el chapoteo de sus manos en el agua. Luego de unos minutos, volvía a la mesa, mirando a la abuela con miedo, y la abuela, haciendo como que no se percataba. La abuela era ciega, pero no necesitaba ver para adivinar cada gesto, cada descuido, cada falta, cada acto impensado.
El desayuno era frugal: una taza de leche tibia y un trozo de pan, con miel o mermelada.
La mañana la pasábamos en la biblioteca. Una maestra, vieja y enteca, de rostro pálido y de gesto funerario, se empecinaba en llenarnos la cabeza de efemérides inútiles y beaterías. Su única cogitación era el infierno y su pedagogía el miedo. Uno podía condenarse por robar un pan o por haberlo soñado.
Durante el almuerzo, nos sentábamos a una mesa larga, de caoba, junto a unas ventanas enormes, que intentaban convertir en claridad la penumbra del invierno; la abuela a la cabeza, mi hermano a su diestra y yo a la izquierda. El resto de los puestos quedaba vacío: diez sillas silentes, sin contar la otra cabecera. La maestra comía en la cocina, sola; Rocío comía más tarde, cuando el resto hacía la siesta, y ya había lavado los cubiertos y los platos.
Había que sentarse con la espalda recta, en un extremo de la silla, utilizar los cubiertos con sabiduría, no hablar con la boca llena, y no decir una palabra si la abuela no nos hablaba primero.
La casa era un laberinto de corredores y de cuartos: habitaciones desiertas, muebles cubiertos por sábanas, olor a humedad y encierro, las ventanas pobladas de lágrimas. Era nuestro mundo. El resto era una calle de adoquines y una iglesia de madera, frente a los tilos de la plaza, a la que íbamos a oír misa todos los domingos, primeros viernes y fiestas de guardar.
A mi abuela le gustaba que, en esas ocasiones, me pusiera un vestido rosa o uno blanco. Muy temprano por la mañana, Rocío sacaba el vestido del armario, lo deshumedecía junto al fogón y me lo llevaba a la cama… Pero bastaba un pequeño berrinche para que terminara yendo a buscar el vestido que yo quería, y con la misma paciencia con que se había esmerado con el rosa, lo deshumedecía y lo planchaba, esta vez a toda prisa, para que mi abuela no se fuera a enterar. A pesar de su ceguera, la abuela percibía cada cambio en las rutinas y el inexorable palpitar del reloj: parecía llevar la cuenta de cada tic-tac, del balanceo del péndulo, de cada salto del minutero, de cada crujir del piso y de cada gota de lluvia que se estrellaba en la ventana. Nos acostumbramos a caminar en puntillas, a cuchichear con las puertas cerradas y hasta a respirar con cuidado, para que ella no se enterara. Pero, de algún modo, ella siempre sabía lo que ocurría; era como si adivinara nuestros pensamientos incluso antes de haberlos barruntado, como si tuviera oídos en todas partes y su ceguera no fuera sino una estratagema, una farsa.
Un día en que corríamos por un pasillo del ala más alejada de la casa, mi hermano tropezó con una lámpara de pedestal, finísima, que terminó destrozada en el piso. Rocío recogió los restos lo más rápido que pudo, los puso en una bolsa y se deshizo de ellos, arrojándolo a la letrina que había en el patio. Luego, aprovechando que la abuela dormía la siesta, se puso un abrigo viejo y un pañuelo sobre la cabeza, y se aventuró bajo la lluvia; recuerdo que el viento humillaba la melena de los árboles, los despeinaba, los sacudía y los hacía inclinarse, como si quisiera ponerlos de rodillas. Temí por Rocío, y luego, al darme cuenta que tardaba, también temí por mí: ¿qué le diría a la abuela si despertaba de pronto y preguntaba por ella?
Apenas escuché que Rocío entraba por la puerta de la cocina, eché a correr y fui a abrazarla, sin pensar que la abuela podía estar oyendo. Ella me rechazó con ambas manos: no quería que me mojara con sus ropas húmedas. El solo imaginar que uno de nosotros, mi hermano o yo, nos enfermáramos, tenía en ella un efecto devastador: si estornudábamos, aunque fuera una vez, se esmeraba en tizanas de hiervas, limonada y miel, y nos sometía una vigilancia tan estricta y concienzuda, que finalmente era ella quien enfermaba: la fulminaba una jaqueca tan intensa, que la obligaba a encerrarse a oscuras en su habitación, aunque antes pasaba por la cocina y rebanaba papas crudas que se ponía sobre la frente. Mi abuela jamás le habría perdonado que, por un descuido suyo, tuviese que gastar en remedios y en los honorarios de un médico, en quienes, por cierto, desconfiaba.
Una vez que Rocío se encerró en su habitación, para cambiarse de ropa, nos percatamos de que había un paquete alargado junto a la puerta; estaba envuelto en arpillera y amarrado con cáñamo. Nos abalanzamos sobre los nudos, intentado desatarlos, pero Rocío estuvo de vuelta en la cocina antes que lográramos aflojarlos; con un gesto, nos pidió que nos calláramos. Fue ella quien desenvolvió la lámpara, que si bien no era idéntica a la que se había roto, se le parecía bastante, y era improbable que una ciega, en el caso aún más improbable de que se aventurara en un ala tan distante de la casa, pudiera notar la diferencia. La había comprado con sus ahorros, la pobre.
Pero la abuela lo supo, y el castigo fue el peor que recuerdo: el doble de chicotazos, el doble de gritos y chillidos, el doble de rosarios de rodillas, el doble de labores y el doble de cenas sin postre. Al día siguiente, nuestra maestra, ya enterada del suceso, nos increpó severamente, y sin subir la voz, pero abriendo los ojos desmesuradamente, nos enumeró las penas que nos esperaban en el infierno.
El domingo, la abuela le ordenó a Rocío despertarnos más temprano que de costumbre. Llegamos a la iglesia antes que amaneciera: apenas dos o tres beatas, de rodillas, cabizbajas y mustias, musitaban sus plegarias con un rumor como de moscas. Los cirios, sobre el altar, permanecían dormidos y tan solo la luz mortecina de las velas a los pies de la Virgen, y algunos velones en la nave central, le hurtaban espacio a las tinieblas; en la penumbra, el confesionario, parecía una especie de catafalco. La abuela nos condujo hacia él, apoyando sus manos sarmentosas sobre nuestros hombros, de modo que nos empujaba con firmeza, pero discretamente.
Cuando mi hermano salió del confesionario, venía llorando. El silencio era frío y tenía algo de horrible; solo el bisbiseo de las beatas, demasiado lejano para oírlo, podía profanarlo. Quizá por eso mi hermano lloraba sin aspavientos.
Mientras me confesaba, no solté una sola lágrima; pero en cambio no escatimé palabra: sabía que el cura estaba informado de lo ocurrido y que la abuela se enteraría si alguno de nosotros intentaba engañarlo.
De rodillas, frente al altar, recitamos padres nuestros y avemarías, una y otra vez, hasta que la pálida luz del amanecer se coló por los vitrales y la feligresía comenzó a llenar el templo; supe entonces que la mayor penitencia no había sido la interminable e insensata repetición de plegarias, ni el dolor en las rodillas, ni los calambres en las piernas; la mayor penitencia fue la mirada de los campesinos y los talabarteros, de los funcionarios, de las señoras y de los pillastres que acudían a misa, más interesados en correr por los pasillos, despertando la ira de sus madres, que en orar a Dios. La verdadera penitencia había sido humillarnos: era imposible no ver dos niños rezando de rodillas tan cerca del altar y no suponer que habían hecho algo horrendo.
Por la tarde, aún nos dolían las rodillas y tratábamos de olvidar la vergüenza jugando sobre la alfombra, mientras la abuela se mecía en su mecedora y Rocío, en la cocina, amasaba el pan para la merienda. La abuela dormitaba, el tejido sobre su regazo, indiferente a la furia de la lluvia que se estrellaba contra la ventana y al viento iracundo que con sus embestidas hacía estremecerse la casa. Sobre la chimenea, estaban las armas de caza del abuelo, muerto hacía tiempo, y la cabeza de un jabalí que había cazado en la cordillera y hecho embalsamar para presumir ante sus amigos, pero que ahora no era más que un ruinoso reino de polillas. En la vitrina de un mueble de maderas nobles, había una colección de muñecas de porcelana. Tras la mecedora (la abuela comenzaba a roncar), una estantería de caoba labrada, soportaba el peso de varios jarrones chinos de gran tamaño.
Una ráfaga de viento remeció la casa e hizo crujir las gruesas pilastras de las paredes. La abuela despertó, me miró unos momentos, y como si hiciera un comentario banal, me informó:
–Ayer hablé con el obispo. Se mostró encantado de quieras ingresar al convento de las Clarisas.
No sé si fue la sorpresa o la ira, la que me hizo retroceder hasta la ventana.
El viento bramó y la casa se sacudió nuevamente.

