sábado, 28 de noviembre de 2015

FRAGMENTO DE UNA NOVELA AUTOBIOGRÁFICA (DEL CAPÍTULO III)


 
Recuerdo que en una ocasión, cuando era médico rural, en una posta perdida en la cordillera de Nahuelbuta, le enseñé a pescar a una mujer para que pudiera alimentar a su hijo, un niño macilento y cabezón, sin fuerzas para llorar, las costillas esculpidas en la piel, las piernas de hilo, olor a fogón, porque su marido era un ebrio irredento y la leche que le dábamos tenía que repartirla entre sus seis hijos y el niño no subía de peso y si seguía así habría que internarlo, y todos sabíamos que entonces no podría visitarlo, porque de los montes no se podía bajar a casa rato, sobre todo en invierno, con los caminos cortados –donde había caminos–, los ríos fuera de cause y la lluvia que no paraba e iba repartiendo toses, fiebres y extremaunciones; nosotros íbamos en una cuatro por cuatro y nos tomaba dos horas desde el pueblo más cercano, y sabíamos, al menos yo sabía, que ella no podría ver al niño, que alguien, un funcionario, una enfermera, una nutricionista o un juez, sentenciaría que la madre no estaba en condiciones de cuidarlo y lo daría en adopción. Pero también sabía que si no subía de peso, sería yo mismo quien lo haría internar. De modo que le enseñé a pescar, a improvisar anzuelos, a elegir la carnada, a sentir el sedal, y la siguiente vez que examiné al niño no se veía tan escuálido, había subido de peso y nadie pensaba ya que hubiera que internarlo; la mujer me hablaba de truchas, de vados, de correntadas y gusanos. Pero yo no sabía pescar. Pura teoría. Lo había oído de mi padre, que salía con mi tío René a probar suerte en el río Cautín; recuerdo que confeccionaba la plomada con los tubos de dentífrico, que entonces eran de plomo y a nadie le importaba, y que sus aperos eran unos tarros de café vacíos, en los que enrollaban la seda; nada más.
¿Se va entendiendo cómo funcionaba mi sesera?
Cuando el alcalde, el de Carahue, donde trabajaba entonces, se enteró de mis logros, no de la mujer que aprendió a pescar, que eso lo tenía sin cuidado, sino de cómo había disminuido el número de desnutridos en las serranías y en las poblaciones costeras, es decir, entre la indiada, no encontró mejor cosa que publicarlo en el diario local, ansioso por mostrar que con los milicos el país progresaba, vamos bien mañana mejor, repetían machaconamente en la televisión, y el alcalde, un orangután enfundado en un trajecito Pierre Cardín, que aunque se vestía de seda, mono se quedaba, mono en todo, mono de sesera… Pero no, el tipo pensaba, pensaba mal, cómo seguir robando pensaba. Se ahorraba el cloro del agua y yo tenía que pasarme el día tratando diarreas, hasta que me aburrí y envié una muestra de agua para que la analizaran en Temuco, lo hice a sus espaldas, y encontraron de todo, hasta mierda había en el agua que los niños bebían. El tipo pensó que despidiéndome se acababa el lío, pero yo le había ido con el cuento a un pariente que trabajaba con el régimen, uno no elige la familia y yo no lo había elegido, y tampoco podía negarle el saludo, porque como pariente era estupendo y no le importaba que uno fuera rojo, siempre tendía una mano, de modo que le dije pasa esto, esto y esto, no solo lo del agua, para qué me iba a quedar corto, le conté otros enjuagues del mono vestido de seda. Yo me enteraba de todo, la idea era informar al Partido, pero entonces estaba aislado, descolgado, es posible que fuera el único comunista en medio de los cerros, pero era disciplinado y recolectaba información, toda la que podía; le tiraba lengua al chofer, el que manejaba la cuatro por cuatro y nos llevaba a las postas de salud, unas casitas de madera diminutas, perdidas entre la niebla en medio de los cerros, un tipo de derecha, tan boludo que creía que yo le preguntaba de puro entusiasmo y admiración; le tiraba lengua y él me iba contando, y lo que él no sabía lo sabían las secretarias, que me mostraban los papeles, las facturas, el detalle de las compras que había hecho el alcalde a nombre del Departamento de Salud; me mostraban los papeles con los ojos muy abiertos, pero sin decir gran cosa, apenas algún indicio, un comentario de reproche que no las comprometiera o que pudieran desmentir después, si alguien preguntaba, Escamilla, por ejemplo, un tipo desagradable, alto, un poco clavo y bigotón, que meaba la tapa del inodoro, cuestión que enfurecía a las secretarias, pero nadie se atrevía a decirle nada, porque se sabía que era de derecha, de un grupo de paramilitares, o que se creían paramilitares, de confianza del alcalde, su chofer.
Todo eso le conté a mi pariente, que era un poco obseso, ahora que lo pienso, porque no tenía para qué complicarse, no eran tiempos para fijarse en detalles, no valía la pena verse la suerte entre gitanos, pero parece que él no era gitano, porque al par de meses el alcalde, el que vestía de seda, tuvo que cruzar la cordillera para salvarse de la cárcel y ahí le perdí el rastro, no sé si se habrá reciclado y hoy funge de demócrata en otro municipio o en una repartición pública, o se da la gran vida con lo que robó.          
Pero antes de todo eso –no sabía con qué chicha se curaba–, se ufanaba de nuestros logros: publicó una nota en el diario, el fruto de su gestión; ni un crédito para nosotros, los que nos encaramábamos a la cuatro por cuatro todos los días y trepábamos cerros y vadeábamos ríos y sorteábamos barriales, zangoloteándonos, moliéndonos los riñones, para que él pudiera pavonearse en las reuniones con el intendente, un milico mico macaco condecorado y un mono que se viste de seda, la zoología en boga por aquel en entonces. No esperaba otra cosa, creo que me habría puesto en un apuro si me hubiera dicho felicitaciones, acompáñeme, quiero presentarle al intendente, porque yo no quería que me presentaran a ningún milico, y sin embargo, no pude evitar sentir ira cuando el presidente regional del Colegio Médico se refirió por radio al artículo que publicó el alcalde. Argumentó que la desnutrición no había disminuido, que apenas se había aplacado una de sus formas, en lo cual tenía razón, pero yo le había enseñado a pescar a una mujer y nosotros, los que hacíamos magia, los que lográbamos con tres o cuatro cosas que la sarna no devorara los pellejos de la gente, que la hambruna no llegara a mortandad, que la mugre no fuera fiebre y diarrea, nosotros, los que nos habíamos zangoloteado en la cuatro por cuatro para que un bebé subiera unos cuantos gramos y su cabecita no se fuera apolillando, vaciándose de sueños prematuramente, nosotros, para todos, no habíamos hecho nada. Y eso me enfureció. Yo no estaba en contra del presidente del Colegio Médico, estaba contra los milicos, detestaba al alcalde, pero no podía dejarlo pasar, y como no podía hacer nada, más me enfurecía.
¿Se entiende ahora?