jueves, 4 de abril de 2013

Fragmento de mi novela "Los amantes de Adriana"


Luis no era lo suficientemente feo como para ser atractivo; tenía los ojos saltones, de un marrón tan claro, que a veces daba la impresión de que fueran amarillos; su piel era pálida y su cabello oscuro, su rostro, ovalado, de facciones traviesas y casi infantiles. De cabeza grande y cuerpo menudo, daba la impresión de un niño que se hubiera vuelto adulto de pronto. Su sonrisa era grata y parecía estar riendo todo el tiempo. Sus cejas eran gruesas y negras, lo que acentuaba aún más su expresión picaresca. Su voz, corriente, desafinaba ostensiblemente cada vez que se aventuraba a cantar; pero  como vivía solo, en un departamento en el centro, desde donde se podía ver el mar, se permitía algunas corcheas destempladas, sin mayor perjuicio para los vecinos, ya que sus ímpetus melódicos sobrevenían a horas en que a nadie podía importunar. Cuando no cantaba, miraba la televisión; nada más, como no fuera algún artículo en un revista, algún avance, una técnica nueva, cualquier cosa relacionado con su profesión.