EL LABERINTO DE TU NOMBRE CAPÍTULO III PARTE IV



Una ampolleta de cuarenta watts dejó caer su luz cansada sobre el espejo, dibujando apenas el rostro de Ariel, un rostro estragado, terroso, que lucía unas ojeras de insomne resignado y una barba rala, producto de todo un fin de semana de abandono. Ariel se enjabonó, cubrió su barba de espuma y se afeitó con desgano, como si él también fuera la prolongación del cansancio de esa luz mortecina, que la ampolleta dejaba caer como desangrándose, o como si fuera un suicida que cuelga y expira, suspendida de un cable sucio, cubierto de polvo y telarañas olvidadas hace tiempo. La habitación, un cuartucho de dos por dos, era un amontonamiento de cajas de contenido incierto, sobre las cuales Ariel había acomodado sus maletas; en las paredes, pintadas de amarillo, con brochazos torpes, como si hubieran sido pintadas a toda prisa, había dos fotografías, que Ariel había colgado con alfileres: en la primera, sus hijas sonreían a la cámara, con sus boquitas manchadas con helado de chocolate; en la segunda, su esposa, también sonreía, pero su sonrisa tenía algo de seductor, que hasta entonces, no había notado. "La necesidad tiene cara de hereje", pensó, dándose cuenta de inmediato de que la herejía había sido Adriana, una herejía tan peligrosa, que bastaba con haberla pensado para recibir el castigo de la condenación. En las paredes, también colgaban sus camisas, como simulacros de fantasmas, sostenidos por clavos de tres cuarto; era lo parecido a un armario que pudo usar; un closet, habría ocupado un espacio que no existía, un espacio que sólo se habría conseguido moviendo las cajas al patio, pero que pertenecían al carnicero, y por lo mismo, no se atrevió a tocar. La alternativa de quitar el camastro en que dormía era aún más inaceptable, aunque lo pensó, hay que ser honestos, a veces se vienen a la mente pensamientos absurdos.
El cuarto de baño era un cubículo minúsculo, una especie de garita empotrada al fondo de la habitación. Un váter sin cubiertas de plástico, que producían, al sentarse para aliviar el vientre, primero una sensación de intenso frío, y luego un cansancio que a menudo se transformaba en dolor; el estanque, de plástico, se situaba por encima de la cabeza, a una altura tan exacta, que un tipo más alto que el promedio, al pararse, habría terminado contuso. En la mitad del techo, colgaba una ducha, más parecida a una regadera de jardín, o a las regaderas de gas que solían verse en los campos de exterminio de la segunda guerra mundial, aunque, a decir verdad, la imagen pudiera no ser la adecuada, tan sólo recurro a los recuerdos de algunas películas vistas hace no sé cuánto tiempo, pero creo se entiende el ambiente de desolación que rodeaba a Ariel mientras se afeitaba...
De pronto, uno de sus ojos cayó sobre el lavabo, rebotó un par de veces, con el sonido que hace una bolita de vidrió, de esas con las juegan los niños, al caer sobre baldosas o azulejos, o quizá sonó de otro modo, y a él sólo le pareció. Él miró a su ojo y su ojo lo miró a él. En el espejo, en cambio, tenía dos ojos, de modo que pensó que alucinaba, que el ojo que lo miraba desde el lavabo era producto de su locura, una locura que aceptaba mansamente, que no había imaginado hasta ese momento, que puesto a pensar, no tenía por qué sorprenderlo, de modo que la posibilidad de que alucinara y un ojo inexistente lo mirara desde el lavabo no tenía nada de especial; pero –y esto en cambio le produjo horror– también era posible que el ojo que lo miraba fuera el real y su reflejo en el espejo, esa imagen no mutilada, fuera la alucinación; quedaba, además, otra opción: que el universo estuviese mutando, y en tal caso, era posible que el ojo que lo miraba fuera tan real como el ojo que el espejo le mostraba en su rostro, si es que no ocurría que en realidad su reflejo era él y la escena del ojo en el lavabo y su rostro, pasmado, pero indemne, no era sino una borrachera del azogue. Pero no recordaba haber bebido; de hecho, excepto la noche en que bebió junto a Adriana, no acostumbraba a beber; el recuerdo de aquella noche, le produjo un retorcijón en el estómago, prueba más que suficiente de que la realidad estaba de su lado, a menos que el