Sin pensarlo, retiré el cerrojo y la ventana se abrió de golpe: las muñecas de porcelana se destrozaron en la vitrina, la cabeza de jabalí rodó sobre la alfombra y los jarrones se tambalearon un momento, antes de caer sobre la abuela. Rocío entró a toda prisa, cerró la ventana y se arrodilló sobre ella, intentando despertarla, mientras la sangre, que salía de su cabeza, iba formando un charco sobre la alfombra. 

viernes, 18 de noviembre de 2016

ELLA OLÍA A JABÓN


Era una campesina hermosa, de pelo negro, sin resplandores, de un color grafito que sólo había visto una vez en mi vida, en una prostituta que se lo teñía; pero en ella era natural. Su piel, en cambio, era pálida, como la de los fusilados.
La vi varias veces rondar el campamento, hablar con los soldados, ofrecerles cigarrillos. Una vez vi que un conscripto, por nada, le dio un culatazo con su fúsil; le pedí a mi ordenanza que la curaran y que al imbécil que la había golpeado lo castigaran con arresto. La población civil no nos debe ver como animales, recuerdo que grité; pero a mí me importaba un cuerno la población civil; sólo quería que trajeran a la hembra a mi presencia. 
Le pedí disculpas, le expliqué que el conscripto sería castigado y le pregunté qué hacía en el campamento una mujer como ella, no sé si dije hermosa o distinguida o algo por el estilo. Me dijo que buscaba a su esposo, que los soldados lo habían sacado de su casa de madrugada, que se lo llevaron como estaba, en calzoncillos, y que no sabía si todavía estaba vivo o ya lo habían fusilado. Le pregunté por el nombre; ella me lo dijo, pero procuré no memorizarlo. Le pedí que volviera en unos días, que no era seguro, pero que quizá podría decirle algo; ella sonrió y a mí me extrañó que se alegrara frente a una promesa tan vaga. Antes de salir, le di unos billetes; ella me miró desconcertada. Para que compre antiinflamatorios, le dije, y ella los cogió con un gesto rápido, bajando la cabeza, y se fue sin despedirse.
Tres días después, apareció por la guardia. Yo estaba con jaqueca, de modo que me encontraba en mi tienda de campaña, a oscuras, con la esperanza de que el comandante dispusiera de una buena vez de los prisioneros y pudiésemos volver al regimiento. No entendía para qué nos habían hecho acampar a sesenta kilómetros, en un pueblucho que no le importaba a nadie; habría sido más fácil capturar a los revoltosos, subirlos a los camiones y disponer de ellos en el regimiento.
Mi ordenanza se acordaba de ella, de modo que un soldado se apersonó frente a mí y me preguntó si deseaba recibirla. Yo lo miré con un solo ojo; la claridad que se filtraba me hería la mirada y martillaba mi cerebro. El soldado, a su vez, me miraba como un pájaro asustado; tenía más miedo que cualquiera de los infelices que custodiaba.
Ella olía a jabón barato; imaginé que se acababa de bañar, quizá en el arroyo que rodeaba el pueblo. Me miró, arrugó el entrecejo y me preguntó ¿le pasa algo?; yo respondí que nada, respuesta que ella pasó por alto, porque de inmediato procedió a recomendarme algunas yerbas, secretos de naturaleza. Creo que me aconsejó ponerme rodajas de papa en la frente: hasta que se entibien, luego se cambian por otras… Aunque quizá no habló de papas, quizá eso me lo recomendó el cocinero, no recuerdo bien. Sí, creo que fue el cocinero, porque le respondí que mejor hiciera papas fritas, y no sé si lo tomó como una broma o como una orden, el caso es que esa noche comimos papas fritas con dos huevos y un trozo de bife, un lujo para los reclutas, aunque lo más seguro es que a ellos les sirvió los porotos que tenía remojando en un perol. De remedios caseros ella sí me habló, pero de otros; prometió hacerme llegar algunas yerbas, siempre tenía algunas en su cocina, a menudo su marido sufría de jaqueca y ella le preparaba una tizana. No habló de nada más; mi situación esa tarde era lamentable, ¿de qué otra cosa hubiera podido hablar?
Volvió al día siguiente; traía un atado de yerbas, tal como había prometido. Sonreí; ella sonrió a su vez. Me dijo que quería hablarme, que su propósito el día anterior había sido ése, pero como me encontraba enfermo, había preferido no importunarme con otra preocupación; tal cual, con esas palabras u otras similares pero de igual cuño: no hablaba como campesina.
Escucha las peroratas de su marido, pensé, y de inmediato me puse en guardia; si su marido hablaba así, seguramente no era un campesino, un triste dirigente de cooperativa, sino un jerarca, un líder local que se nos había pasado por alto. Pero no. Al poco rato me di cuenta, por sus formas, en exceso respetuosas, que se trataba de una mujer sencilla y que su lenguaje no era sino la precaria huella que suelen dejar algunos profesores de escuela primaria; nada más. Me habló de sus hijos, dos varoncitos, de sus perros, de su abuela que se había quedado ciega, de sus almácigos y sus gallinas, como si todo aquello fuera suficiente para distraer de su deber a un oficial del Ejército de Chile; algo así creo que le dije, no con esas palabras, por supuesto, no era necesario, pero sí con la suficiente claridad como para que fuera al grano, aunque yo sabía bien por dónde iba la cosa, nunca fui un inocente, menos si la muchacha iba bien maquillada, sonreía y se había puesto un perfume que había olvidado el día anterior. Pero quizá ese día lo usaba porque no se había bañado: hacía frío y las aguas del estero herían como cuchilladas. Entonces me preguntó por su esposo; le dije que aún no se sabía nada, y ella me preguntó qué podía hacer, si había alguna forma ayudarlo.
Hicimos el amor sobre la mesa que me servía de escritorio, a sacudones, con violencia, quejándonos como barracos; cuando acabamos, ella se vistió y salió a toda prisa; la mesa ya no servía para nada.
Esa noche dormí plácidamente.
Durante una semana la recibí todas las noches, y cada vez que hicimos el amor, ella acababa entre alaridos, y creo que se culpaba por eso, porque siempre se vestía de prisa, sin mirarme, y luego desaparecía como si no quisiera saber nada de mí, como si en verdad me odiara, como si estuviera obligada a odiarme. Más de alguna vez quiso mostrarse fría y se dejaba hacer sin moverse, como una tabla, casi como si se lo hiciera a una muerta; pero entonces yo me demoraba, me cimbraba lento, penetrándola despacito, y poco a poco incrementaba el ritmo, como en crescendo, pero sin llegar a fondo, hasta que ella se encendía y se crispaba y entonces yo entraba en ella como derribando un muro, como el agua que arrasa con una represa, cada vez más profundo, adentro, muy adentro, y ella flexionaba las piernas, y abriéndose, me ofrecía su pelvis, hasta que ambos, sudando, fustigando los pubis, gritábamos al unísono, sofocados. Luego ella recogía sus pilchas, muy de prisa, más que en otras ocasiones, se vestía atolondradamente y desparecía en la oscuridad. Yo sabía que afuera la esperaba un soldado, y que en realidad no huía ni se perdía entre las brumas de la noche, sino que apresuraba el paso, el soldado mostrándole el camino con la luz de su linterna, hasta que fuera del campamento, por fin en medio de la noche, podía llorar de rabia, furiosa por haber claudicado nuevamente.
Una noche se quedó un rato más. Yo fumaba un cigarrillo perezoso y ella, acostada a mi lado y apoyada en mi brazo, parecía contar las polillas que se habían colado en la tienda de campaña; de pronto me preguntó cuándo iban a liberar su esposo. Quiso huir ayer, respondí.
Ella no dijo nada; no lloró, no me golpeó, como yo esperaba, no se desató un ataque de histeria que me permitiera llamar al guardia; tan sólo recogió sus pilchas y se vistió muy lento, como meditando si debía cubrirse o no. No la miré; me limité a seguir fumando, jugando con las volutas del humo, intentando anillos imposibles… Las polillas daban vueltas junto a la lámpara que habíamos encendido.

Estuvimos dos meses más en ese pueblo infestado de mosquitos y fantasmas. Una semana antes de retirarnos, ella volvió a mi tienda.         

