sábado, 30 de marzo de 2013

LA MÁQUINA DEL TIEMPO



Antes de morir, el doctor Quintana inventó una máquina del tiempo. Médico, antropólogo, escultor y bombero voluntario, dedicaba sus horas libres a pequeños inventos sin importancia, que le habían dado la habilidad suficiente para abordar su proyecto más osado.
La idea de la máquina del tiempo obedeció a la frustración. Llevaba años intentando que la comunidad científica aceptara su idea de que el austro chileno había sido poblado por inmigrantes asiáticos y polinésicos, y no a través de algún improbable periplo desde el norte de América, como pretendían – contra toda evidencia – los norteamericanos. Montaba en cólera cada vez que se hablaba del estrecho de Bering, pues la evidencia de enclaves humanos en el sur del país con más de catorce mil años de antigüedad daban al traste con dichas teorías. Y la única manera que se le ocurrió para demostrarlo en forma definitiva y contundente, fue construir su  prodigiosa máquina.
 No sabemos cómo fue recibido por los canoeros que lo vieron aparecer de la nada, vestido de terno negro y corbata de seda, como correspondía a tan importante ocasión. Los cronistas de aquel tiempo, sin embargo, lo describen como un profeta, aunque no faltan quienes afirman que era un dios. El caso es pronto se volvió alguien importante, curando heridos y sanado anginas, con los elementos que llevó en su botiquín. Asistió partos difíciles y enseño el difícil arte de la escritura en piedra, el arma que había ingeniado para dar el mentís definitivo a los círculos académicos del futuro; las culturas de la madera, como se conocerían más tarde, no dejaron elemento alguno que resistiera las inclemencias del tiempo, de modo que el simple artificio de esculpir la piedra volcánica y el granito, bastarían para demostrar la presencia de estas culturas desde mucho antes de que un grupo de despistados caminantes siberianos dieran con la ruta a América.
Hasta ahí su plan no tenía fisuras.
Sin embargo, no contaba con que en los años que vivió entre aquellas gentes, les tomaría un afecto mayor que el que convenía a su misión, de modo que de pronto se encontró dando lecciones de cartografía, mejorando la construcción de piraguas – que pronto adquirieron mayores dimisiones y un calado considerable –, enseñando el oficio de la agricultura, descubriendo la metalurgia, mejorando las curtiembre y diseñando casas con sólidas bases de piedra, sobre las  que se alzaban vigas de alerce tratadas con aceites de foca para evitar la pudrición. Las primeras ciudades fueron una maravilla; sistemas de exclusas conectaban los lagos con el mar y la navegación era cada vez más segura, gracias al uso de un par brújulas que había traído consigo. Con el tiempo, flamantes relojeros y ópticos, mejoraron dichos instrumentos. El uso del vapor posibilitó navegaciones más osadas y a mayores distancias, hasta que el doctor, ya anciano, organizó sendas expediciones hacia un desierto distante, en búsqueda de un mineral que nadie había cotizado en aquellas latitudes, para – por fin – fabricar la pólvora necesaria para la minería y la defensas de las fronteras, que se habían vuelto inseguras, a causas de la crudeza de los últimos inviernos, que habían sumido a las tribus vecinas en la desesperación.
En poco tiempo sometieron a los pueblos del norte, los que rápidamente fueron asimilados por las culturas de la madera; el proceso no fue dificultoso, ya que hubo abundancia de alimentos – gracias al salitre, que traían las naves desde los desiertos lejanos –, y las penurias de los pueblos conquistados se trocaron por tiempos de prosperidad. La cohesión del imperio y sus técnicas de guerra avanzadas, permitieron que sus territorios llegaran a las puertas del Cuzco. Precarias alianzas evitaron una guerra mayor. Una enorme muralla separó los imperios, y con el tiempo, el prodigio llegaría a verse desde el espacio. Cuando los aztecas amenazaban a los incas por el norte, las culturas de la madera ayudaron a sus vecinos, de modo que el sur se mantuvo a salvo de incursiones de aquellos bárbaros, que adoraban al sol y sacrificaban prisioneros, desatando guerras disparatadas y fratricidas. Los teólogos del sur habían proscrito aquellas barbaridades, sabedores de que la lluvia era una divinidad generosa, que alimentaba a todos por igual; no era necesario derramar sangre, sino tan solo sudor, para construir los canales que volvieron los desiertos un vergel.
Para el tiempo en que las naves partieron desde el río de la Plata, para colonizar Europa, el doctor había dejado de existir; pero la biblioteca que había legado al mundo, permitían viajes como ése, por rutas conocidas desde antes que existieran y con un destino claramente predicho con antelación. Incluso los vientos tenían los nombres correctos y se comportaban dócilmente, de acuerdo a meteorología que el profeta había asentado en las cartas de navegación.
El desarrollo de Europa estuvo signado por la desgracia; las pestes que llevaron consigo los conquistadores, diezmaron a la mayor parte de la población; ya no contaban con el mítico botiquín  que había traído consigo el padre fundador, el día de su descenso a la tierra desde lo ignoto de los cielos. Comerciantes inescrupulosos esclavizaron a las tribus germánicas y vendían hombres en los puertos de América como si fueran mercancía; la codicia por la tierra, desplazó a poblaciones enteras hacia las frías regiones de Groenlandia y hubo pueblos, como los eslavos y sajones, que fueron aniquilados hasta la extinción. Luego de un par de siglos, hubo que afrontar guerras independentistas, en que los descendientes de los conquistadores y unos pocos mestizos y aborígenes, tomaron el control de sus tierras, fundando naciones periféricas y despreciadas por las culturas de la madera, firmemente asentada en Sudamérica, con enclaves importantes en África Central.
El paso de los siglos no hizo sino asentar la situación, con guerras y calamidades, que si bien modificaban las fronteras, no cambiaban sustancialmente, el estilo de pensamiento que les había legado el padre fundador.
Hasta que en los albores del siglo veinte, nació en Sevilla, el doctor Quintana, quien con el correr de los años se graduaría con honores en la escuela de medicina, se dedicaría con pasión a la antropología, estudiaría el poblamiento de Europa y llegaría a la conclusión de que las teorías en boga estaban plagadas de errores, que las pruebas arqueológicas las desmentían en forma contundente, que existían cuevas de más de treinta mil años, con restos de poblaciones humanas antiguas, que no pudieron venir desde el norte de África, a través de Gibraltar, como afirmaban los pretenciosos académicos africanos, cegados por su soberbia de potencia mundial.
La historia cuenta que el doctor Quintana desapareció inexplicablemente, apenas terminó de construir una máquina de pacotilla, que – según dicen las malas lenguas – había diseñado para viajar en el tiempo en búsqueda de la verdad.