lunes, 4 de septiembre de 2017

FURIOSA




Estaba furiosa, pero no lograba recordar qué me había puesto así. Una tarde en la parcela de mi hermano no podía ponerme de ese modo. Todos estuvieron alegres y se cuidaron de no mencionar a Enrique, de modo que nada malograra mi visita. Pero desperté de la siesta con un humor insoportable; pedí que llamaran un taxi, y a pesar de sus protestas, volví a Santiago. Era domingo, por lo que no esperaba que el tránsito se hiciera tan lento; a la altura de Eleodoro Yáñez, apenas se podía avanzar. El taxista tocó la bocina con un entusiasmo frenético, golpeando el claxon con violencia; me pareció que se tomaba el taco como una ofensa personal. Yo me limité a mirar el taxímetro, más por costumbre que por precaución; disponía de dinero suficiente y no tenía prisa por llegar a ningún sitio. Mi malhumor venía de otra parte.

Al llegar a José Miguel Claro ya no pudimos avanzar. Una multitud repletaba la vereda sur de Nueva Providencia, y las miradas trepaban a los pisos más altos de una torre de la vereda norte, como si una estrella del pop se hubiera asomado a la ventana. Dos carros de bomberos extendían sus escalas telescópicas hacia el cielo, de modo que nadie en su sano juicio podría pensar que se trataba de eso. Pero las miradas de la gente mostraban la misma avidez. Carabineros había cerrado la calle, interponiendo tres patrullas con sus balizas encendidas; algunos oficiales en motocicleta maniobraban por los alrededores, sin que quedara muy claro qué hacían. Otros dos habían bajado de sus motos y gesticulaban, haciendo sonar sus pitos, para desviar el tránsito por Providencia; seguramente habían cerrado la calle hacia el oriente para desocupar un par de pistas; pero, a pesar de sus esfuerzos, el tráfico era un caos y se oían bocinazos de impaciencia. Un par de ambulancias hacían sonar sus sirenas en las calles cercanas, intentando abrirse paso.

La suicida estaba en uno de los pisos más altos; se sostenía a duras penas de una saliente, que ni siquiera era una cornisa, sino apenas el empotrado del vidrio. Me pareció un espectáculo maravilloso y sentí que la admiraba. Pocos tienen el valor de asomarse a una ventana de un piso quince o dieciséis, pasar una pierna por encima y aferrándose con la punta de las uñas al marco de la ventana, afirmar el pie en un espacio tan exiguo, y luego pasar la otra pierna, hasta quedar pegada al cristal como una mosca en la pared. Esperé con ansia que saltara. Mi malhumor parecía haber desaparecido; me sentía regocijada pensando que aquella mujer, en lo alto de la torre, iba a cobrarle tributo a una cáfila de parientes insensibles y al esposo medio idiota que le había destrozado la vida y luego de una discusión, encogiéndose se hombros, se había marchado a comprar cigarrillos y quizá ni siquiera se imaginaba que la muchedumbre estaba mirando la última escena que le iba a hacer su mujer.

Me solacé pensando en los sentimientos de culpa, psiquiatra e insomnio que lo esperaban. Me imaginé el velorio, la misa fúnebre, el odioso sermón del cura, que no podría evitar el tono condenatorio, a pesar de su expresión contrita. Pensé en la madre, una madre incompetente, que no se iba a explicar nunca por qué su hija la había desgraciado así. Una bofetada que no dejaría otra mejilla que sus piadosos deudos pudieran ofrecer. 

Pero la mujer no saltaba. La gente enfocaba las cámaras de sus teléfonos para subir las imágenes a internet. Minutos más tarde, había periodistas entrevistando a los curiosos y varias cámaras de televisión. 

Nos movimos unos diez centímetros, con una lentitud que parecía exasperar a los carabineros; hacían sonar sus silbatos con furia y miraban hacia los autos como si quisieran matar a alguien; daba la impresión de que los conductores habían decidido permanecer en su sitio para no perderse el salto, y que los carabineros se habían dado cuenta. Las ambulancias seguían aullando a la distancia. Los bomberos trepaban por las escalas telescópicas, todavía demasiado lejos como para hacer algo.

De pronto el espectáculo me pareció repugnante. ¿Por qué aquella mujer no se lanzaba de una buena vez? ¿Qué pretendía? ¿Esperar que los bomberos se acercaran lo suficiente como para que pudieran hablarle y le rogaran que lo pensara mejor? ¿Quería que la bajaran en brazos como si fuera una heroína, una princesa de cuento? ¿Qué iba decirle a la TV? ¿Que no sabía lo que hacía? ¿O solo se trataba de ventilar sus problemas ante toda la ciudad? ¡Qué estupidez! Sea cual fuera la razón, me parecía de mal gusto. Mi mal humor había vuelto. Si hubiera podido disponer de un megáfono, no habría dudado en insultarla.

