viernes, 18 de noviembre de 2016

ELLA OLÍA A JABÓN


Era una campesina hermosa, de pelo negro, sin resplandores, de un color grafito que sólo había visto una vez en mi vida, en una prostituta que se lo teñía; pero en ella era natural. Su piel, en cambio, era pálida, como la de los fusilados.
La vi varias veces rondar el campamento, hablar con los soldados, ofrecerles cigarrillos. Una vez vi que un conscripto, por nada, le dio un culatazo con su fúsil; le pedí a mi ordenanza que la curaran y que al imbécil que la había golpeado lo castigaran con arresto. La población civil no nos debe ver como animales, recuerdo que grité; pero a mí me importaba un cuerno la población civil; sólo quería que trajeran a la hembra a mi presencia. 
Le pedí disculpas, le expliqué que el conscripto sería castigado y le pregunté qué hacía en el campamento una mujer como ella, no sé si dije hermosa o distinguida o algo por el estilo. Me dijo que buscaba a su esposo, que los soldados lo habían sacado de su casa de madrugada, que se lo llevaron como estaba, en calzoncillos, y que no sabía si todavía estaba vivo o ya lo habían fusilado. Le pregunté por el nombre; ella me lo dijo, pero procuré no memorizarlo. Le pedí que volviera en unos días, que no era seguro, pero que quizá podría decirle algo; ella sonrió y a mí me extrañó que se alegrara frente a una promesa tan vaga. Antes de salir, le di unos billetes; ella me miró desconcertada. Para que compre antiinflamatorios, le dije, y ella los cogió con un gesto rápido, bajando la cabeza, y se fue sin despedirse.
Tres días después, apareció por la guardia. Yo estaba con jaqueca, de modo que me encontraba en mi tienda de campaña, a oscuras, con la esperanza de que el comandante dispusiera de una buena vez de los prisioneros y pudiésemos volver al regimiento. No entendía para qué nos habían hecho acampar a sesenta kilómetros, en un pueblucho que no le importaba a nadie; habría sido más fácil capturar a los revoltosos, subirlos a los camiones y disponer de ellos en el regimiento.
Mi ordenanza se acordaba de ella, de modo que un soldado se apersonó frente a mí y me preguntó si deseaba recibirla. Yo lo miré con un solo ojo; la claridad que se filtraba me hería la mirada y martillaba mi cerebro. El soldado, a su vez, me miraba como un pájaro asustado; tenía más miedo que cualquiera de los infelices que custodiaba.
Ella olía a jabón barato; imaginé que se acababa de bañar, quizá en el arroyo que rodeaba el pueblo. Me miró, arrugó el entrecejo y me preguntó ¿le pasa algo?; yo respondí que nada, respuesta que ella pasó por alto, porque de inmediato procedió a recomendarme algunas yerbas, secretos de naturaleza. Creo que me aconsejó ponerme rodajas de papa en la frente: hasta que se entibien, luego se cambian por otras… Aunque quizá no habló de papas, quizá eso me lo recomendó el cocinero, no recuerdo bien. Sí, creo que fue el cocinero, porque le respondí que mejor hiciera papas fritas, y no sé si lo tomó como una broma o como una orden, el caso es que esa noche comimos papas fritas con dos huevos y un trozo de bife, un lujo para los reclutas, aunque lo más seguro es que a ellos les sirvió los porotos que tenía remojando en un perol. De remedios caseros ella sí me habló, pero de otros; prometió hacerme llegar algunas yerbas, siempre tenía algunas en su cocina, a menudo su marido sufría de jaqueca y ella le preparaba una tizana. No habló de nada más; mi situación esa tarde era lamentable, ¿de qué otra cosa hubiera podido hablar?
Volvió al día siguiente; traía un atado de yerbas, tal como había prometido. Sonreí; ella sonrió a su vez. Me dijo que quería hablarme, que su propósito el día anterior había sido ése, pero como me encontraba enfermo, había preferido no importunarme con otra preocupación; tal cual, con esas palabras u otras similares pero de igual cuño: no hablaba como campesina.
