miércoles, 9 de abril de 2014

LA SITUACIÓN



No pretendo justificarme ni pedir perdón, ¿por qué habría de hacerlo?, después de todo, somos iguales, nadie es mejor, todo depende de la situación, lo que a uno le tocó vivir, nada más; a algunos les toca bailar con la fea, como dicen los che, a otros, pasar por la vida, ir tirando, pero nadie nace bueno, no ve vengan con monsergas, ni malo, ¿cómo va a ser eso?, una guagua llora y le encajan la teta, así aprende lo que es bueno, es decir, aprende cómo ir zafando, saliendo adelante, y al principio eso basta, un par de pucheros y todo arreglado, pero luego las cosas se complican y hay que rascarse con las propias uñas, y entonces aparecen las primeras diferencias, quién tiene mejores uñas, nada más, la ética la inventan los perdedores, los que tienen uñas romas, los rumiantes, los que se mueven lentamente, los que no son capaces de captar la situación. Yo siempre supe cuál era la situación que me tocó vivir, un mocoso de clase media, no muy dotado, quiero decir, ni bello ni inteligente ni simpático, más bien un dolor de cabeza, nada que mi madre no hubiese cambiado por algo mejor, no me engaño, su amor siempre tuvo algo de resignación, quizá debió cambiarme al nacer, tomar cualquier bebé y ponerle mi cinta, la cintita esa que le ponen a los recién nacidos en la muñeca para no confundirlos, lo que demuestra por cierto, que somos iguales, que cualquier enfermera distraída puede torcerle la vida a un infante, quitarle prebendas, regalarle golpizas y humillaciones, cuando no al revés; quizá una madre más astuta que la mía sobornó a alguien para que me cambiara, es decir, se deshizo de mí, y mi pobre madre debió soportar las mentiras de todos, qué guagua más linda, mira qué monada, qué caballerito, qué muchacho más varonil, por no decir que era feo y medio tarado, aunque en esto último quizá exagero, lo digo por mi libreta de calificaciones, nada más, pero no era necesario que mintieran, igual pudieron preguntar ¿todavía te saca canas verdes?, ¿hasta cuándo lo aguantas?, o simplemente, mantenerse en silencio, a nadie le piden que elogie a un hijo ajeno, pero la gente acostumbra a hablar sin que nadie le pida la opinión, hablar por hablar, chillidos de monos, a fin de cuenta, cualquiera puede entenderlo, basta con ver un reportaje en la televisión… basta con ver la televisión.
Que se entienda; no quiero justificarme; sólo busqué mi camino; yo no iba a ganarme la vida como obrero, eso mi madre no lo hubiera permitido, aunque a mi padre le daba lo mismo, con tal de sacarse de encima el problema; pero mi madre no, qué habrían dicho sus amigas, cómo no pudo ser algo mejor. Mi madre tenía algo de mártir, sin duda, no sé cómo se empeñó en que yo ingresara a la universidad, pagó profesores para que fueran a casa, habló con una psicóloga, hasta un cura llegó a verme, para aconsejarme, para que enmendara mi camino, para que fuera "alguien", fue el término que usó, pero al cabo de un rato, resultó evidente que no lo escuchaba y prefirió retirarse dignamente, diciendo que contara con él si alguna vez quería hablar. No nos volvimos a ver.
A mediados de los sesenta, resultó evidente que mi vida no iba a ningún lado, de modo que mi padre habló con un amigo y durante una cena, me dio la noticia que esperaba: podía dejar el colegio. Luego nombró a alguien que le debía un favor, trató inútilmente de que lo recordara, había estado en casa para un cumpleaños, cómo iba a ser tan cabeza de pollo que no lo recordara, en fin, que de aquí en adelante iba a ser mi jefe, que me esperaba el lunes, en el banco, para que aprendiera el oficio de cajero, que con el tiempo se vería, que podía hacer una carrera allí. Mi madre se opuso tenazmente, con lo que me ahorró una discusión; seamos sinceros, yo no me veía como empleado bancario, pero por otra parte, la obstinación de mi madre, me impedía dejar los estudios, y al fin de cuentas, no sabía qué era peor. Con mis calificaciones, era casi imposible que estudiara una carrera, cualquiera, incluso la menos exigente, requería de gente con mayor potencial; me quedaba el seminario, en teoría, pero nadie con dos dedos de frente, habría creído que yo tuviera la menor vocación, y también, en teoría, me quedaba la escuela militar, solución que a mi padre le pareció satisfactoria, ya vas a ver cómo los milicos lo van a enderezar, y a mi madre la llenó de emoción; creo que de inmediato me vio vistiendo uniforme, quién lo hubiera creído, las amigas de mi madre con cara de envidia o queriendo