viernes, 11 de noviembre de 2016

EL ÚLTIMO TREN A CASA

Debió ser, era, un viaje como cualquier otro: taca-taca, taca-taca, taca-taca, el tren sobre las vías y el piño de mocosos en un vagón de segunda, cambiándose de un asiento a otro, contando chistes obscenos, anécdotas que nadie creía, o casi nadie, porque debo confesar que yo sí les creía, y algunos otros de mi edad también. Creían que Quiroz se había acostado con una tía, la hermana menor de su mamá, que tenía unas tetas enormes, como globos de cumpleaños, y era rubia y buena en la cama, cosa que yo no estaba en condiciones de discutir, porque no conocía a su tía, pero sobre todo porque no tenía la menor idea de cómo era una mujer en la cama, misterios para un pendejo como yo, interno en un colegio de curas, apenas asomándome a la pubertad. Pero como en el vagón nos mezclábamos todos, no había censura, no estaba el Hermano Erasmo con el entrecejo fruncido, y los mayores hablaban de sus conquistas ante nosotros, que los mirábamos con franca admiración. Algunos fumaban y a menudo nos convidaban una piteada a los más chichos. Nosotros nos atorábamos y ellos se desternillaban de la risa; tosíamos y los ojos se nos llenaban de lágrimas; pero como éramos pendejos igual aceptábamos, una y otra vez, cada fin de semana, taca-taca, taca-taca, sin querer darnos cuenta de que en realidad lo hacían para burlarse y para sentirse más hombres, ellos, que nos llevaban apenas un par de años, a lo sumo tres, pero que a esa edad se notan. Y nosotros queríamos ser como ellos, y cada fin de semana anhelábamos que nos ofrecieran una piteada, y parece que sabían, que se daban cuenta, porque se hacían de rogar; pero después de un rato, o de algunos kilómetros, que al cabo era lo mismo, la escena se repetía, la piteada mínima, el acceso de tos, los ojos inundados de lágrimas y un horrible mareo que había que disimular, para no agravar la humillación. Y como el viaje era un viaje como cualquier otro, la escena se repitió una vez más, taca-taca, taca-taca.
El equipo de básquet del colegio había ganado el campeonato, de modo que el ambiente era festivo, todos íbamos alegres. El cura que nos enseñaba historia no había hecho clase; cada vez que ganaba el equipo se olvidaba de la clase y se dedicaba a conversar con nosotros: que tal alero, que el pivote, en fin, los pormenores del partido. Cada uno sentaba ante su pupitre, menos el del primer asiento, que debía cambiarse más atrás para que el cura se sentara encima de su escritorio, los pies sobre la banca, de espalda al pizarrón, viéndonos a todos detrás de sus lentes de carey. Nos poníamos alegres porque él nos decía «no importa que no avancemos hoy, total, la historia no cambia; la próxima clase les dicto más rápido; nos ponemos al día; pero tienen que escribir desde el principio de la clase». Después del rezo, de pie junto al pupitre, apenas nos sentábamos, teníamos que escribir sin pausas, anotando lo que el cura nos decía, escribiendo de prisa, aunque la mano se acalambrara; había que escribir porque el Hermano José Luis no hacía clase cuando ganaba nuestro equipo, y ese día había ganado el campeonato, ¡qué iba a hacer clase! 
La noche anterior, apenas terminó el partido, los muchachos de secundaria lo pasearon en andas: él estaba a cargo, la congregación lo había designado, era el principal dirigente (o al menos eso creíamos nosotros) del equipo que había surgido de nuestros patios, pero que entonces ya era profesional y disputaba la División Mayor. ¡Qué iba a hacer clases! Se había sentado, como siempre, sobre el primer pupitre, nos había mirado y nos había dicho «no importa que no pasemos materia, la historia no cambia, la próxima clase les dicto más rápido»; es decir, lo de siempre, solo que esta vez estaba más justificado que nunca, porque el equipo había ganado el campeonato y los de secundaria (los internos, los que iban a todos los partidos, porque el coliseo deportivo estaba en pleno colegio, junto a la capilla, y tenía puertas de entrada para el público, que daban a la calle, pero también unas portezuelas de metal que daban al colegio) habían paseado en andas al hermano José Luis, lo que no había sido del gusto del inspector general, el Hermano Erasmo, que los había reprendido en forma severa, diciendo que aquello era una falta de respeto, que cómo se les ocurría. Pero el Hermano José Luis, al día siguiente, muerto de la risa, sentado frente a todos, en la clase de historia –que, como dije, se había transformado en conversación–, opinó que no era para tanto, que había sido una muestra de cariño, una expresión de alegría, no me acuerdo si con esas palabras, pero algo así fue lo que dijo, y claro, nosotros asentimos, hasta los externos, que no habían estado allí.
Terminada la clase, la última del viernes, los internos salimos, como siempre, en desbandada, nuestros bolsos volando, intentando coger un bus o el tren para volver a casa, al campo, junto a nuestros padres, un fin de semana que para nosotros compendiaba el sentido de vivir.
