jueves, 27 de marzo de 2014

FRAGMENTO DE MI NOVELA "LA TORMENTA"



Me acordé del gordo Porcel, ¿trabajaba con Olmedo, no?, de una película en especial, se llamaba El bulín, o algo así, cuando la vi era un niño (casi), un millón de años atrás, la vi con Miguel Espinoza, o con Jaime Velásquez, aunque lo más seguro es que fue con Miguel, porque pasamos más de un año yendo al cine viernes, sábado y domingo, me acuerdo clarito porque el viernes estrenaban una película en el cine Central, el sábado en la sala Bulnes, y el domingo ya había otro estreno en el cine Central. En esto no puede haber duda, porque no había más cines en la ciudad. A Miguel sus padres le daban plata para todo y no le molestaba invitar; tenían un bar en la calle San Martín, un boliche oscuro que siempre estaba llenos de ebrios irredentos, y se decía que le daban plata para que se estuviera tranquilo, que no echara en falta a sus viejos, mientras ellos se deslomaban en el bar (porque a él no le dejaban poner un pie allí, a lo más de entrada y salida, no era un buen ambiente para un niño, mi abuelo fue a ver cómo era la cosa cuando supo que era mi amigo, fue y averiguó bien para saber cómo eran las costumbres, pero para mí que fue la excusa para ponerse algo ente pera y bigote). A mí no me daban plata, porque éramos seis hermanos y mis viejos eran profes, y ya se sabe que los profes con suerte sobreviven. Ni malas costumbres podía tener mi viejo, ni aceptar una cerveza, porque si lo hacía se sentía obligado a invitar él la siguiente vez, y, por supuesto, con seis hijos no hay bolsillo que resista, de modo que nunca llegó a casa con olor a trago. Mi abuelo sí, nunca tuvo problemas para invitar, le gustaba invitar, y siempre llegaba medio achispado, aunque ganaba menos que mi padre. Yo también invité, pero eso fue después, cuando aprendí a pintar con tinta china; de algún lado saque una revista porno (juro que no sé de dónde, es decir, alguna vez debía saberlo, pero ahora no me acuerdo), una revista que no pasaba de mostrar beldades en biquini, pero que para entonces era demasiado, y por lo mismo calentaban, lo que demuestra que antes el erotismo era más vivo o al menos necesitaba de mucho menos para despertar, aunque de esto tampoco puedo estar seguro, porque fue una frase que se me ocurrió sobre la marcha, no lo he pensado bien. Digamos, entonces, que en esos años la revista era atrevida; si me hubiese limitado a dibujar a las modelos como aparecían en las fotos, ya habría dado buenos resultados, pero yo era un tipo ambicioso y no me iba a detener en un detalle como ese, de modo que cuando reproducía alguna belleza en una escala, digamos, uno a diez, como para llenar por completo el pliegue de cartulina, sencillamente omitía el bikini; el dibujo era una silueta en tinta china, luz y sombra, de modo que los detalles no eran tan importantes. El resultado, sin embargo, tenía el efecto de embobar a mis compañeros de colegio, un piño de niñitos bien que tenían dinero para malgastar, de modo que el negocio pronto fue rentable (¿mencioné que se los poster los venía, y caro?) y pude invitar a Miguel casi tantas veces como las que él me había invitado antes.
Pero no era de eso de lo que quería hablar; hablaba de Porcel, de una película que iba más o menos así: uno de los compañeros de oficina tenía un departamento, o lo alquilaban entre todos, insisto, la película la vi cuando era un púber que babeaba por ver películas para mayores, no me puedo acordar de los detalles, quedemos en que lo alquilaban entre todos y se turnaban para llevar cada uno a su amiga, es decir, a su amante, pero Porcel y Olmedo (¿era Olmedo, verdad?) iban juntos –¡hay imaginarse los equívocos y las carcajadas!– a ver el fútbol en la TV y comer hasta hartarse. Pero ahora que lo pienso, me parece que en una oportunidad Porcel llevó una mina, no sé por qué, si por cubrir las apariencias o algo parecido, el caso es que el partido que vio terminó en goleada, y cada gol de su equipo, Porcel lo celebraba a gritos, ¡uno, dos, tres…seis!, y la infaltable vecina fisgona pensaba que celebraba cada acto de virilidad; la pobre estaba demudada, en nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, no entendía cómo el gordo era capaz de tanto pecado y publicidad. En este punto, debo pedirle al lector que no intente verificar los datos, la película era vieja, seguramente cuando se estrenó en Temuco ya era un refrito, no creo que haya una copia que se pueda descargar de la internet, y si la hay, importa poco, para los propósitos de este relato lo que realmente importa es que me acordé del bulín, del concepto, digo, que para nosotros los chilenos era novedoso, no es que no existieran aventuras galantes de este lado de la cordillera, es sólo que el término no se usaba, y de ahí que se me quedó grabado en la sesera, una fantasía, el santo grial de mi erotismo: tener un bulín.
Pero nunca pude un bulín; es más, me olvidé por completo de mi fantasía, hasta que Figueroa dijo que se iría a pasar unos días Rio de Janeiro. El tipo es soltero y no tiene familia, de modo que puede tomar vacaciones cuando se le ocurre, es decir, en temporada baja, cuando viajar a cualquier parte es tan barato que hasta un empleado contable lo puede pagar.