jueves, 9 de enero de 2014

Monsieur Pain




 Monsieur Pain, una "novelita" que me recomendaron que no leyera, con la cual Roberto Bolaño ganó un concurso literario en España, habiendo previamente resultado finalista en otro, gracias a la martingala de cambiarle el nombre y nada más, fue una de mis últimas lecturas de 2012. No puedo decir que me arrepienta de haberla leído, y creo que se la ha valorado en forma insuficiente. No ofrece, es verdad, grandes innovaciones literarias; en líneas generales, el trato del tiempo es lineal (no exento de alguna sucinta vuelta al pasado, cada vez que la historia lo amerita), no existe una polifonía de voces ni se observan contrapuntos entre diferentes narradores y, en consecuencia, el punto de vista es unívoco. Sin duda, Los detectives salvajes ofrece un mucho mayor despliegue técnico. Sin embargo, Monsieur Pain  no puede ser subestimada, en la medida en que aborda una veta diferente, que recuerda, en buena parte El Castillo de Kafka, y en ciertos pasajes, El Proceso.
Monsieur Pain, cultor del Mesmerismo o magnetismo animal, recibe el encargo, de parte de madame Reynaud (de quien resulta estar, inconfesadamente, enamorado), de salvarle la vida a Monsieur Vallejo, quien se encuentra enfermo, internado en una clínica parisina, sin que los médicos que lo atienden puedan dar con el origen de su mal. Monsieur Vallejo resulta ser César Vallejo, detalle menor, toda vez que la historia se desenvuelve por sí misma, y hubiese podido escribirse, sin ningún tipo de mermas, aun si el paciente no hubiese sido el poeta; ni siquiera era necesario que el paciente fuera extranjero. Es, a mi modo de ver, una reminiscencia de ese Bolaño que a veces nos asfixia con literatura acerca de literatos (peor aún, de literatura sobre literatura, ya que otros autores, como Carlos Fuentes, en Gringo Viejo, son capaces de encantar al lector con una historia como la muerte de Ambrose Bierce, en la medida en que esta se desarrolla en el ámbito de la ficción y no de la erudición, o como Raymod Carver, en Tres rosas Amarillas, cuyo argumento gira en torno a la muerte de Anton Chejov). Sin embargo, en el prólogo de la novela que comento, Roberto Bolaño deja ver que la muerte de Vallejo y la deficiente atención que recibiera durante su enfermedad, fue uno de los motivos, si se quiere inspiradores, que tuvo al momento de escribir la historia. De algún modo, a quienes amamos literatura, la alusión al poeta nos lleva a acercarnos más a la historia; pero toda expectación que pudiera haber en ese sentido, no pasará de eso: expectación.
Monsieur Pain es un personaje, para nosotros, extraño, un hombre que vive de una pensión otorgada por el estado, cultor del mesmerismo, mediante el cual intentó, infructuosamente, salvar la vida al esposo de madame Reynaud. A despecho de este antecedente, la propia madame Reynaud, le pide salvar a César Vallejo, lo que de algún modo equivale a una segunda oportunidad, una chance para salvaguardar el prestigio de su oficio. Hasta este punto, la postura del lector podría encontrar en Monsieur Pain un héroe romántico. Nada más lejos, sin embargo, del rumbo que tomará la historia.
Y no sólo en este punto la novela es engañosa. El trasunto ideológico podrían llevarlo a uno a suponer un relato propio de la modernidad, contracultural, si se quiere, aunque sólo una mirada retrospectiva pueda dictar esta opinión. No hay, sin embargo, una voz que valide las creencias del personaje principal, no existe una apologética, ni siquiera subterránea, ni tampoco, una diatriba ni una crítica, ni siquiera un dejo de sorna en el narrador. En este sentido, el narrador es de una neutralidad sorprendente, a pesar de relatar la historia en primera persona. La voz del autor no se entromete, el narrador, a su vez, se limita a lo narrado, y es en este sentido que se puede inscribir esta novela en el ámbito de la post modernidad; nada, o casi nada, sabemos de Monsieur Pain – exceptuado lo estrictamente necesario como para que la historia funcione. Nada o casi nada sabemos de los demás personajes, no sólo de aquellos nimbados de misterio, como los dos españoles que siguen a Monsieur Pain; Vallejo, por ejemplo, podría  haberse llamado "el enfermo" y nada habría cambiado. Un mundo de desconocidos, si se quiere. De algún modo, también, un mundo como el nuestro, a despecho de las costumbres y el calendario. Aún no se ha instalado, empero, el mundo de la imagen y la imaginería, y quizá esto salve a Monsieur Pain de ser una alegoría de la post modernidad. Sin embargo, la novela está atravesada por fuerzas misteriosas, o al menos desconocidas por los personajes, por el narrador y, consecuentemente, por el lector. Fuerzas que se interponen en el cumplimiento, por parte de Monsieur Pain, de la tarea encomendada por madame Reynaud, y que recuerdan los vanos esfuerzos de K por acceder al castillo, en la novela de Kafka. En un tono menor, por cierto; bastante menor. Monsieur Pain no persevera, incluso acepta un soborno. ¿De parte de quién? Pues de los misteriosos españoles, que por algún motivo, que permanece en la penumbra, no desean que Pain trate a Vallejo, aunque decir "no desean" quizá sea excesivo: los españoles ni siquiera se muestran "deseosos"; al principio de la historia actúan de un modo que hace suponer que son agentes de la ley, espías o, en el mejor de los casos, policías, y que existe una suerte de conspiración en torno a Vallejo; sin embargo, hay un momento en que se deja entrever que todo pudiera tratarse de una broma, situación tan inexplicable como cualquier otra, en especial si se considera que Monsieur Pain no es víctima de ningún tipo de represalia a pesar de no haber cumplido la palabra empeñada cuando recibió el soborno.
La pareja de españoles que lo sobornan, recuerda, a fin de cuentas, a aquellos dos bizarros personajes que notifican a K del proceso en su contra, y a los ayudantes que se le imponen a K, en El Castillo. Los avatares de Pain en la clínica en la cual se encuentra internado Vallejo, con sus corredores que se curvan y se tornan por momentos interminables, recuerdan un pasaje de El proceso: la comparecencia de K frente a los funcionarios de la ley en aquel conventillo de aires surrealistas, de arquitectura laberíntica y proporciones que no se ajustan a ninguna lógica. También recuerdan los esfuerzos de K –el otro K, el de El Castillo– por acceder a Klam, en la posada, y en último término, a la administración.
K no consigue su propósito  –ninguno de los K lo hace– ; pero su lucha es épica. Monsieur Pain, en cambio, vuelve a la mediocridad, sin que, en definitiva, resulte transformado o siquiera profundamente tocado por la experiencia. Una ética sin duda, post moderna.

