lunes, 6 de febrero de 2017

EL LIMÓN DE MARRAKECH



Elías Canetti cuenta que en la judería de Marrakech vio a un hombre enfermizo acurrucado en el suelo que ofrecía a la venta un único y reseco limón. Omite decir que quien compró aquel limón fui yo. Ignoro los motivos que lo llevaron a ignorarme; quiero creer que la presencia de otro extranjero en aquel lugar le resultaba intolerable, no tanto por el natural celo de un explorador que se encuentra con un colega en tierras ignotas, sino porque mi presencia en aquel lugar profanaba una visión sagrada. Quiero pensar también que fue mi presencia quien lo privó del privilegio de comprar aquel limón.
No padezco de una naturaleza avasalladora, por lo que me mantuve a prudente distancia mientras él acariciaba una moneda en su bolsillo. Mi presencia, sin embargo, le resultaba ineludible. No es posible ignorar un guijarro que cae en un estanque; su mínima caída perturba el sueño de las aguas. El beneficio de una displicencia apócrifa le permitió alejarse sin escándalo.
Yo, en cambio, permanecí en aquel sitio el tiempo suficiente como para comprender que aquel limón era insondable para los mortales, y que sólo su posesión me permitiría develar el misterio. La moneda, empero, se resistía entre un manojo de llaves. Finalmente la tuve en mi mano y, sin que yo dijera una palabra, pasó a la mano sarmentosa del viejo judío. Elías Canetti había desaparecido entre la multitud.
De vuelta en el hotel, me entretuve mirando el limón, con la mezquina satisfacción de haberle arrebatado un tesoro a un hombre superior.
Debí dormirme temprano y tal vez soñé. Un golpeteo inapelable en la puerta me despertó. La madera era maciza, por lo que supuse que quien llamaba lo hacía con los nudillos doloridos. Esta observación me libró de cualquier fantasía libidinosa: una mujer no se estropearía los dedos golpeando con tal determinación. Abrí recelando. Un árabe de mirada torva me dijo que me traía noticias de cierto sultán cuyo nombre prefiero no revelar. Le pedí que me esperara en la recepción para poder vestirme en forma apropiada.
No me sorprendió encontrármelo junto a la puerta de mi habitación cuando me asomé vistiendo un traje elegante pero no fastuoso. Tampoco me llamó la atención que nadie me hubiera anunciado su visita mediante el teléfono, mudo en la mesita de luz. Lo seguí escaleras abajo, un poco molesto, pero sin que me importunara el peso del temor.
No había nadie en recepción, de modo que nuestra salida fue anónima.
Un coche de brillos inusuales nos esperaba. Era un Mercedes-Benz del treinta y tantos, que supuse herencia de un jerarca nazi, sin otro motivo que mi propensión a los misterios y las conspiraciones. Un chofer silente me condujo a una residencia fastuosa que no dudaría en catalogar de palacio. Un lacayo, vestido a la usanza de los beréberes, abrió la puerta del coche y se mantuvo con la cabeza gacha sin dirigirme la palabra. Comprendí que debía entrar en el palacio. El emisario que me había despertado en el hotel había desaparecido. La madrugada se insinuaba como una línea pálida en el horizonte. Supuse un desierto calcinante e interminables caravanas de camellos bajo esa línea.
Penetré en las estancias del palacio guiado apenas por el murmullo de unas voces en una de las habitaciones. La puerta estaba abierta y frente a una mesa que les servía de escritorio, un hombre obeso, vestido a la usanza occidental, y dos amanuenses marroquíes, discutían inclinados sobre un pergamino. Me saludaron con un movimiento de cabeza y me invitaron a que me sentara, cosa que hice en la única silla que había de mi lado.
–Permítame que me presente, mi señor –dijo el hombre de aspecto europeo– Mi nombre es Smith, Dalton Smith, y represento a la firma Cornelius & Cooper, de Londres. Estos son mis secretarios.
Los beréberes no se dieron por aludidos.
Luego me explicó que su señor había desaparecido hacía ya más de cincuenta años, en circunstancias del todo inexplicables. La policía había llevado a cabo una cuidadosa investigación, que no excluyó la tortura y el soborno. Una agencia de Londres, contratada por Cornelius & Cooper, se encargó de investigar a la policía. La firma fue dispendiosa y circularon rumores de recompensas. La delación sirvió para ajustar algunas cuentas, pero aparte de felonías sin importancia, el método no pudo ser justificado en ningún balance, y al cabo de diez años las recompensas dejaron de ser pagadas. La oportunidad de deshacerse de un socio molesto o de saldar pleitos añejos, fue acicate suficiente para que la práctica no fuera abandonada, y luego de varios lustros aún sigue ocasionando malestar en los directores. La firma de buen grado las desecharía, pero existe el albur de que entre el perjurio y la malicia se esconda algún indicio que permita encontrar al amo. Nada hay que Cornelius & Cooper no haya investigado y descartado por completo, y por lo mismo, ninguna posibilidad deja de ser cierta. Eminentes cabalistas, videntes y taumaturgos han sido convocados en el más riguroso de los secretos, pero sus predicciones han resultado tan vagas que lo mismo pudieron ser ciertas que una pérdida de tiempo. Nadie puede afirmar que sus afirmaciones fueran inverosímiles, pero resultaron, en todo caso, impracticables.