Un helicóptero comenzó a volar en círculos sobre la torre. Pensé que si era un equipo de rescate, el marido iba a tener que pagar el costo. Sonreí; el asunto aún tenía algo de maléfico, aún podía valer la pena. Una vez que los bomberos la rescataran, después de unos días de hospital y terapia, iba a tener a su mujercita de vuelta en casa, mimosa y manipuladora, y después de una semana, ya repuesto del susto, le parecería insoportable. Una vez más su insoportable mujercita, solo que esta vez con una deuda de varios millones y las habladurías de los vecinos y las preguntas incómodas en el trabajo. Si el tipo tenía algo de sensato, si alcanzaba a darse cuenta de que era su mujercita la causa del espectáculo, debería tomar un taxi, pedirle al chofer que lo llevara al aeropuerto y abordar el primer avión que saliera a cualquier parte.  

Pero a quién se le iba a ocurrir enviar un helicóptero en un caso como este; bastaría con que los tipos de la ambulancia se decidieran a caminar; de cualquier modo llegarían antes que si se quedaban esperando que los carabineros les abrieran camino en medio del taco. No necesitaban llevar gran cosa; bastaba con un sedante. Después de todo, si la mujer se decidía a saltar, su presencia sería algo irrelevante. 

Volví a mirar el taxímetro: no recuerdo cuánto marcaba y tampoco importaba demasiado. Creo que lo hice para mostrarme fastidiada, para que el taxista no me hablara; detesto hablar de lo obvio y ya me había dado cuenta de que aquel hombre había buscado mi mirada en el retrovisor. No me gusta repetir lo que dicen todos; si pudiera ser sincera, creo que le habría dicho al taxista cuánto odiaba a esa mujer. Me parecía un ser pusilánime que a último momento había sentido miedo o se había arrepentido o, peor aún, que lo único que quería era que la rescataran. Como si todo ese gentío no esperara otra cosa que verla saltar. Para qué engañarse: si la mujer se dejaba rescatar por los bomberos, los curiosos iban a volver a casa frustrados; no se lo iban a decir a nadie, pero esa era la verdad. Hay cosas que uno no se confiesa ni a sí mismo. No era igual grabar un rescate que un buen salto, subirlo a internet y esperar los comentarios de los amigos. Bastaría con evitar el mal gusto de grabar el cuerpo destrozado; una cuestión de estética, supongo, cosa en la que no todos están de acuerdo. Yo, por mi parte, no veo qué pueda tener de interesante un amasijo sanguinolento. Me resultaría insoportable que el chofer detuviera el coche y se bajara a ver.

Pero la mujer no se despegaba del cristal. Probablemente era la ventana de un departamento vecino, porque la única ventana abierta estaba a su derecha. ¿Cómo habría conseguido llegar hasta allá? La maniobra había requerido dar un paso hacia el costado, unos cincuenta centímetros, sorteando el vacío. No recordaba haberla visto dar ese paso, me parecía que siempre había estado pegada a esa ventana, pero era obvio que no había salido por ella; no me parecía lógico que después de salir se hubiera tomado la molestia de cerrarla. Pero tampoco era lógico que cambiara de sitio antes de saltar. Nadie se pone a hacer equilibrismo quince pisos sobre la acera, cuando lo que pretende es arrojarse limpiamente, sin que parezca que perdió pie en forma impensada. Su acto perdería sentido.

Llegar a esa conclusión terminó por enfurecerme. La mujer que había admirado hacía solo unos minutos, ahora me parecía deplorable. La escena, patética. El resultado, fuera cual fuera, una torpeza.
Ya ni siquiera esperaba que se arrojara. ¿Para qué? Aquello no era más que sensiblería grotesca. El desenlace era una cuestión de azar: si la mosca conseguía seguir pegada a la pared, si no trastabillaba, la escena se resolvería en lágrimas, abrazos y unos días en el hospital, todos dando gracias a Dios, como si valiera la pena vivir de la lástima, tratando de olvidar el miserable espectáculo que dio, jurando que nunca más, escuchando «todos te queremos, no tenías por qué hacerlo», como si en verdad hubiera hecho algo, como si no hubiese sido un simulacro, una farsa, una nota en falsete, una disonancia, y luego meses de pastillas y terapia: hablar, hablar, hablar bajo la mirada compasiva de un tipo de barba, que al final lo único que busca es que le paguen, porque a fin de cuentas lo que la gente le interesa es ganarse la vida y no cargar el fardo de la culpa de los demás.  

