viernes, 5 de octubre de 2012

EN TORNO AL POST MODERNISMO





                        Para muchos, el post modernismo es consecuencia del fracaso de la modernidad. Las grandes promesas de progreso ilimitado, desarrollo, libertad y paz, se diluyeron en un modo de vida que no dio respuesta a las necesidades de las personas. En los países subdesarrollados y en las clases más desposeídas, no hubo siquiera un progreso material como el que la revolución industrial y el Capitalismo prometían; las alternativas socialistas, se mostraron ineficaces y se sostuvieron, no por la razón, sino por la coerción. Los ideales de la Revolución Francesa, que inevitablemente, eran demanda y a la vez, proyecto e ilusión, se quedaron en la oratoria de los poderosos, cuando no en la más rampante demagogia. La idea de Libertad, en mayúscula, devino en libertad del capital, la Igualdad, se trocó en competencia, y la Fraternidad, en un mundo cada vez más violento e insensible. La Democracia jamás pasó de ser un ejercicio de escrutinios y estadística. El Progreso se tornó amenazante. El Discurso de la Modernidad estaba vacío.
                        Las Grandes Narrativas, propias de la modernidad, cayeron en el descrédito, junto con las Instituciones que las encarnaban. El desencanto por la política, el abandono de las banderas de lucha, la indiferencia por los “Grandes Asuntos”, comenzaron a extenderse en ciertos sectores, cada vez más amplios de la humanidad.
-          No estoy ni ahí…[1] - comenzaron a decir nuestros jóvenes.
                        Pero el post modernismo no había comenzado en nuestras barriadas; de otro modo y en otras latitudes, apareció ya en pleno siglo veinte. Las sociedades y las capas de la población que veían satisfechas sus necesidades básicas, comenzaron a cambiar sus valores y cánones estéticos, hacia necesidades post materialistas; vale decir, ya no los preocupaba el Progreso, la estabilidad económica, las pensiones que recibirían, sino los espacios personales, la belleza del paisaje, el goce, el ocio y la independencia. La solidaridad daba paso a una actitud puramente hedonista e individualista. Se dejó de lado la lucha por El Bienestar, a cambio del particular bienestar de cada quien; se abandonó la búsqueda de la Verdad, para dar paso a la vivencia de la propia verdad individual. Se dejó de lado a la Razón, para dar cabida a los sentimientos personales.
                        Ni los sentimientos, ni la particularidad de cada quien, ni el gozo, ni la belleza ni la independencia, tendrían porqué importar un valor negativo. Cada una de las opciones pos-materialistas apunta a esferas de la personalidad propias del ser humano; sólo pueden ser miradas con desconfianza cuando están enajenadas y constituyen un valor en sí mismas y no están integradas con las otras áreas del quehacer humano. Así, el impulso hedonista, dejado a su albedrío, puede ser incluso suicida: las adicciones son quizá uno de los ejemplos más claros en este sentido, y uno de los negocios más rentables en tiempos post modernos.
                        Vemos, entonces, dos vertientes en el origen del postmodernismo: el desencanto y la saciedad. Más adelante, tendremos la oportunidad de ver que esto no es tan sencillo. Por ahora, contentémonos con saber que el post modernismo o post modernidad aparece en forma diacrónica; se instala primero en los países más ricos y desarrollados, y en las clases más pudientes de la sociedad. Como forma de ver la vida, se arraiga primero y con más fuerza, entre los jóvenes y en las personas con un mayor nivel de educación. 
                        A partir de estos grupos, permea, en mayor o menor medida, al resto de la sociedad.
                        ¿Qué es – en suma – el post modernismo?