Por mandato de la firma, transcurridos ya cincuenta años sin tener noticias del paradero del amo, se expidió en Londres un acta de defunción, que firmaron de buena gana dos forenses calificados. Uno de ellos era de El Cairo, el otro de Marrakech. Ninguno de ellos se movió de su casa. Se supo entonces que el ilustre desaparecido había caído a un pozo. Esta circunstancia permitió a los albaceas abrir el testamento.
–Su última voluntad consta en este pergamino –sentenció Dalton Smith.
El heredero sería el dueño de aquel limón, cuidadosamente descrito, que había llegado a mis manos.
El pago por los servicios que me había prestado la agencia dilapidó la mitad del legado, que aun así siguió siendo considerable. Sobornar a las autoridades, en cambio, resultó una bicoca. Fue la misma firma quien intercedió ante ellos para establecer un lejano parentesco con mi benefactor y otorgarme la merced de la ciudadanía. Saldar algunas deudas, que antes de mi viaje me complicaban la vida, resultó menos dispendioso que la primera de las fiestas que brindé.
El cultivo de limones recobró parte de mi hacienda.
Un día, un camión entró a los huertos, y su conductor, un árabe obeso, de extraños ojos verdes, se entretuvo explorando los limoneros. Me recomendó que los cuidara del piojo blanco y de los pulgones, y acto seguido, arrojó un limón postrero sobre la carga. Creí reconocer aquel limón, pero el hombre me arrancó de mis cavilaciones insistiendo en pagarme el cargamento personalmente; no confiaba en mis recaudadores. Recibí sus billetes y sentí que me quemaban en la mano. Por la noche soñé con él.
El despertar fue pesado y el café me supo insulso. Mis empleados me ofrecieron té de menta, pero yo no quería extenuar mi estómago con tizanas, de modo que me conformé con un zumo de naranjas. No recordaba si había soñado con el hombre que me compró los limones o si había soñado que un hombre me compró los limones. Fue vano examinar los libros, pues nadie se había preocupado de asentar la transacción y sólo yo había tenido a la vista el dinero. Escudriñé mis faltriqueras y no me sorprendió encontrarlas vacías.
Pasé la mañana en la biblioteca; desempolvé tratados de álgebra, catálogos de numismática y una cartografía de los cielos de un hombre santo, que vivió en Persia unos cincuenta años antes de la hégira. Ninguno cautivó mi interés más de un par de horas.
Decidí no almorzar. Dediqué la tarde a un mapa de las constelaciones, historias de navegantes y manuales de horticultura. El azar quiso que tropezara con un estudio medieval acerca del cultivo de los limones en tierras moras, la influencia de las fases de la luna y perniciosa acción de los pulgones y el piojo blanco. El autor: un antepasado de mi benefactor. Su retrato era el de un árabe obeso de intensos ojos verdes. Decidí buscarlo.
Al día siguiente me encaminé a Marrakech.
El camión se encontraba a unos metros del mercado. Supuse que el puesto que buscaba era el más cercano. Reconocí el aroma de los limones, pero no pude discernir si eran los míos: el mercado estaba compuesto de cientos de comercios iguales; enormes pilas de limones, una al lado de la otra. La calle entera era una redundancia aromática y amarilla. En cada puesto un árabe silente, el mismo árabe repetido una eternidad de veces, sentado inmóvil entre la mercancía. Ninguno de ellos era el que buscaba. Pero había un puesto vacío.  
La espera se prolongó durante horas. La tarde coloreaba con tonos dorados los muros de ladrillo. Mis piernas se doblaban.
A nadie le extrañó que buscara refugio entre los limones y me sentara en el suelo. El caos del Zoco permitió la permutación, que en un primer momento pasó inadvertida incluso para mí. Sólo al caer la noche comprendí que mi lugar estaba entre los mercaderes, los encantadores de serpientes y los artesanos. Un trozo de cordero asado y estofado de garbanzos me ganaron para la noche. Dormí en el camión y tuve un sueño. En el sueño era un señor, amigo de los ingleses, que no despreciaba el comercio con los españoles; los franceses lo respetaban y lo servía la policía. Vivía en un palacio cercano a Marrakech, dedicado al ocio de los libros y al cultivo de los limoneros.