que conozca a alguna de sus hijas, un teniente es buen partido, ya se sabe, las mujeres se derriten frente a un uniforme militar, cada una a su manera, las niñitas de las monjas, por un cadetito, las medio de pelo, por un cabo, y las empleaditas, las mucamas, las de todo servicio, con algún conscripto en la salida dominical. Es lo que entiendo por la situación, lo que le tocó a cada uno, eso que no eligió, que los fatalistas de siempre llaman el destino, pero que si fuera el destino, tendría algún sentido, digo yo, el destino implica una estación terminal, por eso prefiero el término situación, algo momentáneo, algo que se dio sin haberlo elegido, un escenario evanescente en el que a uno le tocó actuar; o no actuar, que para el caso es lo mismo, la omisión ya es un acto, no sé si me explico, para entonces ni yo me lo explicaba y ocurrió lo que ocurrió. Yo no lo elegí, no lo provoqué, tan sólo estaba allí, y cuando digo allí, no me refiero a un lugar, sino a una situación, que para el caso también incluye un lugar, o más de un lugar, una suma de lugares, que al final son un solo y único lugar, y un tiempo a la vez, hecho de momentos, cada uno, una situación, y todos una sola y gran situación. No faltarán los simplistas que lo asimilen a un sistema de coordenadas, pero aquello es una soberana estupidez; todos los que lo vivimos estábamos en el mismo lugar y en las mismas fechas, pero no todos estábamos en la misma situación. También yo pude estar debajo de las botas, pude ser uno de esos pobres diablos sobre los que mis hombres marchaban, pisando fuerte sobre sus espaldas; hubiera bastado con que fuera obrero, cualquier muerto de hambre se deja llevar por ideas incendiarias: sus uñas no dan para más, se rascan con eso, es lo mejor que tienen para arreglárselas en su situación. Se va entendiendo, ¿verdad? Pero entonces su situación era ésa, y la mía, ordenar a mis hombres que marcharan, yo no iba a estar debajo de las botas, que era lo que habría ocurrido si no hacía las cosas bien. Los prisioneros no eran mejores que nosotros; sólo estaban en peor situación.
Ella no estaba bajo las botas, nunca estuvo debajo de las botas, nadie desfiló sobre ella, nunca temió por su vida; su marido, sí. Su marido o novio, o conviviente, a mí no me preocupaban esas cosas, cada quien vive como puede, esa era mi opinión, pero me cuidaba de no hablar, por la boca muere el pez, se suele decir, y si se dice es por algo, suele estar lleno de beatos y mojigatos, por todos lados, no se crea, incluso en las filas, sobre todo en las filas, iba a decir, pero de eso no puedo estar seguro, aparte del ejército, no conocía mucho más. Pero no es de mí de quien quiero hablar ahora, sino de ella. Era una campesina hermosa, de pelo negro, brillante, es decir que de verdad era negro, azabache, un color que sólo he visto después en prostitutas, artificial, no como ella, que tenía el cabello así desde que nació, tal cual Dios la echó al mundo, como se suele decir. Sus ojos, también negros, parecían tener estrellas, brillaban, como luciérnagas negras. Su piel, en cambio, era pálida, como la de los fusilados, los que habían intentado fugarse, como solíamos decir, pero sus labios no estaban azules, eran rojos y frutales, vivos. Sus piernas eran largas, a diferencia de otras campesinas, de piernas más robustas, quizá más propicias para sus labores, pero despojadas de toda elegancia. Sus senos, sin embargo, eran grandes, como suelen ser los senos de las campesinas, imagino que por algún designio de la naturaleza, siempre propensa a la fertilidad; sus caderas, anchas, o quizá no tanto, quizá tan sólo daba esa impresión por el contraste con su cintura, de avispa, a falta de mejor metáfora; podría haber escrito que su figura era como un ánfora, pero en este país no abundan, y tal como lo digo, se entiende, que no se me pida otra cosa, ya he dicho que jamás fui bueno en los estudios, ¿por qué habría de ser mejor redactando?, y después de todo, la escuela militar no prepara intelectuales, aunque no faltan los imbéciles que se creen letrados porque han leído un par de libros y dan clases a los cadetes, que es como creer que un burro se transforma en sabio porque enseña a los borriquitos a rebuznar; que se entienda bien, yo nunca me engañé respecto de mi trabajo, fue lo que me tocó, mi situación. Conocí prisioneros que si los escuchabas, te daban vuelta el mundo con sus argumentos, es probable que ellos sí supieran algo, pero de poco les servía, bastaba con no prestarles atención.            