viernes, 11 de noviembre de 2016

EL ÚLTIMO TREN A CASA

Debió ser, era, un viaje como cualquier otro: taca-taca, taca-taca, taca-taca, el tren sobre las vías y el piño de mocosos en un vagón de segunda, cambiándose de un asiento a otro, contando chistes obscenos, anécdotas que nadie creía, o casi nadie, porque debo confesar que yo sí les creía, y algunos otros de mi edad también. Creían que Quiroz se había acostado con una tía, la hermana menor de su mamá, que tenía unas tetas enormes, como globos de cumpleaños, y era rubia y buena en la cama, cosa que yo no estaba en condiciones de discutir, porque no conocía a su tía, pero sobre todo porque no tenía la menor idea de cómo era una mujer en la cama, misterios para un pendejo como yo, interno en un colegio de curas, apenas asomándome a la pubertad. Pero como en el vagón nos mezclábamos todos, no había censura, no estaba el Hermano Erasmo con el entrecejo fruncido, y los mayores hablaban de sus conquistas ante nosotros, que los mirábamos con franca admiración. Algunos fumaban y a menudo nos convidaban una piteada a los más chichos. Nosotros nos atorábamos y ellos se desternillaban de la risa; tosíamos y los ojos se nos llenaban de lágrimas; pero como éramos pendejos igual aceptábamos, una y otra vez, cada fin de semana, taca-taca, taca-taca, sin querer darnos cuenta de que en realidad lo hacían para burlarse y para sentirse más hombres, ellos, que nos llevaban apenas un par de años, a lo sumo tres, pero que a esa edad se notan. Y nosotros queríamos ser como ellos, y cada fin de semana anhelábamos que nos ofrecieran una piteada, y parece que sabían, que se daban cuenta, porque se hacían de rogar; pero después de un rato, o de algunos kilómetros, que al cabo era lo mismo, la escena se repetía, la piteada mínima, el acceso de tos, los ojos inundados de lágrimas y un horrible mareo que había que disimular, para no agravar la humillación. Y como el viaje era un viaje como cualquier otro, la escena se repitió una vez más, taca-taca, taca-taca.
El equipo de básquet del colegio había ganado el campeonato, de modo que el ambiente era festivo, todos íbamos alegres. El cura que nos enseñaba historia no había hecho clase; cada vez que ganaba el equipo se olvidaba de la clase y se dedicaba a conversar con nosotros: que tal alero, que el pivote, en fin, los pormenores del partido. Cada uno sentaba ante su pupitre, menos el del primer asiento, que debía cambiarse más atrás para que el cura se sentara encima de su escritorio, los pies sobre la banca, de espalda al pizarrón, viéndonos a todos detrás de sus lentes de carey. Nos poníamos alegres porque él nos decía «no importa que no avancemos hoy, total, la historia no cambia; la próxima clase les dicto más rápido; nos ponemos al día; pero tienen que escribir desde el principio de la clase». Después del rezo, de pie junto al pupitre, apenas nos sentábamos, teníamos que escribir sin pausas, anotando lo que el cura nos decía, escribiendo de prisa, aunque la mano se acalambrara; había que escribir porque el Hermano José Luis no hacía clase cuando ganaba nuestro equipo, y ese día había ganado el campeonato, ¡qué iba a hacer clase! 
La noche anterior, apenas terminó el partido, los muchachos de secundaria lo pasearon en andas: él estaba a cargo, la congregación lo había designado, era el principal dirigente (o al menos eso creíamos nosotros) del equipo que había surgido de nuestros patios, pero que entonces ya era profesional y disputaba la División Mayor. ¡Qué iba a hacer clases! Se había sentado, como siempre, sobre el primer pupitre, nos había mirado y nos había dicho «no importa que no pasemos materia, la historia no cambia, la próxima clase les dicto más rápido»; es decir, lo de siempre, solo que esta vez estaba más justificado que nunca, porque el equipo había ganado el campeonato y los de secundaria (los internos, los que iban a todos los partidos, porque el coliseo deportivo estaba en pleno colegio, junto a la capilla, y tenía puertas de entrada para el público, que daban a la calle, pero también unas portezuelas de metal que daban al colegio) habían paseado en andas al hermano José Luis, lo que no había sido del gusto del inspector general, el Hermano Erasmo, que los había reprendido en forma severa, diciendo que aquello era una falta de respeto, que cómo se les ocurría. Pero el Hermano José Luis, al día siguiente, muerto de la risa, sentado frente a todos, en la clase de historia –que, como dije, se había transformado en conversación–, opinó que no era para tanto, que había sido una muestra de cariño, una expresión de alegría, no me acuerdo si con esas palabras, pero algo así fue lo que dijo, y claro, nosotros asentimos, hasta los externos, que no habían estado allí.
Terminada la clase, la última del viernes, los internos salimos, como siempre, en desbandada, nuestros bolsos volando, intentando coger un bus o el tren para volver a casa, al campo, junto a nuestros padres, un fin de semana que para nosotros compendiaba el sentido de vivir.
