TORMENTA PARA DOS AMANTES (CAPÍTULO I)



Me acordé del gordo Porcel, ¿trabajaba con Olmedo, no?, de una película en especial, se llamaba El bulín, o algo así, cuando la vi era un niño (casi), un millón de años atrás, la vi con Miguel Espinoza, o con Jaime Velásquez, aunque lo más seguro es que fue con Miguel, porque pasamos más de un año yendo al cine viernes, sábado y domingo, me acuerdo clarito porque el viernes estrenaban una película en el cine Central, el sábado en la sala Bulnes, y el domingo ya había otro estreno en el cine Central. En esto no puede haber duda, porque no había más cines en la ciudad. A Miguel sus padres le daban plata para todo y no le molestaba invitar; tenían un bar en la calle San Martín, un boliche oscuro que siempre estaba llenos de ebrios irredentos, y se decía que le daban plata para que se estuviera tranquilo, que no echara en falta a sus viejos, mientras ellos se deslomaban en el bar (porque a él no le dejaban poner un pie allí, a lo más de entrada y salida, no era un buen ambiente para un niño, mi abuelo fue a ver cómo era la cosa cuando supo que era mi amigo, fue y averiguó bien para saber cómo eran las costumbres, pero para mí que fue la excusa para ponerse algo ente pera y bigote). A mí no me daban plata, porque éramos seis hermanos y mis viejos eran profes, y ya se sabe que los profes con suerte sobreviven. Ni malas costumbres podía tener mi viejo, ni aceptar una cerveza, porque si lo hacía se sentía obligado a invitar él la siguiente vez, y, por supuesto, con seis hijos no hay bolsillo que resista, de modo que nunca llegó a casa con olor a trago. Mi abuelo sí, nunca tuvo problemas para invitar, le gustaba invitar, y siempre llegaba medio achispado, aunque ganaba menos que mi padre. Yo también invité, pero eso fue después, cuando aprendí a pintar con tinta china; de algún lado saque una revista porno (juro que no sé de dónde, es decir, alguna vez debí saberlo, pero ahora no me acuerdo), una revista que no pasaba de mostrar beldades en biquini, pero que para entonces era demasiado, y por lo mismo calentaban, lo que demuestra que antes el erotismo era más vivo o al menos necesitaba de mucho menos para despertar, aunque de esto tampoco puedo estar seguro, porque fue una frase que se me ocurrió sobre la marcha, no lo he pensado bien. Digamos, entonces, que en esos años la revista era atrevida; si me hubiese limitado a dibujar a las modelos como aparecían en las fotos, ya habría dado buenos resultados, pero yo era un tipo ambicioso y no me iba a detener en un detalle como ese, de modo que cuando reproducía alguna belleza en una escala, digamos, uno a diez, como para llenar por completo el pliegue de cartulina, sencillamente omitía el bikini; el dibujo era una silueta en tinta china, luz y sombra, de modo que los detalles no eran tan importantes. El resultado, sin embargo, tenía el efecto de embobar a mis compañeros de colegio, un piño de niñitos bien que tenían dinero para malgastar, de modo que el negocio pronto fue rentable (¿mencioné que los poster los vendía, y caro?) y pude invitar a Miguel casi tantas veces como las que él me había invitado antes.
Pero no era de eso de lo que quería hablar; hablaba de Porcel, de una película que iba más o menos así: uno de los compañeros de oficina tenía un departamento, o lo alquilaban entre todos, insisto, la película la vi cuando era un púber que babeaba por ver películas para mayores, no me puedo acordar de los detalles, quedemos en que lo alquilaban entre todos y se turnaban para llevar cada uno a su amiga, es decir, a su amante, pero Porcel y Olmedo (¿era Olmedo, verdad?) iban juntos –¡hay imaginarse los equívocos y las carcajadas!– a ver el fútbol en la TV y comer hasta hartarse. Pero ahora que lo pienso, me parece que en una oportunidad Porcel llevó una mina, no sé por qué, si por cubrir las apariencias o algo parecido, el caso es que el partido que vio terminó en goleada, y cada gol de su equipo, Porcel lo celebraba a gritos, ¡uno, dos, tres…seis!, y la infaltable vecina fisgona pensaba que celebraba cada acto de virilidad; la pobre estaba demudada, en nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, no entendía cómo el gordo era capaz de tanto pecado y publicidad. En este punto, debo pedirle al lector que no intente verificar los datos, la película era vieja, seguramente cuando se estrenó en Temuco ya era un refrito, no creo que haya una copia que se pueda descargar de la internet, y si la hay, importa poco, para los propósitos de este relato lo que realmente importa es que me acordé del bulín, del concepto, digo, que para nosotros los chilenos era novedoso, no es que no existieran aventuras galantes de este lado de la cordillera, es sólo que el término no se usaba, y de ahí que se me quedó grabado en la sesera, una fantasía, el santo grial de mi erotismo: tener un bulín.
