jueves, 11 de septiembre de 2014

EL CASO DEL TAXIDERMISTA


Digamos que el taxidermista se llamaba Genaro –algún nombre ha de tener, a mi jamás me lo presentaron y no recuerdo que nadie me haya dado algún indicio, de modo que Genaro está bien; no estaría bien que se llamara Juan Pablo o José Antonio, que son nombres más en boga, más propios de médicos o empresarios, incluso de abogados, pero no de taxidermistas. Genaro, en cambio, carece de abolengo, no es un nombre común, pero tampoco es una antigualla ni una rareza que llame la atención, ni, mucho menos, un yerro del funcionario que inscribió la partida de su nacimiento en el registro civil.
Digamos también que tenía las espaldas de un junco y no pasaba del metro y medio de altura –datos vitales para dimensionar su hazaña, como veremos después–; usaba unos anteojos de miope, cuyo armazón redondeado, era tan delgado que parecía hecho de alambre –este dato también es importante, aunque no sé si tanto como el anterior–; vestía una chaqueta a cuadros, pasada de moda, y la tela, color verde loro, se había vuelto opaca con el paso de los años; era una de esas chaquetas cruzadas, con dos filas de botones brillantes por delante. La corbata era de moño, de un color indefinible: blanco invierno, quizá pastel. Tenía las manos pequeñas y temblorosas, y nadie se imaginaba cómo se las ingenió para practicar su arte; sus dedos, sin embargo, eran largos y finos, lo que quizá compensaba el resto.
Ya casi nadie practica la taxidermia, no al menos en estas latitudes, pero él se las había arreglado para mantener algunos clientes: millonarios excéntricos y cazadores aburridos de cazar perdices y liebres para banquetes menores. Uno de esos cazadores se había transformado en un coleccionista de aves; procuraba cazar uno o dos ejemplares de cada especie, con un tiro limpio, o usando un dardo emponzoñado, de modo de preservar la integridad del ave; luego de cada cacería, aparecía por la casa del taxidermista, para que éste los disecara. Entre sus clientes, también se contaban museos y universidades, y cada cierto tiempo, cazadores furtivos, que vendían pájaros extraños, especies en peligro, a quién sabe qué tipo de gente.
Era soltero y casi no hablaba –apenas lo necesario para entenderse con sus clientes– pero solía ser locuaz frente a su madre, quien lo escuchaba durante tardes enteras, tejiendo en su mecedora. La antigua casona que habitaban era la única herencia que les había dejado su abuelo; en ella nació el taxidermista, y en ella vio morir a su padre. Un infarto masivo, dictaminó el doctor Froilán, su médico de cabecera, antes de revolverle el cabello con una de sus manazas obesas, y decirle: cuida a tu madre, ahora eres el hombre de la familia.
Y él consagró su vida a la tarea de cuidarla. Un analista, de esos con diván en el estudio, pipa y barba académica, no tendría dificultad para hallar turbios anhelos de incesto en el mandato del médico y la devoción del taxidermista. Nosotros, es decir, usted y yo, debemos conformarnos con saber que su curiosidad infantil por investigar cómo estaban hechas las cosas, sobre todo los animales, sus lecturas precoces de anatomía comparada y zoología, y su afición por los insectarios y los fetos en formalina, debían conducirlo a una carrera universitaria, biología, veterinaria o algo por el estilo, pero que su timidez y su reticencia a abandonar la casa en que vivía, y las largas horas que pasaba hablándole a su madre, lo llevaron al estudio autodidacta de la taxidermia.  
Un taxidermista, ya lo he dicho antes, no es algo corriente en estas latitudes, de modo que la escases de clientes se veía compensada por la escases de competencia. Gracias a eso, su existencia, aunque opaca, no tuvo mayores sobresaltos.
Hasta que su madre falleció. 
La mujer se durmió en la mecedora y se siguió balanceando por un rato, sosteniendo el tejido inconcluso, que se había enganchado entre sus dedos inertes. Su hijo, el taxidermista, continuó hablándole durante dos horas, mientras salaba la piel de un visón, antes de darse cuenta de que se había muerto. Lo curioso, para nosotros, no para él, fue que continuó hablándole después. Iba de un lado a otro, caminando nerviosamente por la habitación (un dormitorio de generosas dimensiones, que él había transformado en su lugar de trabajo), preguntándole a su madre qué debía hacer. Durante una hora le repitió al cadáver la misma pregunta.