Nuestro grupo viajaba en tren, un tren lleno de campesinos y gallinas y sacos de harina y todo aquello que compraba la gente de campo cuando iba a la ciudad; un tren con un par baños inmundos a cada extremo del vagón: el hedor a orina se sentía antes de abrir la puerta, había que estar loco o con la vejiga a punto de reventar para entrar allí, cosa que a menudo le ocurría a los mayores, no a todos, sólo a los más osados, que le compraban cerveza al hombre que pasaba de carro en carro con un cesto abarrotado de bebidas gaseosas y birra de mala calidad: Malta, Papaya, Pilsen, pregonaba con su voz monocorde, y los muchachos se abalanzaban sobre él, adelantando sus billetes, y luego se retiraba de nuestro carro con el canasto vacío. Pasada una media hora, o quizá menos, volvía a aparecer, pregonando otras mercancías: píldoras para la jaqueca o para la gripe, revistas, agujas o peines, cualquier cosa, que no interesaban a ninguno de nosotros, pero que en los demás carros alguien compraba, a menos que aquello no fuera sino una mascarada, una tapadera para vender alcohol, ya que no podía dedicarse con furia a las cervezas (aquello habría convertido el tren en un bar), que los mayores se empinaban con aire de superioridad. Malta, Papaya, Pilsen. Taca-taca, taca-taca, taca-taca. 
El tren iba devorando kilómetros con una lentitud pasmosa, deteniéndose en pequeñas estaciones: apenas un galpón borroso a través de los cristales perlados por la lluvia. Bajaban dos o tres indios, llevando al hombro un saco de harina, y colgando como una prolongación de sus brazos, un par de damajuanas de vino.
El tren reiniciaba su marcha lentamente (todo lo hacía lentamente, hasta cuando iba rápido lo hacía lentamente); pero a nosotros no parecía importarnos, comentado el partido o entretenidos con los cuentos de los más grandes, que se acostaban con sus domésticas, cuando no había suerte, porque si la había, entonces levantaban una muchacha del Colegio Comercial, que quedaba frente al nuestro, ventana con ventana; pero si la suerte era realmente buena, el escarceo era con alguna chica del Liceo de Niñas, nunca del Colegio Santa Cruz, que eran señoritas bien, destinadas al altar y no a la cama, no sin aprobación divina. 
 Ese día, la escena del cigarrillo se hizo esperar, no a causa del sadismo de nuestros compañeros (a su sadismo le bastaba con vernos toser), sino porque los comentarios sobre el último partido llenaron el tiempo y los kilómetros, que de otro modo habrían prohijado el aburrimiento y su inmediato antídoto: reírse de nosotros, víctimas y cómplices, porque aunque sabíamos que se reían, esperábamos –cada viaje, cada fin de semana, taca-taca, taca-taca– poder fumar como Dios manda, no atorarse con el humo, no llorar sin ganas de llorar.
Los mayores ya habían bebido casi todas sus cervezas, y como estaban celebrando, nos ofrecieron un poquito, un traguito apenas.
«No te avives concha de tu madre, un sorbito no más», le dijeron a Arlegui, un pendejo con olor a teta, más chico que yo, y le dieron un palmetazo en la cabeza, no muy fuerte, solo para que no se avivara, la cerveza tenía que alcanzar para todos; pero igual tragó bastante, de modo que estuvo más alegre que de costumbre, y a la hora de fumar, él, que era aún no era púber, se puso en el corrillo, mientras los mayores encendía el pucho.
A partir de este punto, las versiones difieren; unos dicen que lo vieron llorar, que su ánimo cambió de la risa al llanto, porque el tren no se apuraba, que moqueaba como un niño de pecho, que extrañaba a su mamá. Quizá la cerveza le había hecho mal, lo había puesto melancólico y lo había vuelto niño súbitamente, un niño de pecho, más niño de lo que era, porque sin duda seguía siendo un niño, una especie de renacuajo bonito, con una enorme cabecita rubia y un cuerpecito diminuto, ojos celestes y voz de pito; no era más que un aspirante a púber, que de puro inquieto había abandonado a sus amigos –sus compañeros de curso viajaban en los primeros asientos del carro, entretenidos en el intercambio de láminas, de esas que se pegan en un álbum– y se había unido al corrillo de los más grandes, de los que viajábamos en la mitad del carro, es decir, los que vivíamos en el limbo, espinillas, bozo incipiente, gallitos al hablar, y los de secundaria, que viajaban más atrás, cerca del baño, esa pestilencia necesaria para los que se atrevían con una cerveza y luego de un rato no tenían otro remedio que encerrarse a orinar largamente, sobre los durmientes y la gravilla que corría entre las vías, porque el wáter desaguaba en la vía férrea y mientras orinaba uno podía entretenerse en su contemplación.  
Otros dicen que fue la piteada que le dio al pucho, que las lágrimas no eran de añoranza, cómo iba a ser por eso, si después de todo tanta cerveza no tomó, apenas un poco, decían unos; pero los demás afirmaban que el mocoso se había empinado casi media botella; se avivó el concha de su madre, no es bueno hablar así, pero fue lo que pensaron, hay que ser objetivo y no maquillar las cosas, nadie quedó contento con el trago que tomó, pero de ahí a decir que fue media botella hay una enorme diferencia, un abismo, un millón de años luz, una exageración, me imagino que se entiende; debió ser el humo que le irritó los ojos y por eso lloraba, debió sentirse mareado; era un guarisapo bonito, apenas un niño jugando a ser grande, un aspirante a púber, un pendejo con olor a teta –ya se ha dicho todo eso, pero hay que subrayarlo–, de otro modo no se entiende que decidiera salir a tomar aire, mareado como estaba, a la plataforma que había entre los vagones y asomara su cabeza justo cuando el tren entraba en un puente, de esos de acero pintado de amarillo, con enormes remaches y pernos, que se tiñeron de rojo cuando destrozaron su cabeza de pendejo bonito, con olor a teta, jugando a ser grande: taca-tata, taca-taca, taca-taca.  

