martes, 24 de junio de 2014

EL EXTRAÑO HECHIZO DE LA NOCHE (RESEÑA)

En Madrid, el viernes recién pasado, 20 de junio de 2014, a las 19:30 horas de España, se realizó el lanzamiento de mi tercer libro de cuentos "El extraño hechizo de la noche". Con él doy por cerrado un ciclo narrativo de carácter realista, o más bien, verosimil, con técnicas varias, desde formas clásicas hasta otras de carácter más innovador, que se inció el año 1986 y culminó en los 90, pero que incluyó algunos relatos posteriores. Fue un trabajo arduo, de corrección y reescritura, que dio por resultado 21 cuentos, en dos volumenes: "Barrio bullicioso", publicado el año 2012, y "El extraño hechizo de la noche, publicado este año y presentado en la librería Lé de Madrid, hace 4 días.
Este último libro incluye los relatos:

1) El mejor poeta del mundo (2012): Este cuento aborda los recuerdos fragmentarios de un hombre a quien carcome la idea de ha asesinado al "mejor poeta del mundo", con quien ha salido de juerga la noche previa. Predomna el suspenso y un final inesperado.
2) El extraño hechizo de la noche (1991) Es un relato a dos voces: dos narradores, recrean el diálogo interior de un abogado, quien seducido por el ambiente nocturno de la ciudad, se ha dejado llevar por extemporáneos deseos de conquista.
3) Tras los visillos (1991): El relato es el monólogo interior de un joven de extracción humilde, quien, a pesar de los esfuerzos que hace por dejar atrás la miseria, no sólo material, sino por sobre todo social y cultural, se ve atrapado por la realidad, que se impone como un peso que lo aplasta. 
4) La amante del flaco Mena (1996): Cuenta la historia de dos oficinistas, uno de ellos, Henríquez, se ve obligado por las circunstancias a servir de encubridor de las eventuras galantes Mena. El contacto telefónico que tiene casi a diario con la amante de éste, le lleva a enamorarse de ella. El final, sin duda, será inesperado. 
5) La pipa (2011): Cuenta, en primera persona, la historia de una empleada doméstica, a quien su patrón le encarga la delicada misión de preparar su pipa, de modo que el pueda disfrutarla en su sillón favorito. Sin embargo, una historia soterrada asoma al final del relato, una historia que termina en tragedia.
6) El castigo (1990): Es un relato a varias voces, que no llega a limites corales, ya que los narradores no conocen toda la historia, y en su precariedad, establecen una posta, unos con los otros, de modo que el lector se asoma a un mundo donjuanesco, en que un hombre seduce y enamora a varias mujeres, sembrando de ese modo celos, despecho, oscuros conflictos y una estela de tragedias, que reclaman un castigo.
7) La mujer de César (1994): El narrador, un donnadie, un ebrio irredento, que mendiga monedas en un bar, para poder beber de nuevo, cuenta una historia que le ha referido su colega, un ebrio de peor laya, si es que esto es posible, acerca de la mujer de César y de cómo llegó a casarse con ella. En este relato, el humor es su principal ingrediente, con algunos matices costumbristas.
8) El tren de las diez (1996): Un grupo de obreros, dedicados a la estiba de troncos en un ferrocarril de carga, esperan el el término de la jornada laboral, dos de ellos, para ir a putas y beber, y el otro, el más joven, para encontrarse con la muchacha que ama. Una vez que el tiempo es de ellos, se desencadena un drama, cuyo final inesperado devela los hilos que el destino ha mantenido subterráneos.
9) La llamada (1997): Una llamada telefónica provoca una conversación en que se desnudan secretos familiares, conflictos y sufrimientos, siendo la elusión el componente esencial para el armado del relato, que a modo de un guión, de un diálogo, casi sin intervenciones del narrador, nos lleva a un final equívoco y amargo, cargado de humanidad.
10) Orteguita (1998): Orteguita es un ser opaco, gris, condenado a una vida de galeote en tierra, un ser atado a su oficina, capaz de soportar humillaciones y abusos, mientras la vida lo consume; un día es despedido del trabajo, y entonces, decidé dejar que su odio y sus deseos de venganza se aglutinen en un acto definitivo. El final retrata al personaje mejor que los veinte años previos.
11) Por una noche con el negro Torres (1987): Es una historia de delaciones, en que la hosexualidad de uno de los protagonistas va creando fisuras y confianzas que pronto serán traicionadas.
12) Una conversación de amigos (1988): Es el diálogo entre un delicuente de poca monta, que sirve de informante político a un policía corrupto, y el teniente Bacca, el oficial que lo protege y a quien sirve de informante. El teniente, instalado en una pocisión de poder e inmunidad, la que le proporciona la dictadura militar, presiona a Manuel, el informante, para que se vaya de la ciudad, quien en un claro error de cálculo, ha forzado a la puta favorita del mayor Cavieres, lo que ha puesto en una situación difícil al teniente. El informante, pensaba que la convesación que iba a tener  un tenor muy diferente: pensaba que el teniente lo va a incluir, por fin, en el negocio de las drogas. Una epoca turbia, es puesta al desnudo en este relato.


Espero que esta reseña despierte el entusiasmo de ustedes y se animen a leer mi libro; les dejo el enlace para los que quieran adquirlo:


El extaño hechizo de la noche

Adjunto una foto del lanzamiento:







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jueves, 19 de junio de 2014

BARRA BRAVA

A mí el fútbol no me gusta, para qué voy a mentir, diez tipos detrás de una pelota, sudando la gota gorda, rompiéndose las bolas si es necesario, para que al final la tome con la mano un fulano que no ha hecho nada, como no sea estar atento y aplaudir desde lejos, y como si fuera poco, por dos o tres intervenciones afortunadas, a menudo resulta elegido el mejor jugador. No voy a negar que las contorsiones de un golero, a la hora de mandarla al córner o detener una volea a boca de jarro, a menudo basten para que alcance la gloria y merezca mi más cara admiración, pero de ahí a que me guste el juego hay una distancia más larga que la que hay desde mi barrio a los condominios donde viven los dirigentes, lejos del perraje, se entiende, bastante tienen con vérselas con un barra brava como yo. Me imagino que más de alguien habrá pensado que estoy bromeando, que cómo a un barra brava no le va gustar el fútbol, que entonces no se entiende que pase una tarde entera, de domingo más encima, arengando a mil idiotas y saltando como un mico, con treinta grados de calor. No se entiende, pero es verdad. Y tampoco se entiende que por el equipo haya sido capaz de matar.