Por fin se decidió a llamar a un médico, y una vez que obtuvo el certificado de defunción, organizó un velorio de emergencia, brevísimo, al que asistieron dos vecinas y el almacenero, gente tan vieja que había que poner atención para darse cuenta de que respiraban. El entierro se llevó a cabo cerca de la medianoche, después de sobornar a algunos funcionarios y a los panteoneros, poco dados a trabajar a horas desusadas. Usted y yo nos preguntamos, porque es lo natural, cómo hizo aquel hombre tímido, incapaz de decir más de una o dos frases –como no fuera a su madre–, para convencer a las vecinas, al almacenero, al cura –imprescindible en estas ocasiones, aunque el finado no sea muy creyente–, a las autoridades y a los sepultureros, de que no era conveniente dejar pasar más tiempo antes del sepelio y que él podría compensar las molestias generosamente. Supongo, en este caso solo yo, pero le recomiendo suponerlo a usted también, que marcó un número telefónico y habló con un cliente rico, de esos que mueven influencias, o con algún cazador furtivo, un traficante de animales, que suelen ser igualmente convincentes. El caso es que el cadáver fue sepultado sumarísimamente, y el taxidermista volvió a casa, sin hablarle a nadie.
Una o dos horas después se le vio merodear cerca del cementerio. Quién lo vio, es algo que ignoro, pero alguien debió verlo, de otro modo nadie se habría enterado de lo que ocurrió y usted no estaría leyendo este cuento. Digamos, para no comprometer a nadie, y para darle a estas líneas un tufillo literario, que fueron las sombras las que lo vieron escalar el muro, premunido de una pala, varios metros de soga y un saco de sal, y saltar al otro lado, tragado por las mismas sombras u otras similares. Me imagino que en este punto, usted, así como me ocurrió a mí, se estará preguntando cómo, un ser tan debilucho como el taxidermista, fue capaz de ingresar al camposanto, cargando aquel peso; pues bien, ya al principio, advertí que se trataba de una hazaña, y que para dimensionarla había que tener en cuenta la fragilidad de su osamenta. Hay gimnastas que parecen un junco y son capaces de proezas increíbles, pero hasta donde he podido averiguar, jamás se supo que el taxidermista practicara la calistenia. Aceptemos, entonces, que se trató de un portento.
Una vez que se ha aceptado aquello, el relato se torna más simple: las sombras, no las mismas, sino las del otro lado de la tapia, vieron al taxidermista profanar la tumba de su madre. Abrió el ataúd con una uñeta que las sombras de la calle no habían visto; con delicadeza, retiró a su madre de su lecho mortuorio, la recostó sobre un trozo de hule, que tampoco vieron las sombras de afuera, distraídas como estaban en la contemplación de un romance clandestino, y comenzó una cuidadosa y amorosa disección. Poco a poco, metódicamente, fue despojando la piel del cadáver y acomodando los restos –las vísceras, los músculos y los huesos– en el ataúd; antes del amanecer, paleando de prisa, había devuelto el féretro a la tumba. No se preocupó de la tierra dispersa en las cercanías, ya que el entierro era reciente, nocturno y precipitado, de modo que a nadie podía extrañar la falta de pulcritud con que habían trabajado los sepultureros.  
A usted, por cierto, como a mí, le debe haber llamado la atención cómo hizo el taxidermista para trabajar tan hábilmente bajo la luz de la luna, sobre todo considerando, como se dijo al inicio de este relato, que era miope; digamos, en defensa de la coherencia, que si su defecto visual hubiese sido otro, por ejemplo, una hipermetropía, me habría parecido una hazaña increíble y no hubiese escuchado una palabra más; pero hemos dicho que era miope, y por lo mismo, lo peor que podía pasarle era no advertir la presencia de un guardia nocturno, que se aproximara, digamos, desde las oficinas que había junto al portón de entrada, cosa que no ocurrió; pero en cambio, a una o dos pulgadas de su nariz, con el auxilio de sus gafas, su visión era más que aceptable; el prodigio, en este caso, se encontraba en sus dotes del nictálope.
