domingo, 6 de noviembre de 2016

FUMANDO EN EL BAÑO DE HOMBRES

Hubo un tiempo en que acostarme con una mujer era una obsesión, un pensamiento con el que despertaba cada mañana y que me acompañaba hasta el anochecer. Fue la época en que me volví gregario: había que saber qué hacer y eso sólo podía aprenderse en los corrillos, entre el grupito de maleantes que se fumaban un cigarrillo, escondidos en los baños del colegio.
Narváez decía que si a uno le gustaba una mina, había que agarrarle la teta izquierda, como oyen, la teta izquierda; ¿por qué la izquierda? Porque es la del corazón. Qué bestia. El tipo no tenía idea lo que decía; primero afirmaba que había que agarrarle la teta izquierda, no que hubiera que acariciarla ni besarla, ni siquiera sobarla, sino agarrarla, como con una zarpa, y luego explicaba la efectividad del método por el simple expediente de que era la del corazón. El pobre entendía menos que yo, creo, y no me hubiese extrañado que muriera célibe.
Por las noches, sin embargo, trataba de pensar cómo se conseguiría agarrarle la teta izquierda a una mina, si habría que esperarla en una esquina y abalanzársele como lo haría un delincuente de poca monta que le arrebatara unas monedas, o si, en forma ladina, habría que acercarse con cualquier pretexto y decir no te muevas, tienes un bichito en la blusa, extender la mano y hacerse del trofeo (no del bichito, por supuesto, que realmente no existía).
Imaginar estas escenas me enardecía, y a menudo me masturbaba, cuidando de que mis poluciones no mancharan las sábanas, para lo cual tenía en el velador un buen rollo de papel higiénico, con el que cubría mi cachiporra enhiesta. La ducha matinal se llevaba los pedacitos de papel que a menudo quedaban adheridos a mi glande, y también se llevaba mis fantasías desaforadas, porque a la luz del día nadie, aunque sea un pendejo, puede creer semejante estupidez.
Y sin embargo, en colegio, en el baño de hombres, se seguían repitiendo consejos como aquel. Después te lo agradecen, decían los sabedores y yo creía que era verdad. Lo más convincente eran las carcajadas, rotundas, como correspondía a los más hombres, porque así nos sentíamos, los más hombres de todo el piño de mocosos que pululaba por los corredores del colegio, hasta que algún boludo se atoraba con el humo y había que darle palmadas en la espalda. A ver compadre, levante los brazos; apúrense huevones, no vaya a venir el inspector; límpiate las lágrimas, van a pensar que estuviste llorando, y si alguien pensaba que el desgraciado había estado llorando era una afrenta para todos.
El que la llevaba era Valdés. Él fue el que les enseñó a fumar a todos y el único que había hecho el amor. Contaba que lo había desvirgado la empleada de su casa, una muchacha fea, pero con buen culo y tetas aceptables: total de noche no se ve la cara, o se le pone la almohada encima; ja, ja, ja, celebrábamos la ocurrencia con nuevas risotadas.
Pásame el pucho, no te lo fumes todo, no seas maricón, dijo Flores; y Jarita: cállate huevón, te va a oír el inspector; y el cigarrillo cambió de mano y todos miramos a Valdés, para que nos diera detalles, para que se nos parara a todos, para inspirarnos una paja, pero sobre todo, para aprender del maestro, para saber qué se debía hacer. Y entonces él contó que lo difícil había sido la primera vez, porque la mina no quería, decía que yo era muy chico, que era el hijo de la patrona si llega a darse cuenta me pone de patitas en la calle; cómo se le ocurre hacerme esto. Pero a él se le ocurría y cuando ella estaba cocinando, se le acercaba por detrás y le daba un mordisquito en el lóbulo de la oreja, mientras la punteaba con su verga enorme –realmente era enorme, ya se la había mostrado a todos y era descomunal– de modo que ella la sentía clarito entre las nalgas y se estaba bien quietita, según él de caliente, pero ahora que lo pienso, creo que más era por temor a que los pillaran y la culparan a ella, o para no derramar la sopa del cucharón que mantenía en vilo.