Fue en una mala racha, del club, no mía, porque a mí la mala racha me viene desde chico, desde el nacimiento, mi vida entera es una mala racha. Pero en el barrio todos habíamos nacido más o menos igual; no había cómo librarse, o más bien, sí había, pero pocos lo lograron: algunos se quedaron en las filas después del servicio militar, otros se hicieron mormones, pero la mayoría lo que en realidad soñaba era probarse en un equipo grande y convertirse en un crack. 

Excepto yo.

Yo era un tipo realista y lo que me devolvía el espejo no era nada alentador: piernas cortas, una cabeza enorme y una panza digna de un obispo. Desde niño había sido así, por cierto, lo que me evitaba la tortura de la esperanza, es decir, sabía que cualquier dieta sería infructuosa y no tenía sentido el ejercicio agotador. 

"Cierra la boca, mierda", me gritaba mi padre, cada vez que me veía correr, jadeando, tras una pelota. Mi padre era un borracho hediondo que se tropezaba con sus propias babas y nunca debió importarme lo que decía, pero al cabo era mi padre, y cada vez que lo veía aparecer por la cancha, me esforzaba por demostrar que podía elevarme sobre la defensa y con un frentazo rotundo mandar el esférico al fondo de la red. Pero todo era pura imaginación: la cancha era un sitio vacío en medio del barrio, que por algún extraño sentido urbano todos llamaban la plaza, aun sabiendo que tan solo era un peladero de tierra, en el que nosotros, los mocosos de entonces, trazábamos unos límites siempre imprecisos, e improvisábamos arcos con champas de pasto, a poco más de un metro una de la otra. Luego había que certificar, contando paso a paso, que ambos arcos midieran lo mismo, dos veces por lo menos, discutiendo el tamaño de cada paso; nadie quería dar ventajas, no era lo mismo un arco diminuto que el enorme espacio que nuestro golero debía proteger. 

No había árbitro, ¿para qué?, ¿quién estaría dispuesto a sumir tan triste papel?, de modo que solo se consideraban faltas aquellas que eran demasiado arteras o las que terminaban con una nariz sangrando o las rodillas destrozadas en forma inapelable. 

"Cierra la boca, mierda", me gritaba mi padre, y yo quería mostrarle –pero nunca lo lograba– que era capaz de cabecear, que podía alzarme por encima de la defensa, un montón de mocosos, sucios y sarnosos, un piño de macacos chillones, empujándose en el área chica, a la espera del balón. La pelota era de plástico o espadrapo, dependía de la fecha. Para navidad solían regalar balones de plástico en la escuela; eran un desastre, en cada córner, por más fuerza que le imprimiera el centrocampista que lo ejecutaba, la pelota jamás llegaba al área y se perdía en raras evoluciones, a capricho del viento. Las de espadrapo, en cambio, eran más confiables, pero nunca se elevaban lo suficiente como para cabecear. Muy de cuando en cuando aparecía una de cuero, y entonces no parábamos de jugar, la pichanga podía durar horas, y terminábamos tan empolvados –el pelo tieso, las orejas llanas de tierra, la nariz sucia y los mocos corriéndonos como riachuelos en el lodo– que el baño era inevitable. Los tres hermanos, juntos, en una bañera de latón que mi viejo había conseguido en una demolición y que mi madre llenaba con agua caliente, hervida en una tetera. Recuerdo que nos enjabonaba con jabón de lavar y que olíamos a lavandería toda la semana. 

"Cierra la boca mierda", me gritaba mi padre, cada vez que me veía jadear tras la pelota, ¿cuánto?, ¿seis, siete pasos?, que nunca alcanzaban para hacerme del balón y enfrentar al golero con tiempo para rematar… ni sin tiempo. Jamás alcanzaba el balón. "Asma" dictaminó el médico del consultorio municipal; mi madre se guardó la receta, sabiendo que no la podría comprar. "Cierra la boca mierda", siguió gritándome mi padre, hasta el día que decidí dejar de jugar, o al menos de intentarlo. Fue una tarde de primavera, casi verano. El calor era insoportable y la pandilla del barrio se disponía a jugar una pichanga; nadie me quería en el equipo, de modo que los capitanes me dejaron para el final; entonces me di cuenta de que se miraban sin saber qué hacer; ambos equipos estaban completos, siete por lado, y yo no formaba parte de ninguno. No preocupen, cabros, les dije entonces, me acordé que tengo algo que hacer… 

Me fui a llorar en mi habitación. Pero allí no se podía estar tranquilo, porque mi cuarto era también el de mis hermanos y el de un tío, que por aquel entonces estaba sin trabajo y solía quedarse en casa, bebiendo una caja de vino, despaturrado sobre la cama que compartíamos. Mientras bebía, escuchaba los partidos por la radio, un receptor mugroso, a pilas, que nunca eran nuevas, de modo que solía calentarlas al sol durante la mañana, o las aporreaba con un martillo, para que duraran un poco más. Siempre quise que alguien me explicara cómo se lograba ese prodigio, pero los mayores se encogían de hombros cuando se los preguntaba, de modo que debí conformarme con saber que daba resultado.

Ese día mi tío sudaba la gota gorda y la habitación olía a mugre y alcohol, por lo que no soporté mucho rato estar allí. En el comedor, mi madre veía una telenovela, con el volumen lo más alto posible, porque la radio de mi tío también estaba con el volumen alto, y la radio del vecino y el televisor de la vecina, cuya casa estaba pegada a la nuestra y apenas un tabique, como tela de cebolla, separaba su living del nuestro, en el que también se oían las cumbias que escuchaba el almacenero de la esquina, y las discusiones de los vecinos de enfrente, que terminaban a golpes, y los gritos de los vendedores que pasaban por nuestra calle, pregonando verduras, helado y gas. Nuestro mundo era un mundo de locos, me di cuenta entonces, y yo era el menos capacitado para vivir en él; no es que fuera mejor, que se sepa de una vez, solo era el menos capacitado, un bicho en peligro de extinción.