(En este punto el lector, en este caso usted, ya se habrá dado cuenta de que escuché diversas versiones de los hechos, que descarté las más disparatadas y me vi obligado a rellenar los vacíos que no pude aclarar, a partir de deducciones, sino probables, al menos plausibles; dicho esto, para que no se crea que pretendo engañarlo, asumiré la postura de un narrador omnisciente, o algo parecido, para dar mayor fluidez al relato).
Una vez en casa, el taxidermista, se dio a la tarea de rehidratar y limpiar la piel de su madre, salarla y acidularla, para finalmente curtirla. Durante un mes no salió de casa ni contestó llamadas telefónicas. Al cabo de ese período, tuvo a su madre de vuelta, sentada sobre la mecedora, un ovillo de lana a sus pies, y en las manos, los palillos, retomando el tejido que interrumpió la muerte.  
De nuevo tuvo con quien hablar, compañía a la hora del mate y una mirada de aprobación cada vez que terminaba un trabajo.
De ese modo, la vida, transcurrió como siempre, obviando, por supuesto, el hecho de que su madre no dejó la mecedora ni una sola vez en varios años, jamás dijo una palabra, y ni siquiera en los inviernos más fríos se la oyó estornudar. La única diferencia fue la irrupción de internet. El taxidermista, que ya no necesitó llevar a su madre al médico ni comprar las píldoras que le prescribía, descubrió que podía pagar una conexión a internet, y aunque su computadora era lenta y anticuada, se adentró en un mundo aséptico que le permitía hacer buenos negocios y vencer su timidez. Internet, por lo demás, era una fuente inagotable de temas para charlar con su madre.
La noticia de la convención de taxidermistas en París, sin embargo, lo mantuvo perturbado y taciturno por casi dos semanas. Miraba a su madre a hurtadillas, cuando pensaba que ella se encontraba absorta en su tejido, pero apenas volteaba un tanto la cabeza, se encontraba con su mirada benévola y dulce. Era como si ella adivinara su secreto.
Un día no lo soportó más:
–Me voy a París, mamá– le dijo, sintiendo que su corazón era un potro desbocado y que su rostro enrojecía.
–Estaré fuera una semana –agregó–; no será mucho tiempo. Compraré un televisor nuevo, como el que tenías antes, no, mejor que ése, uno grande, de cuarenta pulgadas y alta definición, y lo voy a instalar ahí, frente a tu mecedora, para que no tengas que pararte, lo voy a dejar sintonizado en tu canal favorito, para que no te pierdas las telenovelas, ya verás, no te vas a dar cuenta cómo van a pasar los días, te vas a sorprender de que vuelva tan pronto.
Su madre sonreía beatífica.
El taxidermista suspiró aliviado.
Compró el televisor, tal como se lo había prometido, lo instaló frente a la mecedora y lo encendió. Preparó su equipaje y llamó un taxi; antes de salir, le pidió a su madre que, en su ausencia, le quitara el polvo a sus "tesoros", que estuviera atenta a las polillas, que en una de las gavetas de su mesa de trabajo había naftalina, que mantuviera el fuego encendido, para evitar la humedad, que no se acostara demasiado tarde, y que se arropara bien. No quería que a su vuelta tuviera que llevarla al médico, por culpa de un catarro; quería disponer de todo el tiempo para hablarle de su viaje, de la gente importante que iba a conocer y de todo lo que iba a aprender.
–Te llamaré apenas llegue– prometió, y luego cerró la puerta.
En París, se alojó en un hotel de tercera; su habitación era lúgubre y fría, pero para un hombre como él, acostumbrado a una vida espartana, aquello era un lujo desmesurado. El cansancio del viaje lo obligó a acostarse temprano y un sueño pesado se apoderó de sus párpados. Olvidó llamar a casa.
