sábado, 10 de noviembre de 2012

EL FRAUDE ELECTORAL

Hace unos días, a propósito de un enlace semi-serio, que hacía alusiión a un eventual fraude electoral en la comuna de Ñunoa, me amigo, Carlos Tenorio Fuentes, manifestó su desacuerdo, y hasta diría, malestar, por haber pre-juzgado al Tribunal Electoral; además, expresó su confianza en quienes se desempeñan en dicha institución, derivada del conocimiento personal y profesional de sus miembros.
Me pareció pertinente, entonces, mantenerme el silencio, toda vez que comprendí que - sin intención - me había anticipado en cuestionar la labor del Tribunal, no tenía los antecedentes suficientes y, de algún modo, menoscababa a sus miembros.
Sin embargo, los resultados extra-oficiales, del nuevo recuentos de votos, volvieron a poner mi ánimo sombrío. La derecha política, lograba imponerse por secretaría. Pero, una vez más, tuve que plantearme, por qué, en definitiva, para mi, sólo podía confiar en el Tribunal, si éste retificaba el triunfo de la abanderada socialista.
Recordé, inevitablemente, el proceso eleccionario que, en plena dictadura y sin registros electorales, dio su aprobación a la constitución del 80. En dicha oportunidad, me correspondió votar por primera vez; lo hice en una mesa que había sido elegida por la Democracia Cristiana, partido en el cual no militaba ni milito actualmente, pero que se había organizado, como toda la oposición, para votar en contra de la constitución, en mesas elegidas previamente; de ese modo, se podía tener un control del proceso electoral, si bien no formal, al menos eficiente, ya que se conocía de antemano cuántos votos "No" debía haber en cada una de esas mesas.
Recuerdo que los militares hicieron desalojar el recinto de votación por una hora, antes de iniciar el conteo de votos, y que cuando éste se llevó a cabo, el resultado de la mesa en que yo voté fue de una abrumadora mayoría a favor del "Sí"; demás está decir que los votos que rechazaban la constitución estuvieron irrisoriamente por debajo de lo que debió ser, considerando sabiámos cuántos habíamos concurrido a votar firmemente convencidos de nuestro rechazo a la constitución, y consertados para ello. Después, supimos que en todas y cada una de las mesas en las cuales, miembros de la opocisión a Pinochet, se consertaron para votar por la opción "no", había ocurrido exactamente lo mismo.
Debo manifestar que desde un principio sabíamos que las cosas ocurrirían de ese modo. Como ahora.
Y quizá por eso muchos nos apresuramos en denunciar un fraude electoral.
La única alternativa, entonces, para confiar en la limpieza de los comicios, era que resultara vencedora la candidata socialista. Una verdadera encerrona perversa para el Tribunal Electoral, ya que si la derecha resulta ganadora, como ha trascendido hasta el momento, la sombra del fraude se instalará indeleblemente en los opositores al gobierno de Piñera.
Y es que la derecha es ladina y traicionera; lo que no logra urnas, lo consigue mediante triquiñuelas, mentiras, confabulaciones y violencia. Y por eso no es confiable. Pero si las instutuciones de este páis lo fueran, difícilmente se habría podido hablar de fraude. Y no se trata de un cuestionamiento a personas - por desgracia, ya que esto podría ser resuelto más fácilmente - sino de lo más profundo de nuestro sistema político-institucional. Es posible que la mayoría de la población desconozca las competencias profesionales y características humanas de los miembros del Tribunal Electoral, y menos aun, de quienes trabajan el el Servicio Electoral. Pero no radica en ellos el problema, sino en las instituciones.
Y el fundamento de esta absoluta desconfianza hay que buscarlo, no sólo en el acontecer histórico del país, sino también cotidiano. El hombre medio, el trabajador, incluido el de cuello y corbata, ese que se levanta todas las mañanas para ganarse el sustento, sin otra esperanza que construir otro día igual, paladea desde temprano la marginación. Otros deciden su vida, otros determinan el futuro de sus hijos y sus días de vejez. Otros, incluso, deciden su opinión; la prensa obsecuente y absolutamente dependiente del poder económico, no hace otra cosa que repetir hasta el cansancio el discurso existista de la derecha, que se enfrenta violentamente a su realidad cotidiana.
El ciudadano común esta inerme frente a los poderes fácticos, y aquellos que debieran protegerlo, se encuentran supeditados, cuando no amalgamados, a los primeros. Exigir un derecho mínimo como la salud - aun cuando sea salud privada - se torna un asunto Kafkiano, en donde la indolencia de las instituciones, tiene su correlato en la judicialización de lo cotidiano, llegándose incluso a instancias constitucionales, cuando el afectado tiene la paciencia, los recusos y conocimientos necesarios para hacerlo.
Un país en el que jueces que tienen interses en el negocio hidro-eléctrico, no se inhabilitan cuando se ponen en juego los intereses de las empresas del rubro, en el que los senadores que participan, directa o indirectamente, el los grandes consorcios pesqueros, no se inhabilitan a la hora de votar la ley de pesca, en el que se condonan las multas e intereses a las grandes empresas del comercio, por conceptos de millones de dólares, y en cambio se castiga en forma severa y "ejemplificadora" al pequeño industrial, al comerciante minorista o al profesional independiente, frente a la menor falta, omisión o descuido, en el cumplimiento de sus obligaciones tributarias; un país en el cual la distibución de medicamentos está en manos de dos o tres empresas, que si se investiga un poco más, se encuentran directa o indirectamente vinculadas, y que manejan a su antojo los precios de los medicamentos, pagando multas irrisorias, en forma excepcional, cuando alguien decide que eso no es correcto; un país en que las empresas mineras, la mayoría transnacionales, no pagan el impuesto específico del combustible, que es defendido férreamente por las autoridades, cuando se trata de aplicarlo al ciudadano común; un país en que los políticos representan sólo los intereses de las grandes empresas, en que los más connotados "representantes" socialistas legislan a favor de las grandes empresas, avalán las privatizaciones, enajenan bienes e intereses nacionales a empresas extranjeras, y se niegan pertinazmente a permtir una demcracia directa; un país, en suma, en que no existe transparencia y en el cual el hormbre común es pospuesto e ignorado sistemáticamente, difícilmente creerá en sus instituciones. Ello, sin duda, debe haber sido determinante en la abtención de cerca de un 60% de los potenciales votantes en las últimas elecciones municipales; y no es que el ciudadano común, en forma "irresponsable" haya desaprovechado la oportunidad de expresarse en las urnas, ya que - probablemente - no haya tendido demasiado que expresar, pues, al fin de cuenta, los actores eran los mismos, reproduciendo - con matices - el esquema duopólico de las elecciones que se rigen por completo por el sistema binominal. Duopolio, que por cierto, que demasiadas veces tiene que ver con matices más que con visiones diferentes del país que se quiere, y - en forma más personal y cercana - de la vida que se quiere para uno mismo y para los suyos.
De tal forma que el fraude electoral ya no es un fantasma, en la medida en que nuestra democracia es un fraude. La desconfianza en el Tribunal Electoral, no es sino un epifenómeno de una crisis más básica y profunda: la crisis de un país como un todo, y porque no decirlo, la crisis de un modelo político-económico.
Y mientras las instituciones no respondan al deseo ciudadano, no garanticen la justicia, no den respuesta a los problemas del ser humano, no habrá confianza en ellas y sólo serán parte de un fraude de proporciones gigantescas.

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