azogue le transmitiera sensaciones de un modo aún más desquiciado. Trató de no pensar en su estómago y concentrarse en el ojo, el cual, quizá por carecer de estómago, y por lo tanto, de dolores viscerales, no hacía otra cosa que mirarlo fijamente. ¿Qué se hace en tal caso? ¿Se le saluda? Decidirse por ese curso de acción implica el razonamiento, dudoso por lo demás, de que el ojo podrá oír (hasta aquí resulta claro que sólo el ojo ha caído en el lavabo, absteniéndose el oído, cualquiera de los dos, de todo tipo de manifestación); podría argüirse, lo concedo, que cualquier ojo más o menos avezado, es capaz de leer los labios pasablemente; basta con modular bien. Pero aún ese caso, la comunicación no podría prosperar, ya que el ojo, fiel a su naturaleza, no podría hacer otra cosa que mirar, lo que implica, por cierto, la aceptación de que dicho ojo tiene una naturaleza común a cualquier otro ojo, cuestión que no estamos en condiciones de afirmar, a pesar de las apariencias, que ya se ha dicho que engañan. Es posible, por lo tanto, que el ojo no sólo fuera sordo, sino también ciego, lo que por lo demás no tiene nada de extraordinario, teniendo en cuenta cuánto ojo inútil circula por el mundo, ya sea por defecto biológico o simplemente espiritual, aunque en este punto es mejor no abundar, pues nos apartaría demasiado del asunto y Ariel no había ahondado tanto en sus cavilaciones, sino que se limitaba a mirar a su ojo –suponiendo que el ojo fuera suyo –, que a su vez no dejaba de mirarlo a él, sumidos ambos en una especie de hechizo, basiliscos complementarios y desprevenidos, incapaces de vencerse uno al otro. Los segundos se estiraban como queso fundido, deformándose, como debe deformarse cualquier cosa que se acerque a demasiado a un agujero negro, aunque de esto no tenemos datos de primera fuente, de modo que conformémonos con saber que el tiempo transcurría de un modo extraño, más bien Ariel transcurría por un tiempo irreal, o tal vez, real, absolutamente real, el ojo podría atestiguar lo mismo si pudiera hablar, aquello era real, pero extraño e inesperado, y por eso la sensación de irrealidad; frente a un hecho como éste, no existe libreto, ni siquiera normas de buena educación, porque no se puede ignorar, Ariel no puede ignorar, a un ojo que lo mira; pero tampoco está seguro de cómo debe comportarse; por lo general, no se saluda al propio ojo, ni siquiera se lo interpela, pero no es habitual que éste lo mire a uno fijamente, eso suponiendo que el ojo sea propio –el azogue parece afirmar lo contrario, devolviéndole su rostro intacto, cada ojo en su lugar. Un escalofrío sacudió a Ariel; la posibilidad de que un ojo ajeno, o peor aún, de una criatura que fuera tan sólo ojo, lo perturbó aún más; un extraño se había instalado en su soledad. Ariel hubiera preferido verse tuerto en el espejo. La opción de envolver el ojo y arrojarlo al váter, le produjo pavor; tocarlo se le antojaba como asir una babosa, peor aún, una sanguijuela, o un sapo venenoso con forma de lamprea, algo que fuera aniquilarlo al menor contacto. El ojo lo seguía mirando. Recordó haber visto un ojo pintado en una iglesia de barrio, en Angelmó; el ojo que todo lo ve; el ojo de Osiris, un ojo vulgarizado, pintarrajeado en una pared de madera junto a la cruz, el ojo de Dios. Pero para Ariel, a quien siempre había sobrecogido aquella suerte de mural, este otro ojo, un ojo que lo miraba sólo a él, era algo aterrador. Apenas pudo contener el impulso de salir corriendo, en parte, porque el carnicero lo vería, y le resultaría difícil explicar porque corría, en camiseta y con el rostro cubierto de espuma de afeitar, suponiendo que no gritara, lo que haría más difícil cualquier explicación, y en parte, porque sabía que más tarde, cuando volviera, ¿a qué otra parte podría ir?, el ojo seguiría en el lavabo, y seguramente, de muy mal humor. A nadie, aunque no sea más que un ojo, le resulta agradable que lo dejen solo en un lavabo, sin ninguna explicación. En este punto, Ariel se dio cuenta de que estaba comportándose como un idiota; salir huyendo, que era lo más natural en este caso, aunque no exista información de casos similares, pero nuestra experiencia con la especie, y con otros primates, nos