Luego del primer día de convención, volvió al hotel exultante e intranquilo; por primera vez en su vida sentía deseos de hablar, no importaba con quién; inesperadamente, sus palabras no necesitaban de su madre y le bastaban un par de oídos, aunque fueran anónimos. Le urgía compartir cada minucia de aquel día, las técnicas que había aprendido, los discursos, las ponencias que había escuchado, los comentarios, las preguntas y respuestas, y el comidillo del coctel de clausura, durante el cual no pudo evitar beber una copa de champaña, que –como nunca antes había bebido– todavía lo tenía un poco achispado, pero no tanto como para no comprender que ni al botones ni al recepcionista le interesaban tan elevadas materias. Por primera vez en su vida, sintió orgullo por lo que hacía y miró a aquellos hombres, de vidas presumiblemente monótonas, con una mezcla de desprecio y bonhomía.
 –Señor… –le dijo el conserje, en un pésimo español– Alguien lo llamó esta tarde. No dejo recado. Dijo que volvería a llamar.
–Gracias– respondió el taxidermista, con inquietud.
En su habitación, decidió esperar la llamada viendo la TV. Se tendió sobre la cama, a oscuras, intentando concentrarse; entrecerró los ojos, aguzó el oído, y sin embargo, le resultó imposible, en parte porque no entendía muy bien el francés, pero, sobre todo, porque no lograba imaginar quién pudo llamarlo. Temía que se tratara de una mala noticia, que una voz, del otro lado de la línea, le urgiera a volver de inmediato, luego de informarle que su casa había ardido por los cuatro costados y que su madre no era más que un montón de cenizas. Pero también era probable que las cosas no fueran tan malas: quizá tan sólo se había tratado de un ladronzuelo, que había roto el vidrio de una ventana y entrado a su hogar; era posible que el pillastre se hubiera llevado el televisor nuevo, y por supuesto, todos sus trabajos, con la peregrina idea de vendérselos quién sabe a quién; pensó que un televisor se podía reemplazar, y que también podía, trabajando duro, disecar otros especímenes; lo importante –se dijo– es que no le hayan hecho daño a mi madre. Se prometió a sí mismo qué ya no volvería a dejarla sola. 
Existían, también, otras posibilidades, menos perturbadoras, pero igualmente acuciantes: un cliente importante, ¡seguramente era eso!, que necesitaba un trabajo urgente. Repasó mentalmente sus últimos días en Chile: estaba seguro de haber dado aviso, a todos sus clientes, no solo a los importantes, de que partiría a París. Pero la fatalidad siempre deja cabos sueltos: quizá marcó un número, nadie respondió, y él, como es lógico, decidió llamar más tarde, y luego olvidó hacerlo. Si se trataba de un coleccionista menor, un cazador de dos piezas por año, el caso no tenía la mayor importancia: bastaba con negarse, exponer que no podía volar desde París para cumplir con el encargo, disculparse educadamente, colgar el teléfono, apagar la TV y tratar de dormir. Lo que no debía hacer, por más desesperado que se oyera el coleccionista, era recomendar a un colega: una estrategia como ésa tenía una doble desventaja: si el colega hacía un buen trabajo, el coleccionista, en lo sucesivo, lo buscaría a él, con lo que perdería un cliente; pero si su colega no hacía un buen trabajo, su prestigio se vería menguado por recomendar a un chapucero. Podía, en cambio, sugerirle al cazador que congelara el espécimen hasta que él volviera a Chile; no era la solución ideal, eso estaba claro, y nadie podía asegurar buenos resultados; pero él ya lo había hecho antes, un par de veces, y ninguno de sus clientes se había quejado. 
Era posible, sin embargo, que se tratara de un millonario excéntrico, como dos o tres que conocía; en tal caso se vería obligado a pedir un taxi, poner su ropa en la maleta a toda prisa, correr al aeropuerto y coger el primer avión que saliera hacia Chile, porque la paga, en esos casos, no sólo solía ser dispendiosa sino que, por añadidura, a veces era desproporcionada. Un cliente como ése no podía perderse. Ya tendría la oportunidad de asistir a otra convención, seguramente habría más de una cada año, en cambio millonarios excéntricos y a la vez generosos, esos no abundaban, al menos no en Chile. 