Intenté pasar desapercibido, que mi madre no se diera cuenta de lo que me pasaba, traté de interesarme en la telenovela, pero no pude dejar de suspirar; quería aguantar, no mostrarme débil y no romper en llanto, pero los malditos suspiros no me dejaban tranquilo. Mi madre debió darse cuenta, porque en una tanda de comerciales, se paró sin decir nada y salió; al rato volvió con dos gaseosas, todo un lujo para nosotros; la botella que me dio parecía sudar; pero estaba fría y me tomé la mitad casi sin respirar; el resto lo reservé para beberlo de a poquito, podrían pasar meses hasta que pudiera volver a tomarme una gaseosa; había que disfrutar cada sorbo como si fuera el último, porque, de hecho, podía ser el último. Ya no recordaba las lágrimas, pero sí la humillación, de modo que volví a la cancha, haciendo alarde de mi bebida; al principio los muchachos no se percataron, demasiado ocupados con el mugroso balón, una mierda de plástico, indomable, aunque no corriera la menor una brisa. Los tiros libres eran tan absurdos que a menudo favorecían más al equipo que había cometido la infracción; tan caprichosas eran las evoluciones de la pelota. Y sin embargo, los muchachos parecían incansables, corrían tras el balón levantando una polvareda infernal.

Pero nadie soporta dos horas corriendo bajo un sol calcinante como el de ese día, de modo que llegó el momento del último gol; extenuados, todos aceptaron la formula ritual: "último gol gana", y olvidando la cuenta que se había mantenido exacta a costa de discusiones acaloradas, los muchachos corrieron a un ritmo frenético, como si en ello se les fuera la vida. 

Y llegó el último gol. 

Sólo entonces repararon en mí. Exhaustos, no podían dejar de mirar mi gaseosa. Convida, dijo uno, y yo respondí que no; qué te cuesta, dijo otro, y yo saboreé la venganza empinándome la botella, midiéndome, porque si me la hubiese zampado de inmediato, mi venganza habría durado apenas unos segundos. Los pobres jadeaban como perros, y a ratos me daban lástima, después de todo, eran mis amigos, pero también me daba rabia que me diera lástima, porque ninguno de ellos me había querido en su equipo. El sudor corría por sus sienes y el sol brillaba inclemente en lo alto; en la plaza, nuestra plaza, no había un solo árbol, ni siquiera un mierdoso poste de luz, de modo que la sombra era un bien imposible. Pero mi bebida, no. Los muchachos podrían haberme quitado la gaseosa; bastaba con que tres o cuatro se hubiesen lanzado sobre mí; pero no lo hicieron, quizá porque temieron que se derramara la gaseosa, lo cual habría vuelto inútil su arremetida; pero yo quiero creer que me tuvieron miedo, porque después de una humillación como ésa, yo era capaz de organizar una vendetta de marca mayor: podía emboscarlos uno a uno, en un callejón, en el sitio eriazo que había cerca de la línea del tren, al salir de la escuela, incluso en nuestra mugrosa plaza, que nunca estaba desierta, y propinarles una golpiza que no pudieran olvidar. Ya lo había hecho antes. Con los puños no me ganaba nadie; si no fuera por el asma, pude ser boxeador. Aunque, pensándolo bien, no creo que hubiese podido: la panza me impedía moverme rápido. También estaban las reglas: yo no seguía ninguna, menos en una pelea, y si era necesario, arrojaba tierra a los ojos del rival. o escondía una piedra en mi mano para golpear más duro. Hubo veces en que la zurra fue tan grande, que terminó con un brazo roto, una ceja partida o una nariz destrozada, que, se entiende, nunca fue la mía. 

De modo que los muchachos fueron prudentes (ellos eran hienas y yo un león, pensé). Pero la situación se tenía que resolver de algún modo: te doy diez pesos por tu bebida, dijo uno; ni cagando dije yo; por un sorbito entonces, y yo calculé que entre todos podrían dar unos diez sorbos, chiquitos, no daba para más. Con el puño preparado, esperé que el primero de ellos sorbiera una pequeña cantidad; luego se organizó una fila, pero como no alcanzaba para todos, los más sedientos ofrecieron unos pesos más. Volví a casa con el bolsillo lleno y la botella vacía. 

Con los doscientos pesos no alcanzaba a comprar otra gaseosa, pero sí para unos sobres de jugo en polvo, que los disolví en agua y luego los puse en de cubetas de hielo, que introduje en el refrigerador, previa amenaza a mis hermanos de volarles los dientes si alguien me robaba los "helados". Cuando se armó la siguiente pichanga, ya ni siquiera me puse en la fila para jugar; pero no volví a encerrarme en casa. En cambio, me dediqué a arengar a ambos equipos por igual, y a la voz de último gol gana, corrí a casa a buscar los "helados", que vendí al mejor postor. 

Ese verano, amasé una pequeña fortuna; pequeña incluso para un niño. Pero en nuestro barrio, aquello era desproporcionado, de modo que un par de veces tuve que defenderla a golpes, de esos trúhanes que nunca faltan, y pergeñar escondrijos para que mi tío no me birlara el dinero mientras yo dormía. Durante el invierno, procuré repetir la hazaña con sándwiches y caramelos, pero el negocio pareció declinar, de modo que tuve que realizar una jugada osada: un domingo, sin que lo supieran mis padres, puse café caliente en un termo y sándwiches en una bolsa de plástico, de esas de supermercado, y me dirigí al estadio. Jugaba el club del barrio, un equipo grande, que había partido en las barriadas, pero que a esa altura ya contaba con varias copas nacionales y traficaba acciones en la bolsa. El gentío era enorme y la gallada se frotaba las manos a causa del frío. Ganó nuestro club, es decir, el que había nacido en nuestro barrio, porque en verdad no era nuestro, era de los trajeados que especulaban en la bolsa. Yo volví contento a casa, no tanto por el triunfo, sino porque la bolsa y el termo estaban vacíos.

Volví el siguiente domingo, y cada domingo durante esa temporada. No fui solo: me acompañaron mis hermanos, no porque me simpatizan, por cierto, sino porque hubo un momento en que vendía tanto sándwiches, que no podía cargar las bolsas yo sólo. Pensé en pedirle prestada la carretilla de mano a mi vecino, pero temí que alguien la robara si la dejaba fuera del estadio. Debí resignarme a darles una comisión. Con el tiempo, aquello se transformó en una industria familiar; hasta mi tío colaboraba; pero mi madre se hizo de las finanzas, de modo que, sin darme cuenta, volví al lugar donde empecé: un mocoso más, el último insecto de una zoología que repudiaba. 

