miércoles, 7 de agosto de 2013

LOS AMANTES DE ADRIANA: CAPÍTULO XV (FRAGMENTO)

Adriana parecía actuar como un interruptor, se encendía o se apagaba, nada más. No es que no fuera capaz de matizar algunas cosas, es decir, no era exactamente un interruptor, pero si se acumulaba demasiada tensión, "saltaba", como se suele decir de los fusibles, y a menudo se desconectaba toda la red; entonces, se encerraba en su habitación y permanecía en cama todo el día, aunque había veces en que esto se prolongaba un poco más, digamos, dos o tres días, y de pronto, a la mañana siguiente, se levantaba como si no hubiese ocurrido nada, lo que la mayoría de las veces era verdad, no había ocurrido nada, pero ella estaba sobrecargada, y nada, o casi nada, bastaba para hacerla colapsar. Fue lo que ocurrió con Mario, o con su madre, porque al final de cuentas, la rival había sido ella, y no Mario, que tan sólo era un pelele, un títere, un muñeco grande, barbudo y de ojos verdes, bajos sus espesas cejas árabes, esos ojos verdes que la miraban sonriendo desde la pequeña foto que le había regalado, para que se acordara de él durante sus largos meses de navegación, y que ahora ella miraba con ira, concentrada, con el ceño fruncido, como si fuera capaz de herirlo con la mirada, como si le clavara alfileres invisibles, como a un muñeco de vudú. Pero a ratos, el interruptor volvía a conectarla con la red, y lo miraba con ternura, recordando los momentos más bellos que había pasado junto a él. Sus cuerpos enlazados, sus sudores, sus gemidos, se mezclaban con sonrisas, con palabras amorosas, con largas caminatas por la costanera, tomados de la mano, aunque  cayera una garúa pertinaz. La culpa era de la vieja –la "vieja de mierda", pensaba en realidad –, que lo quería sólo para sí, sabiendo que ya había crecido, que ya no era su niñito mimado, que ya no podía manejarlo a su amaño, que ya no podía… pero sí podía, inventando enfermedades, quejándose sin pudor, obligándolo a peregrinaciones al cardiólogo o al médico que le trataba el reuma, y a desperdiciar su dinero en un montón de pastillas, que la vieja llevaba a todos lados, sabiendo bien a quien quería impresionar: al buenazo de Mario, a quién sino, que la miraba preocupado y le pedía "mamita cuídese, no vaya a ponerle sal a sus comidas, mire que voy a estar lejos, navegando en las Guaitecas, y si le pasa algo, quién la va a llevar al médico, mamita", con voz mimosa, como si la vieja fuese una niñita que no sabe lo que hace, grandísimo pelotudo, cómo no se daba cuenta, cómo no saber que se traía algo entre manos, que no daba puntada sin hilo, que algo se guardaba, que todo iba a terminar mal.