viernes, 31 de enero de 2014

FRAGMENTO DE MI NOVELA "EL LABERINTO DE TU NOMBRE"



Nos despedimos del soldado haciéndole señas; lo vimos partir al trote hasta su puesto de guardia. Pasamos las siguientes horas fumando en cubierta, elucubrando qué cosa podía estar ocurriendo; González dijo que se trataba de un golpe de estado, que los empleados habían sido capturados por el ejército y que los estaban interrogando; dijo que seguramente volverían solo algunos, no muchos, pero que los obligarían a trabajar el doble; después, dijo que lo más aconsejable era bajar los camiones por nuestra cuenta, dejarlos frente a la aduana y volver a alta mar lo antes posible, no se les fuera ocurrir interrogarnos a nosotros. No era mala idea, después de todo, porque nadie nos aseguraba que los camiones no tuvieran por destino algún grupo guerrillero o los negocios de algún político del partido hasta entonces gobernante. La idea de González no era mala, pero nadie supo cómo descárgalos; había unas cuantas grúas, montadas sobre rieles, pero los rieles tenían tanto óxido que probablemente ya no se usaban; por lo demás, ninguno de nosotros había operado una grúa nunca.  
Vidal dijo que no creía que fuera un golpe de estado, pues no se oían tiros y, por más que se hubieran llevado a todos a un campo de muerte, igualmente habrían dejado un contingente respetable a cargo del puerto. Casi todos asentimos con la cabeza. González, picado, preguntó que cómo explicaba entonces que no hubiera nadie trabajando en el puto puerto, a lo que Vidal replicó que lo más probable es que se tratara de una epidemia, que los que no estaban en cuarentena estaban muertos, y que los demás no se atrevían a salir de sus casas.
No supimos cuál de las dos ideas era peor, pero Gonzáles dijo que prefería el golpe de estado, porque se podía dar la lucha; Vidal dijo que era mejor –y créame Adrianita, usó la palabra mejor– una epidemia, porque en esos casos todos estaban del mismo lado, a lo que González dijo ¿usted cree?, mirándolo socarronamente. Contreras terció diciendo que no creía que fuera un golpe de estado, porque, como había dicho Vidal, no se oían tiros, ni tampoco una epidemia, porque no había pájaros carroñeros sobrevolando la ciudad, ni nubes de moscas, que siempre se reunían donde había muertos. Vidal dijo entonces que era peor, porque eso significaba que los pájaros y las moscas estaban muertos. El graznido de una gaviota dio por tierra con su argumentación.