Los pitazos de los carabineros, el ulular de las ambulancias, un horizonte de bocinas lejanas, el calor, comenzaban a exasperarme. Hasta el infortunio se mostraba esquivo. La mujer estaba paralizada; era como si el tiempo se hubiera detenido quince pisos sobre pavimento, impidiéndole incluso el paso en falso. ¿Por qué no se arrojaba de una buena vez? Casi media hora de vacilación había transformado todo aquello en un espectáculo patético, horrible a fin de cuentas, sin importar el final. ¿A quién le interesa recordar una masa deforme, ensangrentada, con los huesos rotos y los sesos salpicados en el pavimento? En tal caso, el horror reemplazaría a la culpa. Su madre tendría pesadillas, pero no culpa. Su marido se vería obligado a dar explicaciones. Sus amigas hablarían en sordina. Pero nadie reconocería que todo estuvo mal. Que siempre todo está mal. Para el marido, sería la última canallada de su mujer; para las amigas, su último disparate, y para la madre, su último berrinche. Me repugna la autocompasión, y era lo único que iba resultar de todo aquello.

¡Cómo odiaba a esa mujer! ¡Cómo la despreciaba! 

Deseaba intensamente que se arrojara… o que resbalara, me daba lo mismo. Quería que todo se acabara de una buena vez y largarme. 

No lograba entender cómo pude admirarla. En ese momento me parecía una tonta, incapaz de comprender que su acto ya no podía tener importancia, que no significaba nada. En su lugar, cualquiera podría resbalar; había que ser afortunado para resistir tanto tiempo con los pies apoyados en un espacio tan diminuto y tan alto; el milagro era que no hubiese caído antes. Los curiosos podían estar seguros de que se había arrepentido, y si caía, dirían que no había podido sostenerse. 

Ni siquiera iba a ser una muerte hermosa, como la de Cleopatra. Había preferido un rostro desfigurado, aplastado contra la acera, que alguien se preocuparía de cubrir de inmediato. Nadie quiere recordar algo así. 

El velorio sería expeditivo, a cajón cerrado, para aislar por siempre el horror, para olvidar el llanterío histérico de la madre en la morgue. 

Todo aquello me parecía una estridencia insoportable ¡Cómo odiaba a esa mujer!

El pitazo de un carabinero me sacó de mis cavilaciones. El policía le hizo un gesto perentorio al taxista, que se vio obligado a avanzar. Por el espejo retrovisor pude ver una ambulancia que se acercaba con sus balizas encendidas, y un movimiento inquieto de la multitud.