lleva a suponer que la huida sería algo comprensible, aunque difícil de explicar, y por lo mismo, un trance que Ariel evitaría con todas sus fuerzas; por otra parte, tampoco podía actuar como si ojo no existiera; si se hubiese tratado de un dedo, hasta de una nariz, podría haberse hecho el desentendido; pero un ojo mira, y esa mirada le da una presencia, digamos, pertinaz, sensación, demás está decirlo, que ni siquiera una oreja consigue, ya que aunque escuche, nada hay que nos haga ver que escucha, ni un indicio; podríamos, si quisiéramos, hacernos los desentendidos, del mismo modo que la oreja podría desentenderse de uno, en este caso de Ariel; con un ojo, no; con un ojo, se trata de algo personal.      
Resumiendo, si es que esto se puede resumir, Ariel sabía que si hacía aquello que eones de evolución lo habían preparado para hacer, es decir, correr, huir del horror, se vería obligado a dar explicaciones que no quería o no podía dar, a no ser que se decidiera a pedirle al carnicero que lo acompañara a ver algo muy extraño que había descubierto en su habitación, lo que, por supuesto, no estaba dispuesto a hacer, mientras que si se ocupaba del problema del ojo, o más bien del asunto del ojo, porque aún no había establecido si era un problema en realidad,  si se ocupaba de ello como si fuera algo normal, equivalente a la caída de un cabello (por cierto, nadie en su sano juicio, verifica que el cabello que ha caído no siga ocupando su lugar, es decir, a nadie le preocupa si el pelo en el lavabo es una anomalía, una criatura con vida propia, en cuyo caso, el ojo de Ariel, suponiendo que en verdad no fuera de él, constituiría algo así como un salto evolutivo), no tendría que darle cuentas a nadie. Curiosa situación ésta en la que el comportamiento más descabellado se imponía como el más racional.
Decidió, sin embargo, que no podía permanecer toda la mañana contemplando a un ojo, que no dejaba de mirarlo, pero que aparte de esa ocupación, por demás perturbadora, no hacía otra cosa. Al cabo de unos minutos, que bien pudo ser media hora, se acostumbró a su presencia y notó que comenzaba a aburrirse, y que al ojo debía ocurrirle algo similar, ya que la pupila parecía irse cerrando, indicio de cierta somnolencia, al menos eso le pareció, impresión que se vio confirmada con cierta pérdida de brillo, casi imperceptible, que para Ariel no pasó desapercibida. Sin embargo, no tuvo el valor de envolver el ojo en papel higiénico y ponerlo, digamos, sobre el velador; aún no estaba seguro de que el ojo no fuera una alimaña peligrosa. Por otra parte, pensaba, una conducta como ésa podía ser tomada como una forma de desdén, una descortesía, pues equivalía a tomar al ojo como un objeto, una especie de ornamento, que uno podía mover de un lado para otro, de acuerdo a criterios práctico o incluso estéticos, y si algo no tenía el ojo era esa cualidad inerte de las cosas. Sin embargo, no podía hacer como si no existiese, y seguir afeitándose a despecho de su presencia; imagino que el lector, más de alguna vez, ha pasado por la penosa experiencia de que le entre champú a los ojos, de modo que puede comprender los escrúpulos que semejante idea provocaba en Ariel. Pero tampoco era podía secarse la cara con una toalla y, como si nada ocurriera, terminar de vestirse, salir a la calle y acudir al trabajo a medio afeitar; presentarse al trabajo de ese modo, sería mal visto por los clientes, y sin dudas, por los colegas, que hablarían a sus espaldas, y por el agente, que de seguro lo haría llamar, le preguntaría si le pasaba algo, y sin esperar respuesta, lo reprendería severamente. Pero presentarse a medio afeitar era peor, significaba ser presa de burlas, convertirse  en un bufón y en objeto de escarnio a la vez, soportar las risitas apenas contenidas de las colegas, del público, incluso de los guardias de seguridad. La reprimenda del agente, en todo caso, se limitaría a preguntas y recomendaciones, a medio camino entre la preocupación y la hilaridad: ¿pero qué le  pasa hombre?, ¿no se ha dado cuenta?, por Dios, qué calamidad, pida hora con un médico, por favor, hágase ver, lo que demuestra, sin lugar a dudas, que hacer las cosas mal es menos grave que dejarlas a la mitad.