    A su marido no sé si le presté atención, bueno, no le presté atención, lo que no sé en realidad es si en algún momento cruzamos palabras, lo que se dice cruzar palabras, lo que es improbable, porque yo daba las órdenes, él sólo debía obedecer, todos ellos debían obedecer, aunque a decir verdad, todos debíamos obedecer, imagino que mi general también obedecía a alguien, es lo normal.
Pero me aparto del camino; quería hablarles de ella, de ella y nadie más, de ella a quien recuerdo en esta hora de insomnio, mientras mi esposa, con su físico de morsa vieja, ronca a mi lado. ¿Debo comentar las circunstancias de mi matrimonio? ¿Debo contar que luego ascendí a coronel, que solicité mi baja cuando correspondía, que hice la vida de cualquier militar? Creo que no. Lo de mi esposa, lo de su físico, para ser más exacto, lo comentó sólo para que se entienda que hay un momento en la vida en que los recuerdos son mejor que la realidad, aunque sólo sean ciertos recuerdos, como el recuerdo de ella, quien me imagino también se ha puesto gorda, enorme, como mi esposa, lo que demuestra, porfiadamente, por cierto, que somos lo mismo, no hay diferencia, nadie es mejor, la campesina y la señorita del colegio de monjas terminan igual, convertidas en morsas si no en algo peor. Pero no me importa cómo será ella ahora, lo que me importa es como era, como yo la quiero recordar.
La vi varias veces rondar el campamento, hablar con los soldados, ofrecerles cigarrillos; una vez vi que un conscripto, por nada, le dio un culatazo con su fúsil; le pedí a mi ordenanza que la curaran y que al imbécil ése lo castigaran con arresto. La población civil no nos debe ver como animales, recuerdo que grité, pero me importaba un cuerno la población civil; sólo quería que trajeran a la hembra a mi presencia. Le pedí disculpas, le expliqué que el conscripto sería castigado y le pregunté qué hacía una mujer como ella, no sé si le dije distinguida o hermosa, o quizá le dije las dos cosas, en fin, algo por el estilo, el caso es que ella me dijo que buscaba a su marido, que los soldados lo habían sacado de su casa de madrugada, que ni siquiera lo dejaron vestirse, que se lo llevaron como estaba, en calzoncillos, y que no sabía si todavía estaba vivo o ya lo habían fusilado. Le pregunté por el nombre, ella me lo dijo, pero procuré no memorizarlo; en aquellos tiempos, era lo mejor. Le pedí que volviera en unos días, que no era seguro, pero que quizá podría decirle algo; ella sonrió y a mí me extrañó que se alegrara frente a una promesa tan vaga; antes de salir, le di unos billetes; ella me miró desconcertada; para que compres antiinflamatorios, dije, y ella los cogió con un gesto rápido, bajando la cabeza, y se fue sin despedirse.
Tres días después, apareció por la guardia. Yo estaba con jaqueca, de modo que me encontraba en mi tienda de campaña, a oscuras, con la esperanza de que el comandante dispusiera de una buena vez de los prisioneros y pudiésemos volver al regimiento. No entendía para qué nos habían hecho acampar a sesenta kilómetros, en un pueblucho que no le importaba a nadie; habría sido más fácil capturar a los comunistas, subirlos a los camiones y disponer de ellos en el regimiento.
Mi ordenanza se acordaba de ella, de modo que un soldado se personó frente a mí y me preguntó si deseaba recibirla. Yo lo miré con un solo ojo; la claridad que se filtraba me hería la mirada y martillaba mi cerebro. El soldado, a su vez, me miraba como un pájaro asustado; tenía más miedo que cualquiera de los infelices que custodiaba.
Ella olía a jabón barato; imaginé que se acababa de bañar, quizá en el arroyo que rodeaba el pueblo; me miró, arrugó el entrecejo y me preguntó le pasa algo, a lo que yo respondí que nada, respuesta que ella pasó por alto, porque de inmediato procedió a recomendarme algunas yerbas, secretos de naturaleza, creo que me aconsejó ponerme rodajas de papa en la frente, hasta que se entibien, luego se cambian por otras, aunque quizá no habló de papas, quizá eso me lo recomendó el cocinero, no recuerdo bien; sí, creo que fue el cocinero, porque le respondí que mejor hiciera papas fritas, y no sé si lo tomó como una broma o como una orden, el caso es que esa noche, todos comimos papas fritas, con dos huevos y un trozo de bife, un lujo para los reclutas, aunque lo más seguro es que a ellos les sirvió los porotos que tenía remojando en un perol. De remedios caseros sí me habló, pero de otros, prometió hacerme llegar algunas yerbas, siempre tenía algunas en su cocina, a menudo su marido sufría de jaqueca y ella le preparaba una tizana. No habló de nada más, mi situación esa tarde era lamentable, ¿de qué otra cosa hubiera podido hablar?
