domingo, 24 de enero de 2016

EL GRAZNIDO DE LOS TREILES (FRAGMENTO)



A que no sabe lo que le paso a doña Challo. A la señora Challito, no, ¿qué le pasó a la pobre? Tanto que le dije señora Challo, tenga cuidado, tan confiada que es usted; pero ella no me hizo caso, me dijo mijita cómo se le ocurre que no voy a salir sola, con quién voy a salir si no, no me puedo quedar en la casa esperando que me dejen en la puerta las cosas que necesito. En eso tiene razón la pobre… antes podía ir con su marido, o con el hijo. Don Artemio, que Dios lo tenga en su gloria. ¿Te acuerdas cuándo fue que se murió? ¡El ochenta y cinco! No, no, mijita, para mí que te confundes con don Daniel, el vecino, ¿te acuerdas? El que vivía casa por medio con doña Challo. Falleció del pulmón, en pleno invierno… tanto frío que hizo ese año. No, niña por Dios, cómo se te ocurre, el que murió de cirrosis fue don Bernardino, el que vivía enfrente. Un borracho perdido, de joven fue así; la mujer no le duró nada, debut y despedida, y eso que antes la gente se casaba para toda la vida. Un día le dijo que se iba de viaje, a la casa de sus padres, y no volvió más. Don Bernardino no puso problemas, después de todo, la mujer le gritaba todo el santo día… Si la hubiera oído usted…Pero por esos tiempos usted no se había venido para el pueblo, todavía vivía su chacra. Nunca entendí por qué se vino, déjeme que le diga, si era tan bonita su chacra, se daba de todo, hasta tomates; todavía me acuerdo de los duraznos que me traía. No, si yo no digo que haya hecho mal, su papá pasaba temporadas largas en el hospital, lo mejor fue venirse, así no tenía que salir a buscar quien la trajera cada vez que se ponía mal; lo que no entiendo es por qué no se volvió después, cuando su papito… usted me entiende. No me diga. Yo pensé que le gustaba el campo. Al final una se acostumbra.
¿Qué le estaba contando? Ah, sí; le hablaba de don Bernardino… No, era de doña Challo, pobrecita, no se imagina… Pero mejor le cuento de don Bernardino, para terminar la idea; hay gente que empieza hablando de una cosa y no sabe en qué acaba…  ¿Le conté que don Bernardino era buen mozo? Todas se morían por él. Y le coqueteaban… También entonces había desvergonzadas, hay gente que dice que no, pero o tienen mala memoria o no se quieren acordar. Conozco algunas, eh.  Todas sabíamos que era bueno para el vino, pero era tan apuesto, qué le digo, un señor, y tan amable, no se imagina usted. Yo también fui joven, también tenía la cabeza llena de pajaritos, y pensaba que si él se fijaba en mí, yo lo haría cambiar. Pienso que todas creíamos lo mismo. Su mujer llegó del norte, de Constitución creo, o de Combarbalá, no me acuerdo bien. Se escribía con c, de eso sí me acuerdo. No, de Concepción no era, eso está aquí no más, me acordaría, todavía no estoy tan lesa. El que era de Concepción era don Artemio; se vino como jefe de estación, por ahí por el treinta y cinco…El que se murió del pulmón. No, él no fumaba… al menos yo nunca lo vi fumar. Tiene que haber sido por el hollín, el humo de las locomotoras. Y el frío, el de ese invierno y el de toda la vida; se imagina, obligado a esperar a que pasara el último tren, el de medianoche, y después tenía que levantarse antes del alba, aunque helara, aunque la niebla no dejara ver las locomotoras y apenas se viera el farol que tenían en el frente; tiene que haber estado pasado de frío el pobre; por eso no aguantó otro invierno. Pero no le hablaba de él, le hablaba de don Bernardino, le contaba de su mujer, que todo el tiempo le estaba gritando que era un ebrio sin remedio, que le daba vergüenza estar casada con él, que era un bueno para nada… No es que una se quisiera enterar, no, no, no; lo que pasa es que los gritos se escuchaban en toda la cuadra. Qué mujer más desagradable. Yo creo que fue eso lo que lo echó a perder. ¿Le dije que de soltero le ponía sus tragos, verdad? Porque de tomar tomaba, no se lo niego, de jovencito; no había fiesta en la que no estuviera un poco achispado; pero un poco no más, no tanto como después… El pobre no halló otra manera de aguantar a la mujer. Dicen que tuvo una querida, una mujer que vivía cerca del río, por el lado del regimiento… Lo decían todos. Pero le salió igual; la querida lo corría a escobazos si le sentía olor a vino. Es lo que dicen las malas lenguas, yo no lo vi, pero debe ser verdad; río que suena piedras lleva decía mi abuela, y mi abuela no se equivocaba jamás. Al pobre no le quedó otra que seguir emborrachándose, y después que lo dejó la mujer, fue peor; no hubo día que no tomara. Se levantaba ebrio y se acostaba peor; daba lástima verlo volver a casa, tambaleándose. No creo que la echara de menos… Lo más seguro es que ya no había quién lo parara, qué sé yo.