La situación, en este punto, se hizo insostenible. Decidió saludar; el ojo pareció sonreír.
–Buenos días – le pareció que respondía el ojo, de buen talante; resultaba claro que estaba esperando que Ariel le dirigiera la palabra.
Ariel, por cierto, no se sorprendió. Si un ojo con vida propia había caído, dando pequeños botes, en su lavabo, no tendría por qué resultar extraño que hablara. Lo que no le quedaba claro era el mecanismo; tampoco que la respuesta resultara coherente, pues ello equivalía a que el ojo, un órgano, tuviera a su vez un órgano a cargo de la audición, y otro a cargo de la fonación; de otro modo, aun aceptando que pudiera, sabe Dios cómo, emitir algún sonido, no se explicaría de qué modo podría platicar.
En ese momento se produjo un nuevo silencio; después de todo, ¿de qué se puede conversar con un ojo? De lo mismo que conversa la gente en general, del clima, el deporte, el trabajo… de nada en realidad. Y puesto que no había gran diferencia entre lo que podría hablar con el ojo y la conversación que hubiese sostenido con cualquiera, decidió seguirle el hilo, es decir, hacerle hablar; después de todo, fuera cual fuera el tema que abordaran, hablar con un ojo era un verdadera novedad. Era, lo pensó entonces, algo más improbable que conversar con un habitante de otra galaxia, y debía aprovechar la oportunidad.
Pensó en preguntarle el nombre y a qué se dedicaba, pero de inmediato pensó que el ojo estaba en su derecho a responder que se llamaba ojo y se dedicaba a ver, sin faltar en lo más mínimo a la verdad.
–¿A qué debo su visita? – preguntó entonces.
El ojo pudo haberse encogido de hombros, de haberlos tenido, pero en cambio se limitó a mirarlo, con una expresión de extrañeza. Si alguien pregunta qué gesto hizo que Ariel pensara algo así, habría que decir que su mirada.
Ariel comprendió que el ojo siempre había vivido ahí.
–Yo trabajo en un banco… – dijo, por decir algo, y de inmediato se sintió ridículo; el ojo seguramente lo sabía. No es que pensara que el ojo en verdad era suyo, es decir, parte de su anatomía (el espejo era insobornable), sino que existía algo, un vínculo que los unía, que quizá el ojo siempre había estado a su lado, una especie de ángel de la guarda que sólo en ese momento se dejaba ver; en tal caso, pensó Ariel, el ojo conocía con exactitud cada uno de los momentos de su vida, incluso aquellos de los cuáles no tenía recuerdo.
–¿Me acosté con Adriana? –preguntó por fin.
–Deberías saberlo –respondió el ojo.
Ariel no le prestó atención a su respuesta, por lo demás, decepcionante, sino a su pupila. Había notado que se movía, a pesar de que la luz, además de mezquina, carecía de matices y se repetía igual a sí misma, independiente del paso del tiempo. Notó que cuando escuchaba, la pupila del ojo parecía agrandarse, mientras que cuando hablaba, su pupila cambiaba de forma; cuando pronunciaba una "a", se estiraba y daba la impresión que el ojo perteneciera a un felino o a una serpiente; cuando pronunciaba una "o", en cambio, se tornaba redonda, como la pupila de un sapo, súbitamente encandilado, o sometido a una dieta de anfetaminas. Cualquier sordo, pensó Ariel, podría entender lo que dice sólo con mirarlo; algo así como leer los labios, sin una boca presente (los prodigios, convengamos que un ojo que habla puede entrar en esta categoría sin mayor esfuerzo, no suelen sentir ninguna inclinación hacia la lógica, y menos todavía, a dejarse encorsetar en una frase, motivo por el cual, quien escribe estas líneas, se siente disculpado de antemano si ciertos puntos permanecen oscuros o quedan sin explicar).