                        Para algunos autores, como Luis Britto García[2], el verdadero post modernismo sería en realidad un fenómeno contracultural, encarnado en los diversos movimientos sociales que desenmascaraban y se oponían, de uno u otra manera, al modo de vida Moderno. Su auge se habría dado entre los años 60 y 80, y entre sus exponentes más conocidos se contarían los movimientos de liberación femenina, anti-apartheid, pro derechos civiles, pacifistas, ecologistas, hippies, new wave, movimientos de liberación, e incluso la guerrilla…  Sin embargo, las diversas manifestaciones contraculturales, habrían sido absorbidas nuevamente por la cultura dominante, apropiándose de sus símbolos, convirtiéndolos en valor de cambio,  masificándolos y, de ese modo, haciéndoles perder su identidad, al ya no representar nada o casi nada. Para entenderlo más claramente, ¿tiene alguna connotación revolucionaria usar una boina negra con una estrella roja? O, para graficarlo mejor, ¿adquiere un compromiso revolucionario cada persona que compra una camiseta o un poster con la imagen del Che Guevara? Más aun: ¿cuántos estarían dispuestos a internarse en la selva para luchar por los oprimidos? Y, por otra parte, ¿cuántos oprimidos dan algún valor moral a usar una camiseta con la estampa del Che? Canciones de protesta, como Imagine de John Lennon, mueren apenas entran al estudio del sello discográfico; los símbolos hippies son degradados a estampas en tazones para el café, y comparten anaqueles con Barth Simpsom, Darth Vader y “I Love New York”.  Pierden, por lo tanto, sentido de identidad; su uso no implica pertenencia y carecen de eficacia.  Esto, no implica, por cierto, un juicio de valor respecto de ninguna de las corrientes contraculturales; sólo muestra cómo la cultura dominante, absorbe y neutraliza dichas manifestaciones; no soluciona, por cierto, las condiciones de marginación, ofuscación, desencanto, opresión, etc., que han originado dichas corrientes… Pero las debilita y les resta el potencial amenazante que encerraban. Las contraculturas, entonces, quedan en suspenso.
                        Consecuentemente, para autores como Britto, la postmodernidad no es sino una etapa tardía de la Modernidad – correspondería a la Modernidad Contemporánea, en tanto encarna la cúspide del desarrollo Capitalista y no su transformación en un sistema diferente, que pueda considerarse posterior (post).
                        Otros autores, entre ellos, Lyotard[3], centran sus razonamientos en el discurso, el relato. Para ellos, el post-modernismo es una era eminentemente cibernética, en que el conocimiento denotativo (información neutra), constituye el principal motor del desarrollo. En tanto neutro, carece de ideología y puede ser consumido por cualquiera, independientemente de las creencias que tenga dicho destinatario… si puede comprarlo. Esto porque el conocimiento tiene un valor de cambio, pasa a ser una mercancía, dispuesta a llenar las expectativas de quien lo compra. El conocimiento ya no tiene un valor en sí mismo, sino que adquiere valor en el mercado; es decir, carece de valor de uso, sólo tiene valor de cambio…
                        Una consecuencia obvia de esto es que si el conocimiento se concibe como un valor de cambio, el mercado determinará la necesidad de generarlo. Este es uno de los más importantes sesgos a la generación de conocimientos en tiempos post modernos; pudiera ocurrir, de este modo, que un área de investigación sea abandonada sólo por no generar conocimientos que puedan ser vendidos a alguien; podría, así, darse la paradoja – que ya ha sido denunciada por dos premios Nobel, uno de medicina y otro de química – de que las empresas farmacológicas no financien la investigación de fármacos baratos o de aquellos que puedan curar, y no sólo controlar, enfermedades crónicas, porque no serían conocimientos redituables, al menos no en términos contables. Pero, si no queremos especular demasiado, bien vale detenerse en el difícil peregrinar de científicos en busca de financiamiento para investigaciones en determinadas enfermedades; de hecho, uno de los acápites que se debe tener en cuenta cuando se presenta una propuesta de investigación es de la Relevancia de la misma ¿Para quién? Pues, para quien va a financiarla. De este modo, la investigación de una cura para el SIDA, podría llegar a ser menos atractiva que la de cremas cosmética, rejuvenecedoras o de lociones capilares, toda vez que los millones de africanos que requieren una cura para el SIDA, tienen menos capacidad de demanda que quienes requieren de productos suntuarios, o en el mejor de los casos, menos urgentes.