Pero nunca pude tener un bulín; es más, me olvidé por completo de mi fantasía, hasta que Figueroa dijo que se iría a pasar unos días Rio de Janeiro. El tipo es soltero y no tiene familia, de modo que puede tomar vacaciones cuando se le ocurre, es decir, en temporada baja, cuando viajar a cualquier parte es tan barato que hasta un empleado contable lo puede pagar. El día que se iba, Valeria me dijo pregúntale y yo le pregunté, en realidad, yo ya había tanteado terreno, le había invitado unas cervezas, porque Figueroa ya se había dado cuanta que Valeria se reía en las filas y que yo babeaba por ella, y quería que le contara, así entre compadres, cómo iban las cosas, porque según él, caía redondita, y yo, que no era su compadre, pero que sabía que para hablar de faldas los hombres podían ser compadres aunque ninguno fuera padrino de algún hijo, o aunque ninguno de los dos tuviera un hijo, como era mi caso, yo hijos no tenía, pero Figueroa decía que sí, un par, por ahí, de lo que uno no tenía que inferir que era un carajo, sino más bien ladino, un tipo que se las trae, un compadre como para hablar de minas y a lo mejor, ahora que te vas de viaje, viejo, me das una manito con Valeria, que se hace la difícil, que no quiere ir a un volteadero, así dice compadre, que ella no va a andar en hoteles de mala muerte ni en un motel carretero, que es madre de tres hijos, que cómo se me ocurre que se va a exponer así. ¿Y tú que le dices?, ¿qué crees tú?, que peor es el auto, en el estacionamiento, que yo no puedo llevarla a casa, que también tengo familia, y ella me dice que le gusto, de veras amorcito, hace tiempo que me gustas, pero no tienes dónde llevarme, entonces no te quejes, de amor platónico no pasa, bueno, no tan platónico, algunos atrinques en el ascensor, cuando no se sube nadie más, o en el baño, con el corazón en la mano y la otra en sus piernas, pero de inmediato me aparta y se aleja, en qué estás pensando, cualquiera puede entrar. Putas la mala cueva compadre, yo que tú me la comería en el estacionamiento, un express y te sacas las ganas, a ver si después no va a querer ir a un motel. Ganas no me falta, qué quieres que te diga, pero en el estacionamiento siempre hay alguien, un auto que arranca, un par de luces amarillas viniendo desde la calle, pasos, la alarma de un coche, no te imaginas, compadre, con el leño tieso y la textura de sus medias, ella se arregla el maquillaje, mira para todos lados y se baja del auto apenas está segura de que nadie la va a ver.   
Figueroa pide otra cerveza, un porrón de medio litro, está heladita, compadre, póngase otra, a ver si me ocurre alguna idea, y yo, por supuesto, pido otra igual, hay que aprovechar que todavía hace calor, en la tele anunciaron tormenta, pero no se ve por dónde, ni una sola nube, pa mí que le dieron vacaciones a los tipos de meteorología y la mina con su sonrisa dijo cualquier cosa, total todos la miramos a ella y no la carta sinóptica, nadie es tan boludo como para guiarse por la tele, si se quiere estar seguro, mejor se busca en internet. Se lo digo a Figueroa y él me habla de la mina que lee las noticias, opina en todo caso, que ya no son tan despampanantes como en otros tiempos, y yo me acuerdo de mi tío Eduardo, que babeaba, o hacía como que babeaba, por una presentadora de noticias, de Televisión Nacional, Gabriela Velasco, creo que se llamaba, el caso es que mi tío se instalaba a ver las noticias y no escatimaba comentarios, no sé si lo hacía de lacho o para molestar a mi tía, pienso que las dos cosas, y al menos la segunda le salía estupendamente bien. La mina era rubia, teñida seguramente, y usaba un peinado alto de esos que estuvieron de moda en los sesenta y los setenta, peinados altos, de señora, nada que ver con el cabello lacio que lucía mi prima, la mayor, que le había dado por Música Libre, los jipis y Cat Stevens.
