martes, 7 de julio de 2015

FRAGMENTO DE UNA NOVELA AUTOBIOGRÁFICA

I

Un ropero de tres cuerpos, como se dice habitualmente, un oso de circo, sonriente, un gigante bonachón y rubicundo, buenas tardes, adelante, ¿usted es el doctor?, lleva tres días así, sudoroso, su aliento apesta, no puede ni tragar, Manuel Ballantaine, como el Whisky, jajá, Marisol, su señora, mucho gusto, abra la boca por favor, humm, ya me parecía, ¿muy grave doctor?, no, nada de eso, apenas un pinchón y en un par de días no se va acordar de nada. No, no, dice el ropero, y la señora lo mira como diciendo Manuel, por favor, no seas porfiado, has lo que te dice el doctor, no en vano pagaron consulta a domicilio, y el doctor tan amable y jovencito te la pone el mismo, no tenemos que pagarle a un practicante, te la pone al tiro, y después te tomas un tecito con limón y te metes a la cama, bien arropado, para que traspires y se te vaya la infección. No, no, inyecciones sí que no, el gigante de bigotes enormes y piel aceituna, mirando con cara de terror, haciendo un gesto con las manos, como pidiendo que no lo vaya a lastimar, y el doctorcito sonriendo, cómo no me voy a reír (el doctorcito soy yo), si el hombre es detective, comisario, para ser más exacto, y con una de sus manazas podría volarle todos los dientes al bandido más temible si se resiste al arresto o si tan solo vocifera más de la cuenta o lo escupe en la cara, como le ha ocurrido una vez, pero entonces no fue un asaltante ni un ladrón de poca monta, sino un muchachón soberbio, un mapuche de la reducción Contreras, que participaba en una toma de terrenos. El joven lo miró a los ojos cuando lo escupía, no agachó la cabeza como hacen los delincuentes, que no quieren que los vean, que no los reconozcan, porque no es bueno para el negocio que todo el mundo se entere a qué se dedican; una vez en la calle, después un par de meses en cana, hay que volver a trabajar. El mapuche en cambio era un combatiente, medio país lo era entonces, pero él lo era más, y por eso lo miró a los ojos y lo escupió en la cara, huinca espetó, mirándolo con odio, antes que Manuel lo derribara de un cachetazo, más movido por la rabia que por el imperio de la ley. Cómo no me iba a reír si el oso era capaz de agarrase a balazos con cuatreros y narcos, que ya por entonces, en plena dictadura, se aventuraban en el norte, cómo no si de igual modo habría podido ser levantador de pesas o ganarse la vida en los Titanes del ring, y la aguja era minúscula, si hubiera sabido el mocetón no lo hubiese escupido, le hubiera bastado con una jeringuilla y la causa mapuche habría derrotado a las escopetas de la policía, civil en este caso, que en esos tiempos el trabajo sucio lo hacían todos, no solo los milicos y los pacos, cualquiera era bueno para matón de Pinochet; y yo lo tenía a mi merced al pobre (al detective, no al tirano), debatiéndose, dudando entre las anginas y la fiebre y mi jeringuilla y la penicilina, los ojos muy abiertos, las sienes sudorosas, las manos rechazando con un gesto de desesperación. Diez días de Eritromicina, le digo, y le vuelve la sonrisa a la cara y me mira como si le hubiera salvado la vida, mientras guardo mi jeringuilla en el maletín y anoto en mi recetario la prescripción. ¿Un cafecito, doctor? Y cómo yo no tengo nada que hacer, y no me hago mala sangre, no creo que todos los tiras sean torturadores, y el ropero me cayó simpático, respondo por qué no.
La mujer cojea un poco, displasia de caderas, pienso, los hijos los tuvo por cesárea, sobre todo si salieron del tamaño del comisario; los hijos, que ya saciaron su curiosidad: el papá le tiene miedo a las inyecciones; no es justo que a ellos los obliguen a ponerse vacunas, me imagino que se han dicho, pero no puedo estar seguro, no puedo preguntarles, a mí me miran con recelo, no se me acercan demasiado, y al poco rato corretean por la casa, seguros de que con ellos no me voy a meter.
El oso es simpático, la esposa insignificante y sumisa, al menos eso me parece, uno nunca sabe mucho más de las parejas, se queda con lo salta a la vista. ¿Un pancito?, hice huevos revueltos, sonríe la mujer. Manuel dice algo gracioso, me hace sentarme a la mesa, y yo pienso que luego de la inyección no habría podido sentarse, no era gran cosa, pero dejaba un dolor como patada de mula, al menos los primeros minutos, pero cualquier chico ha pasado por el trance y luego ni se acuerda; pienso también que él policía es un sibarita, de modo que para él es importante poder sentarse a la mesa. ¡Tamaño disparate!; a veces uno divaga: al tipo le dio miedo y nada más.

Sí, le respondo a la mujer, y ella: el pan está calentito, recién sacado del horno, y desaparece tras la puerta de la cocina. Manuel sigue haciendo bromas, a pesar de la fiebre, después del susto no puede sino estar alegre. La mujer vuelve al comedor trayendo una bandeja sobre la que se amontonan una paila de huevos revueltos, una panera con pan recién horneado, un pote de mantequilla y otro de miel, para la garganta, le dice a su marido, que antes que se lo diga devora medio pan, y yo recuerdo que me habían dicho que no podía tragar.