                        Otro sesgo fundamental, es que se valida el conocimiento en tanto puede ser traducido a código binario, vale decir, el conocimiento adquiere valor si puede ser informatizado, transmitido globalmente y vendido en donde exista un modo de pagarlo. Como no todo conocimiento puede ser mensurado ni traducido a números, la esfera del saber se reduce a lo utilitario; vale decir, el conocimiento pasa a ser un artículo comparable a una zapatilla o un botón. Pero, como aun en esas condiciones, el conocimiento puede adquirir valor de uso, como puede ser portador de sentido, como pudiera resultar de algún modo, apelativo, el conocimiento no circula libremente, como cabría de esperar en la asepsia de la neutralidad del conocimiento denotativo; antes bien, el conocimiento que se emite es el que determinan los “decididores”, aceptando el neologismo de Lyotard[4]. ¿Y quiénes son los “decididores”? Pues, ante todo, quienes financian la producción del conocimiento, su distribución y la venta del mismo. Dos son, entonces, las posibilidades existentes: el estado y las corporaciones. Pero en el modo de pensar postmodernista, el estado debería estar reducido – en teoría – a su mínima expresión, mientras que – en la práctica – el estado está subyugado por las corporaciones y las entidades que “asépticamente”, las representan; léase, FMI, Banco Mundial, OMC, etc.
                        Si el conocimiento deja de ser útil – no si deja de ser verdadero, sino que si deja de tener valor de cambio – debe ser remplazado; pero no por un conocimiento aún más esclarecedor, sino por otro más redituable. El conocimiento, entonces, no es sólido, no motiva compromiso ni trasunta un cambio; antes bien, la información es líquida[5]: se acomoda al envase, se comporta acorde lo determina el mercado. Así, la prensa, los medios de comunicación, se transforman en difusores de verdades ligth, bajas en calorías, que puedan ser consumidas por uno u otro receptor, con absoluta independencia de quién sea.  Verdaderos refrigerios que a nadie indigestan, pero que a su vez, a nadie alimentan. Son tiempos de clisés, slogans, modas e imágenes, discursos superficiales e intercambiables, verdades  desechables y ausencia de compromiso.
                        En este concierto, no hay espacio para la historia, la creatividad artística, los valores o las ideologías. No en vano Francis Fukuyama[6] pregona el fin de la historia.
                        Y ya que mencionamos a este conocido “ideólogo”, abordemos otro de los aspectos del pensamiento post modernista: el presente siempre presente.
                        El habitante post modernista (evito a propósito el término ciudadano), vive en un presente hedonista perpetuo. No existe la preocupación por el futuro; el carpe diem, se eleva a categoría suprema. La vida se vive hoy. Todo es desechable, nada perdura. La moda impone las categorías estéticas; nunca el artista había estado tan sujeto al imperativo del mercado; pero de un mercado controlado. Las uniones de pareja son inestables y provisorias, las amistades, fugaces, los trabajos, intercambiables; se viven vidas líquidas, que se escurren y amoldan, cuyo único fin es fluir. Un presente perpetuo.