–No me has respondido –insistió Ariel.
El ojo lo miró sin entender.
–Lo digo porque es lo que corresponde a un ojo; todo ojo que se precie de tal, ve cosas, a menos que sea un ojo ciego, que no parece ser tu caso…
El ojo se balanceó ligeramente, como si asintiera.
–No todo ojo lo ve todo –respondió por fin –No soy el ojo de Dios. Ni siquiera sabes si estuve allí.
–Debiste estar –replicó Ariel ­–Yo estaba, y tú…
Ariel dejó la frase a medias; había comprendido que si el ojo no era de él, es decir, si no era parte de su cuerpo, no tenía por qué compartir un pasado con él. Era probable que el ojo recién hubiese sido creado, o brotado, si creció de uno de sus ojos, como una excrecencia, como una yema, y cayó en el lavabo, en un nacimiento, sino terrible, al menos feroz, y que por lo demás, la contusión podría haberle nublado un tanto la compresión. Por otro lado, bien podría ser que el ojo fuera parte de un universo paralelo, un universo en el que Ariel había quedado tuerto justo en ese instante, quizá hubiese resbalado en el piso húmedo del cuarto de baño, cayendo sobre un clavo inexistente en este universo, que había enucleado el ojo limpiamente, sin tocarlo, haciéndolo saltar hacia el lavabo; cómo se había abierto paso hacia este universo, era algo que Ariel no se explicaba, pero que atribuía oscuramente a la fuerza de su caída, como si accidente menor fuera capaz de fisurar la realidad, de desgarrar el tejido del cosmos, revolviéndolo todo, haciendo que nada tenga sentido. Por un momento, pensó que de ser así, aquello debía ser algo más común de lo que se pensaba, si es que alguien además de él lo pensaba, más aún, debía ser algo cotidiano, una especie de condena, un castigo para cada hombre y para cada mujer, un castigo sin motivo, por cierto, o cuyo motivo era oscuro, que convertía a cada ser en un Sísifo gris, rutinario, empeñado en empujar hacia delante sus días, sin saber que su colina ya no era la propia, ni la piedra y ni siquiera cada uno de sus días, pues éstos transitaban de un universo a otro en forma errática, como pelotas saltarinas, y ya nadie sabía cuál era su castigo, ni si era un castigo.
Pero un ojo era algo por completo inhabitual; era como barajar varios naipes, ordenar las barajas, y al final encontrar que en un mazo sobraba una carta. En algún universo había un tuerto buscando un ojo, y en éste, un ojo demás. Y por añadidura, el paso de un universo a otro, le había conferido al ojo la facultad de hablar.
Ariel comprendió que si ese era el caso, el ojo no era un testigo de fiar. Jamás había estado con él esa noche, y viera lo que viera, no fue a él a quien vio.   
­–¿Y de qué me sirve un ojo demás? –dijo entonces, o pensó en voz alta, o lo dijo suponiendo que el ojo había oído sus pensamientos y comprendió a qué se estaba refiriendo.
El ojo simuló no oírlo, o no darle importancia, o lo que quiera que sea que un ojo simule cuando quiere hacerse el desentendido.
–Mejor me pones en otro lugar –sugirió el ojo – Deberías afeitarte de una buena vez.
Ariel lo miró con recelo.
–No seas infantil –el ojo guiñó su pupila –¿O crees que muerdo?
Ariel, quien no creía que el ojo mordiera, sino algo mucho peor, estiró su mano con cautela.
–Si quieres me envuelves con algo – dijo el ojo – Un pañuelo sería lo apropiado, nada de papel higiénico, suele pegarse y luego se seca y cuesta sacarlo.