Escucha las peroratas de su marido, pensé, y de inmediato me puse en guardia; si su marido hablaba así, seguramente no era un campesino, un triste dirigente de cooperativa, sino un jerarca, un líder local que se nos había pasado por alto. Pero no. Al poco rato me di cuenta, por sus formas, en exceso respetuosas, que se trataba de una mujer sencilla y que su lenguaje no era sino la precaria huella que suelen dejar algunos profesores de escuela primaria; nada más. Me habló de sus hijos, dos varoncitos, de sus perros, de su abuela que se había quedado ciega, de sus almácigos y sus gallinas, como si todo aquello fuera suficiente para distraer de su deber a un oficial del Ejército de Chile; algo así creo que le dije, no con esas palabras, por supuesto, no era necesario, pero sí con la suficiente claridad como para que fuera al grano, aunque yo sabía bien por dónde iba la cosa, nunca fui un inocente, menos si la muchacha iba bien maquillada, sonreía y se había puesto un perfume que había olvidado el día anterior. Pero quizá ese día lo usaba porque no se había bañado: hacía frío y las aguas del estero herían como cuchilladas. Entonces me preguntó por su esposo; le dije que aún no se sabía nada, y ella me preguntó qué podía hacer, si había alguna forma ayudarlo.
Hicimos el amor sobre la mesa que me servía de escritorio, a sacudones, con violencia, quejándonos como barracos; cuando acabamos, ella se vistió y salió a toda prisa; la mesa ya no servía para nada.
Esa noche dormí plácidamente.
Durante una semana la recibí todas las noches, y cada vez que hicimos el amor, ella acababa entre alaridos, y creo que se culpaba por eso, porque siempre se vestía de prisa, sin mirarme, y luego desaparecía como si no quisiera saber nada de mí, como si en verdad me odiara, como si estuviera obligada a odiarme. Más de alguna vez quiso mostrarse fría y se dejaba hacer sin moverse, como una tabla, casi como si se lo hiciera a una muerta; pero entonces yo me demoraba, me cimbraba lento, penetrándola despacito, y poco a poco incrementaba el ritmo, como en crescendo, pero sin llegar a fondo, hasta que ella se encendía y se crispaba y entonces yo entraba en ella como derribando un muro, como el agua que arrasa con una represa, cada vez más profundo, adentro, muy adentro, y ella flexionaba las piernas, y abriéndose, me ofrecía su pelvis, hasta que ambos, sudando, fustigando los pubis, gritábamos al unísono, sofocados. Luego ella recogía sus pilchas, muy de prisa, más que en otras ocasiones, se vestía atolondradamente y desparecía en la oscuridad. Yo sabía que afuera la esperaba un soldado, y que en realidad no huía ni se perdía entre las brumas de la noche, sino que apresuraba el paso, el soldado mostrándole el camino con la luz de su linterna, hasta que fuera del campamento, por fin en medio de la noche, podía llorar de rabia, furiosa por haber claudicado nuevamente.
Una noche se quedó un rato más. Yo fumaba un cigarrillo perezoso y ella, acostada a mi lado y apoyada en mi brazo, parecía contar las polillas que se habían colado en la tienda de campaña; de pronto me preguntó cuándo iban a liberar su esposo. Quiso huir ayer, respondí.
Ella no dijo nada; no lloró, no me golpeó, como yo esperaba, no se desató un ataque de histeria que me permitiera llamar al guardia; tan sólo recogió sus pilchas y se vistió muy lento, como meditando si debía cubrirse o no. No la miré; me limité a seguir fumando, jugando con las volutas del humo, intentando anillos imposibles… Las polillas daban vueltas junto a la lámpara que habíamos encendido.

Estuvimos dos meses más en ese pueblo infestado de mosquitos y fantasmas. Una semana antes de retirarnos, ella volvió a mi tienda.