domingo, 30 de julio de 2017

LA REGULARIDAD DE LAS COSAS



Desperté esa mañana con la sensación de que algo había cambiado en mi cuarto; no podría decir bien qué, pero estaba seguro de que era irremediable. Me fui a la oficina con la sensación de que era un extranjero y que ni siquiera la lluvia me mojaba de la misma manera. No pude librarme de aquella inquietud durante toda la mañana.
Peñaloza me convidó a almorzar. Peñaloza es un tipo alegre, de esa clase del gente que cree que cada día es una fiesta, que no ocurre nada horrible en el mundo y que si una bomba vuela un autobús y mueren quince niños, solo hay dos alternativas: deprimirse o seguir adelante, con la sonrisa en los labios y un buen chiste en la boca. Me estuvo hablando de fútbol y de las tetas de una mina de la tele, temas que a mí me traen sin cuidado, pero que en boca de él son un jolgorio, un homenaje a la existencia. Nos comimos dos filetes de ternera con papas fritas, dos tintitos –«un vaso para cada uno no más porque en la tarde todavía se trabaja»–, y el que pagó fue él. ¿Qué estamos celebrando?, le pregunté; mi cumpleaños, respondió. Le seguí la corriente: estábamos en marzo; él cumple en abril.
Por la tarde, el teclear de los computadores, las prisas del gerente y las rabietas del contador, bastaron para que me deshiciera de todo sentimiento ominoso. El contador era un tipo calvo, de no más de un metro cincuenta, delgado y chillón; sus gritos solían oírse en la otra cuadra; al menos eso es lo que decía Peñaloza cuando lo imitaba; ponía por testigo al suplementero de la esquina, pero nadie se había tomado la molestia de verificarlo. No creo que al resto le importara si era o no verdad; pero a mí, por algún motivo, me inquietaba. Sin embargo, no me parecía apropiado plantarme frente al quiosco de diarios y preguntarle al suplementero, como quien le pregunta por una calle o qué hora es, si era verdad que desde la esquina se escuchaban los gritos del contador. Dos o tres veces, si no más, me detuve frente al quiosco para preguntárselo; no pude evitar notar, en una de esas ocasiones, que el suplementero bizqueaba y que uno de sus ojos seguía el bamboleo de un culo de mujer. Sin dejar de mirarlo, su otro ojo se clavó en mí, y me preguntó qué diario quería comprar. Su ojo libidinoso me distrajo de tal modo que su pregunta me pilló desprevenido; dudé unos segundos y luego respondí –por decir algo, porque detesto pagar por un diario que puedo leer gratis en internet– que buscaba el New York Times; lo hice con la esperanza de que no lo tuviera. Pero el tipo lo tenía; me dio la impresión de que si le hubiera pedido un diario esloveno, lo habría tenido, y creí ver una sonrisita maligna cuando me lo entregó. Le pagué a disgusto, y me fui maldiciendo mentalmente, temiendo que el tipo pudiera leerme la mente. ¿Por qué no? Era capaz de desnudar a una mujer con su ojo derecho mientras el izquierdo lo clavaba en mi rostro; era capaz de hacer aparecer de la nada –me había convencido de que un segundo antes no estaba ahí– un diario extranjero en un olvidado puerto de provincia cuyos habitantes apenas hablaban el español; ¿cómo no iba a ser capaz de adivinar mis pensamientos? Quizá sabía de antemano que yo iba a detenerme frente a su quiosco para preguntarle –¡qué estupidez!– si alguna vez había escuchado los gritos del contador desde la esquina.
Al día siguiente, no pude evitar mirarlo mientras pasaba frente al quiosco; el tipo apilaba unas revistas y no había modo que me viera, y sin embargo, levantó la cabeza y me dijo, con una media sonrisa, que a mí me pareció sarcástica: «le guardé el New York Times». Me vi en la obligación de darle las gracias y pagar. Me conformé pensando que podría practicar mi inglés, sabiendo en el fondo que a lo sumo me serviría para envolver algo. Compré con regularidad el New York Times durante meses, pero jamás me atreví a preguntarle si desde la esquina se oía gritar al contador. Dos o tres veces, Dios sabe que lo intenté, quise preguntárselo en forma franca; pero no soy un tipo desenfadado, de modo que terminé llevando, además del New York Times, un ejemplar de Newsweek y otro de Forbes, que no sé cómo diablos el suplementero hizo aparecer.
Cualquiera que se preocupe tanto por su reputación como lo hago yo, convendrá en que no era posible, a esa altura de los acontecimientos, dejar de comprar el periódico; el suplementero pensaría que me había vuelto loco; quizá hasta el conserje del edificio en que vivo, un señor muy alto, de piel aceitunada, que todos los días me saluda con una inclinación de cabeza, notaría que ya no volvía a casa con el New York Times bajo el brazo. O quizá no; quizá nunca se fijaba en esas cosas; pero yo no podía estar seguro, de modo que seguí pagando por un periódico que ni siquiera leía. Lo dejaba sobre la mesa, como si fuera a leerlo durante la cena; pero luego lo tomaba, lo doblaba cuidadosamente y lo guardaba en un armario. Había comprado varias cajas, de cartón duro, no muy altas, en las que cabían siete ejemplares sin riesgo de que se deterioran; con un marcador de tinta escribía, sobre la tapa de cada caja, la semana, el mes y el año. Calculé que al cabo de dos años, debería comprar otro armario.
