domingo, 24 de marzo de 2013

Fragmento de mi novela "Los árboles no dejan ver el mar"

–Los árboles no dejan ver el mar– dijo la abuela, y todos creyeron que comenzaba a delirar.
Ya habían pasado más de diez años desde que había notado la nube blanca en la niña de sus ojos, que poco a poco la dejó sin luz, y todos sabían que no podía ver los frondosos árboles que en primavera impedían contemplar la llegada de los barcos al puerto, que en invierno, entretenían a los más viejos en interminables discusiones junto a la cocina a leña, elucubrando de qué lejanos países habían salido los enormes cargueros que veían acercarse por el calmo mar gris.
Don Roberto encendió un cigarrillo y se mantuvo pensativo, escuchando viejos tangos en su radio a pilas, mientras las mujeres se miraron con miedo, sabiendo que la abuela pronto iba a morir; no dijeron nada, pero comenzaron a andar por la casa en un riguroso silencio y a vestirse de negro desde entonces, para que los vecinos no fueran a murmurar.
Antes que pasaran tres meses, hicieron venir a un cura, a pesar que sabían que la abuela era tan vieja que no tenía ya nada que confesar; el padre la bendijo y le impuso los óleos, pensando que si la muerte aparecía de improviso, la encontraría en gracia con Dios. Se le rezaron misas en vida y todas las semanas se compraba una corona de flores, convencidos que de este modo la abuela evitaría ir al purgatorio.
Carmen lavó todos sus vestidos, incluso el que había usado el día de su martirio, cuando se casó con el pirata de ocasión que le engendró seis hijos y le llenó de espinas su vida campesina, sin que lograra aliviarla más tarde la viudez. Marta le lavó el pelo con infusión de manzanilla, le encrespó la pelusilla blanca de su cabellera y la frotó con Colonia Inglesa de la cabeza a los pies. Leonor limpió la casa tabla por tabla, raspando con un cuchillo las rendijas del piso y los muros, y exterminando arañas y sabandijas innombrables, que huían despavoridas. Matilde coció sabanas y remendó cortinas, para que la muerte la hallara en una pobreza digna y no en la miseria de todos los días.