jueves, 21 de julio de 2016

El descubrimiento de la noveleta

   Han pasado meses desde la última entrada a este blog. El trabajo, nuevas obligaciones, cansancio, problemas, un ánimo podrido..., en fin, lo que podría argüir cualquiera... Pero no quiere decir que no haya escrito... Quizá sea esto, aparte de respirar, lo único que no he dejado de hacer. Esto, por supuesto, es una hipérbole; ¿qué otra cosa podría esperarse de un escritor? (¿Otra hipérbole?). En estos meses, descubrí un género poco cultivado en nuestra lengua: la noveleta. No se trata de la novela corta o nouvelle, sino de una forma intermedia entre ésta y el cuento. Las subtramas son escasas, pero la estructura es de novela; requiere de cierta inmediatez en la atención del lector, como el cuento, pero admite alguna pausa. 
   Descubrí el género no por una lectura, sino por un proyecto: hacía tiempo que pensaba en escribir una novela con minicapítulos; es decir, una novela estructurada a partir del microcuento. Este verano, me encontré con un fragmento desprendido de la novela "El graznido de los treiles", que estaba escibiendo entonces, y que ahora estoy corrigiendo. Ese fragmento era la historia de una carta enviada a Chile por un exiliado que vivía en Londres, a quien se le había disgnosticado un cáncer. Un problema con la dirección daba vida a la trama. Comencé a escibirla, pensando en un principio en un cuento, pero de inmediato me di cuenta que la primera línea era un capítulo, pues se agotaba en sí misma, tenía su punto de vista, con un narrador omnisciente, muy lejano, y que para continuar debía aproximar el narrador a la historia; comencé el segundo capítulo. Decidí no ponerme límites formales y narrar de acuerdo con las necesidades de la historia, escribiendo capítulos en los que no sobrara nada, siguiendo, una vez más, la filosofía del "arma de Chéjov", pero intentando, con un par de trazos, delinear los personajes lo mejor posible. El punto de vista, sin embargo, debía moverse libremente, tanto el del narrador, como el espacial y el temporal, lo que le daba cierta complejidad al todo, requería de un lector atento y activo, y le aportaba un ritmo a ratos vertiginoso. La acción predominando sobre la reflexión, el diálogo como parte de la acción, el pretérito perfecto como forma verbal predominante, me permitieron una agilidad aún mayor. El resultado: una estructura de novela, "La carta", que contaba con cien capítulos en 50 páginas (Arial 12, doble espacio). Se podía leer en un par de horas. 
   Pensé (¡la candidez del ego!) que había inventado un género nuevo. Internet me devolvió a la realidad. En inglés, el género es bastante conocido; no así en español. No he leído ningún autor que lo cultive, sin embargo, no tengo por qué descreer de la información que encontré. Entre los datos que se daban, estaba el nombre: noveleta.
Desde entonces, le tomé cariño al género, y perpetré otra obra; sin embargo, no pude lograr lo mismo de nuevo. "La fuga", si bien está escrita con la misma técnica, los microcapítulos, alcanza las setenta páginas, sus subtramas son más complejas y se cuela con más frecuencia el pretérito imperfecto. El siguiente párrafo de "La fuga", permite ejemplificarlo:

"Robles era un policía viejo, mañoso, acostumbrado a arrancar confesiones sin dejar marcas visibles. Era un hombre alto, de piel aceituna, rostro abotagado, bigotes espesos y ojos de buey manso; usaba un abrigo largo y negro, que no abotonaba nunca, ni siquiera cuando llovía. Compraba la talla más grande, pero como su barriga era enorme, jamás lograba abrocharlo. Solía decir, entre risas, que así era cómo usaban el abrigo los comisarios del antiguo oeste, que de ese modo podían desenfundar la pistola más rápido.


Caminaba dando pasos enérgicos, como para dar a entender que aún era capaz de correr tras un sospechoso; pero todas las mañanas, sus subordinados, lo veían subir jadeando las escaleras del cuartel. "Me pilló la hora, Ramírez – le decía a su ayudante, para justificarse –; me tuve que venir corriendo".   

En "La carta", en cambio, las descripciones son breves, la acción impone el pretérito perfecto:


"Tres agentes apresaron a Facundo en la esquina de Solís y México; volvía del trabajo. Lo subieron a un auto sin patente, un Ford negro. Su cuerpo apareció unos pocos días después, atado con alambres de púas, quemado con cigarrillos, lleno de moretones y con varios huesos rotos."

O: 

"Esporas, dijo Moreno. ¿Viniste en taxi? No, en ómnibus, respondió Funes, distraído. ¡La puta que lo parió!, exclamó Moreno, preocupado. Funes se lo quedó mirando: el tipo olía a ratón descompuesto. ¿No te dijo Mariano?, preguntó Moreno. ¿Qué cosa?

Funes estaba nervioso; el asunto no pintaba nada bien. Había metido la pata, eso era seguro, pero no tenía muy claro cómo.
¿Lo del ómnibus, no te lo dijo? Me dijo un montón de cosas, el librito de instrucciones completo, pero no mencionó un ómnibus. ¿No te dijo que vinieras en taxi? No me dijo. ¡La puta…!
Moreno se mordió la uña de su pulgar, pero no la cortó; parecía como si la limpiara con los dientes. ¿Venía mucha o poca gente? Mucha, respondió Funes, por la hora… ¡Mierda!
    Funes preguntó qué podía tener de malo que hubiera venido en ómnibus y no en taxi. Moreno lo miró como si fuera un insecto y se dispusiera a aplastarlo." 


Reconozco que carezco de toda objetividad, y bien podría estar equivocado.  
Me basta con haberlos motivado. Pienso, en una próxima entrada, compartir con ustedes "La carta"