Una vez que guardaba el periódico, limpiaba la mesa con un paño húmedo, sin cloro, para no estropear la cubierta, y luego ponía un pequeño mantelito individual. Nada presuntuoso; me bastaba con que estuviera limpio. Peñaloza se reía de mis escrúpulos; cada vez que yo limpiaba con una escobilla de mano mi escritorio, pasaba un pañito húmedo y extendía una servilleta para tomar un café, se le ocurría una broma diferente; pero como el tipo tiene gracia y jamás es ofensivo, me hacía reír. Y yo no soy un hombre que ría demasiado. En realidad soy un hombre bastante aburrido, puntual en el trabajo, correcto en el trato, a veces un tanto pomposo, no lo voy a negar, honesto y confiable, y tan predecible que Peñaloza es capaz de apostar, sin riesgo de perder, en qué fecha del año me voy a resfriar. Yo quisiera tener esa seguridad. Saber, por ejemplo, que los documentos que redacto no contienen errores; no creo que nada me aterre más. Muchas veces he vuelto a la oficina un sábado por la tarde, porque mientras escuchaba una sonata de Mozart recordaba, o creía recordar, una errata en un documento. Rara vez encontraba un error; pero aquello era peor, porque imaginaba que la errata existía, pero que se encontraba en otro documento. Entonces, como si hubiera enloquecido, revisaba cada papel que había redactado ese día, y el día anterior, y a veces más. Hubo una tarde de sábado en que me quedé revisando papeles hasta que oscureció; el guardia, un marino retirado, alegre, obeso y simplón, se acercó a mí y me dijo que ya era tarde, que no era que a él le molestara, pero que a eso de las nueve tenía que entregar su turno, que la noche la cubría González, un tipo de malas pulgas, que siempre quería enterarse de todo y que, durante su guardia, no admitía que nadie entrara al edificio, porque, según decía, si se movía un papel lo culparían a él. Le dije que me diera cinco minutos, y esa noche no pude dormir. Imaginé que el lunes el gerente me iba a llamar a su oficina; imaginé que junto a él estaría el contador; imaginé las lágrimas de la secretaria, las expresiones compungidas de los demás colegas y las palmaditas en la espalda que me daría Peñaloza: «Te llamo a la noche, mi viejo; no te preocupes, esta tarde voy a hablar con un amigo; parece que en su oficina necesitan a alguien».
El lunes tuve diarrea. Detesto los baños de la oficina, huelen a desinfectante, siempre parece que los acabaran de asear, y sin embargo, si uno se fija bien, en el piso hay pelos, y en los sanitarios rara vez falta un vello ensortijado. Pero no podía volver a mi departamento cada vez que me sentía impelido a pujar. Y en el wáter no podía dejar de darle vueltas al tema. Estaba pálido. Varias veces me sentí desvanecer.
El gerente no me llamó; quien me habló fue el contador; pero lejos de comunicarme que estaba despedido, preguntó cómo me sentía. Le dije que bien, pero me di cuenta de que no me creyó. Diez minutos después, su secretaria me dijo que fuera al médico, que el contador se ocuparía de informarle al gerente lo que me había ocurrido. Fui terminante: jamás me retiro antes de la hora.
Tampoco suelo faltar. Excepto cuando cogí una bronquitis rebelde, que duró casi un mes; el médico insistió en que era neumonía, me prescribió antibióticos y me obligó a guardar cama durante una semana. No le creí, pero no me sentía con fuerzas para discutir; tomé los remedios, y el lunes siguiente estaba de vuelta en la oficina. El tipo del quiosco ya se había enterado; creo que interrogó al guardia, con el que solía fumar un cigarrillo a media mañana. Me había guardado el New York Times. Todos los ejemplares de la semana.
Esa noche repetí la misma rutina, y luego de guardar los diarios en la caja correspondiente, limpié la mesa con un paño húmedo, puse mi mantelito individual y ordené los cubiertos: dos tenedores a la izquierda, dos cuchillos a la derecha y dos cucharitas por delante. No suelo comer más que un plato liviano y una taza de café, pero aprendí a ordenar los cubiertos de ese modo cuando aún era un niño, y aunque sé que aquello no tiene sentido, no soy capaz de hacerlo de otra forma; la única vez que intenté un cambio, estaba tan inquieto que no pude comer. Retiré los cubiertos y la loza, boté la comida al tacho de la basura, volví a limpiar la mesa, extendí de nuevo mi mantelito sobre ella, puse los cubiertos como de costumbre y recién entonces pude cenar. No comí mucho, no tanto porque me quedara poca comida –cocino lo justo– sino porque ya no tenía hambre; sentía como si hubiese cometido un sacrilegio, como si hubiera profanado algo sagrado. Esa noche dormí mal; creo que tuve pesadillas. Pero al otro día no ocurrió nada diferente, todo se ajustó a la rutina, y a la hora de la cena, dispuse los cubiertos como lo había hecho durante toda mi vida. Luego los lavé, todos, incluso los que no había usado. Me gusta que los cubiertos estén siempre brillantes.
