sábado, 11 de octubre de 2014

IDEARIO

Los lectores de mis libros, al menos uno de ellos me lo dijo, tienen el derecho a preguntarse ¿quién es verdaderamente René de la Barra?
Y esto a raíz de que cada uno de mis libros difiere tanto uno del otro, que incluso pudieron ser escritos por diferentes autores; yo no creo que sea para tanto, pero sí, me parece, necesario explicar cuál es mi ideario, sin entrar en sesudas consideraciones académicas: creo que el escritor, y el artista en general, es y debe ser un hombre o una mujer libre; no debe estar prisionero ni siquiera de sus propias creaciones. Y no se trata de frivolidad ni de despojar a la literatura de su condición de lenguaje y metalenguaje, de puente entre los seres humanos, un puente que ni la anéctoda ni el idioma por sí solos logran construir, obra que solo la literatura es capaz de asumir, tal como en otro ámbito y sobre distintas bases lo hacen otras artes. Frivolidad sería escribir de acuerdo a las modas y fluctuaciones del mercado: pornografía barata, cuentos o novelas en los abunden seres mitológicos, tierras mágicas y grandes batallas; sensiblería, panfletos, novelitas rosas, historias de magos, sociedades secretas o novela negra ramplona; escribir por encargo sería otra forma de frivolidad (o necesidad).
Cada uno de mis libros apunta a metas literarias distintas. En los 90 mi interés fue despojarme de toda retórica y simplificar la forma, de modo que el contanto con el lector fuera directo; la técnica que más usé entonces fue el cuento de efecto, el final inesperado o aquel que invalidaba todo lo ya leído; a ese período pertenecen la mayoría de los relatos de "Barrio bullicioso" y "El extraño hechizo de la noche". También incorporé el humor. El 2012 en cambio, abordé el cuento fantástico, en que la riqueza se encontraba en la situación imaginada, contravensiones a cualquiera de las leyes que gobiernan nuestro mundo material (en contrapocisión a lo superestrutural, que sólo toqué de refilón), y una vez realizado el quiebre, seguir narrando apegado a la lógica, como si nada hubiese pasado, surgiendo así la paradoja; de ese modo escribí "La bañera de Efraín". El 2013 lo dediqué a una novela ("El laberinto de tu nombre"), mientras que en cuento abordé la narrativa psicológica; el proyecto fue narrar desde la mente del psicópata, diversos tipos de psicópata, y el producto fue "Cuentos inmorales", una obra que tiene algunos puntos de contacto con el realismo sucio; son cuentos en primera persona (excepto uno, en que usé un narrador testigo), para poder exponer la forma de pensar del personaje principal de cada cuento. El 2014 intenté realizar una especie de síntesis, en la que aparecen cuentos fantásticos vestidos de realistas, cuentos de efecto, cuentos humorísticos, realismo duro y sucio, algún perverso, etc., pero con una novedad: el narrador es visible casi siempre, intruso y hasta impertinente, y desnuda la arquitectura, la nervadura, los músculos y los huesos del relato, dialogando con el lector; el reultado fue "El último juego de invierno". El estilo que predomina es el coloquial, que de algún modo es dialógico, no el diálogo entre personajes (qué los hay, por cierto), sino con el lector - el relato como conversación, ya sea en forma directa o apelando a un personaje secundario que actúa como si fuera el oído del lector, y por su intermediación, se habla con el lector.