martes, 4 de noviembre de 2014

DE SABIOS Y DE PLAGIOS



La canícula estaba instalada sobre la tarde, de modo que los tres intelectuales del pueblo, el cura, el profesor de lenguaje y el de ciencias, se encontraron en el bar, se saludaron con mesura, con un leve movimiento de cabeza, y se sentaron a una mesa, un poco separada de las demás y lejos de la ventana, para no ser vistos ni interrumpidos, y disfrutar de la sombra. Pidieron, cada uno, en forma sucesiva, una ronda de cerveza; "heladitas, por favor", puntualizaron. El mozo puso tres botellas sobre la mesa: la cerveza estaba tibia, pero la bebieron de un solo trago, y solo se escucharon los gorgoteos de sus gargantas; la segunda ronda les pareció aceptable, y para la última, la temperatura ya no importaba.
Hablaron del calor y del profesor de deportes, que solía capear la canícula nadando en el río, acompañado de alguna muchacha. La profesora de matemáticas, en cambio, prefería dormir la siesta: ya era una mujer vieja. La escuela parroquial no tenía más maestros, por lo que el chismorreo duró poco; con la cuarta cerveza, entraron en temas más serios:
–Hace unos días –dijo el profesor de lenguaje –leí un cuento en que el protagonista, un escritor desconocido, se quejaba de que Saramago adivinaba sus ideas, y adelantándose a sus propósitos, publicaba sus plagios, idénticos, letra por letra a lo que él pensaba.
–Lo curioso del caso –agregó el profesor, es que ese cuento lo había imaginado yo un mes antes, pero había pospuesto la tarea, quizá a causa del calor…
–O de la pereza –comentó el profesor de ciencias, completando la frase –Lo sé porque me pasa algo parecido. Cada vez que Stephens Hawkins explica algo, repite hasta las ecuaciones más alambicadas que unos meses antes yo había desarrollado.
El cura, que enseñaba teología en la clase de filosofía, sonrió en forma socarrona y dijo, luego de empaparse los labios con espuma y aclarando la garganta con un trago cerveza:
–A mí me pasa algo parecido; pero ustedes no creerían quién me plagia.