viernes, 12 de julio de 2013

LANZAMIENTO DE "BARRIO BULLICIOSO": LIBRO ESTÁ AGOTADO

Queridos amigos, junio fue un mes agitado, con mucho trabajo, cumpleaños (el mío, el de mi padre, el de un hermano y el de un amigo), un viaje a Temuco y la preparación del lanzamiento de "Barrio bullicioso", que se realizó el pasado 3 de julio. La sala Mafalda Mora del Teatro Diego Rivera, de la corporación cultural de la Municipalidad de Puerto Montt, estaba llena, hubo gente de pie, la participación del público fue entusiasta y cariñosa, y el diálogo que se generó fue interesante y ameno.
Debo agradecer a don Nelson Navarro Cendoya, destacado escritor y docente sureño, y a José Teiguel, narrador, poeta y profesor de lenguaje, quienes presentaron mi libro; a Roberto Hurtado Guzmán, quien amenizó la presentación con su talento musical; a Marcelo Utreras, director de la corporación cultural de Puerto Montt, a Sergio Velásquez, periodista, a mi esposa, María Edith, y a todos quienes contribuyeron para que el lanzamiento del libro fuera una éxito.
En los días previos, fui entrevistado por el diario "El Llanquihue" y el canal Vértice TV.
Quiero compartir la entrevista que se me hizo en este canal, y fotos del lanzamiento.
El libro ya casi está agotado.