Volvió al día siguiente; traía un atado de yerbas, tal como había prometido. Sonreí; ella sonrió a su vez. Me dijo que quería hablarme, que su propósito, el días anterior, había sido ése, pero como me encontraba enfermo, había preferido no importunarme con una preocupación más, tal cual, con esas palabras u otras similares, pero de igual cuño, no hablaba como campesina, de otro modo no recodaría que me llamó la atención. Escucha las peroratas de su marido, pensé, y de inmediato me puse en guardia, si su marido hablaba así, seguramente no era un campesino, un triste dirigente de cooperativa, sino un jerarca, un líder local que se nos había pasado por alto, quizá hasta un agente subversivo, alguien ajeno a la comunidad. Pero no. Al poco rato me di cuenta, por sus formas, en exceso respetuosas, que se trataba de una mujer sencilla, y que su lenguaje no era sino la precaria huella que suelen dejar algunos profesores de escuela primaria; nada más. Me habló de sus hijos, dos varoncitos, de sus perros, de su abuela, que se había quedado ciega, de sus almácigos y sus gallinas, como si todo aquello fuera suficiente para distraer de su deber a un oficial del Ejército de Chile, algo así creo que le dije, no con esas palabras, por supuesto, no era necesario, pero sí con la suficiente claridad como para que fuera al grano, aunque yo sabía bien por dónde iba la cosa, nunca fui un inocente, menos si la muchacha iba bien maquillada, sonreía y se había puesto un perfume, que seguramente había olvidado el día anterior, o quizá lo usaba porque ese día no se había bañado, hacía frío y seguramente las aguas del estero eran como como cuchilladas. Entonces me habló de su esposo nuevamente, le dije que aún no se sabía nada, y ella me preguntó qué podía hacer, si había alguna forma para hacer todo más rápido, y yo le dije que quizá. Hicimos el amor sobre la mesa que me servía de escritorio, a sacudones, con violencia, quejándonos como barracos; cuando acabamos, ella se vistió y salió a toda prisa; la mesa ya no servía para nada; los soldados que estaban de guardia seguramente se hicieron una paja. No creo que se estuvieran tranquilos con el alboroto que armamos.
Esa noche dormí plácidamente.
Durante una semana, la recibí todas las noches, y cada vez que hicimos el amor, ella acababa entre alaridos, y creo que se culpaba por eso, porque siempre se vestía de prisa, sin mirarme y luego desaparecía, como si no quisiera saber nada de mí, como si en verdad me odiara, como si estuviera obligada a odiarme. Más de alguna vez quiso mostrarse fría y se dejaba hacer, sin moverse, como una tabla, casi como si se lo hiciera a una muerta; pero entonces, yo me demoraba, me cimbraba lento, penetrándola despacito, y poco a poco incrementaba el ritmo, como en crescendo, pero sin llegar a fondo, la puntita no más, como se dice, como haciéndole cosquillitas, hasta que ella se encendía y se crispaba y entonces yo entraba en ella como derribando un muro, como el agua que arrasa con una represa, cada vez más profundo, adentro, muy adentro, y ella flexionaba las piernas, y abriéndose, me ofrecía su pelvis, hasta que ambos, sudando, fustigando las pelvis, gritábamos al unísono, sofocados. Luego ella recogía sus pilchas, muy de prisa, más que en otras ocasiones, se vestía atolondradamente y desparecía en la oscuridad; yo sabía que afuera la esperaba un soldado, y que en realidad no huía ni se perdía entre las brumas de la noche, sino que apresuraba el paso, el soldado mostrándole el camino con la luz de su linterna, hasta que fuera del campamento, por fin en medio de la noche, podía llorar de rabia, furiosa por haber claudicado nuevamente.
Una noche se quedó un rato más. Yo fumaba un cigarrillo perezoso y ella, acostada a mi lado y apoyada en mi brazo, parecía contar las tablas del techo, tablas por lo demás inexistentes en una tienda de campaña; de pronto me preguntó  por su esposo, que cuándo lo iban a liberar. Entonces supe, o al menos, creí saber cuál era el precio exacto que yo debía pagar.
Quiso huir ayer, respondí.
Ella no dijo nada, no lloró, no me golpeó, como yo esperaba, no se desató un ataque de histeria, que me permitiera llamar al guardia; tan sólo recogió sus pilchas y se vistió, muy lento, como meditando si debía cubrirse o no. No la miré; me limité a seguir fumando, jugando con las volutas del humo, intentando anillos imposibles… Las polillas daban vueltas junto a la lámpara que habíamos encendido.
Cuando se fue, pensé decirle adiós; pero sólo lo pensé.
Estuvimos dos meses más en ese pueblo infestado de mosquitos y fantasmas. Una semana antes de retirarnos, ella volvió a mi tienda.