domingo, 6 de noviembre de 2016

FUMANDO EN EL BAÑO DE HOMBRES

Hubo un tiempo en que acostarme con una mujer era una obsesión, un pensamiento con el que despertaba cada mañana y que me acompañaba hasta el anochecer. Fue la época en que me volví gregario: había que saber qué hacer y eso sólo podía aprenderse en los corrillos, entre el grupito de maleantes que se fumaban un cigarrillo, escondidos en los baños del colegio.
Narváez decía que si a uno le gustaba una mina, había que agarrarle la teta izquierda, como oyen, la teta izquierda; ¿por qué la izquierda? Porque es la del corazón. Qué bestia. El tipo no tenía idea lo que decía; primero afirmaba que había que agarrarle la teta izquierda, no que hubiera que acariciarla ni besarla, ni siquiera sobarla, sino agarrarla, como con una zarpa, y luego explicaba la efectividad del método por el simple expediente de que era la del corazón. El pobre entendía menos que yo, creo, y no me hubiese extrañado que muriera célibe.
Por las noches, sin embargo, trataba de pensar cómo se conseguiría agarrarle la teta izquierda a una mina, si habría que esperarla en una esquina y abalanzársele como lo haría un delincuente de poca monta que le arrebatara unas monedas, o si, en forma ladina, habría que acercarse con cualquier pretexto y decir no te muevas, tienes un bichito en la blusa, extender la mano y hacerse del trofeo (no del bichito, por supuesto, que realmente no existía).
Imaginar estas escenas me enardecía, y a menudo me masturbaba, cuidando de que mis poluciones no mancharan las sábanas, para lo cual tenía en el velador un buen rollo de papel higiénico, con el que cubría mi cachiporra enhiesta. La ducha matinal se llevaba los pedacitos de papel que a menudo quedaban adheridos a mi glande, y también se llevaba mis fantasías desaforadas, porque a la luz del día nadie, aunque sea un pendejo, puede creer semejante estupidez.
Y sin embargo, en colegio, en el baño de hombres, se seguían repitiendo consejos como aquel. Después te lo agradecen, decían los sabedores y yo creía que era verdad. Lo más convincente eran las carcajadas, rotundas, como correspondía a los más hombres, porque así nos sentíamos, los más hombres de todo el piño de mocosos que pululaba por los corredores del colegio, hasta que algún boludo se atoraba con el humo y había que darle palmadas en la espalda. A ver compadre, levante los brazos; apúrense huevones, no vaya a venir el inspector; límpiate las lágrimas, van a pensar que estuviste llorando, y si alguien pensaba que el desgraciado había estado llorando era una afrenta para todos.
El que la llevaba era Valdés. Él fue el que les enseñó a fumar a todos y el único que había hecho el amor. Contaba que lo había desvirgado la empleada de su casa, una muchacha fea, pero con buen culo y tetas aceptables: total de noche no se ve la cara, o se le pone la almohada encima; ja, ja, ja, celebrábamos la ocurrencia con nuevas risotadas.
Pásame el pucho, no te lo fumes todo, no seas maricón, dijo Flores; y Jarita: cállate huevón, te va a oír el inspector; y el cigarrillo cambió de mano y todos miramos a Valdés, para que nos diera detalles, para que se nos parara a todos, para inspirarnos una paja, pero sobre todo, para aprender del maestro, para saber qué se debía hacer. Y entonces él contó que lo difícil había sido la primera vez, porque la mina no quería, decía que yo era muy chico, que era el hijo de la patrona si llega a darse cuenta me pone de patitas en la calle; cómo se le ocurre hacerme esto. Pero a él se le ocurría y cuando ella estaba cocinando, se le acercaba por detrás y le daba un mordisquito en el lóbulo de la oreja, mientras la punteaba con su verga enorme –realmente era enorme, ya se la había mostrado a todos y era descomunal– de modo que ella la sentía clarito entre las nalgas y se estaba bien quietita, según él de caliente, pero ahora que lo pienso, creo que más era por temor a que los pillaran y la culparan a ella, o para no derramar la sopa del cucharón que mantenía en vilo.
Una tarde se quedaron solos; los padres tuvieron que salir y dejaron a la doméstica cuidando a su niñito, quien la correteó por toda la casa, pero al ver que ella seguía resistiéndose a sus encantos de novillo alzado, prefirió cambiar de táctica y proponerle que para no aburrirse vieran una película en la televisión. Ella dijo que no, porque no él no se estaba quieto y no le gustaba que la manosearan como a una cualquiera, y entonces Valdés, el muy taimado, le dijo que cómo se le ocurría, que él no pensaba eso de ella, que lo disculpara, que estaba enamorado y no sabía cómo hacer las cosas, que era un cabro chico, así se lo dijo, con esas mismas palabras, que después nos repitió a todos en el baño de hombres, mientras compartíamos un cigarrillo: que era un cabro chico, aunque fuera alto y fortachón. ¿Cuántos años crees que tengo?, preguntó él, y ella dijo que dieciocho o diecinueve; él le respondió: ni siquiera te acercaste; quince, recién cumplidos, dos meses antes de que llegaras a trabajar aquí. Ella se rio y le confesó que tenía veintiún años, o sea que era mayor de edad, y que no podía pololear con un menor. Pero Valdés era astuto y le respondió que nada le impedía ver televisión… ni tomarse una cerveza. Los viejos van a llegar tarde, le dijo, y luego aclaró que él ya le permitían ponerse algo entre pera y bigote, mientras no fuera demasiado, que lo que le prohibían era el cigarrillo, pero él igual fumaba, en el colegio.
Estábamos admirados, no sabíamos que a Valdés lo dejaran tomar. Qué buena onda, dijo uno de nosotros, no recuerdo quién, ojalá mis viejos fueran así, y Valdés le respondió: no, huevón, si a mí tampoco me dejan, se lo dije no más, para que no pensara que era tan pendejo y armara otro lío, diciendo que mis viejos le habían dicho que me cuidara, como si fuera un niño de pecho; no huevones, eso no lo iba a permitir.
