LOS CAMBIOS DE ARTURO

Nadie notó que a Arturo comenzaron a salirle brotecitos verdes. Los primeros aparecieron en su cuello a principios del invierno, por lo que no resultaba extraño que usara una bufanda para disimularlos; pero cuando uno de ellos creció en su palma derecha, ya no le fue imposible ocultarlo; no podía trabajar usando guantes y una venda habría provocado aún más suspicacia.
Sus compañeros de trabajo comenzaron a hablar a sus espaldas, nadie lo saludaba con un apretón de manos y las mujeres hicieron una queja por escrito, por temor a contagiarse.
Una mañana lo llamaron de gerencia.
—Vaya a un dermatólogo, Martínez —le dijo el gerente, y él obedeció.
El dermatólogo no pudo evitar mostrarse perplejo y tomar fotografías a cada uno de los brotecitos, que ya poblaban toda la espalda. Los examinó cuidadosamente y comprobó que estaban perfectamente bien; le recomendó bañarse con agua fría y no usar ningún tipo de jabón. Le pidió encarecidamente que evitara los fertilizantes y, sobre todo, los pesticidas; insistió en que si reconocía en sus brotecitos algún tipo de mancha, debería acudir de inmediato a su consulta, o a la de un botánico experimentado.
Con el andar de la primavera, los brotecitos comenzaron a dar a luz florecillas blancas; en poco tiempo, los brazos de Arturo se habían convertido en robustas ramas, y en su frondosa cabellera anidaban los zorzales.
En el trabajo se fueron acostumbrando a su estampa vegetal, y como ya no olía a musgo, a nadie le molestaba su presencia.
La gerencia estaba encantada, porque en la oficina el aire era más fresco y el trinar de las aves tornaba el ambiente más distendido y alegre. El personal ya no salía a comer a toda prisa a los restoranes del centro, sino que organizaba picnics a la sombra de Arturo, quien agradecía profundamente cuando alguien lo regaba.
Sus raíces ya habían roto sus zapatos y se habían adherido con fuerza al suelo, de modo que aprendió a dormir erguido, en medio de la oficina.
Por las mañanas, sus colegas lo saludaban con más afecto que cuando era un oscuro empleado contable, parapetado en el último escritorio de la oficina. Luego de veinte años trabajando en el más triste anonimato, por fin era alguien.
Hacia fines del verano, dio algunos frutos; mezquinos, por cierto, pero deliciosos. Apenas alcanzaron para todos, pero sus colegas comprendieron que, como era la primera cosecha, no se podía pedir más.
Al comenzar el otoño, tuvo su primera mala experiencia como árbol: la caída de sus hojas.
El personal de aseo fue implacable. Antes de una semana, ya habían organizado una reunión con el gerente; la presencia de Arturo, argüían, les había dado más trabajo en las dos últimas semanas que en todo un año normal. Solicitaron aumentos de salarios y el pago de horas extras.
El gerente estaba preocupado. No sabía si la época era propicia para trasplantarlo al patio interior. Consultó al dermatólogo y al botánico que velaban por su salud; éstos nunca se pusieron de acuerdo acerca de la competencia de cada uno, de modo que su concurrencia fue inútil, y sus honorarios, algo difícil de justificar.
Además, nadie quería que Arturo dejara la oficina, de modo que hubo que ceder a las demandas del personal de aseo, al menos hasta el invierno, estación en la que ya no tendría hojas.
Sin embargo, había un hecho inquietante: Arturo crecía cada vez más. Una mañana, una de sus ramas rompió un cristal y se asomó hacia la calle. Los peatones vieron con sorpresa cómo un árbol comenzaba a brotar del edificio. Cuando dejó de crecer, casi había alcanzado el borde de la acera, y nuevos brotecitos verdes precedieron la aparición de nuevas ramas. Al promediar la primavera, la acera estaba poblada de flores blancas; pero ya no se podía caminar por ese lado de la calle.
