miércoles, 28 de diciembre de 2016

FURIOSA

Estaba furiosa, pero no lograba recordar qué me había puesto así. Una tarde en la parcela de mi hermano para olvidar los líos de faldas de mi exmarido, no podía ponerme de ese modo. Todos estuvieron alegres y se cuidaron de no mencionar a Enrique, de modo que nada malograra mi visita. Sin embargo, desperté de la siesta con un humor insoportable; pedí que llamaran un taxi, y a pesar de sus protestas, volví a Santiago. Era domingo, por lo que no esperaba que el tránsito se hiciera tan lento; a la altura de Eleodoro Yáñez, apenas se podía avanzar. El taxista tocó la bocina con un entusiasmo frenético, golpeando el claxon con violencia; me pareció que se tomaba el taco como una ofensa personal. Yo me limité a mirar el taxímetro, más por costumbre que por precaución; disponía de dinero suficiente y no tenía prisa por llegar a ningún sitio. Mi malhumor venía de otra parte.
Al llegar a José Miguel Claro ya no pudimos avanzar. Una multitud repletaba la vereda sur de Nueva Providencia, y las miradas trepaban a los pisos más altos de una torre de la vereda norte, como si una estrella del pop se hubiera asomado a la ventana. Dos carros de Bomberos extendían sus escalas telescópicas hacia el cielo, de modo que nadie en su sano juicio podría pensar que se trataba de eso. Pero las miradas de la gente mostraban la misma avidez. Carabineros había cerrado la calle, interponiendo tres patrullas con sus balizas encendidas; algunos oficiales en motocicleta maniobraban por los alrededores, sin que quedara muy claro qué hacían. Otros dos habían bajado de sus motos y gesticulaban, haciendo sonar sus pitos, para desviar el tránsito por Providencia; seguramente habían cerrado la calle hacia el oriente, de modo de desocupar un par de pistas; pero, a pesar de sus esfuerzos, el tráfico era un caos y se oían bocinazos de impaciencia. Un par de ambulancias hacían sonar sus sirenas en las calles cercanas, intentando abrirse paso.
La suicida estaba en uno de los pisos más altos; se sostenía a duras penas de una saliente, que ni siquiera era una cornisa, sino apenas el empotrado del vidrio. Me pareció un espectáculo maravilloso y sentí que la admiraba. Pocos tienen el valor de asomarse a una ventana de un piso quince o dieciséis, pasar una pierna por encima y aferrándose con la punta de las uñas al marco de la ventana, afirmar el pie en un espacio tan exiguo, y luego pasar la otra pierna, hasta quedar pegada al cristal como una mosca en la pared. Esperé con ansia que saltara. Mi malhumor parecía haber desaparecido; me sentía regocijada pensando que aquella mujer, en lo alto de la torre, iba a cobrarle tributo a una cáfila de parientes insensibles y al esposo medio idiota que le había destrozado la vida y luego de una discusión, encogiéndose se hombros, se había marchado a comprar cigarrillos y quizá ni siquiera se imaginaba que la muchedumbre que había frente al edificio en que vivía estaba mirando la última escena que le iba a hacer su mujer.
Me solacé pensando en los sentimientos de culpa, psiquiatra e insomnio que lo esperaban. Me imaginé el velorio, la misa fúnebre, el odioso sermón del cura, que no podría evitar el tono condenatorio, a pesar de su expresión de contrita. Pensé en la madre, una madre incompetente, que no se iba a explicar nunca por qué su hija la había desgraciado así. Una bofetada que no dejaría otra mejilla que sus piadosos deudos pudieran ofrecer.
Pero la mujer no saltaba. La gente enfocaba las cámaras de sus teléfonos, para subir las imágenes a internet; minutos más tarde, había periodistas entrevistando a los curiosos y varias cámaras de televisión. Nos movimos unos diez centímetros, con una lentitud que parecía exasperar a los carabineros; hacían sonar sus silbatos con furia y miraban hacia los autos como si quisieran matar a alguien; daba la impresión de que los conductores habían decidido permanecer en su sitio para no perderse el salto, y que los carabineros se habían dado cuenta. Las ambulancias seguían aullando a la distancia. Los bomberos trepaban por las escalas telescópicas, todavía demasiado lejos como para hacer algo.