La película era mala, por suerte, de modo que no nos interesó, y al poco rato estábamos hablando como si fuéremos amigos; yo, bueno para el chiste, ustedes me conocen, le conté varios, para que entrara en confianza, hasta que ella me aceptó un vaso de cerveza, que más que vaso era una jarra, de esas para shop, con asa y figuritas talladas en el cristal. Parece que la anduvo mareando, porque cuando quiso ir al baño perdió el equilibrio y tuve que sujetarla; la abracé y ella se quedó quietita, apoyada en mi hombro, y de nuevo se me paró como un caballo, pero esta vez no arrancó, se quedó un rato más y se separó de a poquito; voy al baño, dijo, y yo la retuve por la cintura, pero un ratito no más; no quería que se pusiera nerviosa y todo terminara allí. Ella se rio o me pareció que se rio, y me dijo que la esperara, que tenía que ir al baño. Y yo la esperé señores, pero no sentado, porque me di cuenta de que era mi oportunidad: busqué un disco de Camilo Sesto, uno bien romántico, y lo puse en el tocadiscos, esperando que volviera.
¿Y? Y volvió, pos, huevón.
Entonces sonó la campana para volver a clases, y aunque nos demoramos un poco, dándole las últimas piteadas al miserable pucho, tuvimos que esperar al otro recreo para que Valdés terminara de narrar.
Valdés dijo que la artimaña se le ocurrió cuando la abrazó para que no callera, pero que sin el disco no conseguiría nada. Ella volvió, riéndose, como si le hubiesen contado un chiste, pero no había nadie más en casa, por lo que Valdés le preguntó de qué se reía y ella se lo quedó mirando, con una cara distinta, como no lo había mirado antes, y le respondió que se reía de él. Tal cual, muchachos, que se reía de mí, que era un mocoso malcriado, un hijito del papi que quería culearse a su nana. Era la pura verdad no más, compadres, pero yo no le iba a decir eso, de manera que me reí y le dije que no sabía por qué pensaba eso, que me había portado bien. Ella señaló hacia el tocadiscos y me dijo, con voz de borracha pero no tanto, no sé si se entiende –claro que se entiende, sigue no más, qué te dijo –, que se me notaba la cara de lacho y que estaba segura de que ahora iba a querer bailar, que los hombres eran así, primero un par de copas, después un bailecito y ya está. ¿Y tú qué le dijiste, hermano? ¿Qué creen que le dije? ¡Que no sabía bailar! Ja, ja, ja. ¿Y ella te creyó? Cayó redondita, compadre; me dijo que si quería me enseñaba y yo le dije que me daba vergüenza.
¡Nooo!”, coreamos entre todos, estirando la o. Sí señores, eso le dije, pero no estaba planeado, se los juro, se me ocurrió en el momento, como si Diosito me dictara las palabras, y ella me dijo que no tuviera vergüenza, que me iba a enseñar, que me dejara llevar no más, que ya vería lo fácil que era. Tuve que concentrarme para que no se notara que sabía. Simulé que aprendía, mientras sentía sus pechos en mi pecho, y contra mi miembro, el calorcito de su pubis. No saben los esfuerzos que tuve que hacer para no irme cortado. Pero ella parecía como que no se daba cuenta, concentrada en su papel de maestrita de danza. Y el disco se estaba terminando sin que pasara nada más.
¿Y no le agarraste la teta izquierda?, dijo el imbécil de siempre; Valdés lo calló con la mirada y nadie se atrevió a reír.
Me recriminaba en silencio no haber puesto un LP; apenas un cuarenta y cinco, el aturdido. Y cruzaba los dedos para que el disco no acabara antes que a ella se le ocurriera enseñarme algo más.
Se está terminando, dijo, cuando la voz de Camilo Sesto se fue apagando y el ruido de la aguja se impuso a lo demás. Les juro que yo habría seguido bailando, al compás de una música imaginaria, si ella no me hubiera dicho que pusiera otro. Corrí a revisar la pila de discos que se amontonaba en el mueble del tornamesa; elegí un larga duración, un LP, un treinta y tres un tercio, ustedes me entienden, el más romanticón que pude, el más caliente, uno que no tuviera un solo tema rápido; no se le fuera a ocurrir enseñarme a bailar salsa o chachachá.
Bailas bien, me dijo, una vez que volvimos a estar enlazados. No sé qué le respondí; a lo mejor no dije nada, por eso de a confesión de parte relevo de pruebas, o a lo mejor dije algo sin importancia. Ella se rio. Ya no tienes vergüenza, me dijo, no sé si preguntando o afirmando, porque me parece que entonces me dio un puntazo, suavecito, con su pubis, que estaba tibio, se los juro, compadres, por mi honor. Pero no me atreví a echarle para adelante; en cambio, me puse a jugar con sus cabellos, despacito, como que no me daba cuenta, y cada tanto, rozaba el lóbulo de su oreja, la izquierda, porque la derecha estaba junto a mi boca, que soplaba despacito para hacerle cosquillitas… ¡Qué le iba a agarrar la teta izquierda!; ¿para qué?, ¿para que saliera arrancando? Nada de eso. Tenía que hacerlo todo despacito, sin atarantarme. Dejé que una de mis manos se entretuviera en su espalda, subiendo y bajando, lento, suavecito, mientras la otra descendía como si se hubiera cansado, vencida por la fuerza de gravedad, pero no como un peso muerto, sino bajando de a poquito hasta instalarse en su cintura, y entonces le dejé caer un piquito en la orejita, como al descuido…
En mi pecho había una batucada, compadres, una de las grandes, los tambores retumbaban tan fuertes que temí que ella los fuera a oír.
¿Y los oyó?
No, pero se dio cuenta del piquito, porque no era tarada y hasta una tarada se da cuenta si le dan un besito en la oreja. ¿Y qué te dijo?, le preguntamos nosotros. Lo que dicen todas las mujeres, respondió él: me preguntó qué me pasaba. Nada, dije yo. Ella se rio y me miró divertida; ¿cómo que nada? Nada, dije de nuevo. No te creo, me respondió. Me limité a suspirar, mirando mis zapatos. Ya no bailábamos, estábamos parados uno frente el otro, muy cerquita. No sé besar, dije por fin; lo hice mal, ¿verdad? Yo te enseño, respondió ella, muerta de la risa, y luego sentí su lengua dentro de mi boca. Tenía olor a trago, pero a mí no importaba; la cerveza la habíamos bebido entre los dos.
Resulté mejor alumno que en el colegio, dijo Valdés, ufanándose, exigiendo el cigarrillo, fumando dos, tres piteadas, con todo derecho: podía fumarse el resto de la apestosa colilla si quería; al fin y al cabo era el maestro, el héroe de la jornada, el único desvirgado, y más encima a domicilio, servicio completo para el gañán.
¿Y qué dijo cuando se le pasó la borrachera?