Como los adultos me habían robado mi negocio, pensé, no estaría mal que les robara algo a ellos, y eso hice, pero no dinero –mi madre llevaba las cuentas al dedillo– sino el mugroso vino que mi padre y mi tío, que aún seguía sin encontrar trabajo, escondían para que mi madre no lo encontrara y lo arrojara por el drenaje; los espié sin que lo notaran, y con el tiempo descubrí sus escondites; eran lugares tan increíbles como la letrina que teníamos en el patio, sobre la que negreaban los enjambres de moscas, el rosal anémico que adornaba el jardín, la leña que había apilada junto a la cocina, incluso en el entretecho, en medio de polvo y telarañas y quién sabe qué más. Creo que después ni siquiera recordaban dónde guardaban el vino, porque jamás echaron en falta el que yo sustraía, o si lo extrañaron, se cuidaron de decirlo, pues aquello equivalía a reconocer su existencia ante mi madre. El caso es que yo me las arreglé para llevar al estadio un par de vasos plásticos y una o dos cajas de vino, de la peor estirpe, que colaba entre los sándwiches que llevaba en una bolsa de supermercado. A nadie le importaba que los vasos se usaran mil veces, ni el precio que yo cobraba, a todas luces, desproporcionado. 

De ese modo me vinculé con la barra brava. Fui conociendo sus códigos, celebré todos los goles que ellos celebraban, aprendí el nombre de los jugadores y sus biografías, supe cómo iba el campeonato, cuántos puntos nos separaban del líder. Me trataban con cariño. Era como su mascota, y si no lo era, yo creía que lo era. Hubo días en los que incluso miré el partido durante algunos minutos; pero lo que en verdad me gustaba era la gente, el bombo, las banderas, los canticos, que me sabía al dedillo, la pirotecnia y las bombas de ruido. A veces hacían la ola, a veces bajaban, cada fila sobre la anterior, como lava que fuera a arrasarlo todo: las rejas, los pacos, el arco, hasta el área chica, si hubieran seguido. Pero se detenían de pronto y saltaban como monos. Eso era en verdad lo entretenido. 

Un día, uno de ellos me dijo chico, pásale estos estos papelillos al loco ese que está allá. El loco no estaba loco, era un decir no más, pero yo igual corrí, como si se tratara de socorrer a un enfermo. Después me dio un billete. Yo no sabía que era droga, de modo que el trato me pareció ventajoso y el tipo un tarado. Con el tiempo supe que me timó. 

Era fácil entrar papelillos al estadio; no había que cargar con una bolsa enorme; bastaba hacer la fila, con cara de pendejo, y no mirar a los carabineros. Uno siempre sabía con quién hablar, había que ser discreto, entregar los papelillos, y no contar los billetes hasta estar en casa. 

El tipo que me entregaba la droga cayó preso durante Semana Santa. Mi madre había ido a misa y cuando volvió, vio a los policías frente a mi casa y creyó que yo me había muerto; la pobre pensó que me había caído a un canal de regadío, que pasaba cerca del barrio. Se le doblaban las piernas, me contaron, y creo que se desmayó en los brazos de un detective. Cuando despertó y los policías le dijeron que me buscaban por otra cosa, debió haberse desmayado otra vez, pero a mí nadie me contó qué pasó. Los detectives me esperaron en la calle, en una camioneta blanca, con las balizas encendidas, de modo que los vi mucho antes de que ellos pudieran verme, y puede darme la vuelta y salir corriendo, pero aquello equivalía a confesar. Los detectives sabían que yo conocía al traficante, pero no sabían nada más, de modo que yo les conté de la barra, de que el tipo no aparecía siempre, que le faltaba garra, en fin, que era un poco tibio y que parecía que la cabeza la tenía en otra cosa, lo que seguramente ellos ya sabían, porque ni siquiera tomaron nota, el caso es que se despidieron de mi madre, no de mí, y dijeron que me iban a llamar. Mi madre me dio la última paliza de mi vida, que cómo la hacía pasar esos sustos, me gritó, que quizá con quién me metía, que lo único que le faltaba era un hijo delincuente, y después se echó a llorar. 

Dos meses más tarde, habló conmigo el tipo del bombo; era un barra brava bajito y rechoncho, de pelo ensortijado, que usaba gafas oscuras todo el tiempo; me dijo, loco, tengo que hablar contigo, espérame en los baños, en el entretiempo; yo le dije bueno, aunque no lo conocía mucho, de vista, no más, pero ya por aquel entonces, solía llevar un estoque entre mis ropas. 

El tipo del bombo se puso a orinar al lado mío, como en las películas, y no se anduvo con rodeos; me dijo alguien tiene que hacerse cargo, y me miró de medio lado, queríamos saber si te interesa (mi orina caía sobre un charco de espuma), pudimos hablar con algún otro, pero primero quisimos hablar contigo. Le dije que me interesaba, mientras sacudía el pene, pero él siguió orinando sin decirme nada; había tomado cerveza toda la tarde y daba la impresión de que nunca iba a dejar de mear; tuve que esperarlo un buen rato; que aproveché para lavarme las manos. Después me dijo ya no eres un pendejo, te las vas a arreglar solo, ¿me oíste?, y yo le dije que no había problema. Él se cerró el marrueco y salió del baño; no se lavó las manos. 

Ya no era un pendejo, era verdad, me pagaba mi propia pieza y la Rucia vivía conmigo. Me emborrachaba los sábados y los domingos, después del partido. Pero cuando estaba en la barra, tenía que estar lúcido, atentos los cinco sentidos; nunca falta el que se quiere quedar con el negocio, o el que te vende como Judas, o los que te emboscan en la calle; nunca se sabe dónde están los enemigos. Un día, unos locos me atajaron en una esquina, tenís un cigarro, loco, me dijeron, y yo me llevé la mano al bolsillo, la derecha, pero con la izquierda saqué el estoque, di un salto atrás y me puse en guardia, esperando que se me vinieran encima. Pinché a dos, que quedaron tirados ahí mismo, sangrando sobre el pavimento; pero los otros eran más hábiles y me tiraron un par de cortes, que alcancé a parar con el antebrazo. Me tenían acorralado contra un cerco, cuando apareció el Flaco, que era medio pariente de la Rucia, o algo así, con una botella en la mano; recuerdo que la rompió contra un muro y se quedó con el gollete y unos filos amenazantes, con los que avanzó corriendo y gritando como si estuviera drogado; parece que a los locos los tomó por sorpresa o les dio miedo, el caso es que salieron corriendo y se perdieron en la noche, más allá de las últimas casas del barrio; nosotros también corrimos, pero no para seguirlos, no éramos huevones, corrimos para que nadie pudiera vernos, no en vano había dos muertos y yo tenía en la mano en estoque ensangrentado.