Una tarde se quedaron solos; los padres tuvieron que salir y dejaron a la doméstica cuidando a su niñito, quien la correteó por toda la casa, pero al ver que ella seguía resistiéndose a sus encantos de novillo alzado, prefirió cambiar de táctica y proponerle que para no aburrirse vieran una película en la televisión. Ella dijo que no, porque no él no se estaba quieto y no le gustaba que la manosearan como a una cualquiera, y entonces Valdés, el muy taimado, le dijo que cómo se le ocurría, que él no pensaba eso de ella, que lo disculpara, que estaba enamorado y no sabía cómo hacer las cosas, que era un cabro chico, así se lo dijo, con esas mismas palabras, que después nos repitió a todos en el baño de hombres, mientras compartíamos un cigarrillo: que era un cabro chico, aunque fuera alto y fortachón. ¿Cuántos años crees que tengo?, preguntó él, y ella dijo que dieciocho o diecinueve; él le respondió: ni siquiera te acercaste; quince, recién cumplidos, dos meses antes de que llegaras a trabajar aquí. Ella se rio y le confesó que tenía veintiún años, o sea que era mayor de edad, y que no podía pololear con un menor. Pero Valdés era astuto y le respondió que nada le impedía ver televisión… ni tomarse una cerveza. Los viejos van a llegar tarde, le dijo, y luego aclaró que él ya le permitían ponerse algo entre pera y bigote, mientras no fuera demasiado, que lo que le prohibían era el cigarrillo, pero él igual fumaba, en el colegio.
Estábamos admirados, no sabíamos que a Valdés lo dejaran tomar. Qué buena onda, dijo uno de nosotros, no recuerdo quién, ojalá mis viejos fueran así, y Valdés le respondió: no, huevón, si a mí tampoco me dejan, se lo dije no más, para que no pensara que era tan pendejo y armara otro lío, diciendo que mis viejos le habían dicho que me cuidara, como si fuera un niño de pecho; no huevones, eso no lo iba a permitir.
La película era mala, por suerte, de modo que no nos interesó, y al poco rato estábamos hablando como si fuéremos amigos; yo, bueno para el chiste, ustedes me conocen, le conté varios, para que entrara en confianza, hasta que ella me aceptó un vaso de cerveza, que más que vaso era una jarra, de esas para shop, con asa y figuritas talladas en el cristal. Parece que la anduvo mareando, porque cuando quiso ir al baño perdió el equilibrio y tuve que sujetarla; la abracé y ella se quedó quietita, apoyada en mi hombro, y de nuevo se me paró como un caballo, pero esta vez no arrancó, se quedó un rato más y se separó de a poquito; voy al baño, dijo, y yo la retuve por la cintura, pero un ratito no más; no quería que se pusiera nerviosa y todo terminara allí. Ella se rio o me pareció que se rio, y me dijo que la esperara, que tenía que ir al baño. Y yo la esperé señores, pero no sentado, porque me di cuenta de que era mi oportunidad: busqué un disco de Camilo Sesto, uno bien romántico, y lo puse en el tocadiscos, esperando que volviera.
¿Y? Y volvió, pos, huevón.
Entonces sonó la campana para volver a clases, y aunque nos demoramos un poco, dándole las últimas piteadas al miserable pucho, tuvimos que esperar al otro recreo para que Valdés terminara de narrar.
Valdés dijo que la artimaña se le ocurrió cuando la abrazó para que no callera, pero que sin el disco no conseguiría nada. Ella volvió, riéndose, como si le hubiesen contado un chiste, pero no había nadie más en casa, por lo que Valdés le preguntó de qué se reía y ella se lo quedó mirando, con una cara distinta, como no lo había mirado antes, y le respondió que se reía de él. Tal cual, muchachos, que se reía de mí, que era un mocoso malcriado, un hijito del papi que quería culearse a su nana. Era la pura verdad no más, compadres, pero yo no le iba a decir eso, de manera que me reí y le dije que no sabía por qué pensaba eso, que me había portado bien. Ella señaló hacia el tocadiscos y me dijo, con voz de borracha pero no tanto, no sé si se entiende –claro que se entiende, sigue no más, qué te dijo –, que se me notaba la cara de lacho y que estaba segura de que ahora iba a querer bailar, que los hombres eran así, primero un par de copas, después un bailecito y ya está. ¿Y tú qué le dijiste, hermano? ¿Qué creen que le dije? ¡Que no sabía bailar! Ja, ja, ja. ¿Y ella te creyó? Cayó redondita, compadre; me dijo que si quería me enseñaba y yo le dije que me daba vergüenza.
¡Nooo!”, coreamos entre todos, estirando la o. Sí señores, eso le dije, pero no estaba planeado, se los juro, se me ocurrió en el momento, como si Diosito me dictara las palabras, y ella me dijo que no tuviera vergüenza, que me iba a enseñar, que me dejara llevar no más, que ya vería lo fácil que era. Tuve que concentrarme para que no se notara que sabía. Simulé que aprendía, mientras sentía sus pechos en mi pecho, y contra mi miembro, el calorcito de su pubis. No saben los esfuerzos que tuve que hacer para no irme cortado. Pero ella parecía como que no se daba cuenta, concentrada en su papel de maestrita de danza. Y el disco se estaba terminando sin que pasara nada más.