Salud, dice Figueroa. Salud, compadre, digo yo, y los dos nos quedamos con el bigote espumado. Rica la cerveza, qué va a haber tormenta; mejor si hay tormenta, digo yo, en una de esas se corta la luz y entonces me puedo arrancar con Valeria a un motel sin que la mina me diga que la pueden ver. Tan grave es la cosa, me dice él, tal cual le digo yo, ando envarado todo el día y ella me dice que hasta se le mojan los cola-lees, pero a la hora de los quiubos, nada. Pa mí que Valeria, un día de estos, te va decir la firme, y cuál es la firme, se puede saber, claro que se puede saber, te va a pedir que te separes, que te vayas a vivir solo y entonces veremos; pero cómo se le ocurre, compadre, la mina no se va a separar por mí, jajá, las ideas, se nota que se le está subiendo la cerveza a la cabeza. No crea, compadrito, a usted le están dando caldito de calzón, no más, lo están ablandando, se lo doy firmado, si no se separa la mina lo deja en ascuas, acuérdese de mí, antes de un año usted va a estar instalado en una casita de dos pisos, con Valeria y dos hijas prestadas, se lo dice este servidor. También va volverse habitué de algún juzgado, de familia, por supuesto, usted es hombre honrado, y de una financiera, porque mantener dos casas sale caro, con su sueldo, mejor se hace una paja, o va a putas, se lo digo yo, que tengo experiencia.
Estuve a punto de preguntarle a Figueroa si la experiencia era con la paja, pero supe que aquello habría motivado su enojo y me limité a asentir, con gesto apesadumbrado. No creí en su teoría, a pesar de que Valeria decía que su marido era muy bueno, un hombre excelente, padre cariñoso y marido ejemplar, pero tú igual me gustas, amorcito, qué quieres que te diga, a los dos los quiero igual. Cualquiera diría que me contradigo, porque en la frase anterior dije a pesar y no porque, es decir, que no creí en su teoría (la de Figueroa) porque ella decía que su marido era muy bueno, pero se sabe que cuando una mujer dice que su marido es un hombre muy bueno es porque está por meterle cuernos, de modo que decir no creí en su teoría a pesar de que Valeria dijo que su marido era un hombre muy bueno, es un aserto riguroso, casi una demostración científica. Para mí la mina quería tirar y punto, y el cinismo de Figueroa, no era en el fondo sino espíritu romántico. "A los dos los quiero igual", ¿cómo va a ser eso?, al que quiere es a su marido, conmigo se quiere acostar. El resto es novela, telenovela, boberías de un soltero empedernido, como Figueroa, masturbador contumaz.  
Para probar, para tantear terreno, pero del otro lado, es decir, para someter a prueba los conceptos de Figueroa, le dije a Valeria ¿qué te parece si le pido prestado el departamento una noche de estas? Y Valeria me respondió que no, no seas loco (punto para Figueroa), qué quieres que invente para llegar tarde a casa, no de noche, por la tarde, pídele el departamento una tarde, nos arrancamos temprano del trabajo y cada uno vuelve a casa a una hora prudente, y si alguien nos ve, decimos que Figueroa nos invitó una copa, que estuvimos con él, conversando, el pobre estaba un poco deprimido o de cumpleaños, o era su santo o quería pedirnos una opinión, o compartir, la gente tiene derecho a compartir, ¿verdad? A esta altura, la teoría de Figueroa se caía a pedazos. Sólo faltaba que el pobre nos diera su bendición.