El ojo hablaba como si ya tuviera experiencia y supiera qué hacer en cada caso. Ariel se lo imaginó como una pelota de goma, yendo de universo en universo. Espacio-tiempo. Para un viajero como el ojo hacía falta otro tiempo.
Una vez que se decidió a poner el ojo en un pañuelo, cuidando de no cubrir su pupila, y depositarlo sobre su velador, Ariel terminó de afeitarse, sin prisa, para no cortarse.
–¿Vienes? –le preguntó a su ojo, cuando se ponía el abrigo para ir al trabajo.
–¿Pensabas dejarme? –replicó este.
Ariel lo acomodó en un bolsillo. En el taxi, puso sus manos sobre éste, delicadamente, para no protegerlos de los golpes; a menudo los autos caían en algún bache, y no quería que su nuevo ojo se reventara a causa de un mal golpe. El taxi era más caro que un colectivo o un micro, pero el trasporte público solía ser deficiente, y en las horas punta, en los vehículos imperaba el hacimiento, y no era extraño que subieran pasajeros con bolsas u otros paquetes; muchos de ellos eran obesos y desparramaban su anatomía en los asientos, siempre escasos y estrechos, condenando al resto a apretones, que por lo común, no pasaban a mayores, pero en caso de llevar, como lo hacía Ariel, un ojo en un bolsillo, sin duda causarían un desastre.  
Apenas llegó al banco, Ariel se encerró en el baño. Verificó en el espejo que sus ojos, aquellos con los que veía, no el que tenía en su bolsillo, se mantuvieran en sus órbitas; la ausencia de uno de ellos, habría sido algo difícil de explicar, como también el hecho, no sólo descabellado, sino además, antihigiénico, y por lo mismo, censurable, de guardar el ojo amputado en un bolsillo, en lugar de exponerlo al escrutinio de un buen oculista. Una vez que estuvo seguro de su propia integridad, revisó su bolsillo, con cuidado, suavemente, pero también con temor, el miedo, comprensible, de palpar una criatura desconocida, y quizá por lo mismo amenazante (ya hemos tenido la oportunidad de ver lo educado que era el trato entre Ariel y su ojo, y desde un punto de vista racional, nada justificaba su aprensión; sin embargo, el humano, no suele tal racional como pretende, por lo que su miedo, si bien no estaba justificado, era al menos comprensible); también temía dañar al ojo; sabemos lo sensible que es este órgano y lo escrupuloso que solía ser Ariel, como para extendernos demasiado en este punto. Pero, lo que en verdad le aterraba, era no encontrar el ojo; temía haberlo extraviado en el taxi, cualquier descuido, por ejemplo al pagar la carrera, pudo haber ocasionado que el ojo se deslizara y terminara en el piso del auto, expuesto a un pisotón desprevenido. Recordó, entonces, que llevaba su billetera en un bolsillo al interior de su chaqueta, mientras que al ojo lo había acomodado en un bolsillo exterior de su abrigo, de modo de no mezquinarle el aire. Sin embargo, si no encontraba el ojo, existía otra posibilidad, más inquietante aún, pues en ese caso, quedaría confirmada su locura, o al menos, su locura de hacía menos de un hora, cuando creía hablar con un ojo, como si los ojos hablaran, como si pudieran ir por ahí prescindiendo de sus cuerpos, es decir, del cuerpo que del cual forman parte. Se trataría, por cierto, de una locura intermitente, puesto que en ese momento, ya no creía posible encontrar un ojo en su bolsillo. Estuvo a punto de retirar la mano, olvidar el asunto y dedicarse, con celo, a sus tareas; su mano, entonces, se detuvo a medio camino entre el ojo, que en ese momento se le antojaba una amenaza aún peor que la ponzoña de un batracio proteiforme, aún peor que la muerte: la amenaza de una locura incurable. Y el mundo exterior, al cual se accedía mediante el simple expediente de completar el gesto de retirar su mano, un mundo de certezas, en el que las cosas se daban por sentado, un mundo en que nada debía ser interrogado, porque las cosas eran así, siempre habían sido así y siempre serían así, de modo que uno podía estar seguro que al día siguiente se despertaría en una cama, si había tenido la dicha de dormirse en una y no morirse en el intertanto, ese mundo en el que uno no necesitaba de mapas ni guías para orientarse, salvo, por cierto honrosas excepciones, como la niñez, la enfermedad y el extrañamiento, y algunas no tanto, pero comprensibles, como la chochera, que al fin de cuentas, vine siendo otra enfermedad, y de algún modo una certeza y un paréntesis, sólo uno, ya que nadie lo cierra, la frase queda inconclusa para siempre; aparte de eso, había ciertas certezas que hacían más fácil la existencia, aunque dentro de esas certezas, existían unas cuantas por lo menos prescindibles, a menudo inevitables, como que él era un hombre desgraciado, solo, sin la menor importancia para nadie. Este último razonamiento lo convenció: introdujo la mano hasta el fondo, con cuidado, ya se ha dicho, hasta encontrar la esférica humedad del ojo; lo retiró, lo estudió meticulosamente, retiró con extrema precaución unas pelusillas que se le habían adherido, a pesar de haberlo envuelto en un pañuelo, y decidió que se encontraba en buen estado.