Tan ebria no estaba compadre; medio litro de cerveza apenas refresca, ¿o no? Para mí que se inventó el mareo, de puro mojigata no más. Lo bueno es que ahora hace lo que yo quiera, aunque esté cansada o con fiebre, aunque ande con la regla… Y si hay gente en casa, alguien que nos pueda ver, le mando que vaya a buscar leña a la bodega, me voy tras ella y la obligo a que se ponga de rodillas y me lo chupe rapidito, y que se lo trague todo, que no caiga una gotita, que no quede rastro, por su bien, le digo, porque sabe que si mis padres se llegaran enterar la denunciarían a la policía por violar a un menor.

viernes, 30 de septiembre de 2016

La traición del sargento Owen (fragmento)

Owen estaba orgulloso de estirpe, a pesar de las circunstancias que rodearon su origen. El gringo violó a su madre una sola vez, en un establo, en medio de mugidos y olor a mierda, una mañana helada, después de la ordeña. La joven se dio cuenta de su estado al cabo de un mes, y aunque buscó a una comadrona que la hiciera abortar, los bebedizos que le dio y los tallos que le metió entre las piernas, no lograron su objetivo. Tampoco la paliza que le dio su padre.
Owen fue tardo para nacer. Llegó casi al décimo mes. Cuando la partera lo tuvo entre las manos, arrugado, feo y lacio, pensó que el niño había nacido muerto, por lo que lo dejó en una palangana que se solía usar para hacer mantequilla, y que a pesar de haber sido enjuagada con agua hervida, aún olía a leche agria. Luego la comadrona se desentendió de él y se dedicó a restañar la hemorragia que brotaba de las entrañas de la madre. Sus esfuerzos, al igual que unos meses antes, no dieron resultados. La joven falleció exangüe.
En ese momento, se escuchó un berrido.
Los abuelos le hicieron saber al gringo que había nacido su bastardo. El gringo los autorizó a ponerle su apellido, pagó el funeral de la muchacha y les mandó una vaca y dos cerdos. Por gestos como esos, el gringo era apreciado por sus inquilinos, que votaron por él las siete veces que se postuló para alcalde. Había varios Owen correteando por sus campos. Todos orgullosos de llevar su nombre.
El niño creció en la casa de sus abuelos. Aprendió a trozar leña apenas pudo sostener el hacha, y a capar terneros antes de la adolescencia. Asistió a la escuela por darles gusto al gringo, que le compraba los cuadernos, y a la abuela, que se había hecho evangélica, pero que como estaba un poco ciega, necesitaba que su nieto le leyera la biblia. Su abuelo, en cambio, lo requería en el monte, para hacer leña y estacones que le encargaba el gringo.
En la escuela, era el más grande. Pendenciero y cruel, todas las semanas le partía una ceja o le rompía la nariz a alguien. Tardo en matemáticas, pero hábil en el embuste, conseguía pasar de curso, aunque fuera a la rastra. Fue el primero en aprender a beber como Dios manda. Se emborrachaba con el gringo, que cuando estaba ebrio le ordenaba que le dijera taita.
El gringo murió de cirrosis unos años más tarde. Los hijos legítimos se pelearon por las tierras; el pleito duró varios años, y cuando las dividieron, las pusieron a la venta. Vino gente de Santiago, despidieron a los inquilinos, tiraron sus casas. Los abuelos de Owen se construyeron una mediagua a las afueras de Futrono, y Owen se enroló en el ejército; todos los meses les mandaba unos pesos para lo justo.
En el ejército Owen destacó por su arrojo y su fortaleza física. La única mancha en su expediente era una pelea en las barracas: los demás conscriptos atestiguaron que siguió golpeado al caído por un buen rato, a pesar de que éste había perdido el conocimiento. Tuvieron que sujetarlo entre varios. Le valió dos días de arresto. Pero el capitán consideró que podría hacer carrera en Comandos, y Owen se quedó en las filas, cuando el resto del contingente, terminada la conscripción, volvió a sus casas.
Su abuela murió al poco tiempo, consumida por una diabetes que no se detectó a tiempo, y su abuelo terminó en un asilo. Sus últimos días discutía solo, insultaba a las sombras, capaba terneros imaginarios y se cagaba en los calzoncillos.
Para entonces, Owen, se había olvidado de ellos.