Existía, sin embargo, una posibilidad más ominosa: la policía podía haber atrapado a alguna de las bandas de cazadores furtivos que solían encargarle trabajos, por los cuales pagaban bien, excesivamente bien, en realidad, lo que nunca lo dejaba del todo tranquilo. Uno de los cazadores pudo haber hablado más de la cuenta y los detectives podían estar tras su pista. Pero en tal caso, pensó, al llamarlo al hotel lo ponían sobre aviso, dándole la oportunidad de huir. Por un momento se imaginó en un taxi: al aeropuerto, de prisa; y en el Charles de Gaulle, comprando un pasaje: a qué hora sale el próximo avión.  ¿Adónde?, se preguntó intranquilo. No tenía otro destino que volver a casa. Se consoló pensado que resultaba poco probable que la policía lo estuviera buscando en París, llamando tan solo para verificar si aún seguía allí. Resultaba más sencillo esperar a que regresara y detenerlo en Migraciones, apenas pusieran un pie en territorio nacional; una orden de captura en interpol, también habría facilitado las cosas, en caso de que decidiera no volver a Chile de inmediato y esperar en Buenos Aires unos días, a ver qué rumbo tomaban las cosas.
Sintió que sudaba; su pecho era una batucada desaforada y su boca estaba tan seca, que apenas contenía los impulsos de correr al baño, abrir el grifo del agua fría y beber hasta hartarse; se contuvo porque un nudo le cerraba la garganta y se sentía incapaz de tragar su propia saliva, escasa, amarga, espesa, que parecía ir formando un dique en su laringe, impidiéndole poco a poco respirar.
Saltó de la cama y corrió hacia la ventana; la abrió todo lo que pudo, a pesar del frío imperante, para que el aire de la noche inundara sus pulmones y le devolviera la calma.
El teléfono, entretanto, seguía mudo sobre el velador.
Hubo un momento en que sintió que de nuevo podía respirar; temblando, cerró la ventana y volvió a la cama. Intentó, de nuevo, ver la televisión. Y de nuevo no se pudo concentrar, porque comprendió, de pronto, que la policía no se iba a molestar en llamarlo al hotel; los únicos que en verdad podrían haberlo llamado eran los cazadores furtivos; seguramente habían eludido el cerco policial. Los imaginó en medio de la noche, entre sirenas y balizas encendidas, disparando sus 45 e hiriendo de muerte a dos o tres policías, antes de darse a la fuga.
Sintió que un escalofrío recorría su espalda: era posible… No, no era posible: era lo que había ocurrido en realidad, qué otra cosa podía ser: los cazadores furtivos habían cruzado la cordillera, en Argentina habían conseguido pasaportes falsos y ahora se encontraban en París; la llamada había tenido por objeto confirmar que él estaba alojado en ese hotel, y con la argucia de que llamarían más tarde, se habían asegurado de que no saliera y se quedara en su cuarto esperando la nueva llamada, de modo de poder asesinarlo a sangre fría, para no dejar cabos sueltos.
En un momento de optimismo, pensó que quizá tan sólo querían advertirle, contarle lo que había pasado, hablarle de la gravedad de los hechos, brindarle una identidad falsa, un pasaporte nuevo, con un nombre diferente, para que pudiera huir a Liberia, si le parecía bien, por un tiempo, mientras se enfriaban las cosas; pero en situaciones como esa, el optimismo dura poco, sobre todo si es de noche, se está solo y esperando.
De pronto el teléfono sonó. Temblando, el taxidermista tomó el auricular y escuchó que el recepcionista le pasaba la llamada. Aterrado, escrutó la oscuridad de la noche, más allá de la ventana, y oyó el ruido de las puertas de un auto al ser cerradas; los pasos de los asesinos subieron por las escaleras, la madera crujía bajo sus zapatos… Se acercaban. El ruido de sus pisadas en el pasillo se fue acercando, inexorable, y de pronto se detuvieron frente a su puerta. Supo que un cómplice, parapetado en una cabina telefónica, lo había entretenido con el auricular en la mano. Un sudor frío que le empapaba la camisa, sintió que un suspiro trepaba hasta su garganta, y con la voz quebrada, preguntó ¿quién llama? 
Era mamá.