Nuestro grupo viajaba en tren, un tren lleno de campesinos y gallinas y sacos de harina y todo aquello que compraba la gente de campo cuando iba a la ciudad; un tren con un par baños inmundos a cada extremo del vagón: el hedor a orina se sentía antes de abrir la puerta, había que estar loco o con la vejiga a punto de reventar para entrar allí, cosa que a menudo le ocurría a los mayores, no a todos, sólo a los más osados, que le compraban cerveza al hombre que pasaba de carro en carro con un cesto abarrotado de bebidas gaseosas y birra de mala calidad: Malta, Papaya, Pilsen, pregonaba con su voz monocorde, y los muchachos se abalanzaban sobre él, adelantando sus billetes, y luego se retiraba de nuestro carro con el canasto vacío. Pasada una media hora, o quizá menos, volvía a aparecer, pregonando otras mercancías: píldoras para la jaqueca o para la gripe, revistas, agujas o peines, cualquier cosa, que no interesaban a ninguno de nosotros, pero que en los demás carros alguien compraba, a menos que aquello no fuera sino una mascarada, una tapadera para vender alcohol, ya que no podía dedicarse con furia a las cervezas (aquello habría convertido el tren en un bar), que los mayores se empinaban con aire de superioridad. Malta, Papaya, Pilsen. Taca-taca, taca-taca, taca-taca. 
El tren iba devorando kilómetros con una lentitud pasmosa, deteniéndose en pequeñas estaciones: apenas un galpón borroso a través de los cristales perlados por la lluvia. Bajaban dos o tres indios, llevando al hombro un saco de harina, y colgando como una prolongación de sus brazos, un par de damajuanas de vino.
El tren reiniciaba su marcha lentamente (todo lo hacía lentamente, hasta cuando iba rápido lo hacía lentamente); pero a nosotros no parecía importarnos, comentado el partido o entretenidos con los cuentos de los más grandes, que se acostaban con sus domésticas, cuando no había suerte, porque si la había, entonces levantaban una muchacha del Colegio Comercial, que quedaba frente al nuestro, ventana con ventana; pero si la suerte era realmente buena, el escarceo era con alguna chica del Liceo de Niñas, nunca del Colegio Santa Cruz, que eran señoritas bien, destinadas al altar y no a la cama, no sin aprobación divina. 
 Ese día, la escena del cigarrillo se hizo esperar, no a causa del sadismo de nuestros compañeros (a su sadismo le bastaba con vernos toser), sino porque los comentarios sobre el último partido llenaron el tiempo y los kilómetros, que de otro modo habrían prohijado el aburrimiento y su inmediato antídoto: reírse de nosotros, víctimas y cómplices, porque aunque sabíamos que se reían, esperábamos –cada viaje, cada fin de semana, taca-taca, taca-taca– poder fumar como Dios manda, no atorarse con el humo, no llorar sin ganas de llorar.
Los mayores ya habían bebido casi todas sus cervezas, y como estaban celebrando, nos ofrecieron un poquito, un traguito apenas.
«No te avives concha de tu madre, un sorbito no más», le dijeron a Arlegui, un pendejo con olor a teta, más chico que yo, y le dieron un palmetazo en la cabeza, no muy fuerte, solo para que no se avivara, la cerveza tenía que alcanzar para todos; pero igual tragó bastante, de modo que estuvo más alegre que de costumbre, y a la hora de fumar, él, que era aún no era púber, se puso en el corrillo, mientras los mayores encendía el pucho.
A partir de este punto, las versiones difieren; unos dicen que lo vieron llorar, que su ánimo cambió de la risa al llanto, porque el tren no se apuraba, que moqueaba como un niño de pecho, que extrañaba a su mamá. Quizá la cerveza le había hecho mal, lo había puesto melancólico y lo había vuelto niño súbitamente, un niño de pecho, más niño de lo que era, porque sin duda seguía siendo un niño, una especie de renacuajo bonito, con una enorme cabecita rubia y un cuerpecito diminuto, ojos celestes y voz de pito; no era más que un aspirante a púber, que de puro inquieto había abandonado a sus amigos –sus compañeros de curso viajaban en los primeros asientos del carro, entretenidos en el intercambio de láminas, de esas que se pegan en un álbum– y se había unido al corrillo de los más grandes, de los que viajábamos en la mitad del carro, es decir, los que vivíamos en el limbo, espinillas, bozo incipiente, gallitos al hablar, y los de secundaria, que viajaban más atrás, cerca del baño, esa pestilencia necesaria para los que se atrevían con una cerveza y luego de un rato no tenían otro remedio que encerrarse a orinar largamente, sobre los durmientes y la gravilla que corría entre las vías, porque el wáter desaguaba en la vía férrea y mientras orinaba uno podía entretenerse en su contemplación.  
Otros dicen que fue la piteada que le dio al pucho, que las lágrimas no eran de añoranza, cómo iba a ser por eso, si después de todo tanta cerveza no tomó, apenas un poco, decían unos; pero los demás afirmaban que el mocoso se había empinado casi media botella; se avivó el concha de su madre, no es bueno hablar así, pero fue lo que pensaron, hay que ser objetivo y no maquillar las cosas, nadie quedó contento con el trago que tomó, pero de ahí a decir que fue media botella hay una enorme diferencia, un abismo, un millón de años luz, una exageración, me imagino que se entiende; debió ser el humo que le irritó los ojos y por eso lloraba, debió sentirse mareado; era un guarisapo bonito, apenas un niño jugando a ser grande, un aspirante a púber, un pendejo con olor a teta –ya se ha dicho todo eso, pero hay que subrayarlo–, de otro modo no se entiende que decidiera salir a tomar aire, mareado como estaba, a la plataforma que había entre los vagones y asomara su cabeza justo cuando el tren entraba en un puente, de esos de acero pintado de amarillo, con enormes remaches y pernos, que se tiñeron de rojo cuando destrozaron su cabeza de pendejo bonito, con olor a teta, jugando a ser grande: taca-tata, taca-taca, taca-taca.