¿Y no le agarraste la teta izquierda?, dijo el imbécil de siempre; Valdés lo calló con la mirada y nadie se atrevió a reír.
Me recriminaba en silencio no haber puesto un LP; apenas un cuarenta y cinco, el aturdido. Y cruzaba los dedos para que el disco no acabara antes que a ella se le ocurriera enseñarme algo más.
Se está terminando, dijo, cuando la voz de Camilo Sesto se fue apagando y el ruido de la aguja se impuso a lo demás. Les juro que yo habría seguido bailando, al compás de una música imaginaria, si ella no me hubiera dicho que pusiera otro. Corrí a revisar la pila de discos que se amontonaba en el mueble del tornamesa; elegí un larga duración, un LP, un treinta y tres un tercio, ustedes me entienden, el más romanticón que pude, el más caliente, uno que no tuviera un solo tema rápido; no se le fuera a ocurrir enseñarme a bailar salsa o chachachá.
Bailas bien, me dijo, una vez que volvimos a estar enlazados. No sé qué le respondí; a lo mejor no dije nada, por eso de a confesión de parte relevo de pruebas, o a lo mejor dije algo sin importancia. Ella se rio. Ya no tienes vergüenza, me dijo, no sé si preguntando o afirmando, porque me parece que entonces me dio un puntazo, suavecito, con su pubis, que estaba tibio, se los juro, compadres, por mi honor. Pero no me atreví a echarle para adelante; en cambio, me puse a jugar con sus cabellos, despacito, como que no me daba cuenta, y cada tanto, rozaba el lóbulo de su oreja, la izquierda, porque la derecha estaba junto a mi boca, que soplaba despacito para hacerle cosquillitas… ¡Qué le iba a agarrar la teta izquierda!; ¿para qué?, ¿para que saliera arrancando? Nada de eso. Tenía que hacerlo todo despacito, sin atarantarme. Dejé que una de mis manos se entretuviera en su espalda, subiendo y bajando, lento, suavecito, mientras la otra descendía como si se hubiera cansado, vencida por la fuerza de gravedad, pero no como un peso muerto, sino bajando de a poquito hasta instalarse en su cintura, y entonces le dejé caer un piquito en la orejita, como al descuido…
En mi pecho había una batucada, compadres, una de las grandes, los tambores retumbaban tan fuertes que temí que ella los fuera a oír.
¿Y los oyó?
No, pero se dio cuenta del piquito, porque no era tarada y hasta una tarada se da cuenta si le dan un besito en la oreja. ¿Y qué te dijo?, le preguntamos nosotros. Lo que dicen todas las mujeres, respondió él: me preguntó qué me pasaba. Nada, dije yo. Ella se rio y me miró divertida; ¿cómo que nada? Nada, dije de nuevo. No te creo, me respondió. Me limité a suspirar, mirando mis zapatos. Ya no bailábamos, estábamos parados uno frente el otro, muy cerquita. No sé besar, dije por fin; lo hice mal, ¿verdad? Yo te enseño, respondió ella, muerta de la risa, y luego sentí su lengua dentro de mi boca. Tenía olor a trago, pero a mí no importaba; la cerveza la habíamos bebido entre los dos.
Resulté mejor alumno que en el colegio, dijo Valdés, ufanándose, exigiendo el cigarrillo, fumando dos, tres piteadas, con todo derecho: podía fumarse el resto de la apestosa colilla si quería; al fin y al cabo era el maestro, el héroe de la jornada, el único desvirgado, y más encima a domicilio, servicio completo para el gañán.
¿Y qué dijo cuando se le pasó la borrachera?

Tan ebria no estaba compadre; medio litro de cerveza apenas refresca, ¿o no? Para mí que se inventó el mareo, de puro mojigata no más. Lo bueno es que ahora hace lo que yo quiera, aunque esté cansada o con fiebre, aunque ande con la regla… Y si hay gente en casa, alguien que nos pueda ver, le mando que vaya a buscar leña a la bodega, me voy tras ella y la obligo a que se ponga de rodillas y me lo chupe rapidito, y que se lo trague todo, que no caiga una gotita, que no quede rastro, por su bien, le digo, porque sabe que si mis padres se llegaran enterar la denunciarían a la policía por violar a un menor.