lunes, 15 de octubre de 2012

CODICIA

Los indígenas le dieron a beber un tazón de oro fundido; el conquistador sintió que el fuego escaldaba sus labios, su lengua y su garganta…
Cuando el oro alcanzó el estómago, su boca comenzó a desmoronarse: primero, cayeron los dientes; le siguieron, los labios, la lengua y la mandíbula. Eran trozos negruzcos, con hilillos de sangre y gruesas costras amarillas.
El conquistador cayó de bruces sobre sus despojos calcinados, y sus gemidos, se apagaron.
Los indígenas lo dieron por muerto, y se alejaron galopando.
El conquistador supo que debía darse prisa. Codicioso, comenzó a recoger los trozos de su cuerpo, cuando aún estaban calientes; los dejaba caer sonoramente en su casco de hierro, al tiempo que sus gritos, taladraban la selva…


©René de la Barra Saralegui