                        Por otra parte, la información atiborra al individuo de tal modo, que ya no es capaz de organizarla y darle un sentido; apenas se absorbe un cuanto de información, aparece una nueva que la des actualiza, aunque no necesariamente la refute, la supere o la invalide. La des actualiza en el sentido de que no es lo actual; nada más. La prensa bombardea a la persona con datos, la mayoría de las veces prescindibles, o al menos, periféricos; datos, que antes de una hora, ya no son lo actual. Y no es que una matanza en Siria deje de tener importancia porque pasan sesenta minutos, sino que aparece otra matanza en otras latitudes, que la remplaza e  inevitablemente, la suprime. Pero hay tener en cuenta, además, que la repetición, la pérdida de novedad, la incorporación a la cotidianidad, de actos atroces y criminales, de alguna manera inmuniza, insensibiliza, y consigue que la noticia pierda toda connotación valórica; es decir, deviene en información denotativa. Una vez despojada de su sentido apelativo, la información es simple dato, y es, a su vez,  intercambiable por cualquier otra información; así, lo mismo puede ser un terremoto en Turquía, que un desplome accionario, un asesinato en una barriada que la disputa de una liga de fútbol en otro continente, la obtención de un premio novel, que el último escándalo de una modelo de la farándula. Son noticias intercambiables, transables, en tanto se tasa el conocimiento y la información de acuerdo a su valor de cambio; dicho de otro modo, es el rating, y no el contenido intrínseco de cada noticia, lo que determina el valor de ésta. Pero ni siquiera el mercado de las comunicaciones, actúa libremente; son los llamados “decididores” quienes determinan qué datos llegaran a ser noticia, de qué manera serán presentados, por quiénes serán presentados, etc. Y para esto no se necesita ninguna conspiración, como gusta creer a muchos; basta con controlar los medios que las “producen” y las vías por las que se distribuye (satélites, imprentas, papeleras, empresas radiales, cadenas de televisión, administradores de cable, servidores de INTERNET, etc.).
                        Pero aun cuando hiciéramos abstracción de los “decididores”, aun si aceptáramos ingenuamente que la información fluye en forma libre, no podemos soslayar el hecho de que el conocimiento denotativo, no puede, en tanto tal, ser jerarquizado; de ese modo, el caudal de información abruma al receptor, sin que éste logre algún conocimiento valioso y profundo; menos aun, que se forme una opinión propia. Da lo mismo una noticia que la siguiente. Nada se sostiene. Una imagen es remplazada por otra. El eterno presente. El fin de la Historia…. en la medida en que no es posible para el individuo organizar la información en un relato coherente; ni qué decir de una Narrativa social.
                        Otra manera de entender el Fin de la Historia, tiene que ver con el autor del relato. Se dice que la historia la escriben los vencedores; que éstos suprimen del relato aquellos capítulos en los que aparecen sus debilidades y abominaciones, mientras instalan en la narrativa las del vencido, cuidándose, por cierto, de resaltar las propias virtudes y opacar las del otro.
                        Para el hombre de la periferia, el que ha sido vencido o ignorado, la historia pierde sentido, no es la propia, es la de otros. Además, aquella historia, la que escribieron los triunfadores de la edad moderna, contenía la promesa del Progreso, de una vida mejor, que no fue cumplida; los esfuerzos y sacrificios fueron en vano. Dicha historia, entonces, la de los vencedores, tampoco tiene un sentido. La Historia, entonces, ya no interesa. Se la sepulta. Y Fukuyama oficia de obituario.       
                        Pero hay otro matiz en el entendimiento de dicho concepto:
                        La entronización del sistema Capitalista Neoliberal como la culminación de la Historia, el fin y el final, el objetivo y la meta, la cúspide y el descanso. La tarea está hecha. No es necesario nada más. El presente perpetuo desde hoy y para siempre.


©René de la Barra Saralegui


[1] Frase de la juventud chilena, usada especialmente en la década de los 90, que significa algo así como “no me importa”, “no me entusiasma”, “no me motiva”… pero en un sentido muy cercano a “no me molestes”, “ni siquiera quiero hablarlo”  
[2] Britto García, Luis: “El Imperio Contracultural: Del Rock a la Postmodernidad”
[3] Lyotard, J. F. “La Condición Post- Moderna”
[4] Lyotard, J. F. “La Condición Post- Moderna”
[5] Adaptado de Zygmunt Bauman
[6] Francis Fukuyama  “¿El fin de la historia?”