El Flaco era un barra brava del montón; pero conocía al líder, que también me conocía, pero no tanto, apenas sabía que yo la llevaba, que tenía la mano, como le dicen, o sea, que era el que traficaba. Él nunca compraba; otros compraban por él. El Flaco me lo presentó el domingo siguiente; el tipo me estrechó la mano, el saludo completo, con todos los agarres de dedos en boga por aquel entonces, y después me abrazó. Me dijo que me ubicaba, que me tenía aprecio, y que estaba contento de que me hubiera cargado a esos dos buenos para nada. Entonces comprendí. Me quedé cerca de él y lo pinché cuando salía. Nadie se dio cuenta; fue como si se desmayara en medio de todos, nada más. Cuando se agacharon a recogerlo, yo ya había desaparecido. En el velorio presenté mis respetos a la familia. Durante el cortejo, dirigí a toda la barra, yo tenía derecho, todo el mundo había visto que éramos amigos. Lo enterramos entre cánticos y banderas; también hubo bombas de ruido. Juramos matar al asesino. Una semana después identifiqué a los hijos de puta que lo habían matado; éramos quince, quizá más, y los pobres desgraciados no alcanzaron a decir nada, tan solo me miraron y creo que recordaron la noche que se metieron conmigo.

¿Quién se acuerda de los jugadores en un momento como ése? No se necesita saber de fútbol para seguir vivo. Pero yo algo sabía, no me gustaba, pero sabía, lo suficiente como para opinar, cualquier cosa, una huevada, pero dicha con pachorra, como correspondía a un líder.

El Flaco también me presentó a la Enana, nuestra mejor amiga; no sé para qué me la presentó si todo nos ubicamos del barrio, nos conocíamos de chicos, pero igual la presentó; lo que no sabíamos que era que fuera su pareja y que vivían en la misma pocilga que nosotros, que alquilaban una pieza a unos pasos de la nuestra. Desde entonces, nos hicimos inseparables. Los domingos, nos juntábamos después de almuerzo y nos íbamos caminando hasta el estadio; en el camino se nos iba uniendo gente y cuando llegábamos éramos más de cincuenta, y quizá me quedo corto. Ya no trabajaba solo, tenía otros locos que me hacían la pega; yo los miraba desde abajo, de espaldas a la cancha, mientras dirigía a la barra, que ahora era mía. 

Se entiende que sea barra brava y no me guste el fútbol, ¿verdad? 

Lo del crimen es más difícil de explicar. No el de los pobre diablos que mandé al infierno, que a nadie le importaron nunca en realidad, ni siquiera el del antiguo líder, que al final de cuentas tampoco era gran cosa, de otro modo aún estaría con vida. Ninguna de esas muertes cuenta cuando hablo del crimen.

Digamos que fue por una mala racha, del club, y también mía, porque ya desde hacía tiempo que mi vida y el club eran la misma cosa. La gente se estaba aburriendo de tanta derrota, y nosotros, los de la barra, los que seguíamos al club a donde fuera, pesábamos menos que un que un paquete de cabritas. Cada vez que encarábamos al presidente, es decir, al gerente del club, ni siquiera nos miraba; daba la impresión de que éramos trasparentes; el huevón hacía como que respondía una llamada en su teléfono celular, y nos dejaba a sus gorilas como único interlocutor. Uno tiene su orgullo, es cierto, y no voy a negar que me daban ganas de darle un buen golpe, o de pincharlo frente a las cámaras de televisión. Pero, ¿qué se podía ganar con número como ése? La gallada, después de todo, es de lo más sentimental; lo más seguro es que si lo hubiera hecho, la barra entera se habría sumado al cortejo: funeral con banderas, cánticos y discursos sensibleros, como si el tipo fuera un crack. La tele, es lo más seguro, haría un programa especial, con psicólogo y todo, que explicara la mente del asesino, en este caso yo, condenado a quince años y un día, sin derecho a libertad condicional. 

Yo no era tan boludo como para meterme en esos líos, de modo que me limitaba a increparlo frente a las cámaras, luego de cada derrota, es decir, domingo tras domingo, porque el equipo iba de tumbo en tumbo, una temporada para el olvido, qué quieren que les diga, con dos o tres chispazos, que nos iban salvando de la segunda división. Yo no entendía cómo los accionistas estaban tan tranquilos, negocios son negocios, repetía con fe, y cualquier analfabeto sabía que el club iba a la quiebra si no venía un golpe de timón. 

Un día me encontré apostando contra mi equipo, sin dar la cara, por supuesto, porque un barra brava se debe al club de sus amores, pero nadie vive del amor; la gente ya casi no iba al estadio, no se vendía nada, ni siquiera banderines; lo de la droga iba peor. La necesidad tiene cara de hereje, dije entonces, y me las arreglé para que un primo del Flaco apostara por mí; era un pobre tipo, que la mayor parte del tiempo estaba volado, y el resto del día, se dedicaba a conseguir cualquier cosa que pudiera fumar; hasta cigarrillos fumaba el loco cuando estaba muy desesperado, algo tan imbécil como tomar Coca-Cola cuando lo que se quiere es chupar de verdad. Le dije al loco que si se iba de tollo, o sea, que si salía una palabra de su boca, se las iba a ver conmigo, que cuando me pongo bélico, igual me puedo cargar a un tipo como vos, así le dije, de modo que el tipo recibió los billetes calladito y partió. La Rucia no lo podía creer, porque le entregue los billetes al mocoso frente a sus ojos, vendí a mi equipo como un Judas, y la vi haciendo pucheros, a la Rucia, que siempre es tan dicharachera, la pobre estaba a punto de llorar. Pucha, Rucia, no pe pongaí así, le dije, fue pa' salir del paso, pa' pagar algunas cosas que nos faltan, nada más. La Rucia me miró sin decir nada, después se empinó algo así como un litro de cerveza, casi sin respirar, y después se puso a reír; el domingo, me dijo, entre carcajadas, voy a estar contenta igual, porque si el equipo gana, no me va a importar que algún gil se quede con tu plata, y si pierde, la ganancia nos va a arreglar el mes. Eso es saber apostar, concluyó, y fue como si se me hiciera la luz: los cuicos igual apuestan, le dije a la Rucia, que no supo bien a quién me refería; los dirigentes, Rucia, por eso vamos cada vez peor. La Rucia pensó que lo hacían igual que yo; me costó hacerla entender que no, que no había nadie recibiendo los billetes, que no había ningún punga como uno, con la mano en el estoque, cuidando que nadie se avivara, mientras el cabrón de turno hacía cuentas. En todo caso sus matones eran toda la fuerza policial. Creo que la Rucia no entendió.