–¿Estás conforme? –preguntó el ojo, irónicamente.
Ariel respondió afirmativamente, un poco ofuscado, porque se había dado cuenta de lo pueril de su exploración: a su ojo, bastaba con preguntarle; no era un simple órgano que él, en su locura, llevara a todos lados, como si fuera una herradura, un trébol de cuatro hojas, o una pata de conejo para la buena suerte. 
Escuchó pasos; guardó su ojo apresuradamente. Antes que la puerta del baño se abriera, oyó a su ojo quejarse.
–Buenos días… –saludó Esteban, uno de sus colegas,
–Buenos días –respondió él, y salió rápidamente. Pensó que su rostro se encontraba en perfectas condiciones; no sólo no delataba su estado de perpetuo sobresalto, sino que además, contaba realmente con dos ojos, instalados en el sitio que les correspondía (si alucinaba un ojo en su bolsillo, como temió en algún momento, bien podía alucinar un ojo en una cuenca que estuviera vacía).
Una vez en su puesto de trabajo, sacó el ojo del bolsillo y lo instaló en un sitio discreto, oculto por la pequeña caja con monedas que tenía enfrente. Revisó unos papeles, contó los billetes, ordenó las monedas en pequeñas torres de valores decrecientes, y puso el letrero "atendiendo" de vista a los clientes, que aún no entraban al banco. Una colega le llevó un café, con tan mala fortuna que tropezó en un pliegue de la alfombra, que el uso había terminado por despegar del cemento. Unas gotas salpicaron cerca del ojo:
–¡Mierda! – exclamaron, Ariel y el ojo al mismo tiempo.
Ariel no era un hombre procaz, por lo que de inmediato los demás empleados se volvieron a mirarle. Nadie se explicó, tampoco, el extraño efecto sonoro que produjeron sus palabras, algo parecido a un eco, como ciertas canciones en que la voz del cantante se repite con un leve retraso, como si fuera un coro o un dúo, cantando a destiempo.
Ariel sonrió, le preguntó a su colega si estaba bien, le dijo que pensó que se había quemado, a lo que ella respondió que no, que había alcanzado a afirmarse, pero que tendría que preparar café nuevamente; Ariel le dijo que no se molestara, pero ella insistió; Ariel los miró a todos, tenso, pero los demás habían vuelto a sus tareas, después de todo, cualquiera dice malas palabras, no era para tanto, no había ofendido a nadie, una exclamación inesperada en un tipo tan correcto, nada más, para qué pensarlo tanto.
Ariel le preguntó a su ojo cómo estaba, un poco nervioso, respondió el ojo, no sabes cómo teme un ojo al agua caliente. Ariel, por supuesto, no sabía qué temían los ojos, de modo que prefirió asentir en silencio. Supo, en cambio, que ya no podría descuidar a su ojo, un ojo es una criatura sumamente vulnerable.
Al día siguiente, no salió de su cuarto.