¿Un matecito?
Pero se me fue por las ramas vecinita, algo me iba a contar…
Primero póngale agüita al mate… No le ponga tanta azúcar que después me da vinagrera; así está bien. ¿Qué le estaba diciendo?  
Le contaba de don Bernardino… Pero era por otra cosa. Ah, sí… Doña Challo. ¡Qué horror! Ya no se puede vivir tranquila. No sabe cuántas veces se lo advertí: no salga sola doña Challo, no ve que es peligroso. Con quién voy salir, me decía ella, y claro, yo no podía acompañarla siempre, también tengo mis obligaciones… A veces íbamos juntas a cobrar la pensión, y después a comprar algunas cosas, no se crea que mucho, a nuestra edad no podemos comprar todo de una vez, el mismo día… A menos que una tome un taxi; pero están tan caros… Preferíamos comprar lo justo, para no cargar tantas bolsas; un poco de pan, tecito, un kilito de arroz, mate, fósforos, sal y mantequilla, lo mínimo… porque aunque una no viva lejos del centro igual termina a lengua afuera. Dejábamos todo para otro día. Creo que para doña Challo también era una excusa; así podía salir de nuevo, una o dos veces por semana; siempre le gustó salir, y no le perdió el gusto. Cualquier día bonito lo aprovecha para salir… o lo aprovechaba. Yo creo que se curó de espanto.
Paciencia, niña, ya le voy a contar; póngale agüita al mate, no ve que no queda nada. Fíjese si hay galletas, en la alacena de la izquierda… no, más allá, ¿quedan? Qué bueno, así no se humedecen.
Le decía que no creo que doña Challo vuelva a salir sola. No si puede evitarlo. Y a ella le gustaba, eh. A mí no. Antes sí, cuando una conocía a todo el mundo y podía ir saludando y parándose un ratito a conversar… Pero ya no queda nadie, o casi. Me refiero a gente de mi edad. La mayoría se ha muerto o están tan enfermos que no pueden salir.
Que cómo sé que doña Challo ya no va a salir más… Déjeme que le cuente, no me interrumpa a cada rato; sólita se va a dar cuenta.
Fue el viernes pasado… ¿o fue el jueves? ¿Cuándo fue treinta? Ah, el jueves; sí, entonces fue el jueves. Yo tenía que ir al hospital esa mañana, por la presión, mijita, usted sabe que yo me cuido, no falto a los controles y me tomo los remedios al pie de la letra… Con la sal me desordeno un poco… para qué le voy a mentir, nunca le encuentro sabor a las comida, me entra la duda y no sé si le he puesto el poquito que me dice la nutricionista, la tapita de un lápiz; pero la comida queda tan insípida que siempre termino poniéndole más. Pero el resto sí, eh, el resto al pie de la letra.
Me pasa una galletita, por favor. Gracias. ¿No cree que habría que cambiar la yerba? Está un poco lavada.
Bueno, ¿en qué iba? Ah, sí… doña Challo. Le sugerí que me esperara, que fuera por la tarde, pero me dijo que tenía que comprar algunas cosas, un colirio para sus ojos, que se le resecan; una alergia dice ella, por los pólenes, que desde chica sufre lo mismo en primavera… pero no le creo. ¡La vejez, qué otra cosa va a ser! Yo me quedé preocupada, como si presintiera algo. Una tendría que hacerle caso a sus tincadas. Tendría que haberle dicho a doña Challo que me acompañara al hospital, que la viera un médico… A lo mejor en el hospital le daban el colirio. Pero no se me ocurrió, y ya ve…
¿Qué cosa?
Lo que le pasó.
¿Y qué fue lo que le pasó?
¿No se lo dije? Me estoy quedando lesa. Cosas de la edad, para qué voy a negarlo. Se me va la onda… Lo que le iba contar es que ese día doña Challo se fue solita, al banco, hizo la cola con los demás pensionados, cobró su platita y después pasó a comprar lo que le hacía falta… ¿Le conté que compraba lo mínimo? Sí, se lo conté, ya me acuerdo. Tendría que haberle dicho que se volviera en taxi. Pero no se me ocurrió. La pobre se vino solita, con sus bolsas a la rastra, y cuando estaba por llegar, a una o dos cuadras de su casa, se le apareció un muchachón con un pañuelo que le cubría la cara y un cuchillo de carnicero en la mano; le dijo: quédate callada vieja de mierda y entrégame la plata. Y ella, pobrecita, qué le iba a hacer; dejó sus bolsitas en el pavimento y le entregó su cartera.