lunes, 26 de agosto de 2013

LOS AMANTES DE ADRIANA, CAPÍTULO XIX (FRAGMENTO)

El impermeable de Ariel estilaba y apenas entró, en el piso de madera del viejo local, se formó una mancha oscura, de humedad. Contempló los cuartos traseros de una res, colgando de un garfio enorme. La carne, roja, cubierta en parte por una capa de grasa, amarilla, con un enorme timbre del matadero local, ya había sido destazada en forma parcial. Por costumbre, pensó que debía comprar algo, posta rosada, quizá; pero luego se dio cuenta de que las maletas delataban otros propósitos y que un paquetito de carne, envuelto en una hoja de periódico, lo volverían un ser extraño, mucho más extraño que el viajero errante que hasta entonces era, empecinado en cargar sus valijas bajo la lluvia.
–¿De viaje, don Ariel? ¿Cómo no llamó un taxi con este aguacero?
¿Llamar un taxi? No lo había pensado; en realidad, ya casi no pensaba en nada. Llamar un taxi… ¿adónde lo llevo? ¿Señor…? El taxista lo habría mirado por el retrovisor, con aspecto de fastidio, pero también extrañado: ¿qué clase de loco me tocó?
–Voy a esperar a que escampe… –respondió Ariel, sabiendo que en realidad, no había respondido, pero, sin duda, prefería una dilación…
Esperó a que el carnicero terminara de atender al último cliente, y entonces, retomó la conversación.
–Sí, de viaje…–
–¿Muy lejos? –
–La verdad, no lo sé… –
El carnicero lo interrogó con la mirada.
Ariel, que empezaba a comprender que su impermeable no era tal, comprendió que su respuesta era tan incomprensible como las tiras de pegamento que colgaban del techo, en las cuales negreaban las moscas muertas, como recuerdo de un verano que hacía tiempo había abandonado este mundo y de la desidia del carnicero y mala memoria de los inspectores de salubridad.    
–Las moscas… –dijo Ariel, tímidamente, intentando no ofender.
El carnicero se rio.
–Ja, ja… Me olvidé; ¡ay, esta cabeza!, con todos los problemas que uno tiene, se olvida de lo más elemental ¿sabe?. Menos mal que nadie se fija tanto; pero usted siempre tan observador.
–¿Va mal el negocio?
–Se salva, al menos por ahora, ¿sabe?
Era curioso cómo unas tiras engomadas, plagadas de moscas muertas, podían desviar la conversación, por caminos menos pedregosos. Sin embargo, la lluvia no parecía amainar.
–Uno sobrevive, de todos modos… Este es un barrio de viejos, ¿sabe?, gente que no se acostumbra a lo nuevo… Bueno, no todos son viejos, también está usted…
–Oh, no se preocupe, yo también envejezco; figúrese que ayer, mientras me afeitaba, noté que tenía un par de canas... en la barba, ¿se da cuenta?, fue como si los años me avisaran y me dijeran "te queda poco, por ahora puedes disimularlo, sólo es la barba, basta con que te afeites al ras… por ahora, ya verás después".
–A mí me crujen las rodillas… –confesó el carnicero –Claro que pueden ser los meniscos; en mis tiempos, jugué en el "Chinquío"[1]… cancha de tierra no más, un barrial en invierno, y en verano, más dura que una piedra. Se machacan las rodillas, ¿sabe?
–¿Y en qué puesto jugo, don Abelino?
–Lo normal era de enganche, ¿sabe? Pero a veces jugaba de último hombre… Una vez me pusieron en punta, pero por la izquierda ¿sabe?; tenía que girar y acomodarme para la diestra; perdía dos o tres segundos, nada más, pero eso suficiente como para que tuviera dos defensas encima… No se imagina como sufrí. Ni siquiera los centros me salían ¿sabe?. No hay caso cuando uno tiene una pierna muda; por más que uno lo intente… A los quince minutos, me sacaron. Oyarzún era más lento, pero le pegaba con las dos piernas y se las arregló mejor que yo.
–Pasa hasta con los profesionales…– comentó Ariel.
La mancha de humedad crecía junto a sus pies. Afuera, lejos de escampar, parecía haberse reeditado el diluvio universal.
–Va a perder su bus… –dijo el carnicero ­–¿Llamo un  taxi?
Se acercó al teléfono y levantó el auricular. Era un teléfono antiguo, de esos de color negro, si admitimos que el negro es un color.
–No es necesario… –replicó Ariel.
El carnicero lo miró extrañado, con el auricular en la mano, como si hubiese  escuchado una herejía o una revelación y no supiera decidir de cuál de ellas se trataba.
–Pero va a pescar una neumonía…–insistió.
–No voy a ninguna parte –confesó Ariel.
El carnicero lo miró de arriba abajo; el espectáculo era lamentable; todavía estaba empapado, su rostro se veía lívido, su cabello chorreaba hilillos de agua cristalina, su impermeable goteaba torpes goterones que continuaban humedeciendo el piso de la carnicería. Y como si eso no bastara, dos maletas junto a sus zapatos ensopados.



[1] Deportivo Chinquihue (o Chinquío, como pronunciaba la gente), club de fútbol amateur