Al día siguiente, bebí un té de menta y me interrogué en vano acerca del sueño. No había en él ningún enigma; pero nada me era propio. Pensé en contárselo a mi mujer. Es sabido que la opinión de las mujeres no importa, pero se trataba de un asunto irrelevante; nadie podría ver en ese sueño un augurio. Mi mujer no vivía en Marrakech, de modo que mi confidencia debería esperar a mi regreso.
En mi memoria apareció una casa sin ventanas, con terraza y un patio de mosaicos sucios y gastados. Supe que había tenido dos esposas y que a ninguna amé. Supe que la primera murió de unas fiebres que casi despoblaron la aldea en que vivíamos, y que después viví en Fez. Supe que en esa ciudad codicié el amor una mujer noble y que ella me despreció. Supe que trabé amistad con impuros, que me enrolé como mercenario y que una bala que no me estaba destinada se me alojó en el hombro; el príncipe a quien salvé la vida se libró de mí con una recompensa generosa. Dilapidé el dinero en empresas desquiciadas, peregriné a La Meca y una vez saldada mis cuentas con la fe, me entregué a una vida disoluta. No fui un buen musulmán, de modo que cuando la pobreza llamó a mi puerta, la acepté con resignación. Esa sucesión de ayunos y de noches en vela por culpa de las pulgas, no me era desconocida, de modo que terminé por sentirme conforme. Alá se portaba piadoso conmigo.
Viajé a Marrakech y serví a los europeos que por aquel entonces gobernaban el país; mi comercio en varias lenguas era apreciado tanto por el servil como por el traidor. Una rebelión inesperada me llevó a las mazmorras de un cuartel. La voluntad de Alá me impidió morir; el desprecio de los hombres me enseñó el camino de la rectificación.
Trabajé en la judería como asistente en un comercio de granos; mi tarea consistía en pesar y llevar la cuenta de las transacciones. Mi salario era mezquino, pero mis necesidades eran pocas, de modo que logré comprar un par de acémilas, y con ellas, me dediqué a comprar especias en los pueblos, que luego revendía en la judería. Era bien mirado por todos, y aunque no fue aprobado, mi matrimonio con una de las hijas de mis antiguos patrones fue bien tolerado. La familia, empero, prefirió enviarnos a vivir lejos de Marrakech. Tuvimos una casa, un huerto, hijos, perros y un camión. Me dediqué al comercio de cítricos, engordé y envejecí.
El sol ya estaba alto. La pila de limones había ido reduciéndose con las horas; en mi bolsa, las monedas parecían bubas y amenazaban con romperla. Pensé que podría emprender el regreso al abrigo de la noche. Los últimos limones los compró un hombre delgado, de barbas largas y cenicientas, y una kipá en la mollera.
Aquel hombre durmió mal aquella noche. Soñó con una plaga de cochinillas. Pero yo aún no me reconocía en él.
Recién me supe quién era por la mañana. La obligación de ganarme el pan pospuso toda sorpresa. Bebí té de menta y comí un bollo de hojaldre. Después me presenté en la casa de un judío rico, a quien se le había muerto la madre. Deshice el atado en el que había guardado mis ungüentos y afeites, y procedí a maquillar a la difunta. Cerca del mediodía me despedí del hombre, quien regateó mis honorarios y resultó un avaro. Como era un hombre viejo, sonreí pensando que un día no muy lejano me tocaría maquillarlo. Visité tres casas más ese día. Casas de pobres, a los que cobré lo justo.
Conocí tiempos mejores. Trabajé con europeos, dignatarios que a veces tenían el atrevimiento de morir en estas tierras. Les aligeraba el viaje a la gloria, y sólo una vez fui sorprendido. Un reloj de bolsillo fue mi condena. El hijo del difunto, un muchacho alto, colorín y pecoso, lo recordó de pronto y lo buscó entre sus ropas. La viuda reclamó el anillo de compromiso y como no lo encontró, ordenó que me registraran. Un diente de oro dio por finalizado el inventario. Fui arrojado a la calle por un par de gañanes.
Me puse de pie, adolorido, y sacudí el polvo de mi chilaba. Un amanuense se me acercó con un sobre sellado: la familia había considerado impropio no recompensar mi trabajo. La policía me alivió de ese peso.
Al cabo de una semana, un funcionario me reconoció en las mazmorras. Era un burócrata oscuro que abrigaba viejos rencores contra el difunto. Aplazamientos en su carrera, destinaciones inhóspitas y hasta deudas de juego se contaban entre los agravios. No es improbable que aquello importara menos que algún desprecio.
Debí dar gracias a Alá dos veces seguidas. La primera, porque se me prendiera y se incoara un proceso en mi contra, invocando la ley francesa, lo que me permitió salvar mis manos; la segunda, por los buenos oficios de aquel funcionario que extravió mi expediente.