sábado, 13 de agosto de 2016

DEICIDIOS


 
La lectura de Vargas Llosa resulta, para un aprendiz de brujo como yo, particularmente ilustrativa. Un temperamento obsesivo como el de él, perfeccionista y cuidadoso, construye su narrativa como un arquitecto medieval decidido a glorificar al Creador con una obra magna. Un constructor de catedrales, en las que no existe detalle librado al azar. Obras menores, capillitas, como “Elogio de la madrastra”, que no alcanza las alturas de “Conversación en La catedral” o “La fiesta del Chivo”, para nombrar solo dos de sus novelas mayores, obedece también a un riguroso plan. En este caso, la creación de un mundo fantástico que vive en una ficción supra-novelística, un mundo que tal vez es, siguiendo el aserto de Hemingway, la base del Iceberg, del cual sobresale, cada tanto una novela: “Elogio de la Madrastra”, en este caso, pero también una novela mucho mejor lograda, por lo rico de los mundos que describe: “El héroe discreto”. Ésta es, a la sazón es una especie de secuela de “Elogio de la Madrastra”, pero de una calidad lejos superior a su antecesora, en la cual quizá lo mejor logrado sea la descripción de las monomanías de don Rigoberto. En “El héroe discreto”, que junto con la novela antedicha y los “Cuadernos de don Rigoberto” conforman una continuidad, una trilogía, la historia de la madrastra, don Rigoberto y Fonchito, es uno de los hilos narrativos de la novela, pero no el principal, y por lo tanto, enriquece la historia del personaje principal, el “héroe”, Felícito Yanaqué, sin restarle protagonismo, a la vez que completa, y le da mayor vida, en forma retrospectiva, a la primera novela, y proporciona mayor consistencia a Fonchito, el inverosímil niño que seduce a su madrastra, aunque siga siendo éste el personaje menos creíble de las tres novelas y el más feble en el entramado del autor. Me deja la misma sensación algo fantasmal que Oliver Twist, de Dickens; da la impresión que se trata de personajes hechos para que pasen cosas, pero sin que en sí mismos lleguen a tener fuerza y consistencia.   
 Si hemos de seguir con la metáfora del arquitecto, que erige catedrales y capillas, Vargas Llosa adquiere entonces el papel de un urbanista, de un constructor enfrentado al reto de crear una ciudad. Enhebra vidas que pertenecen a barriadas diferentes, pero que habitan el mismo mundo ficcional, del que solo nos permite ver una que otra novela. Lituma, por ejemplo, que aparece en “La casa verde”, será protagonista de “¿Quién mato a Palomino Molero?” y de “Lituma en los Andes”, lo que nos permite seguir una vida en distintos escenarios del Perú. El Perú de Vargas Llosa, quien se confiesa un deicida, y en este sentido, hermano de García Márquez, a quien dedicó un extenso libro, “Historia de un deicidio”, basado en la hipótesis de que el escritor debe, no imitar ni alabar a Dios (cualquiera sea dicho dios), sino matarlo, para crear su propio mundo. Bien vista, mi primera metáfora, se cae a pedazos. No estamos en el medioevo, no es a la gloria de Dios que se edifica el arte. El artista es un deicida. Pero, en el caso de Vargas Llosa, un deicida meticuloso, un ser que crea desde la obsesión: orden, simetría, planificación, equilibrio… ¡Qué distinto de Onetti!
Vargas Llosa trabaja en forma metódica, elige el punto de vista, los narradores, el manejo del tiempo y, obviamente, las formas verbales; organiza la trama y las sub-tramas, crea los personajes, y finalmente, escribe… y luego poda y corrige. Su mente es la de un relojero suizo, si es que aún son así los relojeros suizos, pero también la de un esteta. Su padre, qué duda cabe, es Flaubert, a quien dedicó su maravilloso ensayo, “La orgía perpetua”. En esta obra, el aprendiz de brujo, puede conocer el modo en que Flaubert escribió “Madame Bobary”, pero también, al mismo tiempo, la forma en que Vargas Llosa hace lo propio. “La receta de familia”, aquella que pasa de la abuela a la nieta, va de Flaubert al escriba peruano… ¡Y a nosotros!
Pero hay que volver a Onetti, que también obra un influjo paradójico en Vargas Llosa, y a quien dedicó un extenso ensayo: “El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti” Además del estilo crapuloso, Vargas Llosa destaca en este autor el haber creado un mundo ficcional que es creado a su vez por un personaje de ficción: Brausen. Sin duda, este hecho, constituye el deicidio por excelencia. Faulkner y García Márquez no llegan tan lejos. En sus obras, el escritor es el único deicida. En la Santa María de Onetti, Brausen, el personaje, también lo es. Este punto debe haberse grabado a fuego en la mente de Vargas Llosa, tan diferente, a la hora de crear, del modo en que lo hacía el escritor Uruguayo: sin mayor planificación, en jornadas febriles, que eran precedidas de períodos de extensa sequía creadora. Un escritor voluble, depresivo, carente de método, a veces descuidado… Todo lo contrario de Mario Vargas Llosa, quien sin embargo, lo admira, como se admira al hombre que camina sobre el fuego o al que realiza malabares en una cuerda tendida entre dos torres de setenta pisos, sin, por supuesto, pretender emularlo. Excepto, claro está, en el deicidio. Pero incluso en esto, el escritor peruano es más medido, nos regala un Perú ficcional, pero que, como cualquiera de sus personajes, podría ser el real. Santa María no; Santa María es un mundo de fantasmas, de esperpentos creados por un personaje, que no es Onetti, es Brausen, su Dios.