miércoles, 8 de mayo de 2013

LA ORUGA



     Llega un momento en la vida en que uno se pregunta si valdrá la pena seguir respirando, y mira las flores marchitas que Marta se ha olvidado de tirar la basura, porque aunque somos veinte en la oficina, Marta es la única mujer y la única capacitada, por tanto, para tan ancestral y trascendente labor, lo que de paso me recuerda los papeles ajados que se resisten a caer en el correspondiente papelero, y ruedan o se deslizan, acomodándose graciosamente a su postrera anatomía, hasta el estrecho pasillo que queda entre los escritorios, siendo evitados escrupulosamente por todos, o casi todos, porque no falta el distraído que los pisa y deja sobre ellos la triste huella de un cuarenta y tres, digo esto sabiendo que un papel pisado, que enseña impúdico la huella de un zapato, se ve definitivamente mal e invade con su suciedad todo la oficina, pero igualmente se hace la vista gorda, porque aquello corresponde a los empleados de aseo, que entran en escena a después de las nueve, cuando ya estoy en casa y he librado la primera escaramuza con mi mujer, que se resiste a acomodarse a los cánones de princesa encantada, aunque, para ser honesto, tampoco me he tomado la molestia de salir del capullo y no paso de oruga, una oruga repugnante, bastante más cerca del sapo que del príncipe, y más encima con olor a vino de dudosa cepa, como si ello fuera razón suficiente para respirar.