El viaje a Brasil nos vino de perillas. Nos daba la posibilidad de permanecer en el departamento varias horas, sin preocuparnos de que alguien viera a Figueroa en algún boliche del centro, matando las horas mientras nosotros nos cansábamos de coger. Si el marido lo veía a Figueroa, no era problema: él no conocía a Figueroa. El problema era si alguien le contaba que había visto a Figueroa en, digamos, el Sherlock, en el preciso instante en que nos confidenciaba sus cuitas de soltero incurable en su departamento. El marido de Valeria no conocía a Figueroa, pero había oído el nombre, para la coartada era preciso que conociera su nombre. ¿Quién, en todo caso, se habría preocupado de contarle que Figueroa, a quien no conocía, se estaba tomando un cafecito en el Sherlock, en el preciso instante en que debía estar con nosotros en su departamento? Nadie, lo más probable, pero ya hemos visto lo cuidadosa que era Valeria en cosas como ésta.
De modo que lo invité de nuevo (a Figueroa, no al marido, a quien por lo demás no conocía ni quería conocer), a ponernos unas cervezas entre pera y bigote. Llegado a este punto, puedo volver a narrar en presente y retomar la conversación que sosteníamos. La misma conversación de siempre, no difiere de las que solíamos tener cada vez que nos encerrábamos en el café Haussman, que más que café, era una cervecería, en la que se podía beber un buen porrón, acompañado de un tártaro que solía estar de maravillas. La primera vez que entre a un Haussman fue en Valdivia, con Jaime, recuerdo que teníamos quince años y él pidió un shop, de medio litro, y me miró con sus ojos oscuros, a ver qué ordenaba yo; una Fanta, dije, y él se rio, miró socarronamente al garzón y guiñándole un ojo le dijo, y una Fanta para el niño. Hablamos de Kafka, a quien habíamos leído, y de Joyce, a quien no habíamos leído, pero así éramos entonces, nuestra experiencia no alcanzaba para más, a esa edad nadie es un erudito, repetíamos lo que decían otros, y nos sentíamos en Praga o en Dublín. El mundo no nos pertenecía, pero podíamos tomarlo prestado. Jaime siempre se mantuvo coherente, creo que incluso me habló de la teoría de cuerdas, o de Kant, que sí había leído, de modo en ningún momento sospeché que estuviera ebrio. Hasta que salimos. Se llevó la mano a la cabeza y me dijo que se sentía mal, que no podía volver así a su casa, que su mamá se iba a dar cuenta de que había bebido. Debí caminar un par de horas junto a él, por la costanera, junto al río Calle-calle, transido de frío, lo que no me desagradó, por cierto, porque aunque estuviera ebrio, era un tipo inteligente y al parecer la cerveza sólo había inundado su cerebelo, porque aparte del mareo que sentía, nada le impedía razonar.
Miré a Figueroa y pensé que si estuviera con Jaime, le estaría hablando de las aporías de Zenón de Elea, y no del pronóstico del clima, y aquello me entristeció. De modo que en esto consistía la vida: de los presocráticos a la oficina, y de la oficina al bar: una metamorfosis kafkiana, una mierdamorfosis, si se me permite el neologismo.
Decía que podía volver a narrar en presente, y luego me enredé de nuevo en el pasado, mi pasado, que no tiene la menor importancia en este caso, cualquier tipo se vuelve loco por una mina, para eso no es necesario haber leído a Kafka, y cualquier tipo, también, se da maña para coger con la mina, y la maña en este caso era el pisito de Figueroa.
Permítaseme, entonces, narrar en presente, la misma conversación de días atrás; conversaciones como esa se repiten hasta el cansancio (está mal decir hasta el cansancio, porque la verdad es que no cansan y por eso se repiten) y al fin de cuentas no son sino una única y eterna conversación de bar:
Salud, dice Figueroa. Salud, compadre, digo yo, y los dos nos quedamos con el bigote espumado. Rica la cerveza, qué va a haber tormenta; mejor si hay tormenta, digo yo, en una de esas se corta la luz y entonces me puedo arrancar con Valeria a un motel sin que la mina me diga que la pueden ver. El resto de la charla transcurre más o menos igual, sólo que esta vez Figueroa no insiste en su teoría, ni las palabras son las mismas, pero lo que se dice no cambia, siempre es la misma conversación de bar. La TV insiste en la tormenta, pero la tormenta no ve la TV.
–Salud– dice Figueroa, que quizá nunca fue un peripatético ni leyó a Kant, pero en cambio tenía un departamentito de soltero, que yo me proponía convertir en bulín.