De pronto el espectáculo me pareció repugnante. ¿Por qué aquella mujer no se lanzaba de una buena vez? ¿Qué pretendía? ¿Esperar que los bomberos se acercaran lo suficiente como para que pudieran hablarle y le rogaran que lo pensara mejor? ¿Quería que la bajaran en brazos como si fuera una heroína, una princesa de cuento? ¿Qué iba decirle a la TV?  ¿Que un nigromante la había embrujado, que había sido víctima de un hechizo? ¿O que no sabía lo que hacía? ¿O solo se trataba de ventilar sus problemas ante toda la ciudad? ¡Qué estupidez! Sea cual fuera la razón, me parecía de mal gusto. Mi mal humor había vuelto. Si hubiera podido disponer de un megáfono, no habría dudado en insultarla.
Un helicóptero comenzó a volar en círculos sobre la torre. Pensé que si era un equipo de rescate, el marido iba a tener que pagar el costo. Sonreí; el asunto aún tenía algo de maléfico, aún podía valer la pena. Una vez que los bomberos la rescataran, después de unos días de hospital y terapia, iba a tener a su mujercita de vuelta en casa, mimosa y manipuladora, y después de una semana, ya repuesto del susto, le parecería insoportable. Una vez más su insoportable mujercita, solo que esta vez con una deuda de varios millones y las habladurías de los vecinos y las preguntas incómodas en el trabajo. Si el tipo tenía algo de sensato, si alcanzaba a darse cuenta de que era su mujercita la causa del espectáculo, debería tomar un taxi, pedirle al chofer que lo llevara al aeropuerto y abordar el primer avión que saliera a cualquier parte. 
Pero a quién se le iba a ocurrir enviar un helicóptero en un caso como este; bastaría con que los tipos de la ambulancia se decidieran a caminar; de cualquier modo llegarían antes que si se quedaban esperando que los carabineros les abrieran camino en medio del taco. No necesitaban llevar nada; bastaba con un sedante. Después de todo, si la mujer se decidía a saltar, su presencia sería algo irrelevante.
Volví a mirar el taxímetro: no recuerdo cuánto marcaba y tampoco importaba demasiado. Creo que lo hice para mostrarme fastidiada, para que el taxista no me hablara; detesto hablar de lo obvio y ya me había dado cuenta de que aquel hombre había buscado mi mirada en el retrovisor. No me gusta repetir lo que dicen todos; si pudiera ser sincera, creo que le habría dicho al taxista cuánto odiaba a esa mujer. Me parecía un ser pusilánime que a último momento había sentido miedo o se había arrepentido o, peor aún, que lo único que quería era que la rescataran. Como si a alguien le importara su vida, como si todo ese gentío esperara otra cosa que verla saltar. Para qué engañarse: si la mujer se dejaba rescatar por los bomberos, los curiosos iban a volver a casa frustrados; no se lo iban a decir a nadie, pero esa era la verdad. Hay cosas que uno no se confiesa ni a sí mismo. No era igual grabar un rescate que un buen salto, subirlo a Internet y esperar los comentarios de los amigos, los que no han tenido la suerte de estar en la vereda, en la primera fila, para ver el espectáculo. Basta con evitar el mal gusto de grabar el cuerpo destrozado; una cuestión de estética, supongo, cosa en la que no todos están de acuerdo. Yo, por mi parte, no veo qué pueda tener de interesante un amasijo sanguinolento. Me resultaría insoportable que el chofer detuviera el coche y se bajara a ver.
Pero la mujer no se despegaba del cristal de la ventana. Probablemente era la del departamento vecino, porque la ventana abierta estaba a su derecha. ¿Cómo habría conseguido llegar hasta allá? La maniobra había requerido dar un paso hacia el costado, unos cincuenta centímetros, sorteando el vacío. No recordaba haberla visto dar ese paso, me parecía que siempre había estado pegada a esa ventana, pero era obvio que no había salido por ella; no me parecía lógico que después de salir se hubiera tomado la molestia de cerrarla. Pero tampoco era lógico que cambiara de sitio antes de saltar. Nadie se pone a hacer equilibrismo quince pisos sobre la acera, cuando lo que pretende es arrojarse limpiamente, sin que parezca que perdió pie en forma impensada. Su acto perdería sentido.