Un mes después, la puerta de la oficina era una maraña frondosa y verde, imposible de utilizar. Los empleados transitaban por una diminuta salida de emergencia, que daba a un patio interior, y debían salir por las puertas de otro edificio, ubicado en la calle de atrás.
Para el verano, la situación era caótica; Arturo resultó tan ubérrimo que sus frutos caían indiscriminadamente sobre los escritorios, las cabezas y el piso. El personal de aseo estaba en pie de guerra, de modo que la huelga no tardó mucho en llegar. Ya no hubo quien recogiera los frutos que se pudrían en el suelo, y el aire se tornó irrespirable por la fermentación. A través de las ventanas, abiertas para poder respirar, entraban todo tipo de insectos, desde mosquitos hasta abejas, que enjambraron en los archivos y los baños.
Cuando aparecieron los loros, la situación se hizo insostenible; había que gritar para entenderse, de modo que los colegas de Arturo terminaban la jornada exasperados y afónicos.
Finalmente, ocurrió lo peor; después de mucho agachar
sus ramas para que no llegaran al techo, Arturo no
lo resistió más. Su copa se abrió paso estrepitosamente y
se instaló en el piso superior.
Entonces, la gerencia tomó cartas en el asunto. Impuso vacaciones a todo el personal, convocó a cirujanos e ingenieros y luego de mucho pensarlo, decidieron podar a Arturo, reforzar el edificio y establecer una zona segura en cada piso, de modo que ningún escritorio terminara colgando de sus ramas.
El otoño trajo de vuelta el problema de las hojas, nuevos reclamos por parte del personal de aseo y nuevos desembolsos, ya casi imposibles de soportar.
Arturo se había vuelto un ser desagradable; era un árbol grande, imponente, con bichos de todo tipo trepando por su corteza. Nadie quería su escritorio ni remotamente cerca de él. Hubo quienes pensaron en talarlo; pero los abogados no lo aconsejaban, porque aquello podría ser considerado un acto criminal; después de todo, existía una partida de nacimiento, tenía derecho a voto y no había
ningún documento que acreditara su defunción. Una vez más, tanto el botánico como el dermatólogo se declararon incompetentes.
En gerencia decidieron el traslado de la oficina a un edificio cercano. Pero la pérdida de clientes, que ya hacía tiempo que no se atrevían a entrar, los había llevado a un paso de la quiebra.
Cuando todos temían despidos por falta de fondos para financiar los sueldos, alguien observó que la gente se detenía frente a la antigua oficina para observar a Arturo. Entonces, surgió la idea que los accionistas esperaban.
En las paredes de la vieja oficina, colgaron fotos gigantes con la imagen de Arturo cuando no era más que un aburrido oficinista. El dermatólogo vendió sus fotos a la compañía; el botánico, sus bocetos. Los empleados colaboraron con las fotografías de los picnics, que ampliadas adecuadamente, formaron una secuencia; luego vinieron las del personal comiendo sus frutos, las que tomó la gente de aseo para respaldar sus denuncias y algunos recortes del periódico, del día en que las ramas de
Arturo invadieron la vereda.
Se ofrecieron visitas guiadas a estudiantes y a turistas. Los precios eran módicos, pero las visitas eran tantas que en poco tiempo el negocio se hizo sustentable.
Con el pasar de los meses, hubo que contratar guardias, para evitar que los enamorados tallaran sus nombres en la corteza de Arturo.
Pero el pobre no detuvo su crecimiento, y hubo un día en que las fisuras en el techo originaron que los bomberos determinaran que el sitio era inseguro.
Se evacuaron las pocas oficinas del edificio que aún no estaban vacías, la empresa volvió a enfrentar demandas y hubo que cerrar el museo.
Arturo se quedó solo.
Durante algunos años fue rompiendo lozas, hasta que finalmente las vigas y los pilares se vinieron abajo, sepultándolo por completo.
Cuando las cuadrillas de obreros iniciaron la tarea de remover escombros, encontraron el cuerpo de Arturo, con su chaqueta polvorienta y sus anteojos rotos.

(De La bañera de Efraín)