Debí pensarlo entonces. Todo tiene consecuencias; cada paso es una posible catástrofe. Matar una mosca puede impedir una epidemia y a la vez propiciar una invasión. Perdonarle la vida podría ser inútil: la epidemia no detendría la invasión, o no habría ni epidemia ni invasión. Por lo demás, nadie podría asegurar que ese gesto no pudiera hacer descarrilar un tren en Beijín. O sí. No hay modo de saberlo. Lo único sensato es ser precavido y procurar cierta regularidad. Por eso seguía comprando el New York Times, por eso lo ponía sobre la mesa al llegar y por eso lo guardaba en la caja correspondiente, un poco antes de la cena.
Dormía tranquilo. Pero una noche, sin saber por qué, me encontré pensando ¿qué pasaría si un día cualquiera mi cepillo de dientes apareciera en el cajón de los cubiertos?, o peor aún –porque a fin de cuentas, mi cepillo de dientes no era más que un objeto, parte de un universo privado, del que nadie, excepto yo, tenía por qué tener noticias–, ¿qué ocurriría si en lugar de Peñaloza trabajara conmigo el suplementero? Imaginar algo así me angustiaba: el contador gritando, como siempre, el gerente invisible, apenas una presencia tras una puerta obstinadamente cerrada, la secretaria en su escritorio, contestando el teléfono, los demás empleados, cabizbajos, aporreando el teclado de sus computadores, y entre ellos, el suplementero, con su horrible mueca que simulaba una sonrisa, mirando con un ojo las piernas de Leticia –una muchacha que había comenzado a trabajar en la oficina el mes pasado– y clavando el otro ojo en mi rostro sorprendido; el único rostro sorprendido en la oficina, y la única mueca sardónica, la del suplementero, lo que me haría sospechar de él. Pensé que en tal caso, Peñaloza trabajaría en el quiosco de diarios y que podría comprarle el New York Times; pero luego me dije que nada podía asegurarme que solo fuera posible esa permutación. Imaginé entonces a Peñaloza peleando una revolución en Ruanda, y en el quiosco, al gerente, y tras la puerta cerrada, al conserje aquel que me veía volver a mi departamento con el New York Time bajo el brazo. Comprendí que era absurdo imaginar algo así e intenté enumerar las razones por las que aquello era imposible. Ninguna me pareció convincente. Nadie puede garantizar que mientras uno duerme no se produce un ligero caos en el cosmos, una especie de descanso, que los actores aprovechan para tomar un café, fumar un cigarrillo y comentar su vida cotidiana. Si uno abriera los ojos un segundo antes de su vuelta a escena, nada volvería a ser como antes.
Me dije, para tranquilizarme, que siempre hay alguien en vela cuando el resto duerme; y sin embargo, no pude evitar darme cuenta de que basta que el mundo se mantenga en orden solo para el que lo observa. El insomne ignora qué ocurre en el cuarto del vecino y el enfermero apenas puede ocuparse de su sala de hospital. No existe un panóptico que abarque todo el mundo ni vigía que pueda dominarlo.
Por lo demás, era imposible saber quién era actor y quién espectador. Quizá los actores fueran la mayoría. Era posible que solo yo asistiera a la obra, y en tal caso, sin saberlo, yo era el único actor; el reparto, es decir, todos aquellos que compartían mi vida, no eran sino espectadores de una lamentable improvisación: la mía. Imaginé que en un descanso –es decir, mientras yo dormía–, el contador le ofrecería un cigarrillo a Peñaloza y le preguntaría ¿y?, ¿qué te pareció? No estuvo tan mal, respondería Peñaloza, y los dos se echarían a reír.
La escena me produjo pavor.
El amanecer me sorprendió intentando dormir. La ducha pareció llevarse mis aprensiones. No podía entender cómo una idea tan descabellada me había quitado el sueño. Me afeité silbando y no me importó cortarme un par de veces. Desayuné un jugo de frutas, una tostada con mermelada de fresas y un café sin azúcar. Lavé la loza, la guardé en la alacena y el servicio en su cajón. Barrí las escasas migas que cayeron al piso. Cogí mi maletín y abrí la puerta; di un vistazo a la sala y comprobé, con horror, que el New York Times estaba abierto sobre un sillón, como si durante las escasas horas que dormí, alguien –estoy seguro de no haber sido yo– lo hubiese sacado de su caja y lo hubiera leído, desordenando sus hojas, y luego, al sentir un ruido, quizá cuando se percató de que yo iba a despertar, se hubiera visto obligado a salir precipitadamente de mi sala, dejando el diario sobre el sillón.