Llegar a esa conclusión terminó por enfurecerme. La mujer que había admirado hacía solo unos minutos, ahora me parecía deplorable. La escena, patética. El resultado, fuera cual fuera, una torpeza.
Ya ni siquiera esperaba que se arrojara. ¿Para qué? Aquello no era más que sensiblería grotesca. El desenlace era una cuestión de azar: si la mosca conseguía seguir pegada a la pared, si no trastabillaba, la escena se resolvería en lágrimas, abrazos y unos días en el hospital, todos dando gracias a Dios, como si valiera la pena vivir de la lástima, tratando de olvidar el miserable espectáculo que dio, jurando que nunca más, escuchando: «Todos te queremos, no tenías por qué hacerlo», como si en verdad hubiera hecho algo, como si no hubiese sido un simulacro, una farsa, una nota en falsete, una disonancia, y luego meses de pastillas y terapia: hablar, hablar, hablar, bajo la mirada compasiva de un tipo de barba, que al final lo único que busca es que le paguen, porque a fin de cuentas lo que la gente le interesa es ganarse la vida y no cargar el fardo de la culpa de los demás. 
Los pitazos de los carabineros, el ulular de las ambulancias, un horizonte de bocinas lejanas, el calor, comenzaban a exasperarme. Aun el infortunio se mostraba esquivo; la mujer estaba paralizada; era como si el tiempo se hubiera detenido quince pisos sobre pavimento, impidiéndole incluso el paso en falso. ¿Por qué no se arroja de una buena vez? Casi media hora de vacilación habían transformado todo aquello en un espectáculo patético, horrible a fin de cuentas, sin importar el final. ¿A quién le interesa recordar un amasijo sanguinolento, una masa deforme con los huesos rotos y los sesos salpicados en el pavimento? En tal caso, el horror reemplazaría a la culpa. Su madre, tendría pesadillas, pero no culpa. Su marido se vería obligado a dar explicaciones. Sus amigas hablarían en sordina. Pero nadie reconocería que todo estuvo mal. Que siempre todo está mal. Para el marido, sería la última canallada de su mujer; para las amigas, su último disparate, y para la madre, su último berrinche. Me repugna la autocompasión, y era lo único que iba resultar de todo aquello.
¡Cómo odiaba a esa mujer! ¡Cómo la despreciaba!
Deseaba intensamente que se arrojara… o que resbalara, me daba lo mismo. Quería que todo se acabara de una buena vez, y largarme.
No lograba entender cómo pude admirarla. En ese momento me parecía una tonta, incapaz de comprender que su acto ya no podía tener importancia, que no significaba nada. En su lugar, cualquiera podría resbalar; había que ser afortunado para resistir tanto tiempo con los pies apoyados en un espacio tan diminuto y tan alto; el milagro era que no hubiese caído antes. Los curiosos podían estar seguros de que se había arrepentido, y si caía, dirían que no había podido sostenerse.
Ni siquiera iba a ser una muerte hermosa, como la de Cleopatra. Había preferido un rostro desfigurado, un amasijo sanguinolento, aplastado contra la acera, que alguien se preocuparía de cubrir de inmediato. Nadie quiere recordar algo así.
El velorio sería expeditivo, a cajón cerrado, para aislar por siempre el horror, para olvidar el llanterío histérico de la madre en la morgue.
Todo aquello me parecía una estridencia insoportable ¡Cómo odiaba a esa mujer!

El pitazo de un carabinero me sacó de mis cavilaciones. El policía le hizo un gesto perentorio al taxista, que se vio obligado a avanzar. Por el espejo retrovisor pude ver una ambulancia que se acercaba con sus balizas encendidas, y un movimiento inquieto de la multitud.