lunes, 1 de abril de 2013

Fragmento de mi novela "El pirata y la endemoniada"



Cuando el padre Belarmino llegó a la isla después de Semana Santa, había llovido tanto que no necesitó bajar del bote para caminar hasta la iglesia los trescientos metros que la separaban del mar; todo lo que tuvo que hacer fue trepar hasta la nave del templo, equilibrándose en los dos escalones que se mantenían a flote.
Al abrir las macizas puertas de alerce, temió que la lluvia las hubiera vuelto tan pesadas, que cedieran las bisagras y se desplomaran.
Adentro, había un desorden de naufragio, con santos de madera flotando en el agua, velas y oratorios rotos, los pies de Cristo hundiéndose en el lodo, y en las paredes, un degradé de algas y mariscos bivalvos, que señalaba el nivel de las mareas.
Durante los primeros tres días que siguieron a su llegada, organizó cuadrillas de hombres que reforzaron las puertas y taparon las goteras, achicaron el agua y repararon las paredes, de modo de poder confesar el sábado a las mujeres que vivían en pecado.
Las beatas, a su vez, rasparon el piso hasta que no quedó vestigio de criatura viviente del fondo marino, enceraron con tanto entusiasmo que se podía ver brillar en las tablas el vitral de las velas, limpiaron el rostro de los santos y los pusieron en su sitio, y al final, se trenzaron en peleas tan agrias, con tanta palabrota y golpes en zonas indebidas, que los dueños de los prostíbulos enviaron cartas quejándose al obispo, porque semejante barullo no dejaba oír la música de sus victrolas y ofendían el pudor de los clientes, que si bien no eran muy devotos, todo tenía su límite, máxime si se consideraba que el motivo del barullo era decidir quién tendría el privilegio de lavar los santos pies de Cristo.