Miré mi reloj; disponía de tiempo suficiente como para ordenar, de modo que volví sobre mis pasos, cerré la puerta, cogí el periódico, lo ordené cuidadosamente y abrí el armario. Pensé que encontraría una caja abierta, quizá algún otro diario afuera. Pero nada de ello ocurrió, lo que resultaba aún más perturbador. Había dos formas de explicarlo: la más simple: que fui yo quien leyó el diario, que jamás lo puse en su caja, que lo arrojé descuidadamente sobre el sillón cuando decidí dormir, y que luego, no solo había sufrido un insomnio, producto de unas ideas francamente delirantes, sino que además había olvidado por completo el hecho. Para resolver un problema como aquel, bastaba con la humillación de acudir a un psiquiatra, en forma discreta (no quería ser el hazmerreír de Peñaloza, por más simpático que fuera), y resignarme a tomar píldoras para los nervios.
La segunda forma era que mis ideas de la noche anterior fueran correctas, que los actores habían descansado en mi sala, y que, al menos uno, se había demorado leyendo el diario. Ello podía explicar el orden que reinaba en el armario; uno de los actores había puesto cada cosa en su sitio, sin percatarse de que uno de sus colegas, un tipo descuidado, sin duda, se había quedado con el último ejemplar del New York Times, y se demoraba leyéndolo. Quizá el que ordenaba era un tramoyista, quizá el que leía era un actor, un tipo engreído, que no iba a aceptar que un simple asistente de producción interrumpiera su lectura. Quizá… Me estaba volviendo loco.
Una vez que ordené todo, salí a la calle, con una prisa inusitada: aún tenía tiempo de sobra para llegar al trabajo.
En la oficina, estuve más distraído que de costumbre. Peñaloza estaba enfermo, por lo que almorcé solo, y no pude dejar de pensar en el periódico. La ensalada me cayó mal; me dolía el estómago y se me hacía difícil trabajar. Leticia me preguntó qué me pasaba y no le pude responder porque un eructo trepaba a mi garganta. Leticia fue hasta el escritorio de la secretaria del gerente, le dijo a esta algo en voz baja y luego ambas me miraron, intentando en vano que yo no lo notara; temí que la secretaria del gerente le fuera con la noticia al contador. Como Peñaloza estaba enfermo, pensar en que yo tuviera que ir al médico lo habría descompuesto a él también. Me imaginé el griterío que se iba a amar. Esta vez el suplementero no iba a poder ignorarlo; ni siquiera simular que lo hacía. El contador se pondría rojo, caminaría de un lado para otro, reprendería a todo el mundo, repitiendo que cómo era posible trabajar en una oficina donde todos se enfermaban al mismo tiempo. Temí que pudiera infartarse.
Le dije a Leticia que no era necesario que se preocupara por mí, que se trataba de una leve indigestión, que pronto se me iba a pasar. ¿Comió algo pesado?, me preguntó ella. Una ensalada, respondí. Me miró con cara de no comprender: ¿una ensalada? No comí nada más, le dije, como disculpándome.
Al cabo de un momento, la secretaria del gerente se acercó a mi escritorio con una taza humeante en la mano; era una tizana de llantén. No pude ocultar mi nerviosismo, y busqué, atolondradamente, una servilleta. Leticia vino en mi auxilio, y limpió mi escritorio con algodón y alcohol. Pero yo estaba acostumbrado a extender una servilleta, de modo que haciendo un gesto con la mano, le pedí a la secretaria que esperara, hasta que di con el paquete de servilletas que guardaba en un cajón del escritorio, extraje una de ellas y la extendí sobre la cubierta. Luego les agradecí a las dos las molestias que se tomaban por mí; ambas sonrieron y volvieron a su trabajo, satisfechas de su buena acción. Yo respiré aliviado, pensando que ese pequeño gesto había salvado al contador.
Al rato me sentí mejor y pude trabajar pasablemente. Pero no podía dejar de pensar en el ejemplar del New York Times que alguien había arrojado sobre mi sillón. La imagen se me aparecía en la mente y revivía los estragos que la ensalada había hecho en mi estómago.
Cometí errores absurdos, pero de algún modo aquello, y el hecho de que a fin de cuentas, a pesar de las tizanas de llantén, que cada tanto la secretaria del gerente y Leticia se encargaban de renovar, nadie me había ayudado a terminar el trabajo de Peñaloza –que al parecer, por algún acuerdo tácito, me correspondía realizar–, acabaron por liberarme de aquel recuerdo. Al terminar la jornada, ya no pensaba en el New York Times; pero había tantos errores en los documentos redactados, que debí quedarme en la oficina hasta más tarde, bien entrada la noche.
Cuando salí, la calle estaba casi desierta; un lotecito de perros vagos correteaba tras una perra, dos adolescentes se besaban en el zaguán de un edificio a oscuras, un taxi rodaba lentamente a la caza de pasajeros y el viento jugueteaba con las basuras de la jornada. El quiosco de la esquina estaba cerrado; pensé que el suplementero debía estar en algún bar, tomando una cerveza y riéndose con sus amigos; pensé que hablarían de fútbol y de mujeres, y pensé también en la leva de perros en la otra acera.