Entrevista de televisión previa al lanzamiento de "Barrio bullicioso"
















viernes, 5 de abril de 2013

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jueves, 4 de abril de 2013

GEOGRAFÍA LITERARIA

Comienzo una segunda entrega de fotos de mi Geografía literaria; esta vez, con los espacios que recorre mi poema ¿Dónde está Oscar Alfaro?



La Paz, Bolivia
"Trepé al aire entonces
Donde el aire se trasquila
Y hurgué silencios insondables
Sin encontrar tu poesía…
Seguí huellas delirantes
Eones de tristeza macilenta




La Paz, Bolivia
La Paz, Bolivia










La Paz, Bolivia




San Lorenzo, Bolivia

Países de pura geografía
Hasta tierras luminosas
De héroes y olvido
Interrogué callejas
Repletas de sol y vino
Almacenes aplastados
Ventas de comida"





San Lorenzo, Bolivia
San Lorenzo, Bolivia





San Lorenzo, Bolivia
San Lorenzo, Bolivia






San Lorenzo, Bolivia


San Lorenzo, Bolivia

Tarija, Bolivia


Tarija, Bolivia
Tarija, Bolivia





Tarija, Bolivia

Tarija, Bolivia



PARA LOS AMANTES DE LA POESÍA

Hoy recomiendo una excelente obra del escritor boliviano, Fanor Ortega Dávalos, "A la hora de mi partida". Un maravilloso ejemplo del antiguo arte de la copla, llevado a una altura insospechada. No se la pierdan.
Enlace al libro "A la hora de mi partida"

sábado, 23 de marzo de 2013

GEOGRAFÍA LITERARIA

     Hoy doy inicio a un nuevo proyecto. Gracias al poeta español Francisco Javier Illán Vivas, quien ha acogido mis escritos en la revista que dirige, Acantilados de papel, se me ocurrió la idea de abrir un espacio en que los lugares que habitan mis personajes puedan ver la luz a través de la fotografía; él quiso mostrar a los lectores dónde estaba situada la historia de "El mejor poeta del mundo", cuento que yo ambienté en Valdivia, y busco en Internet una imagen que acompañara al texto, para que los lectores del blog pudieran situarse mejor. Para ello, recurrió a un banco de imágenes, y ¡sorpresa!, en una vista aérea quizá más antigua que el tiempo narrado, apareció la costanera, el puente Pedro de Valdivia y los jardines de la Universidad Austral, donde estudié medicina.
Me sentí algre y agradecido por el gesto, pero... luego se me ocurrió que yo tenía más fotos, que quizá eran más ilustrativas y hacían más justicia a mi ciudad natal. "Después de todo -me dije-  los personajes transitaron sus calles, con los pies el la tierra, jamás tuvieron la mirada omisciente del fotografo"; por eso me decidí a buscar un par de tomas que pusieran la mirada a la altura natural de las peronas y los personajes; pero no pude hacerle justicia a la lluvia, residente antigua de Valdivia. De todos modos, quise seguir adelante, y he aquí el resultado:

"El mejor poeta del mundo: su geografía"

" Conocí al mejor poeta del mundo. Fue en Valdivia, una tarde de lluvia, allá por el ochenta y tantos."