Cuando se lo expliqué al Flaco, no fue mejor. Me pareció que vivía en un mundo de tarados, y comprendí por qué los pobres eran leales al club; jamás miraban un partido; se conformaban con saltar y gritar como macacos, más atentos a la barra, a los canticos y al bombo, a hacer estallar bombas de ruido, que a los veintidós tipos que corrían tras el balón. Cuando volvían a casa, tenían que ver los goles en la televisión. A mí me daba lo mismo, nunca me gustó el futbol, pero entendí que si no miraban la cancha, menos podían darse cuenta de lo que ocurría afuera del estadio. Yo, en cambio, sabía que si hubiese nacido en otro barrio, o en otra familia, si no viviera con la Rucia, si no fuera amigo del Flaco y de la Enana, habría vestido otros colores. Para mí era claro. Para ellos, no. Por eso yo era el líder, por eso guiaba a mi manada, por eso sólo yo entendía que los cuicos, a su manera, apostaban igual que yo. Fue entonces cuando comencé a pensar en comprar acciones, de mi club, por supuesto, pero no porque me hubiera venido el arrepentimiento, nada de eso, sino porque comprendí que no debían valer nada, y que si los cuicos apostaban bien, tendría que esperar una o dos temporadas para que mi equipo volviera a ganar. Entonces, sería el momento de vender, y la gallada de mi barra, más de mil oligofrénicos, borrachos y drogados, compraría sin pensar en nada, sobre todo si yo contaba alguna historia, como que necesitaba la plata para una cirugía urgente, que me habían encontrado un tumor, algo dramático, aunque también podría decir que necesitaba las monedas para seguir al club cada vez que saliera del país. 

Soñar no cuesta nada, pensé después. ¿De dónde iba a sacar la plata? Me conformé con las apuestas, a pesar del riesgo, porque al loco igual se le podía caer el casete, cantar más de la cuenta, ¿me explico? Uno no podía confiar en la discreción de un tipo que más de la mitad del tiempo deambulaba medio inconsciente, como un espectro, pero un espectro parlante, que lo mismo podía gastarse mis monedas que ir pregonando a los cuatro vientos la mejor historia que se podía contar, con tal de ganarse de los favores del que invitara una chela, un cogollo miserable o la última mugrosa línea de coca, más vidrio molido que clorhidrato, ya se sabe, la angustia se vende a precio vil, y claro, una cosa es un rumor, habladurías de un rival, y otra muy distinta es vérselas con tamaña verdad.

Cada semana que pasaba era una tortura. Cuando el loco me traía las monedas, yo lo miraba a los ojos para adivinar la treta, para leer en ellos la felonía; pero el loco tenía las pupilas de agua, como en otra parte; mirarle los ojos era como perderse en la niebla, como descifrar un espejismo; no tenía mirada, el loco, y aunque uno buscara sus pupilas, era como si siempre tuviera los ojos en blanco. Me entregaba los billetes y yo los contaba, uno por uno, como si él pudiera robarme; lo hacía por costumbre o por rabia, o por buscar una excusa para cargármelo, porque yo sabía que en verdad la plata le importaba un huevo, que lo que en verdad le interesaba era la yerba, aunque fuera la peor marihuana que pudiera conseguirle.

Un día un barra brava, un mocoso flaquito, de pelo tieso, que conocía hola y chao, pero que después de todo, conocía, no me saludó; nos cruzamos en la calle, a plena luz del día, pero no me saludó. Pudo haber ido distraído, pensando en otra cosa, o tan ebrio que no alcanzó a reconocerme, pero a mí me dio mala espina. Comencé a andar alerta; si veía a un par de mocosos vistiendo la camiseta del club, cruzaba la calle y seguía por la otra vereda, espiándolos de reojo, y si ellos también cruzaban, llevaba mi mano al estoque, esperando la reyerta. Procuraba no salir solo; me las arreglaba para que el Flaco me acompañara a todas partes, pagando, claro está, el consabido estipendio: escuchar sus amarguras de hincha y de imbécil, que son casi lo mismo. El Flaco me decía que si contrataban un defensa central y dos volantes, la cosa se podía arreglar, que de la mitad pa' arriba el equipo andaba bien, era cosa de ver las estadísticas, quince goles convertidos en siete partidos; pero la zaga daba pena, la más batida del campeonato, o casi, había un par de equipos que estaban peor, pero los nuestros eran un desastre. Le dije que lo que faltaba eran huevos, garra, que los tipos no mojaban la camiseta, que no era necesario gastar un peso, que bastaba con la cantera, pero que nadie se atrevía a desahuciar los contratos, que ya no había fondos para hacerlo y que los únicos que podíamos sacar al equipo del pozo éramos nosotros, los hinchas. El Flaco se la tragó enterita, me invitó una chela y creo que esa noche se acostó contento. Yo en cambio, no pude dormir; me devanaba los sesos pensando si debía matar al loco, no al Flaco sino a su primo, o seguir con las apuestas. Era fácil seguirlo, le daba lo mismo caminar solo, aunque las luces de las luminarias las hubieran apagado a piedrazos los mismos pendejos que más tarde emboscaban a los obreros ebrios. Creo que ni siquiera se daba cuenta de que estaba oscuro… ni de que iba solo. Pero si el cabrón había hablado, si ya le había ido con el cuento a alguien, que después apareciera en el canal, con una puñalada en el pecho, equivalía a entregarme confeso, no a la policía, que no se mal entienda, a nadie le interesa un adicto muerto; matarlo era admitir que eran verdad las habladurías, que el finado había dicho la pura y santa verdad, que aunque estuviera volado, igual sabía lo que decía, sino no lo hubiesen matado, todos sabían que no tenía un peso y sólo uno lo quería ver muerto. Eso, si había hablado; yo no lo sabía, no podía saberlo: cualquiera sabe que en estos casos, uno no puede andar preguntando, hay que leer indicios donde nadie más los lee, hay que ver bajo el agua, como dicen, mejor aún, bajo el pavimento. 

