jueves, 21 de marzo de 2013

EL NOMBRE DEL PAPA

En esto de los nombres, Francisco por San Francisco de Asís, puede haber mucho de esperanza por parte de quienes quisieran una iglesia más comprometida con la acuciante realidad y las, demasiado a menudo, inhumanas condiciones en las que vive la feligresía, sobre todo en los países del tercer mundo. Esto de los nombres, amén de equívoco (y a veces simple mascarada), puede resultar en una esperanza infundida, que termine en un nuevo desengaño, como ocurrió con el premio Nobel de la Paz que se le otorgó a Barak Obama en los primeros tiempos de su mandato, quizá con las esperanza de que este hombre - que parecía caminar por nuevos senderos - terminara con la política agresiva, codiciosa y matonesca de Estados Unidos. No vaya a ser que Francisco también termine frustrando las expectativas, que parecen más fundadas en el significante que en el significado.
Las razones para las suspicacias no son pocas.
La opción por el Cristo Obrero por sobre el Cristo Rey, que abrazó la Iglesia Católica, si mal no recuerdo, en el pontificado de Juan XXIII (que para ello no necesitó llamarse Francisco), derivó - en América Latina - en la Teología de la Liberación, con una fuerte presencia de la Iglesia Católica, en las luchas reivindicativas de los más pobres. La alternativa de la tercera vía, diferente del capitalismo y del comunismo soviético, refrescó el panorama ideológico de estas tierras.
La reacción de los poderosos, de los clérigos más conservadores, terminó con la imposición por parte de Juan Pablo II, del voto de silencio a sacerdotes como Leonardo Boff y Ernesto Cardenal, que en los años 80, se identificaban claramente con la teología de la liberación. El cardenal primado para la doctrina de la fe era Ratzinger (el poder tras el trono).
En Chile, comprometida con los pobres y los sufrientes, la iglesia asumió un rol preponderante en la defensa de los derechos humanos en tiempos de la dictadura de Pinochet, con un Cardenal que nos llenaba de orgullo incluso a quienes por entonces no éramos creyentes; me refiero a Raúl Silva Henríquez, fundador de la Vicaría de la Solidaridad. En aquellos tiempos duros, los sacerdotes daban la cara en las poblaciones hasta el martirio, y fue así como los fusiles genocidas acabaron con la vida de André Jarlan; André de la Victoria, como se le llamó después, ya que era el párroco "en la trinchera", quien luchaba junto al pobre y al oprimido, al torturado y al sufriente, viviendo en una población marginal de Santiago: la Población La Victoria. Escribo con lágrimas en los ojos al recordar aquellos tiempos de horror, aquellos tiempos de mártires, en que creyentes y no creyentes nos dábamos la mano, y en que cada caído era un caído de todos, un dolor en el alma de todos.
No ocurría lo mismo al otro lado de la cordillera, en la querida República Argentina, en la viviría más tarde una etapa muy importante de mi vida. Allá la tiranía campeaba sin una voz potente, que desde la iglesia católica exigiera el término del horror, el término de las torturas y desapariciones. A esa iglesia cómplice pertenece Bergoglio. Esa iglesia del silencio culpable, y quizá algo más.
No son extrañas, por lo mismo, sus posturas ultraconservadoras, sus confrontaciones con el actual gobierno de ese país, cuya postura - a veces tibia, a veces contradictoria, a veces incluso sospechosa - contraria al modelo capitalista actual, molesta a las poderosas transnacionales. A no confundirse entonces, la opción del nuevo Papa no es la opción de los pobres, no es la opción del cambio social, no es la opción del Cristo Obrero. El nombre no hace al hombre.
Démonos un tiempo, entonces, para ver si al menos quien escribe estas líneas está equivocado.