domingo, 10 de febrero de 2013

SOBRE CÁNTICOS MILITARES Y GLORIAS CASTRENSES




 Hace pocos días se hizo público un video en que marinos chilenos trotaban cantando consignas, no xenófobas, como se ha dicho, sino más bien amenazantes y agresivas, propias del pensamiento y la naturaleza militar. Las fuerzas armadas son – de acuerdo a la Constitución – no deliberantes, y se les nota. Las autoridades, por supuesto, rasgan vestiduras y prometen las penas del infierno, como era de esperar, a los desafinados tenores y al director de orquesta; no a los que escribieron la partitura. No faltan los que defienden el despropósito, argumentando que siempre ha sido igual y que se hace lo mismo en los países vecinos, pero el hecho de que la estupidez sea histórica y trascienda las fronteras, no le quita su carácter de estupidez. Una enfermedad contagiosa no deja de ser enfermedad. Otros, en cambio, se ríen, como descubriendo una veta de inocencia en los demás, y se preguntan, cínicamente, ¿qué otra cosa podrían cantar? Son los que anteponen la fuerza a la razón; de ellos, todo es esperable. Son, quizá, los que escriben la partitura. Pero componen por encargo, y pretenden ignorarlo. Cuidan la prosperidad de otros, de los globalizados, de aquellos que pueden vivir sin problemas en Nueva York o en Singapur, y que tienen más en común con sus colegas de San Isidro y Belgrano, que con los cantores de Viña. Carne de cañón, "carne de yugo", da igual.
Pero habría que desmitificar un poco.
El bravucón esconce siempre una cuota de miedo. Debe imponerse ruidosamente, ladrar, orinar en las esquinas, mostrar los colmillos, pues quizá no tenga otra cosa que mostrar.
Son muchas las efemérides, algunas olvidadas, pero las que más se recuerdan y se machacan en la escuela son dos: la independencia de Chile y el combate naval de Iquique (no la guerra del Pacífico, sino esa exclusiva viñeta).
El nacimiento de un país, qué duda cabe, tiene que ser un hito glorioso. No fue una iluminación espontánea de las mentes militares, sino que éstas supieron ser el brazo de la intelectualidad libertaria, muchos de los cuales ostentaban grados militares, pero eran –y lo demostraron– deliberantes; sin embargo, solos, en forma aislada, corrieron triste suerte. Tuvieron que pasar años, para que tras el desastre de Rancagua, llegara la ansiada independencia… de la mano de un argentino, José de San Martín. Curioso enemigo éste, que nos tiende la mano, al momento de nacer. No pretendo restar méritos a los patriotas chilenos; solo quiero resaltar que se necesitó del otro, del vecino, de aquel que ahora se amenza con matar. Nuestros heroicos soldados no pudieron solos.
El combate naval de Iquique inaugura el martirologio como enseña nacional. No un triunfo, una derrota. Lo ocurrido en Punta gruesa, gravitante, quizá fundamental para el desarrollo de la guerra, no pervive en la memoria colectiva ni entusiasma en las escuelas.
 ¿Cantan, entonces, los marinos, por resentimiento? Puede ser. El mismo resentimiento que se enseña más allá de nuestras fronteras, pero que no por ello deja de ser un sentimiento innoble, y una traba odiosa a la hora de querer vivir mejor.
Solo existe un hito en que las fuerzas armadas chilenas llevaron a cabo sus fantasías más oscuras, actuando el mantra, pero un mantra aprendido en otras latitudes; "el único comunista bueno es el comunista muerto", repetían entonces, y pretendieron lograrlo… inútilmente. Sin embargo, se mostraron decididos y tesoneros –ya que no valientes–, al punto de llevar su empeño al nivel del genocidio. Entonces sí mataron, fusilaron y degollaron. Como son no deliberantes, una vez en control, éste devino en descontrol: la animalidad y la sinrazón, sin freno, sin filtro, sin un instante de lucidez, durante casi dos décadas. No necesitaron entonar cánticos al trote; no necesitaban arengarse a sí mismos, para adquirir valor: sus enemigos estaban sometidos y desarmados.
La sinrazón y la animalidad, el desenfreno… a nivel individual, por cierto, porque los compositores, eran los mismos, y sabían qué canción se entonaba. Los mismos que ahora rasgan vestiduras y lo atribuyen –de nuevo– a los intérpretes.