Residí en Ceuta, entre musulmanes, pero no desprecié el favor de los españoles. La pericia de mis manos me valió clientes fieles y algunos elogios. Fue en esa ciudad donde aprendí, de un viejo judío, la propiedad que Adonaí otorgó al zumo de limón de aclarar las pieles. Con el viejo aprendí también las costumbres de los judíos ortodoxos. No hubo quién reclamara sus bienes el día de su muerte. No lo espulgué minuciosamente por respeto a quien había sido mi amigo, pero lo aligeré de todo aquello que ya no iba a precisar. Nadie en la judería me vio huir aquella noche, pero doy fe de que el cadáver estaba reluciente.
Ya hacía un mes que vivía entre judíos. La maledicencia de unos moros quiso que me malquistara con un comerciante de camellos. Me habló de ciertos hurtos ocurridos en su casa, de los que yo no podía saber nada. Esa tarde estuve ocupado con los restos de su padre, quien había sido emboscado por ladrones, maniatado, degollado y luego abandonado en el desierto. La tarea fue ardua, pero luego de unas horas el cadáver estuvo presentable. No tuve tiempo para registrarlo. Pero fui culpado por la pérdida de un anillo y una daga con adornos de plata.
Decidí viajar a Marrakech convertido en judío. Con los años, me he convencido de que lo soy. Concurro a la sinagoga, leo la Torá, y un día que no quisiera recordar, me adentré en el desierto con un cuchillo en la mano. Los montes Atlas fueron los únicos testigos de mi espanto. Volví a mi casa circuncidado.
He sido un buen judío desde entonces. Practico mi arte con piedad y aunque no soy un hombre desprendido, no desprecio la limosna. La visión de un hombre viejo y enfermizo que extiende la mano hacia mí, me resulta intolerable. Suelo llevar unas monedas en mi bolsillo para aquellos casos. La molesta circunstancia de que me encontrara ese día con más necesitados que lo habitual, me llevó a no disponer de otra cosa que dar que un limón reseco, incapaz de ofrecer el zumo necesario para mi oficio. Esa sola circunstancia me hizo dormir inquieto.
El sol me despertó temprano. Ya había perdido la costumbre de desayunar, por lo que apenas sentí hambre. Un escozor en mi axila me permitió atrapar un piojo. Entre mis ropas, encontré también un limón reseco, y pensé que si podía venderlo, quizá podría comprar un bollo dulce. Luego supe que mientras pudiera ofrecer el limón a la venta, no sería un mendigo. La circunstancia de que aquel limón no fuera sino un fruto reseco, me permitiría mantener por largo tiempo la ilusión. Yo, que había vivido en un palacio, rodeado de huertos y olorosos limoneros; yo, que desafié las arenas del Sahara estableciendo nuevas rutas comerciales; yo, que traté con infieles sellando acuerdos ventajosos para todos, fui asaltado por piratas del desierto, que degollaron a mis hombres, se apoderaron de mis camellos y me arrojaron en un pozo. Fui rescatado por beduinos quienes me abandonaron en el primer pueblo que encontraron, luego de que un médico me examinara y, tras oír mi historia, decidiera que estaba loco. Con el tiempo supe que el diagnóstico había sido certero. Oré a Dios, a cualquiera de los dioses que impetran el cielo, que me libraran de aquellas imágenes venturosas y me permitieran vivir como el más humilde de sus siervos, pero no como un pordiosero.
Supe que mis plegarias no fueron desoídas cuando un judío me prodigó un limón que no podía ser vendido. En un principio pensé en lograr una transacción afortunada, apelando a la tenacidad y acaso también a la compasión. Pero luego me di cuenta que, además de mis huesos, era lo único que poseía. Maldije a quien me ofreciera por él una moneda. Maldije cada una de las manos que tocaron aquel limón y las que lo tocarían. Pedí a Dios que si alguien lo compraba se llevara también mi memoria; que cargara con todas las vidas que lo trajeron hasta mí, y me dejara a mí aliviado.
La tarde transcurrió sin que nadie me mirara. Las pilas olorosas de limones, un puesto junto al otro, un judío en cada puesto, el mismo puesto y el mismo judío repetido hasta el infinito, mantuvieron las miradas alejadas del limón reseco que yo ofrecía. Solo los ojos de un occidental se detuvieron en mis pobres huesos acurrucados en el suelo y en el inverosímil comercio que me ocupaba. Vi, con temor, que buscaba en sus bolsillos una moneda. Alivió mi alma verlo reflexionar, y cuando me miró nuevamente, supe que había comprendido. Se alejó caminando ensimismado. Lo seguí con la mirada hasta que se perdió entre la gente que colmaba la judería. No alcancé a darme cuenta de que otro occidental se había acercado. Cuando volví los ojos hacia él, vi que me ofrecía una moneda. Le entregué el limón sin decirle una palabra. Que Dios se apiade de nosotros dos.