Un día llegó la Enana hecha una fiera. Venía con la camiseta del club, pero no la de ahora, sino la que el equipo había usado hacía tres años; ella decía que la usaba porque ese año campeonamos, pero yo sabía que era porque no tenía plata para compra otra. La pobre tenía que usar ropa de cabro chico, qué se yo, de un pendejo de seis años, máximo de siete, porque no medía mucho más de un metro veinte, lo que no habría sido un gran problema, la Enana conocía mecheras que robaban ropa en tiendas infantiles, que se especializaban en eso. El lío venía después, porque las mangas le quedaban largas, y la Enana tenía que llevar la camiseta a una modista, y aunque cobraban poco, siempre era un gasto. 

La Enana era deforme; parecía que en su infancia, su cuerpo se había ido quedando sin fuerzas de a poco, como por capítulos, de manera que algunas partes dejaron de crecer, sin que las otras se dieran por enteradas; primero las piernas, que eran muy cortitas, después los brazos, que terminaban en unas manitos regordetas, como de muñeca. El tronco, en cambio, lo tenía más largo, de modo que la ropa nunca le quedaba bien. Su cabeza se veía enorme, como si fuera un feto con ropa, unos bluyines diminutos y la camiseta del club, de hace tres años, eso ya lo dije, mirándome furiosa, cosa que también dije, pero es bueno recordarlo, para que se entienda lo que sigue. Quiero oírlo de vos, me dijo, a ver si eres hombrecito, dímelo en la cara, con una voz chillona, como de payaso, pero que rompía los tímpanos, se los juro, nunca había visto a la Enana tan embravecida. El Flaco la miraba con los ojos muy abiertos, parecía que estaba a punto de saltar sobre ella, para evitar que se fuera acriminar. El Flaco era un huevón tranquilo, uno de los pocos que trabajaba, de modo que siempre estaba ayudando, un billetito para una chela o para un cuete, él nunca preguntaba, era pacífico el Flaco, y desde chico le gustó la Enana, nadie sabía bien por qué, con su metro ochenta… a su lado la Enana parecía como si ella fuera de juguete; todos apostábamos qué saldría de la cruza. Nada malo, en todo caso, porque los dos eran buena gente, inocentes e imbéciles, apasionados, según ellos, aunque yo sabía que no se podía ser un barra brava si no se era un retrasado, como ellos, o un delincuente, como yo. Brutos, en todo caso, y con esa estupidez que ellos denominaban pasión, la Enana había llegado hasta la pieza que compartíamos con la Rucia, con el único propósito de encararme. ¿Y qué le iba a decir yo? La pura verdad, no más, que jamás había apostado en contra del club, que cómo era posible, que quién había dicho semejante calumnia, y ella me dijo que el primo del Flaco, y yo le dije cómo le vas a creer al loco, si anda volado todo el puto día, quizá con quién me confundió, y ella como que se lo quedó pensando, como que quiso llorar, se puso tan nerviosa que comenzó a morderse las manos, es que él dijo que tú le dabas la plata para que apostara, y yo repliqué sobre la marcha, de dónde quieres que saque plata, si ya no me alcanza ni pa hacer cantar un ciego, dije, recordando un dicho de mi viejo, que parece que le hizo gracia, porque sonrió, mientras el Flaco que sabía y la Rucia, que también sabía, se miraban los zapatos, sin atreverse a decir esta boca es mía, porque se daban cuenta que la Enana no iba a entender razones, y que yo viera cómo me las arreglaba, hasta aquí, maravillosamente, porque la Enana se empezó a calmar. Toma, le dije, la plata del arriendo, anda y apuéstala toda, yo no pierdo la esperanza, ¿y vos?

El que perdió fue el equipo, y por goleada, y no tuvimos dinero para pagar el alquiler ese mes. El dueño no nos dijo nada, pero con la mirada nos apuñaló. Concha de su madre, pensé, y me entraron ganas de molerlo a golpes, pero no hice nada, porque sabía que no tenía sentido hacerlo, y además, porque tenía otras cosas en que pensar. Por ejemplo, en el Huiro, un loco recién parido que había armado una barra rival; los locos vendían la droga más barato, metían trago en el bombo y parece que tenían un arreglo con los pacos, porque traficaban delante de ellos y los polis miraban pa otro lado; en cambio a los nuestros les llovían palos, con ellos los Carabineros dejaba claro que eran la autoridad. Pacos culeados. 

Un día el primo del Flaco apareció muerto en el canal; su cuerpo descansaba entre la mugre de la orilla, enredado en unos matorrales, mientras que sus pies estaban cubiertos por el agua, un agua sucia y pestilente; recuerdo que el olor a mierda era más intenso que el del cadáver. Las moscas zumbaban y se paraban en las manos del muerto; sus dedos tenían un color violáceo, igual que sus labios, pero por algún motivo que no entiendo, algunas partes de su piel se veían verdes; sus tobillos apenas asomaban sobre el agua y habían sido mordisqueados por las ratas, un festín para ellas, sobre todo si ya se habían cebado con otros adictos; me imagino que la angustia también les da a los animales.

La policía acordonó el área; policía uniformada: nunca resolvían un caso, un adicto pobretón no le interesa a nadie. Mal por mí, en todo caso, sin un culpable, cualquiera podría cargarme el muerto.

Seguí apostando por nuestro equipo; a veces iba yo, pero otras veces le daba el dinero a la Enana, que movía la cabeza, porque sabía que yo estaba en la cuerera, y en parte, quizá, porque le daba mala espina que yo me resignara a perder de esa manera, sobre todo en las últimas fechas, cuando el club ya no se jugaba nada y los jugadores entraban a la cancha pensando en el pitazo final. 

El casero nos tenía amenazados, pero yo no me atrevía a dejar de apostar. El Flaco me pasaba unos billetes, de tanto en tanto, sin que se enterara la Enana, que no se atrevía a decirme nada, porque no habría sido bien visto que ella me aconsejara que no apostara más por el club de sus amores, habría sido como traicionarnos, al club, al flaco, y a cada uno de nosotros, nadie podría ser tan mal nacido que no esperara un milagro, un repunte de último minuto, aunque sólo sirviera para salvar el honor. La cordura le indicaba que me aconsejara, que me pidiera que desistiera, pero un hincha nunca actúa con cordura, un hincha late, no piensa, es todo corazón… De modo que la Enana optaba por callarse, menear la cabeza cuando creía que nadie la miraba y, de cuando en cuando, aparecer por la pieza con cualquier cosa, un tarro de duraznos, un par de completos, unas empanadas, lo que fuera, era su forma de colaborar.