Me di cuenta de que no podría comprar el New York Times ese día y sentí que había ocurrido algo irreparable; luego me dije que el suplementero no iba a renunciar a venderme el New York Times y hasta creí verlo esperándome junto al semáforo. Un señor de barba con una carpeta bajo el brazo esperaba la luz verde. El descubrimiento me decepcionó; me habría tranquilizado que fuera el suplementero. Unas cuantas monedas me hubiesen permitido volver con el periódico a casa, dejarlo sobre la mesa y luego guardarlo en el armario justo antes de cenar. Me sentía náufrago. Estaba seguro de que el suplementero me había guardado el diario, encogiéndose de hombros, al comprobar que yo no me aparecí a la hora acostumbrada. Lo había hecho otras veces: cuando enfermé, y cada fin de semana. Y sin embargo, ese día era diferente. Yo iba a llegar a casa sin el diario. En las otras ocasiones, yo había estado en casa todo el tiempo.
Esa noche no cené. Me dije que era lo mejor, que de ese modo le daría un descanso a mi estómago. Pero en el fondo sabía que el motivo era otro.
Por la noche soñé con el suplementero. Lo vi en mi sala, sentado en mi sillón, leyendo el New York Times; fumaba un puro y cada vez que exhalaba el humo, su boca formaba una mueca semejante a una sonrisa. Comprendí entonces que en la vida del suplementero no había bar ni amigos, al menos no las conversaciones ni los amigos que yo había supuesto. El suplementero era un actor.
Desperté sudando.
Nada me autorizaba a suponer que todos los actores fueran seres desagradables; era posible que Peñaloza fuera un actor, que Leticia fuera una actriz, y que sin embargo, el contador no lo fuera. Quizá él se había dado cuenta antes, y era eso lo que le agriaba el carácter. La hipótesis de que fuera yo el único espectador, que el teatro, aparte de los actores y los tramoyistas, estuviera vacío, preparado únicamente para mí, no tenía más asidero que pensar que la sala estaba llena, pero que nadie podía saber quién actuaba y quién no. Sentí cierta simpatía por el contador y decidí someterlo a vigilancia. También decidí llevar el registro del sitio exacto en que dejaba mis objetos; anotaba en una libreta cosas como: «lapicero de oro, sobre la mesa de noche, a dos centímetros del extremo derecho, cuatro del anterior, treinta del posterior y seis centímetros a la derecha de la lámpara», que también estaba claramente situada, en una suerte de precisa agrimensura. Al día siguiente, verificaba que cada cosa estuviera en su lugar.
Jamás pude notar alguna anomalía, lo que, por supuesto, fue peor. Por un lado, aquello hablaba de la precisión con que trabajaban los tramoyistas, y por otro, demostraba su existencia. ¿Cómo es posible que todo esté en su sitio luego de una noche poblada de todo tipo de movimientos? Un edificio se bambolea con el viento, ocurren pequeños temblores, corrientes de aire; no es algo que uno pueda notar, pero mis mediciones era milimétricas y no estaba dispuesto a aceptar que en meses de observación nada se haya desplazado siquiera un poco. Solo una voluntad empecinada en hacerlo podía mantener todo en un orden tan exacto.
La vigilancia del contador tampoco dio resultado y nada me permitió saber si era un amargado o tan solo representaba ese papel.
La salud de Peñaloza, en cambio, pareció deteriorarse. Faltó al trabajo varias veces, y en una oportunidad me pareció que ocultaba un frasco de remedios. Pálido y ojeroso, a menudo llegaba a la oficina sin afeitar. Bajó tanto de peso, que su ropa parecía haberse agigantado. Ya no solía bromear como antes, y cuando lo hacía, no tenía la gracia de otros tiempos. Leticia y la secretaria del gerente comenzaron a mirarlo con lástima. Yo pensé que era cáncer, y temí que antes de un año, debería asistir a su funeral. Me pregunté si en tal caso debería estar triste o contrariado; si Peñaloza era un actor, las lágrimas estarían demás, pero en cambio, el autor me privaría del personaje que estaba a cargo de alegrar mi vida. Di un puñetazo a mi escritorio y todos se quedaron mirándome. Una araña, dije, sin mayor convencimiento. Leticia me pasó poco un algodón y una botellita de alcohol, para desinfectar.
Un lunes, Peñaloza llegó a la oficina con olor a trago. Peñaloza no era un santo, pero nunca pasaba un par de copas y un cigarrillo. Lo vi temblar mientras preparaba un café. Durante la mañana, estuvo distraído; lo sorprendí varias veces con la mirada perdida, olvidado de la pantalla de su computador. El contador le dijo algo a la secretaria del gerente, y esta levantó una ceja y miró a Peñaloza con un gesto de reprobación. Me propuse hablarle. Pensé que podría hacerlo durante el almuerzo, si es que Peñaloza estaba de ánimo para acompañarme a algún restorán.
Al mediodía, me acerqué a su escritorio. Parecía leer, cabizbajo; pero había algo distraído en su actitud.
–Peñaloza –le dije, y él se paró súbitamente. Me di cuenta de que escondió algo tras de sí. Temí que fuera una petaca de whisky.
Intentó sonreír, y no pude evitar darme cuenta de que sus labios temblaban; pero su aliento ya no olía alcohol.
–Necesito hablarte –me dijo, con un hilo de voz.
Entonces me mostró lo que ocultaba: era un ejemplar del New York Times.