sábado, 4 de enero de 2014

BIOGRAFÍAS IMPOSIBLES IV



Theitor, John Paul



S.J. John Paul Theitor, Ph.D. Nació en Alabama en 1947; hijo de un diplomático republicano y de una madre casquivana, conoció el boato y el mundo antes de los tres años. Admiraba a su padre por sus firmes principios morales, a la vez que abominaba de su madre desde la noche en que la sorprendió fornicando con su guardaespaldas, un muchacho afroamericano aficionado al físico-culturismo y la halterofilia. Desde entonces se dedicó a fisgonear por el ojo de la cerradura, para poder llevar el registro de sus infidelidades. Favorecido por su impunidad inquisitiva, pudo contemplar la decadencia de su madre, que a medida que envejecía fue agenciándose amantes cada vez más jóvenes y vulgares, casi siempre latinos y negros, y de cuando en cuando, de acuerdo a las destinaciones de su padre, algunos orientales; con el tiempo, descubrió que les pagaba cantidades crecientes de dinero, en parte porque cada vez era menos atractiva y en parte porque los avispados sementales, además de los servicios de alcoba, se dedicaban al chantaje más espurio.  Luego cayó en cuenta de que su madre cambiaba de amantes cada vez con mayor frecuencia, al tiempo que éstos adoptaron la curiosa costumbre de aparecer muertos en los riachuelos de las barriadas. En la pubertad comenzó a tener sueños eróticos con su madre, por lo que adoptó la sana costumbre del silicio y las duchas frías, acompañadas de tortuosas confesiones que enardecían a los confesores, los cuales, para no masturbarse en lugar sacro, preferían montar en cólera y apostrofar al descarriado, imponiendo penitencias descabelladas, como caminar de rodillas en alguna playa pedregosa o por caminos de grava, con el rosario entre las manos, rezando los misterios dolorosos. Como a pesar del tormento, no lograba espulgar sus sueños, se impuso penitencias aún más desquiciadas que las que le imponían sus píos confesores.
En Roma, siendo su padre embajador ante la Santa Sede, manifestó su deseo de seguir la senda de Dios e ingresar a un seminario, antes siquiera de afeitarse con regularidad; su madre lo besó en la frente, lo que al muchacho le produjo un estremecimiento inesperado, seguido de unas náuseas difíciles de controlar, pero que al parecer pasaron desapercibidas para su progenitor, si es que en verdad era él, ya que la conducta disoluta de su madre propiciaba amargas dudas en el alma de John Paul, y lo llevaba a escudriñar en antiguas fotos del embajador, desesperado para encontrar un rasgo, un mínimo gesto, una sonrisa parecida a la que le devolvía el espejo frente al que se comparaba; sin embargo, además de una frente amplia y de sus ojos azules, no encontraba más que las asquerosas facciones de su madre. Su padre estaba orgulloso de la decisión tomada por su hijo, y la madre, aliviada, porque hacía años que su había percatado de la estrecha vigilancia de su hijo, que ella atribuía a un voyerismo desenfrenado, el cual, lejos de atormentarla, la excitaba. Hechas las diligencias necesarias, John Paul ingresó al mejor Seminario que las influencias del embajador pudieron agenciarle. Su inteligencia preclara lo llevó a ser ordenado precozmente, con la sola promesa de abandonar sus tormentos, cosa que no cumplió, y a pesar de tener un futuro promisorio en las altas esferas Vaticanas, prefirió, luego de obtener sendos doctorados en teología, filosofía tomista y demonología, oficiar de misionero en las favelas brasileras; en ese país bárbaro y pagano, tuvo una revelación: el Armagedón estaba cerca, pero antes, Dios arrasaría con el fuego divino y el agua purificadora, ciudades como Río de Janeiro y otras que había conocido, como antes hizo con Sodoma y Gomorra. Comprendió también la misión civilizadora de Estados Unidos. Pronto, su prédica incorporó estos tópicos, y pronto, también, su iglesia fue quedando vacía; nadie, ni las beatas más obtusas, se atrevían a acudir al confesionario, temerosas de las descabelladas penitencias que imponía. Denostaba al Carnaval y amenazaba con denunciar a las autoridades a quienes fumaban marihuana. Al cabo de un tiempo se dio cuenta de que no tenía sentido predicar a la plebe en su propia lengua, que consideraba demasiado sensual para un buen cristiano, de modo que retomó el latín en los oficios, con lo que –curiosamente– atrajo nuevos feligreses y recuperó varios de los perdidos, incluso a las beatas remisas, que consideraron inoficioso confesarse, ya que mal podrían traducir sus pecados de pensamiento a la lengua de Dios. Descontados los turistas, que acudían a su iglesia cámara en mano, a pesar de las advertencias que había escrito en la puerta del templo, en perfecto latín, aún quedaban algunos fieles seguidores, que si bien no entendían absolutamente nada de lo que decía, se consideraban un punto por encima de la caterva ignorante con la que se veían obligados a compartir las barriadas, muy a pesar suyo. Con el tiempo, comenzaron a acudir señoronas de alcurnia, con sus guardaespaldas armados, que resultaron impotentes a la hora de repeler los asaltos y resultaron baleados en pleno día. Los periodistas se encargaron de cubrir minuciosamente cada uno de los asesinatos, lo que dio pie al gobierno para autorizar al ejército a entrar en la favela y acribillar a algunos niños, decretar el estado de sitio y endurecer las penas por delitos nimios. Los escuadrones de la muerte hicieron lo que faltaba. El obispo no pudo continuar sordo a los sucesos, de modo que dispuso el traslado de John Paul a una diócesis más acomodada, en donde éste se reencontró con el boato que tanto amaba, y con el recuerdo de su madre, que lo perseguía en la mirada de algunas mujeres felizmente casadas; volvió a tener sueños eróticos, por lo que redobló sus flagelos. Pero los sueños siguieron torturándolo, y creyendo que tenía el diablo en el cuerpo, prefirió apartarse de la tentación, de manera de mantener su alma a salvo de los imperativos carnales; como no podía hacerse monje de clausura, decidió retomar tradiciones olvidadas, como recitar la misa de espaldas a los fieles, contemplando el sagrado rostro del Señor; pero no podía esquivar las miradas de las desvergonzadas, que no se mantenías cabizbajas ni cerraban los ojos cuando él les daba la comunión, ni tampoco evitar que las peores le declaran su amor en el confesionario.  El excesivo uso del cilicio y las repetidas flagelaciones, terminaron por provocarle una infección incontrolable y una anemia severa, que casi dieron con sus huesos en el cementerio; luego de dos meses de antibióticos y varias transfusiones, pidió al obispo lo librara de su suplico y lo enviara de vuelta a los Estados Unidos, en donde pensaba dedicarse a enseñar teología; sin embargo, la liberalidad imperante en las universidades, le llevó a emprender su proyecto más ambicioso; gracias a las influencias que le legara su padre, quienes contribuyeron con generosos fideicomisos y donaciones, fundó la Universidad Católica de Alabama, con el fin de enseñar teología y ciencias, en la medida en que éstas se adecuaran a la palabra de Dios. Se niega en forma pertinaz a dejar el rectorado.