La Enana fue la primera que supo que la Rucia estaba embarazada, y al tiro se puso a buscar ropa de guagua, preguntando en el barrio a quién le sobraba algo; consiguió chalequitos de lana, zapatitos, hasta baberos, y lo tenían todo puesto sobre la cama cuando yo llegué; la Rucia me miraba con una sonrisa idiota, como si yo fuera alegrarme, como si fuera mi deber alegrarme, y la Enana me abrazó y me felicitó. El Flaco llegó después, con una cerveza en la mano, por lo que supuse que ya estaba enterado: el único huevón que no sabía era yo. Tuve que hacerme el boludo, como que me alegraba, como si el club ganara todos los fines de semana, como si por ser el jefe de la barra tuviéramos de sobra, con lo que gasta una guagua, yo no sabía qué tenía la Rucia en la cabeza, seguramente mierda, cagaste huevón. La Enana y el Flaco no se dieron cuenta, pero me guardé la rabia hasta que se fueron y entonces le rompí la cara a la Rucia, un solo combo que la dejó viendo estrellas, el ojo morado por una semana, por imbécil, qué le costaba tomar pastillas, en el consultorio las daban gratis, para qué mierda iba a la matrona entonces, tendrían que haberle trasplantado el cerebro, que le sirviera para inventar algo cuando la Enana le preguntara qué te pasó Rucia, dime, por favor, con la cara desencajada, como si hubiese visto al diablo, y la Rucia no sé con qué tropecé.

Yo chité entonces, porque en la tele estaba hablando un dirigente, uno que no estaba de acuerdo con el presidente del club. Las dos se dieron vuelta y se quedaron oyendo como hipnotizadas, al dirigente rubiecito, recién bañado, se notaba; pensé que si la tele fuera con olores, la pieza olería a perfume francés. El periodista que lo entrevistaba era incisivo, dejó entrever que el camarín estaba dividido, que el técnico estaba desesperado y que la dirigencia no daba para más, y de improviso, le encajó el micrófono al rubiecito, quien al verse sorprendido, dijo que era verdad, que él en persona se había entrevistado con el cuerpo técnico, que el descontento era generalizado, que incluso las divisiones inferiores se habían visto afectadas, que el primer equipo era el espejo en el que se miraban los más chicos, en fin, pavadas como ésas, pura mierda no más, hasta que al final se fue de lengua y dijo que durante el almuerzo el entrenador le había pedido que contratara tres refuerzos, dos volantes argentinos, un creativo y uno de corte, y un zaguero paraguayo, que él ya tenía en carpeta, pero que por la tarde se había entrevistado con el presidente y que éste le había respondido con un no. Golpeé la mesa con mi puño, y las dos mujeres saltaron asustadas. Bebí un resto de cerveza tibia, que alguien había dejado en un vaso, Dios sabe cuándo.
Y el viernes volví a apostar. 

El domingo el equipo perdió dos a cero, pero yo sabía que las cosas iban a mejorar. Alguien tenía que hacer algo, de modo que en la barra pusimos un lienzo que decía "fuerza presidente", nadie podía creerlo, si hasta los mocosos de la nueva barra creyeron que me había vuelto loco, pero yo les dije, hay que estar unidos, compadres, el club es uno solo; pero ellos no me oyeron, estaban fuera de sí, parece que habían tomado anfetaminas o algo parecido, y de todos modos extendieron su lienzo, con sus enormes letras que exigían la salida del presidente del club. La pelea entre ambas barras salió en todos los canales de televisión. La muerte del presidente también. Alguien le clavó un estoque cuando salía del estadio; recuerdo que la barra nueva se le acercó a encararlo, el Huiro al frente de todos, y que nosotros intentamos protegerlo, rodeándolo, para que ellos no pudieran acercarse, pero el Huiro estaba demasiado cerca, el Huiro y los demás, uno de ellos tuvo que haber sido, pero nadie se dio cuenta, porque el presidente pareció desmayarse, como si se hubiese descompuesto de repente, y quedó tendido en el suelo, con un agujero en el pecho, un puntazo chiquitito, justo en el corazón.

Los funerales fueron magníficos, discursos sentidos, gritos de la barra, nuestra barra, la única barra con derecho a estar allí, una barra enorme, más grande que nunca, ahora que el Huiro anda escondido, quién sabe dónde, justo ahora el pobre idiota, justo cuando el nuevo presidente interpone una querella en su contra, y a renglón seguido, anuncia que se espera contar con los servicios de dos nuevos volantes argentinos y un zaguero paraguayo, un pierna fuerte de nivel internacional.

miércoles, 18 de junio de 2014

15 DE JUNIO

El 15 de junio fue mi cumpleaños. Recibí más de 120 saludos (en ese momento perdí la cuenta) a través de Facebook, y no puedo dejar de agradecer el cariño de todos quienes me escribieron.
Ese día, para hacerme un regalo a mi mismo, escribí un cuento: "El caso del taxidermista". Pensé en compartirlo con todos aquellos que me siguen y con quines me saludaron ese día, y tembién con todo aquellos otros, que quizá no me saludaron, pero que me acompañan de cuando en cuando con algún comentario o un me gusta en mi muro. Sin embargo, preferí no hacerlo, un tanto intimidado por las repetidas quejas de otros escritores, que han denunciado plagios en internet (no de mi parte, por cierto). Como no he inscrito ese cuento en el Registro de propiedad intelectual, me abstuve darlo a conocer; pero, por ero, me quedé con la senación de no haber celebrado mi cumpleaños de un modo literario, y auqnue en familia (con una parte, al menos) y con mis compadres Víctor y Angélica, celebramos en forma privada, pasando un grato momento, sentí que algo me faltaba. Después de pensarlo, decidií  regalarme y regalarles a ustedes, un cuento que escribí hace un tiempo, que forma parte del libro "Cuentos inmorales", que ya está inscrito en el Registro de propiedad intelectual. Se llama "Barra brava", y creo que de algún modo también es apropiado compartirlo ahora, en estos tiempos en que buena parte del planeta está pendiente del Campeonato mundial de fútbol, de modo que los invito a esperar la prómima entreada.